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Universidad de Murcia
Vidas paralelas - Temístocles

 

¡Grandes son, por cierto, estos hechos de Temístocles! pues como comprendiese que los ciudadanos sentian la falla de Arístides, y temian no fuera que de enfado se pasara á los bárbaros y acabara de poner en mal estado las cosas de la Grecia, porque estaba en destierro desde ántes de la guerra vencido por la faccion de Temístocles, escribió un decreto, por el que se permitía á los desterrados por tiempo, la vuelta, y hacer y decir lo que juzgasen conveniente con los demas ciudadanos. Tenia el mando por la superioridad de Esparta Euribiades, el cual, no siendo de los más resueltos para el peligro, y queriendo por lo mismo dar la vela y navegar al Istmo, donde ya las fuerzas de tierra se habian reunido, Temístocles se le opuso; y con esta ocasion dicen que prorumpió en aquellas expresiones que tanto se celebran: porque diciéndole Euribiades: «Oh Temístocles, en los combates á los que se adelantan les dan de bofetadas;» «sí, le repuso Temístocles, pero no coronan á los que se atrasan;» y como aquél alzase el baston como para pegarle, Temístocles le dijo: «Bien, tú pega, pero escucha.» Admirado Euribiades de tanta moderacion, y mandando que dijese, Temístocles lo redujo á su propósito. Reconveníale otro de que no era razon que un hombre sin ciudad tomase el empeño de persuadir á los que la tenian á que desamparasen y abandonasen su patria; y volviendo Temístocles contra él sus propias palabras: «Infeliz, le dijo, nosotros hemos abandonado nuestras casas y nuestras murallas, porque no hemos creido que por unas cosas sin sentido debíamos sujetarnos á la servidumbre; pero áun así poseemos la ciudad más poderosa de la Grecia, que son esas doscientas galeras, las cuales están á vuestra disposicion y en vuestro auxilio, si pensais en salvaros; pero si segunda vez os retirais traidoramente, bien pronto sabrá alguno de los Griegos que los Atenienses son dueños de una ciudad libre y de un país en nada inferior al que han dejado.» Luego que Temístocles se explicó de esta manera, reflexionó Euribiades, y entró en recelo de que los Atenienses los abandonaran y se marchasen. Iba á hablar tambien contra él uno de Eretria, y le dijo: «¡Cómo! ¿tambien quereis tratar de la guerra vosotros que sois como los calamares, que teneis espada, pero os falta el corazon?»


 
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Temístocles

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