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Universidad de Murcia
Tragedias - Las Fenicias

 

Yocasta

El pedagogo

Antífona

Polinices

Eteocles

Creón

Meneceo

Tiresias

El coro

Edipo

Un mensajero

Otro mensajero

 

 

Yocasta

¡Oh Helios, que trazas tu camino entre los astros del Ura­no y te asientas en un carro de oro! Tú, que haces girar la llama con tus caballos rápidos, ¿qué funesto rayo enviaste á Tebas el día en que Cadmo vino á este país, dejando la tierra fenicia? El, que, tras de casarse en otro tiempo con Harmo­nía, la hija de Cipris, engendró en ella á Polidoro, de quien dicen que nació Lábdaco, y de éste, Layo. [10] En cuanto á mí, me llaman hija de Meneceo, y Creón es hermano mío, nacido de la misma madre. Me nombran Yocasta. En efecto, mi padre me ha dado este nombre, y Layo se casó conmigo. Como hacía tiempo que me poseía en su morada y no tenía hijos, fué á interrogar á Febo y le pidió que tuviésemos hijos varones en nuestras moradas, y éste le contestó: «¡Oh tú que mandas en los buenos jinetes tebanos, no siembres de hijos el surco á despecho de los Dioses, porque, si engendras un hijo, ese hijo te matara, [20] y á toda la familia arrastrará la sangre!» Pero él, cediendo á la voluptuosidad é impulsado por el exceso de vino, engendró á nuestro hijo; y después de engendrarle, recono­ciendo su error, y acordándose del oráculo del Dios, entregó el niño á los pastores, con objeto de que lo expusiesen en la pradera de Hera, en la cima del Citerón, después de atrave­sarle los talones con hierros agudos, á lo cual obedece que la Hélade le llame Edipo. Y recogiéndole los pastores de Polibo, le llevaron á la morada y le pusieron en manos de su señora, [30] que confió el fruto de mi parto á pechos de nodriza, y persua­dió á su marido de que le había parido ella. Y ya era mi hijo un hombre de mejillas florecientes, y bien porque lo compren­diese todo por sí mismo, bien porque  le  hubiese advertido alguien, se presentó en la morada de Febo para descubrir á sus padres, al mismo tiempo que Layo, mi marido, se presen­taba allí también con objeto de saber si su hijo expósito es­taba vivo todavía. Y se reunieron en el lugar donde se parte en tres la ruta de la Focis. Y el conductor de Layo ordenó á Edipo: [40] «¡Oh extranjero, cede el camino al rey!» Pero él cami­naba en silencio y con orgullo. Y los cascos de los caballos le enrojecieron de sangre los pies... Mas ¿qué necesidad hay de contar lo que cae por fuera de nuestros malee? El caso es que el hijo mató al padre, y apoderándose del carro, se lo dió á Polibo, que le había criado. Pero como la Esfinge oprimía á la ciudad yya no existía mi marido, mi hermano Creón hizo proclamar que me casaría con el que comprendiera el enigma de la virgen astuta. [50] Y acaeció que mi hijo Edipo comprendió el enigma de la Esfinge, y quedó convertido así en señor de este país, y en recompensa recibió el cetro de esta tierra. Y el desgraciado, sin saberlo, se casó con su madre, quien, sin saberlo, se acostó con su hijo. Y he concebido de mi hijo dos niños varones, Eteocles y la ilustre Fuerza de Polinices, y dos hijas. A una la llamó Ismena su padre, y á la otra, que era la mayor, la llamé yo Antígona. Pero cuando supo que mi lecho era á la vez el de su madre y el de su mujer, [60] abrumado por todos estos males, Edipo alzó contra sus ojos una mano exterminadora y se los agujereó con broches de oro. En cuanto estuvo sombreada la mejilla de mis  hijos, encerraron á su padre con el fin de que se olvidase esta calamidad; mas fueron vanas todas las astucias encaminadas á ello. Vivo está en las moradas; pero, irritado por su destino, profiere imprecaciones muy impías contra sus hijos y anhela que desgarren esta fa­milia con el hierro agudo. [70] Y temiendo éstos que los Diosescumplieran las imprecaciones si vivían ellos juntos, convinie­ron en que el más joven, Polinices, se desterraría voluntaria­mente de esta tierra por lo pronto, y Eteocles se quedaría, poseyendo el cetro de este país y cediéndoselo al hermano á su vez al cabo de un año. Pero sentado ya en el banco del mando, Eteocles no cedió el trono, y expulsó de esta tierra á Polinices. Y éste, tras de partir para Argos y hacer alianza de fa­milia con Adrasto, ha reunido y traido un numeroso ejército de argianos, y viene contra la propia ciudad de las siete puertas, [80] reclamando el cetro paterno y la parte que le corresponde de esta tierra. Y yo, á fin de solventar esta cuestión, he persua­dido á mi hijo para que venga á ver á su hermano antea de tocar la lanza, amparado en la fe jurada. El mensajero envia­do dice que va á venir. Pero ¡oh tú que habitas los espléndidos retiros del Urano, Zeus, sálvanos y haz reconciliarse á mis hijos! Porque no debes permitir, siendo tan sabio, que sea siempre desdichado el mismo mortal.

