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Universidad de Murcia
Tragedias - Las Suplicantes

 

Etra

Coro de mujeres argianas

Teseo

Adrasto

Un heraldo

Un mensajero

Evadne

Ifis

Un niño

Atena

 

 

Etra

¡Demeter, protectora de esta tierra de Eleusis! y vosotros, sacrificadores que habitáis el templo de la Diosa, haced que seamos dichosos yo, y Teseo, mi hijo, y la ciudad de Atenas, y la tierra de Piteo, donde mi padre me crió en ricas moradas, convirtiéndome á mí, Etra, en mujer de Egeo, hijode Pandión, porque se lo aconsejaron los oráculos de Loxias. Oran­do así, miro á estas viejas que, después de abandonar las mora­das de la tierra argiana, [10] con ramas suplicantes de oliva, se arras­tran á mis rodillas, tras de sufrir una desgracia terrible; porque, á las puertas de Cadmo, han sido privadas de siete nobles hijos muertos, á quienes en otro tiempo había conducido el rey de los argianos, Adrasto, deseando devolver á su desterrado yerno Polinices su parte de la herencia de Edipo. Pero sus madres quieren sepultar en tierra sus cuerpos caídos en el combate, y los que los poseen no quieren entregárselos, desdeñando con ello las leyes divinas. [20] Sufriendo los mismos males que las que imploran mi socorro, Adrasto, con los ojos desbordantes de lágrimas, yace allí, gimiendo por la guerra y por la desdicha­dísima expedición que le ha traído lejos de su morada. Y me apremia, á fin de que, con mis ruegos, decida yo á mi hijo á recuperar esos cadáveres, por la persuasión ó por la fuerza de la lanza, para que se los sepulte. Y sólo este socorro pide ámi hijo y á la ciudad de Atenas. Con objeto de sacrificar por mi tierra antes de labrarla, he salido de mis moradas para este templo [30] donde apareció la primera espiga nutritiva que se irguió sobre la tierra. Ceñida con este lazo de follaje sagrado, permanezco ante los castos altares de las dos Diosas, Cora y Demeter, pues tengo piedad de estas ancianas madres de ca­bellos blancos privadas de sus hijos, y respeto las ramas sa­gradas cubiertas de lana. He enviado á la ciudad un heraldo para llamar á Teseo, con el fin de que aleje de nuestra tierra cualquier calamidad traída por estas suplicantes ó desentrañe la necesidad de su súplica, [40] realizando alguna acción piadosa para los Dioses. Porque es propio de mujeres sensatas dejar obrar en todo á los hombres.

 

El coro

Estrofa I

¡Oh anciana, te lo suplico por mi vieja boca y cayendo á tus rodillas! Rescata a mis hijos, que yacen muertos y están abandonados sus cadáveres para pasto de los animales salvajes de las montañas.

 

Antistrofa I

¡Mira mis lágrimas míseras bajo los párpados de mis ojos [50] y las señales rugosas de mis manos en mis viejas carnes! ¿Qué voy á hacer, en efecto, yo, que no he expuesto en mis moradas á mis hijos muertos y que no veo la cima de sus tumbas?

 

Estrofa II

También tú, en otro tiempo, ¡oh venerable! pariste un hijo, haciendo así agradable tu lecho nupcial á tu marido. Participa ahora del dolor por que gimo, tan desventurada á causa de los muertos que parí. Persuade á tu hijo, á quien suplicamos, [60] para que vaya al Ismeno y ponga en mis desdichadas manos los cuerpos insepultos de esos hijos muertos.

 

Antistrofa II

No como es debido, sino impulsada por la necesidad y ca­yendo á tus rodillas, he venido á orar ante los altares donde arde el fuego de los Dioses; pero invocamos una causa justa, y con ayuda de tu hijo, puedes aliviar nuestro infortunio. Yo, que sufro males lamentables, te suplico, desgraciada de mí, [70] que devuelvas mi hijo á mis manos, con el fin de que estreche en mis brazos los míseros miembros de mi hijo muerto.

 

Estrofa III

Otra lamentación viene después de la nuestra; resuenan los golpes que se dan nuestras servidoras. Id, ¡oh vosotras que compartís nuestro dolor, vosotras que cantáis respondiendo á nuestros males con un coro que complace á Edes! Ensangren­tad en vuestras mejillas vuestras uñas blancas, y desgarrad vuestro cuerpo, porque el tributo á los muertos es un honor para los vivos.

