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Universidad de Murcia
Tragedias - Ifigenia en Aulide

 

Akileo

Un gran corazón se conmueve en mí, [920] que también sé sufrir desdichas y gozar con moderación de las cosas buenas. Los hombres así constituídos llevan por voluntad una vida recti­línea, guiados por la razón y la sabiduría. En verdad que á veces es bueno no ser sabio; pero también ocurre que la pru­dencia es útil. Por lo que á mí respecta, educado por un hom­bre muy venerable, por Kirón, he aprendido á practicar cos­tumbres sencillas. Obedeceré á los Atreidas cuando sus órdenes sean justas, pero no cuando sean inicuas. [930] Aquí y en Troya daré prueba de un corazón libre y mostraré todo el valor que en mí se alberga. Por lo que á ti respecta, tan miserablemente ago­biada de males por los que más queridos te son, te consolaré en lo que puede un joven movido á compasión por ti. Jamás será degollada por su padre tu hija, á la que se ha llamado mía; no me prestaré á las astucias engañosas de tu marido, pues mi nombre, incluso sin levantar el hierro, mataría á tu hija. Sólo tu marido es el causante de ello; [940] y ya no me creería yo inocente si, á causa mía y de mis bodas, pereciese esa virgen que sufre suerte tan horrible y tan indignos ultrajes. Sería yo el más cobarde de los argianos, un hombre inútil, y Mene­lao podría pasar por bravo; no sería yo hijo de Peleo ya, sino de un mal Demonio, si mi nombre ayudase a tu marido á co­meter ese asesinato. ¡No, por Nereo que vive en las olas húmedas y es padre de Tetis, que me ha parido, [950] el rey Agamenón no tocará á tu hija ni siquiera con la punta de los dedos, ó Sipilo, aldea bárbara de la que procede la raza de esos estra­tegas, será una ciudad, mientras la Ftia y yo no tendremos ninguna fama nunca! Amargas cebadas y aguas lustrales con­sagrará el adivinador Calcas. ¿Qué es un adivinador? Un hom­bre que dice muchas cosas falsas y pocas verdaderas cuando acierta; y cuando se equivoca, ¿quién se preocupa de ello? [960] No hablo en interés de mis bodas, que mil jóvenes desean mi alianza; pero el rey Agamenón me ha ultrajado. Debía haberme pedido mi nombre para obtener á su hija; y si Clitemnestra me la hubiese concedido, yo habría consentido sin duda, si de ello dependiese nuestra marcha á Ilios. No me habría yo ne­gado á contribuir al mayor bien de aquellos con quienes debo combatir. Pero nada soy para esos dos estrategas; y ni por asomo se preocupan de obrar bien ó mal conmigo. [970] Pronto, antes de llegar á Troya, mancharé esta espada con la sangre de quien quiera quitarme á tu hija. Estate tranquila. Me apa­rezco á ti como un Dios. No lo soy, pero para ti lo seré.

 

El coro

¡Las palabras que has dicho, oh hijo de Peleo, son dignas de ti y de la venerable Diosa, Demonio del mar!

 

Clitemnestra

¡Ah! ¿cómo no alabarte sin medida, ó alabándote menos, caer en falta de gratitud? Los buenos, en efecto, [980] no gustan de los que los alaban con exceso. Me ruborizo de exponerte quejas lamentables y dolores privados, porque no sufres los mismos males que yo. Pero un hombre de bien, aunque sea extranjero, hace siempre una acogida excelente á los desdichados á quie­nes ayuda. Ten piedad, pues, de mí, que sufro lamentables males. Había alimentado la vana esperanza de tenerte por yerno; pero acaso la muerte de mi hija sea un mal presagio para tus bodas futuras. Eso es lo que tienes que prevenir. [990] Has hablado bien al principio y al fin; y si quieres, mi hija será salva. ¿Quieres que abrace ella tus rodillas, suplicándote? Poco apropiado á una virgen es eso. Si te place, no obstante, vendrá ella, con pudor y dignidad. En ausencia suya, ¿obtendré de ti el mismo apoyo?

 

Akileo

Quede ella en la morada, porque el pudor es cosa venerable.

 

Clitemnestra

Sin embargo, hay que respetar en lo posible lo que es con­veniente.

