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Universidad de Murcia
Tragedias - Ifigenia en Aulide

 

 

 

Agamenón

Un anciano

El coro

Menelao

Clitemnestra

Ifigenia

Akileo

Un mensajero

 

Agamenón

¡Oh anciano! acércate á esta morada.

 

El anciano

Ya me acerco. Pero ¿qué meditas de nuevo, rey Agamenón?

 

Agamenón

Ya lo oirás.

 

El anciano

Me apresuro. Aunque mi vejez esté privada de sueño, la vigilancia está en mis ojos.

 

Agamenón

¿Cuál es ese astro que pasa por la altura?

 

El anciano

Sirio, que gira en torno de las siete Pléyades, todavía en medio de su órbita.

 

Agamenón

Por eso no se oyen cantos de pájaros [10] ni el ruido del mar, y sobre el Euripo se cierne el silencio de los vientos.

 

El anciano

Pero ¿por qué te lanzas fuera de tu tienda, rey Agamenón? Aún hay reposo en Aulide, y los guardias de los muros están

inmóviles. Entremos.

 

Agamenón

Te envidio, ¡oh anciano! Envidio á aquel de los hombres que pasa su vida desconocido y sin gloria, y considero menos dichosos á los que viven con honores.

 

El anciano

[20] Eso es, sin embargo, lo hermoso de la vida.

 

Agamenón

Es un brillo embustero. El poderío es dulce de desear, pero doloroso cuando se posee. Tan pronto nos trastorna toda la vida el haber descuidado el culto de los Dioses, como la ator­mentan las opiniones volubles de los hombres.

 

El anciano

No alabo eso en un hombre ilustre. ¡Oh Agamenón! No te ha engendrado Atreo para que goces de todos los bienes. [30] Es preciso que seas dichoso y desdichado, porque eres mortal. Pero, á la luz de una lámpara, has escrito esa carta que llevas en la mano, y la has borrado después de escribirla, y la has sellado, luego has roto el sello, y has tirado al suelo tus table­tas, vertiendo lágrimas, [40] y has sufrido todas las agitaciones, como si estuvieras demente. ¿Por qué, por qué te turbas? ¿Qué te ocurre de nuevo, ¡oh rey!? Vamos, confíame tu pensamiento. Hablarás áun hombre bueno y fiel, que Tindareo hizo entrega de mí en presente dotal á tu mujer como de un compañero seguro.

 

Agamenón

Leda Testiada tuvo tres hijas: [50] Foebe, Clitemnestra, mi mu­jer, y Helena. Pretendientes de ésta fueron los jóvenes más ricos de la Hélade. Horribles amenazas de muerte se elevaron entre los que no obtuvieron á la virgen. Turbó esto á su padre Tindareo, que no sabía á quién dársela ó rehusársela, ni cuál era el mejor partido. Y se le ocurrió obligar por juramento á todos los pretendientes, dándose la mano y quemando víctimas [60] y vertiendo libaciones, á comprometerse con imprecaciones á ayudar á quien se casara con la joven Tindaris, si alguien arrebatara á ésta de su morada y violara su lecho nupcial, y á hacerle la guerra, y á asolar con las armas su ciudad, helena ó bárbara. Cuando quedaron así ligados por una mutua fe, y el anciano Tindareo los hubo comprometido con su astucia, permitió á su hija escoger á aquel de entre los pretendientes hacia el cual la empujara el dulce impulso de Afrodita, [70] y ella escogió á Menelao, ¡y pluguiera á los Dioses que jamás la hu­biese él desposado! Luego, el que fué juez de las Diosas, según reza la tradición de los hombres, llegó de tierra de frigios á Lacedemonia con ricos vestidos, resplandeciente de oro y lujo bárbaro, y enamorado de Helena, que le amó, se la llevó á los prados del Ida, aprovechándose de que Menelao estaba lejos. Pero éste, recorriendo la Hélade, recordó el antiguo juramento prestado á Tindareo, y por el cual se debía ayudar al ofendido. [80] Por eso los helenos, excitados á la guerra, tomaron las armas, viniendo aquí, al estrecho de Aulide, provistos de naves, de escudos, de numerosos caballos y carros, y por consideración á Menelao me eligieron para estratega, á mí, que soy su her­mano. ¡Pluguiera á los Dioses que se hiciese este honor á otro que á mí! Reunido y congregado el ejército, permaneci­mos aquí, en Aulide, sin poder navegar. En esta incertidum­bre, el adivinador Calcas [90] ordena que Ifigenia, á quien he engendrado, sea sacrificada á Artemisa, que habita esta tie­rra; declara que nuestra navegación y la ruina de los frigios dependen de este sacrificio, y que nada de eso sucederá si no la sacrificamos. Al oír estas palabras, ordené á Taltibio que despidiese á todo el ejército con una proclama solemne, pues jamás se obtendría de mí que matara á mi hija. Pero, al fin, mi hermano, con toda clase de palabras, me ha persuadido á realizar este acto horrible. Y he escrito una carta á mi mujer con objeto [100] de que envíe á su hija para que se case con Akileo, glorificando al hombre y diciendo que no quería navegar con los acayanos mientras no poseyera una esposa de nuestra san­gre en Ftia. Así he intentado persuadir á mi mujer, pretex­tando las falsas bodas de la joven. Entre los acayanos sólo sabemos la cosa Calcas, Odiseo, Menelao y yo. Pero en estas tabletas que me has visto abrir y sellar en la sombra de la noche [110] me retracto de lo que he decidido injustamente. Vamos, anciano, toma esta carta y corre á Argos. Pero quiero decirte lo que encierra en sus pliegues esta carta, pues eres fiel a mi mujer y a mi casa.

