Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica


Universidad de Murcia
Tragedias - Orestes

 

Electra

Helena

Hermione

Coro de mujeres argianas

Orestes

Menelao

Tindareo

Pílades

Un mensajero

Apolo

Un frigio

 

Electra

No hay cosa alguna, por muy terrible de decir que sea ningún mal, ninguna calamidad enviada divinamente, cuyo peso no soporte la naturaleza del hombre. Porque el dichoso Tántalo, nacido de Zeus—y no recuerdo esto por insultar á su fortuna—, temeroso de la roca que amenaza caer sobre su ca­beza, está suspendido en el aire, y dicen que sufre este castigo porque, cuando era hombre y compartía con los Dioses el ho­nor de una mesa común, [10] tenía una lengua sin freno, defecto vergonzosísimo. Engendró á Pelops, de quien nació Atreo, al cual la Diosa que hila su lana en una trama fatídica reservó la discordia con el fin de que hiciese él la guerra á su hermano Tiestes. Pero ¿qué necesidad tengo de enumerar estas cosas abominables? Atreo, después de degollar á sus hijos, se los sirvió en un festín. De Atreo—porque callo los acontecimien­tos intermedios—ha nacido el ilustre si es ilustre—Agame­nón, y Menelao, de una madre cretense, Aerope. [20] Y Menelao se casó con Helena, aborrecida de los Dioses; y el rey Agame­non, celebrando un matrimonio célebre entre los helenos, se casó con Clitemnestra, de quien han nacido tres vírgenes, Crisotemis, Ifigenia y yo, Electra, y un varón, Orestes, hijos de una madre muy malvada que, tras de envolver á su marido en una red inextricable, le mató. No corresponde á una virgen decir la causa de ello. A los demás dejo el cuidado de descubrir este secreto. [30]Pero ¿por qué he de acusar de injusticia á Febo? En efecto, él impulsó á Orestes á matar a la madre que le había parido, lo cual no es digno de alabanza para todos. Sin embargo, la ha matado por no desobedecer al Dios; y yo he tenido en la muerte tanta parte como puede tener una mujer, á la vez que Pílades, que ha cometido esa acción con nosotros. Y desde entonces languidece el miserable Orestes, consumido por un mal cruel; y yace tendido en su lecho, y la sangre de su madre le produce furores, pues temo nombrar á las Diosas Euménides que le aterran. Hoy se cumple el sexto día [40] desde que mi madre fué degollada y se purificó su cadáver con el fuego. Y durante estos días Orestes no ha tomado ningún ali­mento y no ha bañado su cuerpo, sino que, envuelto en sus vestiduras, cuando su cuerpo se alivia de su mal, recobrando el conocimiento, llora, y á veces salta rápido de su lecho, como un caballo que escapara del yugo. Y está decretado que no nos reciban los argianos ni bajo su techo ni en su hogar, y que na­die hable á los matricidas; y hoy es el día en que la ciudad de los argianos decidirá, por sufragio, si hemos de morir lapidados [50] ó rebanado el cuello por la espada afilada. Pero tenemos algu­na esperanza de que no se nos condene á muerte. Porque Me­nelao vuelve de Troya á su patria. Entrando en el puerto naupliano, arriba á la orilla tras de errar largo tiempo en sus correrías vagabundas desde Troya. Y ha enviado á la mo­rada delante de él á la desastrosa Helena, durante la noche, por miedo á que le tiren piedras aquellos cuyos hijos han pe­recido ante Ilios, si la ven llegar de día. [60] En la morada está ella, llorando por su hermana y por las calamidades de su fa­milia. Sin embargo, algún consuelo tiene para sus dolores, La virgen que Menelao dejó en la morada cuando navegaba hacia Troya, y que confió á mi madre para que la educase ésta, Her­mione, traída de Esparta, divierte á Helena y le hace olvidar sus males. Miro al camino en todas direcciones por ver llegar a Menelao, pues sólo socorros insignificantes podemos esperar de todos los demás. Si no nos socorre él, [70] la cosa es irremedia­ble para la desventurada casa.

 

Helena

¡Oh hija de Clitemnestra y de Agamenón, virgen desde hace tanto tiempo! ¿Cómo ¡oh desdichada Electra! habéis ma­tado á vuestra madre tú y tu hermano, el miserable Orestes? No me desdoro de hablarte, pues atribuyo ese crimen á Febo. No obstante, gimo, naturalmente, por el destino de mi her­mana Clitemnestra, á quien no he visto desde que empecé á navegar para Ilios en pos de un destino enviado por la cólera divina; [80] y privada de ella, gimo ante vuestras calamidades.