 

Akileo

No traigas tu hija á mi presencia, y no incurramos en falta. [1000] Un ejército numeroso, desinteresado de los cuidados domésticos, se complace en las mentiras y en las malas pa­labras. Me supliques ó no, obtendrás el mismo apoyo; porque he emprendido la ruda tarea de redimiros de vuestros males. Pero ten por cierto que no hablo en vano. ¡Que me muera, si digo cosas falsas y me burlo de vosotros! Pero escaparé á la muerte si salvo á la joven.

 

Clitemnestra

¡Sé dichoso, y ven siempre en ayuda de los desdichados!

 

Akileo

Escucha, pues, á fin de que se arregle todo.

 

Clitemnestra

[1010] ¿Qué has dicho? Porque en verdad que te escucharé.

 

Akileo

Persuadamos al padre para que se deje llevar de mejores sentimientos.

 

Clitemnestra

¡Es un cobarde! Teme demasiado al ejército.

 

Akileo

Pero hay razones superiores á otras razones.

 

Clitemnestra

Es una débil esperanza. Sin embargo, dime lo que tengo que hacer.

 

Akileo

Muéstrate primero á élcon actitud suplicante, áfin de que no mate á tu hija. Si se resiste, tendrás que acudir á mí. Si consienteen lo que quieres, ya no habrá necesidad de mi mediación. Eso será la salvación de tu hija, y yo seré mejor amigo de Agamenón, [1020] y no me censurará el ejército por haber obrado con razones antes que con violencia; y cuando todo se lleve á cabo felizmente, será dulce para tus amigos y para ti haber tenido éxito sin mi mediación.

 

Clitemnestra

¡Qué sabiamente has hablado! Es preciso, pues, hacer lo que quieres. Si no obtengo lo que quiero, ¿dónde te veré? ¿Adónde habrá que ir, desdichada de mí, para encontrar tu mano, que viene en ayuda de mis males?

 

Akileo

Te vigilaré y velaré por ti cuanto sea preciso, para que no te vean errar tristemente por entre el ejército de los danaos [1030] y no se deshonre á la familia paterna, pues no se debe hablar mal de Tindareo. Porque es grande entre los helenos.

 

Clitemnestra

Así será. Manda; conviene que yo te obedezca. Si los Dioses existen, ya que eres un hombre justo, serás dichoso. Si no, ¿de qué sirve tomarse tantas penas?

 

El coro

Estrofa

¿Qué canto himeniano resonó con la flauta líbica y la cítara que se alegra en las danzas y lassiringas hechas de cañas, [1040] cuando en el Pelios las Piérides de hermosas cabelleras, hi­riendo la tierra con sussandalias de oro durante el festín de los Dioses, fueron á lasbodas de Peleo y celebraron á Tetis con sus voces armoniosas, y al hijo de Eaco, en las montañas de los centauros, en la selva Peliada? El Dardanida, el frigio Ganimedes, [1050] grata delicia de los lechos de Zeus, escanciaba el néctar de las profundas cráteras de oro, y en la arena blanca, celebrando las bodas, danzaban en corro las cincuenta hijasde Nereo.

 

Antistrofa

Con lanzas de abeto y coronas de hierbas, la tropa ecuestre [1060] de los centauros fué al festín de los Dioses y al cráter de Baco. Y gritaban las jóvenes tesalianas: «¡Oh hija de Nereo! ¡el pro­feta Febo, y Kirón, á quien lasMusas han revelado las generaciones futuras, han predicho que, con los mirmidones ar­mados de lanzas, vendrá á la llanura de Troya una gran luz, que devastará por el fuego á la ilustre tierra de Príamo, [1070] con el cuerpo cubierto de armas de oro forjadas por Hefesto, don de su madre la Diosa que le ha parido para ser dichoso!» Así cele­braron los Dioses las bodas de la Eupatrida Tetis, primera de las Nereidas, y de Peleo.

 

Epodo

[1080] ¡Oye, Ifigenia! los argianos coronarán tu cabeza de her­mosos cabellos, como la de una tachonada ternera que saliese virgen de los antros rocosos de las montañas; ensangrentarán tu garganta, sin haberte criado á los sones de la flauta ni de los cánticos de los pastores, sino junto á tu madre, para casarte con uno de los Inakidas. [1090] ¿Cómo va á triunfar el rostro del pudor ó de la virtud allí donde la impiedad es omnipotente, donde la virtud es desdeñada por los mortales, donde la ini­quidad es más fuerte que las leyes, donde los hombres no luchan unánimemente para que no estalle la cólera de los Dioses?