 

El pedagogo

¡Oh tú, Antígona, que eres un noble retoño de tu padre en estas moradas! Ya que tu madre, conmovida por tus ruegos, te ha permitido abandonar la estancia de las vírgenes y subir á la parte más alta de la morada [90] con objeto de ver al ejército de los argianos, párate pata que yo examine el camino, no vaya á ser que aparezca por el sendero algún ciudadano, y para que no se nos dirija un reproche oprobioso, á mí como esclavo y á ti como reina; y te diré cuanto de los argianos he visto y sabido cuando he ido á llevar el salvoconducto á tu hermano, y cuando, tras de dejarle, he vuelto aquí. Pero no se acerca á las moradas ningún ciudadano. [100] Remonta, pues, los antiguos peldaños de cedro y mira la llanura, y siguiendo el curso del Ismeno y la fuente Dirce, observa cuán numeroso es el ejér­cito de los enemigos.

 

Antígona

Tiende, pues; tiende, pues, tu vieja mano á la joven, desde lo alto de los peldaños, á fin de ayudarme á levantar los pies.

 

El pedagogo

He aquí mi mano; tómala, virgen. A tiempo has subido, porque el ejército pelásgico se pone en movimiento y se divide en tropas.

 

Antígona

¡Oh Hécata, venerable hija de Latona! [110] El bronce resplan­dece por toda la llanura,

 

El pedagogo

No viene Polinices con timidez á esta tierra, pues suenan numerosos caballos é innumerables hoplitas.

 

Antígona

¿Están atrancadas las puertas y las barras de bronce están bien adaptadas á las murallas de piedra construidas por Anfión?

 

El pedagogo

Estáte tranquila. La ciudad se halla bien fortificada por dentro; pero miraá ese primero, si quieres saber quién es.

 

Antígona

¿Quién es ese de la cimera blanca en el casco [120] y que lleva con desenvoltura al brazo un macizo escudo de bronce?

 

El pedagogo

Es un jefe, ¡oh señora!

 

Antígona

¿Quién es? ¿De dónde es? Di, ¡oh anciano! ¿Cómo se llama?

 

El pedagogo

Dicen que es micense de origen, y habita en el pantano de Lernea. Es el rey Hipomedón.

 

Antígona

¡Oh! ¡es orgulloso y terrible de aspecto, y semejante á un gigante nacido de la tierra! En su escudo hay pintadas estre­llas. [130] No parece de la raza de los mortales,

 

El pedagogo

¿Ves á ese jefe que atraviesa el agua de Dirce?

 

Antígona

¡Sus armas son extrañas, extrañas! ¿Quién es?

 

El pedagogo

Es Tideo, hijo de Eneo. En el pecho lleva la imagen de Ares etolio.

