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Universidad de Murcia
Tragedias - Ifigenia en Aulide

 

Menelao

¡Vete! Eres demasiado fiel á tus amos.

 

El anciano

En verdad que me reprochas una cosa honrosa.

 

Menelao

Gemirás si haces lo que no te conviene hacer.

 

El anciano

No debías abrir las cartas que yo llevaba.

 

Menelao

Y tú no debías llevar lo que había de traer la desdicha de todos los helenos.

 

El anciano

Queréllate ante otros, pero devuélveme esas cartas.

 

Menelao

[310] No las devolveré.

 

El anciano

Ni te dejaré yo entonces.

 

Menelao

Voy á aplastarte la cabeza con mi cetro.

 

El anciano

Seguramente es glorioso morir por nuestros amos.

 

Menelao

Retírate. Hablas demasiado para ser esclavo.

 

El anciano

¡Oh señor, me insultan! Arrancándome de las manos por violencia tus cartas, este hombre no quiere ser justo en ma­nera alguna.

 

Agamenón

¡Ah! ¿Qué tumulto hay en las puertas? ¿Qué palabras vio­lentas son esas?

 

Menelao

A mí me toca responder, y no á él.

 

Agamenón

Pero ¿por qué disputas con éste, Menelao, y le haces vio­lencia?

 

Menelao

[320] Mírame, a fin de que yo empiece a hablar.

 

Agamenón

¿Temeré alzar los párpados, yo, nacido de Atreo?

 

Menelao

¿Ves estas tabletas, mensajeras de funestísimas noticias?

 

Agamenón

Las veo. ¡Pero ante todo que salgan de tus manos!

 

Menelao

No sin que haya mostrado a todos los danaos lo que hay escrito en ellas.

 

Agamenón

¿Sabes, pues, lo que no debías saber, porque has roto el sello?

 

Menelao

Lo sé, para que te lacere el dolor y para revelar los males que preparabas en secreto.

 

Agamenón

¿De dónde has cogido estas tabletas? ¡Por los Dioses, qué tienes un alma impúdica!

 

Menelao

Esperando á tu hija, si ha de venir de Argos al ejército.

 

Agamenón

¿Y con qué derecho escrutas mis pensamientos? ¿No es eso propio de un impúdico?

 

Menelao

[330] Porque es mi voluntad. No soy tu esclavo.

 

Agamenón

¡Pero es terrible! ¿No va á estarme permitido gobernar mi familia?

 

Menelao

Sin cesar cambias de opinión, queriendo por lo pronto una cosa, luego otra, y antes otra distinta.

 

Agamenón

¡Hábil eres de lengua! Funesta es la lengua que excita al odio.

 

Menelao

Un espíritu versátil no es sincero ni justo para sus amigos. Pero quiero convencerte. No rechaces por cólera la verdad, y no discutiré con exceso. ¡Acuérdate de cuando deseabas man­dar en los Danaidas al partir para Ilios, sin desearlo en apa­riencia, pero con toda tu voluntad! ¡Cuán humilde eras, [340] dando la mano á cada uno, abriendo tus puertas á todos, haciendo igual acogida a todos, quisiesen ó no, y tratando así de com­prar el poder. Luego, en posesión del poderío, cambiando de carácter, no has vuelto a ser el amigo de tus antiguos amigos, te tornas de difícil acceso y raro de ver, y te encierras. No conviene que así cambie de costumbres un hombre justo, y debe ser para sus amigos tanto más firme cuanto más útil puede serles en vista de su fortuna floreciente. Ahí tienes mi primer censura, y en lo que te encuentro culpable por lo pronto. [350] Después de llegar á Aulide con todo el ejército de los helenos, te quedas como aniquilado, á causa de la desdicha de­parada por los Dioses: su negativa á concederte una feliz na­vegación. Los Danaidas te apremiaban, con objeto de que des­pachases la escuadra y no tuviesen ellos que sufrir penas inútiles en Aulide. ¡Qué triste tenías el semblante, y qué tur­bado estabas porque, mandando en mil naves, no podías llenar con tus lanzas la tierra de Príamo! Y me interrogabas: «¿Qué haré? ¿Qué partido tomaré?», temiendo perder una gran gloria privado del mando. Luego, cuando Calcas en un sacrificio te ordenó que degollases á tu hija, ofreciéndosela a Artemisa con objeto de que se concediese una navegación feliz á los Danai­das, con alma gozosa prometiste [360] matar voluntariamente á tu hija; y sin que se te forzase a ello, voluntariamente -¡no lo niegues!-, has pedido á tu mujer que envíe aquí á tu hija, bajo pretexto de casarla con Akileo. ¡Luego, cambiando de re­solución, eres sorprendido enviando otras cartas en que dices que no serás el matador de tu hija! Está muy bien, seguramen­te. Este éter te ha oído. Así ocurre á muchos. Hacen cuanto pueden por conseguir el poder, y después caen vergonzosamen­te, en parte á consecuencia de las falsas apreciaciones de los ciudadanos, en parte con justicia, porque son impotentes para proteger la ciudad. [370] Compadezco sobre todo a la desventurada Hélade, que, cuando quiere realizar acciones hermosas, deja tranquilos á los bárbaros, hombres viciosos, que se mofan de ella por causa tuya y de tu hija. En verdad que no nombraría yo, por su propio interés, á un hombre jefe de un país ó de un ejército. Es preciso que un jefe de ciudad sea prudente, porque todo hombre prudente es buen jefe.