 

Electra

Helena, ¿qué voy á decirte á ti, que con tus propios ojos estás viendo las calamidades de la raza de Agamenón? Por lo que á mí respecta, sin dormir, permanezco asiduamente junto áeste muerto desgraciado, que muerto está, á juzgar por su aliento; pero no insulto sus males. Y tú, que eres feliz, y tu feliz marido, venís á nosotros, que somos unos míseros.

 

Helena

¿Desde cuándo está acostado en ese lecho?

 

Electra

Desde que derramó la sangre materna.

 

Helena

[90]¡Oh desventurado! ¡Y cómo había de perecer su madre!

 

Electra

Ya le ves, y yo estoy desesperada con nuestros males.

 

Helena

¡Por los Dioses! ¿accederás á una cosa, ¡oh virgen!?

 

Electra

A todo lo que pueda, siempre que no tenga que separarme de mi hermano.

 

Helena

¿Quieres ir por mi á la tumba de mi hermana?

 

Electra

¿De mi madre, dices? ¿Por qué razón?

 

Helena

Para llevar las primicias de mi cabellera y mis libaciones fúnebres.

 

Electra

¿Acaso no te es dado ir a la tumba de tus amigos?

 

Helena

Me sonroja tener que mostrarme á los argianos.

 

Electra

Tarde te haces prudente, después de haber abandonado tu morada de un modo vergonzoso.

 

Helena

[100] Tienes razón; pero no hay benevolencia para mí en lo que dices.

 

Electra

Pero ¿qué vergüenza te posee ante los micenses?

 

Helena Temo a los padres de los que murieron al pie de Ilios.

 

Electra

En efecto, te acusan con violencia todas las bocas de Argos.

 

Helena

Evítame, pues, tal temor prestándome ese servicio.

 

Electra

No podré mirar la tumba de mi madre.

 

Helena

Sin embargo, comprende que es indecoroso hacer que lleven esto servidoras.

 

Electra ¿Por qué no mandas á tu hija Hermione?

 

Helena

No está bien que las vírgenes se presenten entre la muche­dumbre.

 

Electra

Demostraría su gratitud á la muerta que la ha educado.

 

Helena

[110] Dices bien; te obedeceré, joven, y mandaré á mi hija, pues, efectivamente, estás en lo cierto. ¡Oh hija, Hermione sal de las tiendas! Toma en tus manos estas ofrendas funerarias y mis cabellos, y yendo á la tumba de Clitemnestra, derrama en ella miel mezclada con leche y espuma de vino, y erguida en lo alto del túmulo, di esto: «Tu hermana Helena te ofrece es­tas libaciones funerarias, sin osar acercarse á tu tumba por­que se lo impide el terror que le infunde la muchedumbre argiana.» Y pídele benevolencia [120] para mí, para ti, para mi ma­rido y para estos dos desventurados á quienes ha perdido un Dios. Y prométele todas las ofrendas funerarias que me corres­pondo hacer á mi hermana. Ve, ¡oh hija! date prisa, y después de colocar estas ofrendas en la tumba, acuérdate de que tienes que volver aquí en seguida.

 

Electra

¡Oh carácter, qué calamidad eres entre los hombrea, y cuán saludable eres para aquellos en quienes eres bueno! ¿Habéis visto cómo ha cortado las puntas de sus cabellos para conser­var su belleza? Ciertamente, es la misma mujer de antes. [130] ¡Aborrézcante los Dioses á ti, que me perdiste con éste y con la Hélade toda! ¡Oh desgraciada de mí! Pero he aquí que mis caras compañeras vienen á asociarse á mis lamentos. Quizá, le despierten de su sueño ahora que reposa, y mojen de lágrimas mis ojos cuando vea a mi hermano presa de la demencia.

 

Electra

[140] ¡Oh carísimas mujeres! acercaos con silencioso pie, no ha­gáis ruido ni deis gritos. Dulce es para mí vuestra amistad; pero seria un dolor que éste se despertase.

 

Estrofa I

¡Callad, callad! No dejéis sino una huella ligera, no hagáis ruido ni deis gritos. Alejaos por allí, alejaos de mí y del lecho.

 

El coro

Ya ves que te obedezco.

 

Electra

¡Ay, ay! ¡oh querida! háblame tan dulcemente como el son de la siringa hecha con ligera caña.

 

El coro

Ya ves que te hablo con voz dulce y baja, como en la mo­rada.

 

Electra

[150] Así está bien. Habla bajo, acércate muy poco á poco, muy poco á poco, y dime á qué vienes. Aunque tarde, por fin se ha dormido el que yace en este lecho.

 

El coro

Antistrofa I

¿Cómo está? Respóndenos, ¡oh querida!

 

Electra

¿Qué voy á decir de su fortuna ó de su desdicha? Verdad es que respira todavía; pero gime débilmente.