 

Clitemnestra

He salido de las moradas para esperar á mi marido, que las ha abandonado y está ausente de ellas hace tiempo. [1100] Y mi desventurada hija está bañada en lágrimas, exhalando nume­rosos gemidos desde que se ha enterado de que su padre pre­para su muerte. Pero he aquí que en el mismo momento en que hablo se aproxima Agamenón, que proyecta llevar á cabo pronto actos impíos contra sus hijos.

 

Agamenón

¡Oh hija de Leda! á tiempo te encuentro fuera de la mo­rada, para decirte en ausencia de la virgen lo que no conviene que oiga una novia.

 

Clitemnestra

¿Qué es lo que te parece tan oportuno?

 

Agamenón

[1110] Haz salir de la morada á tu hija, y que venga con su padre, porque ya está dispuesto todo: el agua sagrada y la cebada salada que se arroja en el fuego lustral, y las victimas que hay que sacrificar á la Diosa Artemisa antes de las bodas.

 

Clitemnestra

Claramente hablas, en verdad; pero no sé cómo calificar tus acciones. ¡Sal, hija! Porque ya sabes lo que medita tu padre. Trae envuelto en tu peplo á tu hermano Orestes, mi hijo. [1120] Hela aquí que te obedece. Diré lo demás referente á ella y á mí.

 

Agamenón

¿Por qué lloras, hija, y no me miras ya con ternura, incli­nado á tierra el rostro y recatándote con tu peplo?

 

Clitemnestra

¡Ay! ¿Por dónde comenzar á hablar de mis males? A cada uno de ellos se le puede creer el primero ó el último.

 

Agamenón

¿Qué es eso? ¿Por qué me mostráis todos la misma confu­sión y la misma turbación?

 

Clitemnestra

Responde francamente á mis preguntas.

 

Agamenón

[1130] No hay para qué exhortarme á ello. Interrógame.

 

Clitemnestra

¿No quieres matar á la que es hija mía y tuya?

 

Agamenón

¡Ah! ¡dices cosas horribles, y no conviene que las sospeches de mí!

 

Clitemnestra

No te turbes, y respóndeme por lo pronto.

 

Agamenón

Si  me  interrogas  convenientemente,  te responderé  lo mismo.

 

Clitemnestra

Puesto que te interrogo directamente, respóndeme lo mismo.

 

Agamenón

¡Oh destino terrible! ¡Oh Demonio fatídico!

 

Clitemnestra

¡El mismo es para mí, para ella, para los tres, desventu­rados!

 

Agamenón

¿En qué se te ha ofendido?

 

Clitemnestra

¿Me lo preguntas? Tu habilidad no es hábil.

 

Agamenón

[1140] ¡Estoy perdido! ¡Se han descubierto mis secretos!

 

Clitemnestra

Los sé, me he enterado de cuanto debías hacer en contra mía. Tu mismo silencio y esos gemidos son una declaración. No te tomes el trabajo de hablar.

 

Agamenón

Pues me callo. ¿Para qué voy á añadir a mi desgracia la impudicia de la mentira?

 