 

El coro

Cruel es que dos hermanos se ultrajen y querellen cuandodisputan.

 

Agamenón

Quiero acusarte también en pocas palabras, sin alzar los párpados con demasiada impudicia, sino con moderación, [380] ya que eres hermano mío; porque el hombre justo está lleno de pudor. Dime por qué respiras cólera. ¿Por qué tienes los ojos inyectados de sangre? ¿Quién te ha insultado? ¿Qué te falta? ¿Deseas recobrar una mujer virtuosa? Yo no puedo dártele. Has dirigido mal á la que poseías. ¿Por qué voy á sufrir detus males yo, que no he pecado? ¿Te hiere mi ambición? ¿Quie­res poseer una esposa bella, despreciando la razón y el honor? Los goces de un hombre malo son malos. Por lo que á mí respecta, por no haber pensado bien en un principio y haber cambiado de pensamiento luego con cordura, ¿voy a estar de­mente? ¿No eres tú, por el contrario, quien, habiendo perdido una mala mujer, [390] por dichoso favor de un Dios, quiere recupe­rarla? Unos pretendientes que ansiaban con locura las bodas prestaron aquel juramento á Tindareo. Creo que fué la Espe­ranza la Diosa que los impulsó á ello, más que tu firmeza. Em­prende con ellos esa guerra; pero entiendo que pronto reconocerás tu demencia. Los Dioses no carecen de inteligencia; saben distinguir un juramento mal pensado y arrancado con violencia. En cuanto á mí, no mataré á mis hijos. Y no ten­drás la satisfacción de vengarte de una pésima mujer mien­tras yo me paso bañado en lágrimas las noches y los días por haber realizado actos inicuos é impíos contra los hijos que he engendrado. [400] Esto es, en definitiva, claro y contundente, lo que tenía que decirte; y si no quieres atender á razones, yo me ocuparé de lo que me interesa.

 

El coro

No se parecen estas palabras á las que han sido pronunciadas primero; pero advierten cuerdamente que perdonará á sushijos.

 

Menelao

¡Ay, ay! ¡Ya no tengo amigos!

 

Agamenón

Los tienes, si no haces por perderlos.

 

Menelao

¿Cómo probarás que has nacido del mismo padre que yo?

 

Agamenón

Quiero ser contigo cuerdo, y no furioso.

 

Menelao

Es preciso que los amigos sufran con sus amigos.

 

Agamenón

Aconséjame obrando bien, y no haciéndome sufrir.

 

Menelao

[410] ¿No quieres, pues, participar de esta empresa con la Hélade?

 

Agamenón

Algún Dios ha herido de demencia á la Hélade contigo.

 

Menelao

¡Vanaglóriate, pues, de tu cetro traicionando á tu hermano! Por lo que á mí respecta, acudiré á otros medios y á otros amigos.

 

Un mensajero

¡Oh rey de los panhelenos! vengo con tu hija, á quien en otro tiempo llamaste en tus moradas Ifigenia. La acompaña su madre Clitemnestra, tu mujer, con el niño Orestes, á fin de que tengas el gusto de verlos, ya que estuviste largo tiempo ausente de tus moradas. [420] Pero, como han recorrido mucho ca­mino, refrescan sus pies delicados en una clara fuente, con los caballos, a los que hemos soltado en la hierba de las praderas para que puedan pacer allí. Y yo me he adelantado para pre­pararte á recibirlas, porque el ejército sabe la llegada de tu hija, y ha cundido la noticia, y la multitud acude para ver a tu hija. Los afortunados son ilustres entre todos los mortales, y se los contempla. [430] Dicen unos: «¿Hay bodas? ¿De qué se trata? ¿Es el deseo de volver á ver á su hija lo que impulsa al rey Agamenón á llamarla?» Y otros dicen: «Van a iniciar á la joven en los misterios de Artemisa, reina de Aulide. ¿Quién, pues, se casará con ella?» ¡Pero ofreced ya los cestos y coronad vues­tras cabezas! ¡Y tú, rey Menelao, prepárate para las bodas, y resuenen en la morada el son de la flauta y el rumor de la danza, porque éste es un día feliz para la joven virgen!

