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Vidas paralelas - Pericles

 

Viendo César en Roma, segun parece, á ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término de una manera verdaderamente imperatoria á los que la inclinacion natural que hay en nosotros á la moralidad y la humanidad, debiéndose á solos los hombres, la trasladan á las bestias. Pues si áun en los hijos de los perros y gimios hay como cierto deseo á saber y á examinar, razon tendrá nuestra alma para reprender á aquellos que abusan de esta en oir y escudriñar cosas que no merecen ninguna atencion, descuidando las que son loables y provechosas. Porque á los sentidos, como que se han pasivamente, al recibir la impresion de cualquiera objeto puede serles preciso reparar en lo que los hiere, bien sea provechoso, ó bien inútil; mas de la razon á cada uno le es dado usar como quiere, y convertirla y trasladarla fácilmente al objeto que le parece. Conviene por tanto volverla á lo mejor; no para examinarlo solo, sino para alimentarse y recrearse con su contemplacion. Porque así como al ojo aquel color le es conveniente que con su amenidad y blandura excita y recrea la vista, así tambien conviene emplearla inteligencia en objetos que con recreo la inclinen hácia el bien que le es natural y propio; y estos objetos son las obras y acciones virtuosas que con solo que se refieran engendran cierto deseo y prontitud atractiva á su imitacion; pues en las demas, al admirar sus frutos ó productos no suele seguirse el conato de ejecutarlas; antes por el contrario, muchas veces, causándonos placer la obra, miramos mal al artífice, como sucede con los ungüentos y la púrpura; que estas cosas nos gustan; pero á los tintoreros y aparejadores de afeites los tenemos por mecánicos y serviles. Por esto Antístenes, habiendo oido de Ismenia que era buen flautista, repuso con razon: «Pero hombre baladí, pues á no serlo, no sería tan diestro flautista;» y Filipo á su hijo, que en un festin habia cantado con gracia y habilidad: «No le avergüenzas, le dijo, de cantar tan diestramente; porque á un rey le basta cuando tenga vagar, oir á los que cantan, y da bastante á esta clase de estudios con presenciar los certámenes de los que en ellos sobresalen.»


 
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