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(Aparecen Eteocles, el Coro y Pueblo.)
ETEOCLES
Ciudadanos de Cadmo: Menester es que en la ocasión hable quien vela por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano y sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: "¡Un dios lo hizo!"; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus defensor, y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! [10] Hora es esta de que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad y el que ha tiempo que salió de ella y el que sustenta un cuerpo lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados de sus honores; y a los hijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza que, tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes habíais de ser sus habitadores fieles, [20] que la han de cubrir con sus escudos en este trance. Hasta el presente día, sin duda que algún dios se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy, el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su oído y ánimo
con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los augurios nos anuncia que anoche se juntaron los aqueos y determinaron el ataque decisivo contra la ciudad. [30] Ea, pues, lanzaos a las almenas y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y apostados en las avenidas tened buen ánimo y no temblad a una turba de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi parte, he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa.
ESPÍA
Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, [40] torno de allá trayéndote nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina víctima, y juran por Ares, por Belona y por el Terror, ávido de matanza, asolar la ciudad y devastar la fortaleza de Cadmo, o morir empapando en su sangre esta tierra. Después, [50] con aquellas mismas sangrientas manos cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas
que han de ser en el hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su haz contra la puerta que los dados le señalen. [60] Por tanto, escoge al punto los guerreros más esforzados de la ciudad y apóstalos en las avenidas de las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y fiel, y, sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, estarás a salvo de todo golpe.
ETEOCLES
¡Oh Zeus! ¡Oh Tierra! ¡Oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! [70] ¡Oh maldición y formidable Erinia
de mi padre! No queráis hacer presa de enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se alzan vuestras aras. ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como nuestra es la causa por que abogo. Así lo espero, que en la buena fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses. (Vanse Eteocles, el Espía y el Pueblo.)
CORO
¡Ay, que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. [80] Hacia aquí corre innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que se cierne en el aire me lo está anunciando, mensajero mudo, pero bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los equinos cascos, se levanta de entre el polvo y se acerca y vuela y brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas!, apartad de nosotros el mal que nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; [90] su vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa? ¿Quién será en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me postraré en súplica?
¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos tronos: llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! ¿A qué es tardar gimiendo tanto? [100] ¿Oís o no oís el choque de los escudos? ¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay, que no es el golpe de una sola lanza! ¿Qué harás, ¡oh Ares!,
antiguo señor de este pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios del casco de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste algún día! Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; [110] echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican temerosos de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! [120] Porque los argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con lúgubre son: "¡Muerte!" Siete hombres audaces que se señalan entre todo el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. [130] Hija de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas!, sé el salvaguarda de la ciudad. Y tú, creador del caballo,
Poseidón, señor, que dominas los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos de estos terrores. Y tú, Ares, ¡ay de mí!, guarda la ciudad que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. [140] Primera madre de nuestro linaje, Cipria,
ven en nuestra defensa. De tu sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando a ti con súplicas, que sin duda escucharán tus oídos de diosa.
Numen titular, matador de lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos
de nuestros enemigos. ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu arco, propicia Artemis!
[150] ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros el estruendoso rodar de los carros! ¡Augusta Hera! En los cubos de las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemis! ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te depararán los cielos en estas desventuras? ¡Ay, ay! Una granizada de piedras viene sobre las almenas de las torres. ¡Oh propicio Apolo! [160] Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate!
Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Oncea,
bienaventurada señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. ¡Oh deidades prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una lengua extraña. [170] Escuchad los justos ruegos de unas vírgenes que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra. (Sale Eteocles.)
[180] ETEOCLES
Yo os pregunto, ganado insufrible: ¿es esto mostrarse pronto a hacer bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? ¿Es esto? ¡Caer ante las imágenes de los dioses tutelares y gritar, y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que, como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! [190] Mas si algo teme, no hay peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los ciudadanos y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreados por el pueblo en público suplicio. [200] Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa y no haga daño. ¿Oís o no oís? ¿Hablo con sordas por ventura?
CORO
¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los carros, y el girar rechinante del cubo de las ruedas, y el gemir de esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin dormir jamás.
ETEOCLES
¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto encontrará camino de salvación [210] cuando fluctúe entre las ondas la combatida nave?
CORO
Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí el fragor de la funesta tempestad, que a modo de apretada nieve caía sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz suplicante, porque tiendan su auxilio sobre la ciudad.
ETEOCLES
Orad porque los muros resistan el empuje de los sitiadores.
CORO
Pues en verdad que de los dioses depende.
[220] ETEOCLES
Mas también es común sentencia que, ciudad tomada, los dioses la abandonan.
CORO
En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por asalto y abrasada su gente por el fuego enemigo.
ETEOCLES
Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que, como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen suceso que salva.
CORO
Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas veces levanta al desvalido de entre sus males y desvanece la densa niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos.
[230] ETEOCLES
A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer sacrificios a los dioses y consultar los oráculos; a ti, callar y estarte dentro de casa.
CORO
Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay de odioso y reprensible en esto que digo?
ETEOCLES
No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Estáte serena y no hagas extremos de dolor.
CORO
Oí de improviso estrepitoso tumulto, [240] y trémula y aterrada me refugié en esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses.
ETEOCLES
Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con sollozos, que con esa carnicería de hombres se ceba Ares.
CORO
¡Oigo el relinchar de los caballos!
ETEOCLES
Si lo oyes, haz como si no los oyeses.
CORO
Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos, como si los enemigos la rodeasen.
ETEOCLES
Sobre estos negocios basta con que yo determine.
CORO
Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito.
[250] ETEOCLES
¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Tebas.
CORO
¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes!
ETEOCLES
¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio?
CORO
¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria!
ETEOCLES
Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera.
CORO
Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos.
ETEOCLES
¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado: las mujeres!
CORO
Míseras como los hombres, cuya ciudad es tomada.
ETEOCLES
¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas y agorando males?
CORO
Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua.
[260] ETEOCLES
Si me otorgases una corta merced que yo te demandara...
CORO
Dila cuanto antes y así la sabré pronto.
ETEOCLES
Que calles, ¡infeliz!, y no atemorices a nuestros amigos.
CORO
Me callo. Sufriré con los demás por lo que está decretado.
ETEOCLES Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo: que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado peán,
jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria Hélade; [270] compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan nuestros campos, y a los que los vigilan y presiden nuestra pública ágora,
y a la fuente Dircea,
sin que exceptúe las aguas del Ismeno;
digo que hago voto, si alcanzamos próspero suceso y la ciudad es salva, de enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos como éstos has de hacer tú a los dioses; [280] pero no con gemidos y vanos y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de séptimo, que, apostados en las avenidas de las siete entradas de los muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los espías y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad lo enciendan todo. (Vase.)
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