 

Agamenón

[440] Está bien. Pero entra en las moradas. Gracias á la fortuna propicia, saldrá bien lo demás. ¡Ay de mí! ¿Qué voy á decir, desdichado? ¿Por dónde em­pezar? ¿En qué lazo fatal he caído? ¡Más astuto que todas mis astucias, me ha prevenido un Demonio! ¡Cuántas ventajas tiene un origen obscuro! A los que de él disfrutan les está per­mitido llorar y decir lo que quieren; pero eso sería un deshonorpara hombres de raza noble. [450] El árbitro de nuestra vida es el orgullo, y dependemos de la multitud. Porque me da vergüen­za verter lágrimas, y me da vergüenza no llorar, abrumado como estoy por calamidades tan grandes. ¡Bueno! Pero ¿qué voy á decir á mi mujer? ¿Cómo voy á recibirla? ¿Cómo mirarla? Ella me ha perdido, ella aumenta los males que yo sufría ya, viniendo sin que la llamen. Tenía derecho, empero, para se­guir á su hija, con objeto de celebrar sus bodas y dar así lo más querido que tenía, ¡y sólo se encontrará con mi perfidia! [460] Y esa desventurada virgen -¿por qué llamarla virgen, si muy pronto va á desposarla el Hades, según creo?-¡cuánta compasión me merece! Paréceme que la oigo decirme, suplicante: «¡Oh padre! ¿me matarás? ¡Ojalá celebréis bodas así tú y los que ames!» Y junto á ella, Orestes lanzará gritos conscientes, aunque no articulados, porque todavía es un niño pequeño. ¡Ay, ay! ¡Con las bodas de Helena me ha perdido Páris, hijo de Príamo! El es el causante de todo esto.

 

El coro

Y yo estoy movida de compasión, y gimo, como cumple á una mujer extranjera, [470] por la desventura de los reyes.

 

Menelao

Hermano, déjame que toque tu diestra.

 

Agamenón

Ya te dejo. ¡Tuya es la victoria, y yo soy un desdichado!

 

Menelao

Juro por Pélops, padre de nuestro padre, y por Atreo, que nos ha engendrado, que voy á decirte lo que pienso sincera­mente, con todo el corazón y sin artificio. Cuando te he visto derramar lágrimas de tus ojos, he tenido piedad de ti, y he llorado por ti, á mi vez. He cambiado de opinión, [480] no quiero ser cruel contigo, pienso ahora como tú, y te aconsejo que no mates á tu hija ni hagas prevalecer mi interés. No es justo, en efecto, que tú gimas y yo sea feliz, que mueran los tuyos y vean la luz los míos. Pues ¿qué he querido yo? ¿No voy á en­contrar otras bodas excelentes, si deseara casarme? En cambio, perdiendo á un hermano, lo que sería para mí la mayor de las pérdidas, encontraré á Helena, es decir, un mal por un bien. Era insensato como un joven [490] mientras no vi la cosa de cerca, ¡y qué crimen es el de matar á los hijos! Además, al pensar en nuestro parentesco, me he apiadado de esa infeliz joven que ha de ser degollada á causa de mi matrimonio. ¿Qué hay de común entre tu hija y Helena? ¡Salga de Aulide esta expedi­ción! En cuanto á ti, hermano, cesa de llorar y de provocar mis lágrimas. Si te inquieta por tu hija una adivinación, me des­entiendo ya de ello, te cedo mis derechos. [500] He vuelto de mi cruel resolución, según es justo. Como quiero a mi hermano, que ha nacido del mismo padre, he cambiado de idea. Propio de hombres de bien es inclinarse al mejor sentimiento.

 

El coro

Has pronunciado palabras nobles, dignas de Tántalo, hijo de Zeus, No desmereces de tus abuelos.

 

Agamenón

Alabo ¡oh Menelao! las palabras irreprochables y dignas de ti que has pronunciado, contra lo que yo esperaba. La dis­cordia entre hermanos nace del deseo codicioso de enriquecer la propia familia. [510] Me horroriza tal parentesco, funesto por una y otra parte. ¡Y sin embargo, me veo en la necesidad de consumar el asesinato sangriento de mi hija!