 

Antistrofa III

Esta voluptuosidad insaciable y cruel de lamentarme me impulsa [80] á no cesar de llorar jamás, como el agua que fluye inagotablemente de una roca elevada, porque el violento dolor de las mujeres á causa de sus hijos muertos las impulsa de ordi­nario á llorar. ¡Ay, ay! ¡Pluguiera á los Dioses que, muerta, pudiese yo olvidar mis dolores!

 

Teseo

¿Qué gemido he oído? ¿qué golpes de pecho y qué lamenta­ciones fúnebres resuenan fuera de este templo? Porque me embarga el temor de que mi madre, [90] en pos de quien vengo, sea presa de algún nuevo contratiempo después de abandonar las moradas. ¿Qué es esto? Veo un espectáculo inesperado: mi anciana madre sentada en el altar con mujeres extranjeras que manifiestan más de una señal de dolor, pues vierten en tierra lágrimas desoladas de sus ojos venerables. Se han rapado las cabelleras, y sus vestidos no son apropiados para fiestas sagradas. ¿Quiénes son, madre? A ti te corresponde decírmelo y á mí escuchar. Preveo algo nuevo, en efecto.

 

Etra

[100] ¡Oh hijo! estas mujeres son madres de otros hijos muertos en las puertas cadmeas, de los siete jefes, Me guardan y me rodean con ramas suplicantes, como estás viendo, hijo.

 

Teseo

¿Y quién es ese que gime miserablemente ante las puertas?

 

Etra

Es Adrasto, rey de los argianos, según dicen.

 

Teseo

¿Y son suyos los niños que le rodean?

 

Etra

No, que son los hijos de los que han perecido.

 

Teseo

¿Por qué han venido á nosotros con manos suplicantes?

 

Etra

Yo ya lo sé; pero á ellos les corresponde contestarte, hijo.

 

Teseo

[110] Te interrogo á ti, que estás envuelto en tu clámide. Habla, descubre tu cabeza y cesa de gemir. No conseguirás nada, si no hablas.

 

Adrasto

¡Oh Teseo, rey ilustre de la tierra de los atenienses, vengo suplicante á ti y á tu ciudad!

 

Teseo

¿Qué buscas? ¿De qué socorro necesitas?

 

Adrasto

¿Sabes ya la desastrosa expedición que he hecho?

 

Teseo

Claro que no atravesaste la Hélade sin promover el menor rumor.

 

Adrasto

He perdido á los argianos más bravos.

 

Teseo

La guerra lamentable trae estas pérdidas.

 

Adrasto

[120] He ido á pedir sus cuerpos á Tebas.

 

Teseo

¿Te has servido de los heraldos de Hermes, con el fin de poder sepultar á los muertos?

 

Adrasto

Sí; pero no me lo han permitido los que los han matado.

 

Teseo

¿Qué han dicho, pues que pedías cosas justas?

 

Adrasto

¡Bah! No saben tener fortuna.

 

Teseo

¿Has venido á consultarme, ó para algún otro servicio?

 

Adrasto

Aspiro ¡oh Teseo! á que hagas devolver los hijos de los argianos.

 

Teseo

¿Qué se hizo, pues, vuestra Argos? ¿Acaso os gloriáis en falso?

 

Adrasto

Estamos perdidos sin remisión, y venimos á ti.

 

Teseo

¿En vista de resolución únicamente tuya, ó de la ciudad entera?

 

Adrasto

[130] Todos los Danaidas te ruegan y suplican que sepultes á los muertos.

 

Teseo

Pero ¿por qué has traído contra Tebas siete cuerpos de ejército?

 

Adrasto

Así ayudaba á mis dos yernos.

 

Teseo

¿A cuáles de los argianos diste tus hijas?

 

Adrasto

No hice alianza con los de nuestra raza.

 

Teseo

¿Has dado, pues, á extranjeros las jóvenes argianas?

 

Adrasto

A Tideo y á Polinices, oriundo de Tebas.

 

Teseo

¿Con qué deseo contrajiste esa alianza?

 

Adrasto

Los obscuros enigmas de Febo me indujeron á ello.

 

Teseo

¿Qué dijo Apolo para decidir las bodas de las jóvenes?

 

Adrasto

[140] Me dijo que diera mishijas á un jabalí y á un león.

 

Teseo

¿Y cómo te has explicado los oráculos del Dios?

 

Adrasto

Al venir de noche á mi morada, desterrados...

 

Teseo

¿Quiénes?Porque has indicado que eran dos.

 

Adrasto

Tideo y Polinices riñeron un combate.

 

Teseo

¿Y les diste tus hijas, como si fuesen fieras?