 

El anciano

Habla y explícate, con objeto de que las palabras que yo diga estén conformes con lo que has escrito.

 

Agamenón

«Te envío ésta después de mis primeras cartas, ¡oh hija de Leda! con el fin de que no envíes [120] á tu hija a Aulide, la res­guardada de las olas a las orillas sinuosas de la Eubea. El año que viene celebraremos las bodas de nuestra hija.»

 

El anciano

Pero ¿cómo no va a apoderarse de Akileo una cólera furiosa contra ti y contra tu mujer, privado de esas bodas? ¿No es pe­ligroso esto? Dime qué opinas.

 

Agamenón

Akileo no hace sino prestarnos su nombre. No sabe nada de esas bodas, [130] ni de nuestros propósitos, ni de mi promesa de meter a mi hija en su lecho nupcial.

 

El anciano

Lo que osas hacer es grave, ¡oh rey Agamenón! pues, al traer á tu hija para casarla con el hijo de la Diosa, la entrega­bas á los danaos para sacrificarla.

 

Agamenón

¡Ay de mí! Había perdido el juicio. ¡Ay, ay! ¡He caído en la desdicha! ¡Pero vete, corre, no cedas á la vejez!

 

El anciano

[140] Ya me doy prisa, ¡oh rey!

 

Agamenón

No te sientes al borde de las fuentes umbrosas, no te dejes seducir por el sueño.

 

El anciano

¡Te ruego que pronuncies palabras de buen augurio!

 

Agamenón

Por donde veas dos caminos que se cruzan, ten cuidado demirar si algún carro de medas rápidas lleva a mi hija á las naves de los danaos. [150] Y si te encuentras con él, haz volver los caballos hacia lasmurallas ciclópeas.

 

El anciano

Así se hará.

 

Agamenón

Sal inmediatamente de las puertas.

 

El anciano

Pero di, ¿cómo voy á inspirar confianza en mis palabras á tu mujer y á tu hija?

 

Agamenón

Conserva el sello de esas tabletas que llevas. ¡Vete! Ya esta luz palidece ante la resplandeciente Eos y los fuegos de la cua­driga de Halios. Ayúdame en mis inquietudes. [160] Ningún mortal es próspero y dichoso hasta el fin, ni ninguno está exento de dolor.

 

El coro

Estrofa I

He venido á la playa de la marítima Aulide á través de las olas del Euripo, dejando Calcis, mi ciudad, [170] bañada por la ilus­tre Aretusa, cuyas aguas van á parar al mar, con objeto de ver el ejército de los acayanos y las naves viajeras de los beli­cosos jóvenes que el rubio Menelao y el Eupatrida Agamenón, según cuentan nuestros maridos, conducen á Troya en mil naves para recobrar a Helena, [180] á quien el pastor Páris, como un don de Afrodita, se llevó de las cañas del Eurotas cuando, al borde de un límpido manantial, Cipris disputó el premio de la belleza á Hera y á Palas.