 

Menelao

¡Cómo! ¿Quién te obliga á matar á tu hija?

 

Agamenón

La asamblea entera del ejército acayano.

 

Menelao

No, si haces que se vuelva á Argos la joven.

 

Agamenón

Podré ocultar esto, pero no lo otro.

 

Menelao

¿Qué? No hay que temer á la multitud.

 

Agamenón

Calcas revelará el oráculo al ejército de los argianos.

 

Menelao

No, si le previenes. Eso es fácil.

 

Agamenón

[520] Toda la raza de los adivinadores es ambiciosa y mala.

 

Menelao

No es buena ni útil en nada.

 

Agamenón

Pero ¿no temes que ocurra lo que pienso?

 

Menelao

¿Cómo voy á saber lo que no dices?

 

Agamenón

El hijo de Sísifo está enterado de todo.

 

Menelao

Odiseo no puede perjudicarnos en nada.

 

Agamenón

Se encuentra siempre lleno de astucia y es partidario de la multitud.

 

Menelao

Le domina la ambición, lo cual es un mal grave.

 

Agamenón

¡Figúratele erguido ante la asamblea de los argianos, en­terándoles del oráculo que ha revelado Calcas, [530] y de cómo he prometido ese sacrificio á Artemisa, y de cómo he faltado á mi promesa! ¡Arrastrando así á todo el ejército, ordenará á los argianos que nos maten á ti y á mí y degüellen á la joven! Si estoy en Argos, irán á arrancarme de las propias murallas ciclópeas y arrasarán mi tierra. Estos son mis males. ¡Oh des­venturado de mí! ¡A qué extremo me han reducido ahora los Dioses! Menelao, vuelve con el ejército, y cuida solamente de que Clitemnestra no se entere de nada [540] antes de que yo haya sacrificado mi hija al Hades, á fin de ahorrarme algunas lágri­mas. Y vosotras ¡oh extranjeras! guardad silencio.

 

El coro

Estrofa

¡Dichosos los que, tranquilos y sin transportes furiosos, usan con moderación y castidad de los lechos de Afrodita, cuando Eros el de cabellos de oro nos lanza las dos flechas de los placeres, [550] una de las cuales hace la felicidad y la otra tras­torna la vida! ¡Te suplico, oh hermosísima Cipris, que desvíes de nuestros lechos esta flecha! ¡Séame concedido un poco de belleza y de amores castos, goce yo de una Afrodita modera­da, y rechace los placeres sin medida!

 

Antistrofa

Los espíritus y los caracteres de los hombres son diversos y distintos; [560] pero las buenas costumbres constituyen un bien siempre seguro, y una educación bien cimentada sirve de mu­cho á la virtud. Porque el pudor es sabiduría y otorga en com­pensación el placer de saber bien lo que conviene hacer para que la opinión de los hombres conceda á nuestra vida una glo­ria que no envejezca. Gran cosa es en las mujeres respetar la virtud, [570] huyendo de la Cipris clandestina. En los hombres la moderación, fecunda en buenos efectos, enriquece á su ciudad.

 

Epodo

Has venido ¡oh Páris! del país donde fuiste educado como pastor entre los blancos rebaños ideos, cantando motivos bár­baros y modulando con las cañas del Olimpo, á imitación de las flautas frigias, allí donde pacían tus vacas de pesadas tetas y [580] donde pronunciaste entre las Diosas el juicio que fué causa de que vinieses á la Hélade, llegando ante las moradas de mar­fil. Y con tus ojos inspiraste amor á Helena, poseído tú mismo de deseo. ¡Y la Discordia, la Discordia guía á la Hélade con lanzas y naves hacia la ciudadela de Troya![590] ¡Ah! ¡Grandes son las prosperidades de los grandes! Ved á mi reina Ifigenia, hija de Agamenón, y á Clitemnestra, hija de Tindareo. Han nacido de padres ilustres y han logrado ser muy afortunadas. En verdad que son poderosísimos los Dioses, que dispensan riquezas a los miserables mortales.Detengámonos aquí, ¡oh hijas de Calcis! recibamos á la reina que va á apearse del carro. [600] Para que no se escurran sus pies, sostengámosla, hasta que toque tierra, con nuestras manos extendidas, mirándola amistosamente, no vaya á ser que la ilustre hija de Agamenón se asuste en cuanto llegue entre nosotras. Como extranjeras que somos, no causemos sobre­salto ni terror á estas argianas extranjeras.

 


 
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