 

Adrasto

Su combate me pareció el de dos fieras.

 

Teseo

¿Cómo habían ido allá, abandonando su patria?

 

Adrasto

Tideo estaba desterrado de su patria, á causa del asesinato de su hermano.

 

Teseo

Pero ¿á qué iba el hijo de Edipo, abandonando Tebas?

 

Adrasto

[150] Por culpa de las imprecaciones de su padre y por miedo de matar á su hermano.

 

Teseo

Al menos, hablas de un destierro voluntario y prudente.

 

Adrasto

Pero los que se quedaron injuriaron á los ausentes.

 

Teseo

¿Acaso su hermano le usurpó su patrimonio?

 

Adrasto

Partí para tomar venganza de esa usurpación, y por ello perezco.

 

Teseo

¿Has consultado á los adivinadores? ¿Has visto las llamas de las víctimas?

 

Adrasto

¡Ay de mí! Has tocado el punto en que pequé.

 

Teseo

¿Por  lo visto,  no te fueron propicios  los Dioses en tu marcha?

 

Adrasto

Antes bien, marché contra la voluntad de Anfiarao.

 

Teseo

¿Cómo rechazaste con tanta ligereza los presagios divinos?

 

Adrasto

[160] Me trastornaron los clamores de los jóvenes.

 

Teseo

Creíste en su audacia antes que en los buenos consejos, y eso ha perdido ya á gran número de estrategas.

 

Adrasto

¡Oh la más valiente cabeza de la Hélade, rey de los ate­nienses! ¡en verdad que me da vergüenza abrazar tus rodillas, prosternado en tierra, siendo ahora un hombre de cabellos blancos y en otro tiempo un rey feliz! Y sin embargo, es ne­cesario que ceda á mi desdicha. Salva á mis muertos, ten pie­dad de mis males y de estas madres de hijos muertos, [170] y á quienes así se priva de sus hijos en la blanca vejez. Han te­nido el valor de venir aquí, á una tierra extranjera, moviendo con trabajo sus viejos miembros, no para las fiestas de Deme­ter, sino con el fin de sepultar á sus muertos, con el fin de celebrar antes de tiempo los funerales de aquellos por cuyas manos debieron ser enterradas ellas. Es cuerdo en el rico con­templar la pobreza; y en el pobre, mirar a los ricos é imitarlos, con objeto de sentir el deseo de las riquezas; y en los dichosos, considerar á los desdichados; [180] y en el poeta, cuando pare versos, parirlos con alegría. ¿Cómo, en efecto, podría encantar á los demás, si fuera presa de las preocupaciones? Porque eso no os equitativo. Pero dirás, quizá: «¿Por qué no piensas en la tierra de Pelops, imponiendo ese trabajo á los atenienses?» Debo de­clarar esto: Esparta es cruel y astuta en sus costumbres, y las demás ciudades son pequeñas y débiles; pero tu ciudad por sí sola puede emprender esta empresa, [190] porque tiene costumbre de resistir á la desgracia, y tiene en ti un jefe joven y bravo. Por estar privadas de un jefe así, han perecido muchas ciu­dades.

 

El coro

Y también yo digo lo que él, Teseo, á fin de que tengas piedad de mis calamidades.

 