 

El coro

¿Qué estas diciendo? ¡Oh desventurado!

 

Electra

Le perderás, si ahuyentas de sus párpados el dulcísimo encanto que le posee.

 

El coro

[160] ¡Oh! ¡qué desdichado es á causa de las acciones execrables decretadas por los Dioses,! ¡Oh desventurado! ¡ay! ¡cuántas penas reunidas!

 

Electra

¡Loxias, injusto, ordenó cosas injustas cuando, sobre el trípode de Temis, decretó la muerte execrable de mi madre!

 

El coro

Estrofa II

¿Ves? Su cuerpo se mueve bajo sus vestiduras.

 

Electra

Eres tú ¡oh desdichada! quien con tus gritos le has arran­cado al sueño.

 

El coro

Creí que dormía.

 

Electra

[170] ¡Aléjate de nosotros y de las moradas! Vuelve pies atrás sin hacer ruido.

 

El coro

Duerme

 

Electra

Es verdad.

 

El coro

¡Venerable, venerable Nix, Diosa que llevas el sueño á los hombres cansados, ven del Erebo! ¡Ven, ven, Alada, á la morada agamenónica, porque perecemos por culpa de nuestros dolores, [180] por culpa de nuestras calamidades!

 

Electra

Estáis haciendo ruido. ¿No querréis acallar el sonido de vuestra voz, velando silenciosamente junto al lecho, y permi­tirle las tranquilas delicias del sueño, ¡oh queridas!?

 

El coro

Antistrofa II

¡Di! ¿cuál será el fin de sus males?

 

Electra

¡Morir, morir! ¿Qué otro ha de ser? No le apetece ningún alimento.

 

El coro

[190] Entonces, ¿es segura su muerte?

 

Electra

Febo nos ha degollado al ordenarnos el asesinato miserable ó impío de una madre parricida.

 

El coro

Acción justa, en verdad, pero mala.

 

Electra

Muerta estás, muerta estás, ¡oh madre que me has parido! Mataste al padre, así como á los hijos nacidos de tu sangre. [200]  ¡Perecemos, estamos muertos, perecemos! ¡Tú ya estás entre los muertos; y la mayor parte de mi vida transcurre entre gemidos, sollozos y lágrimas nocturnas, pues arrastro mi vida sin marido y privada de hijos, miserable por siempre!

 

El coro

¡Mira, virgen Electra! Acércate, no vaya á ser que tu her­mano haya muerto sin que lo sepas. [210] Me inquieta, en efecto, tu débil respiración.

 

Orestes

¡Grato alivio del sueño, oh remedio de nuestros males, cuán á propósito y con cuánta dulzura has venido á mi! ¡Oh venerable olvido de los dolores, oh Divinidad caritativa para los desdichados! Pero ¿de dónde he venido aquí? ¿Cómo he llegado? Porque lo he olvidado todo, privado ya de mi razón primera.

 

Electra

¡Oh queridísimo, cómo me ha regocijado tu sueño! ¿Quieres que alce tu cuerpo y lo ponga en pie?

 

Orestes

¡Sí, por cierto, cógeme, cógeme! Limpia mi boca y mis ojos de la espuma que les queda.

 

Electra

Dulce servicio es ese, y no me niego á cuidar con mis ma­nos de hermana los miembros fraternos.

 

Orestes

Pon tu pecho contra mi pecho, [220] separa de mi faz mi cabe­llera encrespada, porque apenas si veo con mis ojos.

 

Electra

¡Oh cabeza desventurada de cabellos sucios, cuán encres­pada estás después de tanto tiempo sin lavarte!

 

Orestes

Échame de nuevo en este lecho. Cuando cesa el mal de mí furor, quedo sin fuerzas y languidecen mis miembros.

 

Electra

¡Ya está! El lecho es grato al enfermo; [230] el reposo es pesado, pero necesario.

 

Orestes

Levántame de nuevo y da vuelta á mi cuerpo. Los enfer­mos son impacientes á causa de la angustia de su espíritu.

 

Electra

¿No quieres posar tus pies en tierra y andar despaciosa­mente, paso a paso? Toda variación es agradable.

 

Orestes

Sí, sí. Esto tiene apariencias de salud, en efecto, y hay que contentarse con las apariencias cuando falta la realidad.

 

Electra

Escucha, ¡oh cabeza fraterna! mientras las Erinnias te dejen la razón.

 

Orestes

¿Qué me vas á decir de nuevo? Si es algo bueno, me será agradable; [240] pero si se trata de alguna desgracia, bastantes su­frimientos tengo ya.

 

Electra

Ha llegado Menelao, el hermano de tu padre. Sus naves tocan el puerto de Nauplia.