 

Antistrofa I

He atravesado presurosa, con las mejillas enrojecidas por juvenil pudor, el bosque sagrado de Artemisa, donde se cele­bran numerosos sacrificios, deseosa de ver el campamento y las tiendas guerreras [190] y las hileras de caballos de los danaos portadores de escudos. Y he visto á los dos compañeros Ayaces, hijos, respectivamente, de Oileo y Telamón, éste honor de Salamis; y á Protesilao, que se divertía jugando al ajedrez con Palamedes, á quien engendró el hijo de Poseidaón; y á Diome­des, [200] que se divertía lanzando el disco, y á Meriones, rama de Ares y admiración de los hombres, y al hijo de Laertes, venido de las islas montañosas, y á Nireo, el más hermoso de los acayanos.

 

Epodo

Yhe visto á Akileo, á quien parió Tetis y educó Kirón, [210] igual al viento en la rapidez de sus pies, correr, armado, por las arenas de la orilla y disputar la victoria á un carro llevado por cuatro caballos. Y gritaba el conductor Eumelo Feretiada; y he visto que azuzaba con el látigo [220] á sus hermosísimos caballos adornados con frenos de oro. Y los de en medio, junto al yugo, estaban tachonados de blanco, y los de al lado, que rivalizaban en velocidad, tenían las crines de color de fuego y las ancas manchadas de diversos colores. Y el Peleida, armado por com­pleto, corría junto á ellos, [230] pegado á las ruedas y á los cubos.

 

Estrofa II

Yhe venido hacia la multitud de naves, espectáculo ad­mirable, con el fin de satisfacer mis ojos de mujer, lo cual es una dulce voluptuosidad. Y en el ala derecha de la escuadra estaba el Ares ftiota de los mirmidones con cincuenta naves impetuosas. Y en lo alto de las popas [240] se erguían las imágenes de oro de las Diosas Nereidas, emblema del ejército de Akileo.

 

Antistrofa II

Yjunto á éstas se hallaban las naves de los argianos, con igual número de remos, y cuyos jefes eran los hijos de Mecisteo, á quien educó su abuelo Talaos, y Stenelo, hijo de Capa­neo. Además, estaba el hijo de Teseo, venido del Atica con sesenta naves [250] que tienen por emblema grato á los marinos la Diosa Palas montada en un carro alado.

 

Estrofa III

Yhe visto el ejército de los beocios y sus cincuenta navesmarinas adornadas de emblemas; y el emblema de Cadmo, conun dragón de oro, se erguía en los corimbos de las naves; yLeito, progenie de la tierra, [260] era el jefe de este ejército naval.También estaban los de la tierra fócida, y también los locrienses,con igual número de naves, á los que conducía el hijo deOileo, que abandonó la ilustre ciudad Troniada.

 

Antistrofa III

Desde la ciclópea Micena, el hijo de Atreo ha conducido á los marinos de cien naves. Y con él, como un amigo con unamigo, manda su hermano, á fin de que la Hélade exija [270] á la que ha huido de su morada celebrando bodas bárbaras. Y en las popas de Néstor Gereniano, venido de Pilos, he visto tam­bién la imagen de un toro, emblema del Alfeo, que es de su país.

 

Epodo

Y había doce naves de enianos, á los cuales mandaba el rey Guneo. Y junto á éstos se hallaban [280] los jefes de Elide, á quienes todo el pueblo llamaba epeos, y los mandaba Eurito. Y Meges, hijo de Fileo, mandaba á los tafianos de blancos remos, ha­biendo abandonado las islas Ekidnades, inaccesibles para los marinos. Y Ayax, criado en Salamis, [290] se mantenía cerca de allí, juntando por sus extremos el ala derecha y el ala izquierda, con doce naves rápidas. He aquí lo que he aprendido y visto de ese ejército naval. Y quien le oponga embarcaciones bár­baras no verá el regreso, [300] que tan fuerte es la expedición na­val que he visto. Oiga lo que oiga en otra morada, guardaré el recuerdo de esta armada reunida.

 

El anciano

Menelao, te atreves á cosas terribles á que no conviene atreverse.


 
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Ifigenia en Aulide

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