Teseo

Ya he tratado esta cuestión con otros. Se ha dicho que entre los hombres son los males más poderosos que los bienes; pero, por el contrario, creo que los bienes triunfan de los males en los hombres, [200] porque, si así no fuera, no veríamos la luz. Alabo á aquel de los Dioses que sacó nuestra vida del estado salvaje, dándonos primero la inteligencia y la lengua mensa­jera de la palabra, con el fin de que conozcamos la voz, y los frutos que nutren y los húmedos rocíos uránicos que alimentan los frutos que nacen de la tierra y riegan el seno de ésta, y también abrigos contra el invierno y contra el ardor del Dios, y la navegación por el mar, [210] y el comercio de las cosas que faltan en cada país. En fin, lo que está oculto para nosotros y que no conocemos claramente, los adivinadores nos lo revelan contemplando el fuego, las entrañas y el vuelo de las aves. ¿No somos demasiado ambiciosos cuando no esta­mos satisfechos de tanto como un Dios ha otorgado á nuestra vida? Pero nuestro espíritu quiere ser más poderoso que un Dios, y al orgullo de nuestros pensamientos le parece que so­mos más sabios que los Demonios. Al parecer te cuentas entre los que son así y careces de prudencia, [220] pues, ligado por los oráculos de Febo, diste tus hijas á extranjeros, como si se tratara de Dioses, y con ello has mancillado á tu ilustre fami­lia y tu morada. Es preciso que no mezcle el sabio á los cul­pables con los inocentes, sino que por su familia adquiera amigos florecientes de riquezas, porque un Dios confunde las fortunas comunes y arruina al inocente que no ha pecado, abrumándole con las calamidades del culpable. Así, cuando llevabas á todos los argianos á esa expedición, [230] despreciando á los adivinadores que te hablaban á voces, y obrando en contra de los Dioses, has perdido á tu ciudad, seducido por los jóve­nes que se regocijan de amontonar honores y encienden la guerra sin derecho, y corrompen á los ciudadanos, el uno para ser estratega, el otro para tener en sus manos el poder y go­bernar insolentemente, y el otro por sed de ganancia, sin pen­sar en el pueblo y en sus sufrimientos. Porque hay tres par­tidos de ciudadanos: los ricos, inútiles y siempre deseosos de mayores bienes; [240] los pobres, que carecen de sustento, violentos y envidiosos en su mayoría, que lanzan injurias á los ricos, pues están engañados por la lengua de los perversos que los mandan. El tercer partido, que se halla en medio, salva ála ciu­dad, conservando el orden y lo constituido. ¿Y quieres que sea tu aliado? ¿Qué diré de persuasivo á mis conciudadanos? ¡Vete ya! Si abrigaste un designio desastroso, no es equitativo arras­trarnos violentamente en la mala fortuna.

 

El coro

[250] Ha obrado mal; pero la culpa es de los jóvenes. Conviene, pues, perdonarle.

 

Adrasto

No te escogí para juez de mis males, sino que he venido al médico que los cure, ¡oh rey! No lo hice para sufrir reproches y castigos, aunque haya obrado mal, ¡oh rey! sino para que me ayudes. Si no quieres, será necesario que me conforme con tu voluntad. ¿Qué voy á hacer, en efecto? Idos, ¡oh ancia­nas mujeres! ¡Dejad el verde follaje envuelto en lana de estas ramas; poned por testigos [260] á los Dioses y á la tierra y á la Diosa Demeter, que lleva antorchas, y a la luz de Helios, ya que de nada nos han servido las súplicas que hicimos á los Dioses.

 

El coro

…………………… que era hijo de Pelops; y nosotros, que somos de la tierra pelopense y de la misma sangre paterna que tú. ¿Qué harás? ¿Engañarás á éstas y arrojarás de esta tie­rra á estas ancianas que sufren un destino que no debían sufrir? No, porque la fiera tiene un refugio en las rocas, y el esclavo en los altares de los Dioses, y la ciudad azotada por las tempes­tades recurre suplicante á otra ciudad, [270] pues en las cosas hu­manas nada hay que sea perpetuamente feliz.«¡Vete, oh desventurada, sal del suelo sagrado de Persefonia! ¡Suplica á éste, echándole tus brazos en torno á sus rodillas, que traiga los cadáveres de nuestros hijos muertos, á quienes hemos perdido jóvenes bajo las murallas cadmeas!» ¡Ay de mí! ¡Cogedme, lle­vadme, levantadme de mi vieja mano, desdichada de mí! Por tu mentón, ¡oh querido, oh el más ilustre en la Hélade! [280] te su­plico, abrazando tus rodillas y tu mano, que tengas piedad de mí, desgraciada, que te ruego para mis hijos, y como una vagabunda, lloro un cántico lamentable. ¡Te conjuro, oh hijo, á que no dejes insepultos y á merced de las fieras, en la tierra de Cadmo, a mis hijos, de la misma edad que tú! ¡Mira mis lágrimas bajo mis párpados, y cómo caigo a tus rodillas, á fin de que des sepultura á mis hijos!

 

Teseo

Madre, ¿por qué lloras cubriendo tus ojos con un peplo li­gero? ¿Es al oír las quejas lamentables de éstas? Porque tam­bién á mí me han conmovido. Levanta tu cabeza blanca, [290] y no derrames lágrimas ante los hogares sagrados de Demeter.

 

Etra

¡Ay, ay!

 

Teseo

No debes gemir por sus males.

 

Etra

¡Oh desdichadas mujeres!

 

Teseo

No te cuentas entre estas mujeres.

 

Etra

¿Podré decirte, hijo, algo glorioso para ti y para la ciudad?

 

Teseo

Habla, que también las mujeres pronuncian muchas palabras sensatas.

 

Etra

Pues vacilo en pronunciar lo que tengo que decir.

 

Teseo

Vergonzoso es ocultar lo que conviene á los amigos.


 
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