 

Orestes

¿Qué dices? Como una luz sobre mis males y los tuyos, viene él, que es de nuestra raza y ha recibido beneficios de nuestro padre.

 

Electra

Ha llegado, y en prueba de mis palabras, sabe que trae consigo á Helena desde las murallas de Troya.

 

Orestes

Más deseable sería que hubiese escapado solo; si trae con­sigo á su mujer, vuelve con un azote destructor.

 

Electra

Tindareo ha engendrado [250] una raza de hijas deshonradas é infames en toda la Hélada.

 

Orestes

No te asemejes, pues, á esas malas mujeres, porque puedes hacerlo no solamente con tus palabras, sino también con tus sentimientos.

 

Electra

¡Ay, oh hermano! ¡Tus ojos se turban! ¡Estabas sano de es­píritu, y hete aquí súbitamente otra vez furioso!

 

Orestes

¡Oh madre! ¡Te suplico que no excites á las Doncellas de sangrienta faz, con serpientes por cabellos! ¡Helas aquí, que vienen á arrojarse sobre mí!

 

Electra

Estate tranquilo en tu lecho, ¡oh desdichado! No ves nada de lo que dices.

 

Orestes

[260] ¡Oh Febo, van a matarme esas Diosas terribles con cara de perro y miradas de Gorgona, esas sacrificadoras de los muertos!

 

Electra

No te soltaré, sino que, envolviéndote con mis brazos, te impediré dar saltos furiosos.

 

Orestes

¡Suéltame, que eres una de mis Erinnias y me coges por en medio del cuerpo para tirarme al Tártaro.

 

Electra

¡Oh, qué desgraciada soy! ¿A quién pediré socorro, si es enemiga nuestra una Divinidad?

 

Orestes

Dame ese arco de cuerna, presente de Loxias, con el cual me ha ordenado Apolo que ahuyente á las Diosas [270] cuando me aterren con su furiosa rabia.

 

Electra

¿Puede ser herido un Dios por ana mano mortal?

 

Orestes

Lo será, si no se aleja de mi vista. ¿No oís, no veis las fle­chas aladas que vuelan del arco manejado con firmeza? ¡Ah, ah! ¿Qué esperáis? Subid con vuestras alas á la cima del Eter y acusad á los oráculos de Febo. ¡Ah! ¿por qué desfallezco? ¿A qué viene este aliento jadeante de mis pulmones? ¿Adónde iba yo desde mi lecho?... ¡Pero, en fin, después de la tempes­tad, veo renacer la calma! [280] Hermana, ¿por qué lloras tapándote la cabeza con tu peplo? Me da vergüenza hacerte compartir mis males y causar á una virgen el sufrimiento que soporto. ¡Ojalá no te afligieras con mis malee! Tú lo consentiste; mas el asesinato materno sólo yo lo cometí. Pero acuso á Loxias, que me ha impelido á este acto tan impío, tranquilizándome conpalabras y no con la realidad. Creo que, si yo le hubiera interrogado para saber si mi madre debía ser muerta por mí, [290] mi padre me habría conjurado por mi mentón á no clavar la espada en la garganta de la que me ha parido, ya que no por eso iba á volver él á la vida, y á mí, desdichado, me habrían de abrumar tantos males. Pero ahora descubre tu cabeza, ¡oh hermana! y cesa de llorar, aunque estemos miserablemente afligidos. Cuando me veas desfallecer, sostén y consuela mí espíritu turbado y desesperado; pero, cuando tú llores, yo seré quien te consuele tiernamente. [300] Estos servicios mutuos son naturales entre amigos. ¡Oh desgraciada! vuelve ya á la mo­rada, entrega al sueño tus parpados presa de las vigilias, toma alimento y baña tu cuerpo; porque si me abandonas ó si adquieres cualquier enfermedad de estar siempre á mi lado, somos perdidos. Sólo á ti, en efecto, tengo por sostén, y como ves, me han abandonado los demás.

 

Electra

No será así: contigo quiero vivir y morir, pues ambos de­bemos correr la misma suerte! Si tú murieras, ¿qué haría yo, pobre mujer? ¿Cómo me salvaría sola, [310] sin hermano, sin padre, sin amigos? Pero, si te parece, obedéceme. Reclínate en tu lecho y desecha esos terrores que te sacan de él. Sigue acos­tado en este lecho, porque, aunque uno no esté enfermo, si se lo llega á creer, para cualquier mortal se torna su creencia en fuente de angustia y de tormento.

 


 
Volver
Inicios | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter

Fundación Séneca Universidad de Murcia Campus Mare Nostrum

Copyright © 2006 - 2018 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
 
 
Contenido
Orestes

  1-315
   316-679
   680-959
 960-1247
 1248-1505
 1506-1693