Clitemnestra

Escucha, pues, ahora. Voy á hablar, y no ya por enigmas. Y ante todo, he de reprocharte esto: te casaste conmigo mal de mi grado y raptándome á la fuerza, [1150] después de matar á mi primer marido Tántalo y estrellar vivo contra tierra á mi hijo, arran­cado violentamente de mis pechos. Los hijos de Zeus, mis hermanos, ilustres por los caballos, te hicieron la guerra; pero mi anciano padre Tindareo, á quien suplicaste, te protegió, y de nuevo poseíste mi lecho. Reconciliada contigo desde enton­ces, tú mismo puedes atestiguar que he sido para ti y para tu morada una esposa irreprochable, casta, [1160] que ha aumentado tus bienes patrimoniales. Y regocijándote en tu morada y fuera de ella, eras dichoso. Rara caza es para un marido tal mujer. ¡Además de tres hijas, he parido para ti este hijo, y quieres arrebatarme cruelmente una de ellas! Y si te preguntase alguien por qué quieres matarla, responde, ¿qué dirías? ¿Es preciso que hable yo en tu nombre? ¡Pues para que Menelao recobre á Helena! ¡Buena costumbre es la de redimir á una mala mujer á costa de nuestros hijos, [1170] lo más odioso por lo más querido! Pero, si partes para esa guerra, abandonándome en las moradas, y estás ausente mucho tiempo, ¿qué corazón crees que voy á tener en estas moradas desiertas, junto á la estancia vacía de la virgen, en la soledad, bañada en lágrimas y llorándola siempre? Diré: ¡Oh hija! ¡el padre que te ha engendrado es quien te ha perdido, quien te ha degollado, y no otra mano que la suya! ¡Esa es la recompensa que deja á su familia traicionada! [1180] No hará falta entonces más que un ligero pretexto para que yo y las hijas que abandonas te recibamos como conviene que se te reciba. ¡Por los Dioses, no me obligues á ser tu enemiga, y no lo seas tú mismo para mí! ¡Oye! Degollarás á tu hija; pero ¿qué plega­rias pronunciarás entonces? ¿Qué pedirás de bueno para ti, degollando á tu hija? ¿Sin duda un mal retorno, después de haber dejado tan vergonzosamente á tu familia? Y yo, ¿qué pediré de bueno para ti? ¡Ciertamente, sería creer insensa­tos [1190] á los Dioses rogarlos por un parricida! ¿Y abrazarás á tus hijos, de vuelta en Argos?¿Cuál de tus hijos va á mirarte, si has meditado matar á uno de ellos? ¿Has pensado en eso tú solo? ¿No debes pensar más que en llevar el cetro y en ser es­tratega? Te convenía decir con justicia á los argianos: «¿Que­réis, acayanos, navegar hacia la tierra de los frigios? Echad suertes para ver quién debe hacer morir á su hija.» Esto sería justo; [1200] pero no que seas tú solo entre todos el que ofrezca para víctima á su hija. O si no, que Menelao mate á Hermione á causa de su madre, que asunto suyo es. ¡Y ahora, yo, que he respetado la fe nupcial, voy á verme privada de mi hija, y la que ha pecado, conservando la suya en Esparta bajo su techo, será dichosa! Responde á esto, y si he hablado bien, no mates á la que es hija tuya y mía, y serás cuerdo.

 

El coro

¡Consiente! ¡Es bueno conservar á los hijos, Agamenón! [1210] Ningún mortal dirá lo contrario.

 

Ifigenia

Si tuviera la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre! y si cantando pudiera persuadir á las rocas á seguirme y enternecer con mis palabras á quien quisiese, recurriría á ella; pero por toda elo­cuencia te ofreceré mis lágrimas, pues sólo puedo eso. A tus rodillas pongo, como una rama de suplicantes, mi cuerpo, al que ha parido para ti esta mujer. ¡No me mates antes de tiempo, que es dulce ver la luz! ¡No me fuerces á ver las cosas que hay bajo la tierra! [1220] ¡He sido la primera en llamarte padre mío, y túme has llamado hija tuya; he sido la primera en dar y recibir sobre tus rodillas caricias dulces! Y me hablabas así entonces: «¿Te veré dichosa ¡oh hija! enlas moradas de tu marido, viva y floreciente, como es digno de mí?» Y á mi vez te decía yo, colgando mis brazos á tu cuello y oprimiendo tus mejillas con mis manos, como ahora: «Y yo, padre, ¿te veré envejecer en la dulce hospitalidad de mis moradas, [1230] devolviéndote los cui­dados que tuviste para criarme?» ¡He guardado el recuerdo de estas palabras; pero tú las has olvidado, ¡y quieres matarme! ¡No! ¡Te conjuro á ello por Pelops, por tu padre Atreo, por esta madre que me ha parido y que sufre por segunda vez los dolo­res del parto! ¿Qué tengo yo que ver con las bodas de Alejan­dro y de Helena? ¿Por qué ¡oh padre! ha venido él para atraer­me la muerte? ¡Mírame! Otórgame una mirada y un beso, para que, al menos, me lleve yo, al morir, una prenda tuya, [1240] si no cedes á mis palabras. ¡Hermano! débil apoyo eres para tus amigos; llora conmigo, sin embargo, y pide, suplicante, á tu padre que no muera tu hermana. Los niños tienen alguna per­cepción de los males. ¡He aquí que te suplico en silencio, padre! ¡Piensa en mí, ten piedad de mi vida! Sí, los dos, que te somos caros, te suplicamos por tus mejillas, él un niño todavía, y yo adolescente. Lo resumo todo en una palabra, y convenceré: [1250] dulcísimo es para los hombres ver la luz; pero los muertos ya no son nada. ¡Insensato quien desee morir! Más vale vivir miserablemente que morir gloriosamente.

 

El coro

¡Oh funesta Helena! ¡por causa tuya y de tus bodas, entre los Atreidas y sus hijos se produce una grave discordia!

 


 
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Ifigenia en Aulide

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