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Respecto de Pompeyo parece haberle sucedido al pueblo romano lo mismo que respecto de Hércules le sucedió al Prometeo de Esquilo, cuando viéndose desatado por él, exclamó:
¡Hijo querido de enemigo padre!
porque contra ninguno de sus generales manifestaron los Romanos un odio más terrible y encarnizado que contra el padre de Pompeyo, Estrabon, durante cuya vida temieron su poder en las armas, porque era gran soldado, pero despues de cuya muerte, causada por un rayo, arrojaron del féretro y maltrataron su cadáver cuando le llevaban á darle sepultura; ni Romano ninguno por el otro extremo gozó de un amor más vehemente, ni que hubiese tenido más pronto principio, que Pompeyo: con ninguno otro se mostró esto amor más vivo y floreciente miéntras le lisonjeó la fortuna; ni permaneció tampoco más firme y constante despues de su desgracia. Para el odio de aquél no hubo más que una sola causa, que fué su codicia insaciable de riqueza; y para el amor de éste concurrieron muchas: su templado método de vida, su ejercicio en las armas, su elegancia en el decir, su igualdad de costumbres, y su afabilidad en el trato; porque á ninguno se le pedia con ménos reparo, ni nadie manifestaba más placer en que se le pidiese, yendo los favores libres de toda molestia cuando los otorgaba, y acompañados de cierta gravedad cuando los recibía.
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