 

Antígona

¿Es él ¡oh anciano! quien se ha casado con la hermana de la mujer de Polinices? El color de sus armas es extraño, me­dio bárbaro.

 

El pedadogo

En efecto, hija mía, todos los etolios [140] llevan un largo es­cudo y son hábiles para lanzar largas picas.

 

Antígona

Pero ¿cómo sabes esas cosas, ¡oh anciano!?

 

El pedagogo

He visto y observado los emblemas de sus escudos al llevar, el salvoconducto á tu hermano, y al mirarlos, reconozco á los que están armados.

 

Antígona

¿Quién es ese que pasa junto á la tumba de Zeto, con me­lena rizosa, aire orgulloso y joven de aspecto? Es un jefe, pues le sigue y le rodea una multitud armada.

 

El pedagogo

[150] Es Partenopeo, hijo de Atalanta.

 

Antígona

¡Ojalá Artemisa, que corre por las montañas con su madre, le domeñe y le mate con sus dardos, por venir contra mi ciu­dad para devastarla!

 

El pedagogo

¡Así sea, oh hija! Sin embargo, vienen con razón á esta tierra. Temo que los Dioses crean lo mismo.

 

Antígona

Pero ¿dónde está el que, por un destino adverso, ha nacido de la misma madre que yo? Di, ¡oh anciano! ¿dónde está Poli­nices?

 

El pedagogo

Está de pie junto á Adrasto, [160] apoyado en la tumba de las siete hijas de Niobe. ¿Le ves?

 

Antígona

Le veo, pero no claramente. Noto, sin embargo, cierta se­mejanza en su cara y en su estatura. ¡Pluguiera á los Dioses que pudiese yo, como una nube que vuela, atravesar el aire para correr en pos de mi hermano! ¡Le echarla los brazos á su cuello querido, al cuello de ese desdichado desterrado hace tanto tiempo! ¡Cómo resplandece bajo sus armas de oro, an­ciano! ¡Resplandece cual los rayos de Helios por la mañana!

 

El pedagogo

[170] A estas moradas vendrá, con el salvoconducto, para col­marte de alegría.

 

Antígona

Pero, ¡oh anciano! ¿quién es ese que lleva un carro de ca­ballos blancos, en el que va sentado?

 

El pedagogo

Es el adivinador Anfiarao, ¡oh señora! Con él van las víc­timas destinadas á la tierra, que gusta de la sangre.

 

Antígona

¡Oh hija de Helios, la de espléndida cintura, Selanea! ¡Luz con cerco de oro! ¡Con qué moderación lleva su carro y cuánta suavidad pone en el látigo para aguijar á sus caballos! Pero ¿dónde está Capaneo, que tan insolentemente amenaza á la ciudad?

 

El pedagogo

[180] Examina el acceso á las torres y mide las murallas desde la base hasta el final.

 

Antígona

¡Io! ¡Némesis! ¡truenos de horrible estampido de Zeus y fuego del rayo! ¡Reprimid esa arrogancia sin freno! Este en­tregará las mujeres tebanas cautivas á Micena y al tridente lerneo, é impondrá el yago de la servidumbre á las aguas de Poseidón y de Amimone. [190] No sufra yo de servidumbre nunca, nunca, ¡oh venerable Artemisa, oh hija de cabellos de oro de Zeus!

 

El pedagogo

¡Oh hija! Entra en la morada y quédate bajo tu techo vir­ginal, pues ya has satisfecho tu deseo viendo lo que deseabas ver. Porque desde que el tumulto ha invadido la ciudad, una multitud de mujeres está viniendo á las moradas reales. La raza de las mujeres es maligna por naturaleza, [200] y las menores pequeñeces les hacen prorrumpir en palabrería. La voluptuosidad de las mujeres consiste en hablar mal unas de otras.

 

El coro 

Estrofa I

Abandonando el mar Tirio, he venido desde la Isla Fenicia, ofrenda escogida de Loxias, pues soy esclava de Febo en su templo, donde habita bajo las cumbres nevadas del Parnaso, después de navegar por el mar Jónico, [210] por las llanuras estéri­les que rodean á Sicilia, y en donde Zéfiro lanza al Urano sus soplos de un hermoso rumor estridente.

 

Antistrofa 1

Escogida en mi ciudad como el don más hermoso para Lo­xias, he venido á la tierra Cadmea de los ilustres Agenóridas, enviada á las fraternas torres de Layo. [220] Como las ofrendas do­radas, me he tornado servidora de Febo, y el agua de la fuente Castalia está esperándome para lavar mi cabellera, con sus delicias virginales, en las adoraciones á Febo.

 

E p o do

¡Oh piedra llameante que resplandeces con doble luz sobre las cimas de Dionisos Báquico, y tú, viña que á diario [230] haces brotar la abundancia de la uva floreciente! ¡Antros divinos del dragón, cumbres desde donde miran los Dioses, sagrado monte nevado! ¡Pluguiera á los Dioses que, sin temor, fuese yo un coro danzante de la inmortal Diosa, lejos de Dirce, en los va­lles de Febo, donde está el ombligo de la tierra!

 

Estrofa II

[240] Pero he aquí que el cruel Ares llega á nuestras murallas y enciende rabia guerrera contra esta ciudad. ¡Ojalá no fuera así! Porque los dolores son comunes entre amigos, y si debe sufrir esta tierra fortificada con siete torres, estos males aso­larán también al país fenicio. ¡Ay, ay! los hijos de la cornuda Io tienen la misma sangre, y comparto sus males.

 

Antistrofa II

[250] En torno á la ciudad relampaguea densa nube de escudos, nuncio de la sangrienta refriega á que ha de llevar pronto Ares á los hijos de Edipo, desastre enviado por las Erinnias. ¡Oh Argos pelásgica, tengo miedo de la fuerza y la venganza divinas! Porque el que reclama sus moradas no se lanza ar­mado [260] para un combate injusto.

 

Polinices

Los guardas de las puertas me han abierto fácilmente las barreras y he entrado en la ciudad; tamo también que, co­giéndome en sus redes, no me suelten sin verter mi sangre. Por eso mis ojos deben mirar de acá para allá, recelando algu­na emboscada. Pero con la mano armada de esta espada, con­fiaré en mi audacia. ¡Hola! ¿Quién va? Pero ¿es que me he asustado de un ruido? [270] Todo, en efecto, se les antoja un peligro á los audaces cuando ponen los pies en tierra enemiga. Ciertamente, me fío de mi madre, que me ha persuadido á venir aquí, amparado en la fe de un tratado, y sin embargo, no me fío tampoco. Pero he aquí una ayuda. En efecto, aquí cerca hay hogares de altares y una morada habitada. ¡Vamos! enfun­daré la espada en la vaina oscura, é interrogaré á esas mujeresque están delante de las moradas. Decidme, mujeres extran­jeras, ¿de qué patria habéis venido á ¡as moradas helénicas?

 

El coro

[280] La tierra fenicia es la patria que me ha criado; los nietos de Agenor enviáronme aquí como don escogido de victoria ofrecido á Febo. En el momento en que el ilustre hijo de Edipo iba á enviarme al oráculo venerable y á los altares de Loxias, los argianos sitiaron la ciudad. Pero respóndeme á tu vez, diciéndome quién eres y por qué vienes á las torres de siete puertas de la tierra tebana.

 

Polinices

Mi padre es Edipo, hijo de Layo; Yocasta, hija de Meneceo, me ha parido; [290] y el pueblo tebano me llama Polinices.

 

El coro

¡Oh descendiente de la sangre de los hijos de Agenor, mis amos, por quien fui enviada! Te venero prosternada á tus pies, ¡oh rey! según costumbre de mi patria. ¡Oh venerable señora, ven, acude, abre las puertas! ¿No oyes, ¡oh madre que le has parido!? ¿Por qué tardas en salir de las altas moradas [300] y en es­trechar á tu hijo en tus brazos?

 


 
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