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Universidad de Murcia
Tragedias - Ifigenia en Aulide

 

Agamenón

Sé hasta qué punto hay que mostrar piedad, y hasta qué punto no tenerla. Amo á mis hijos; de otro modo sería un in­sensato. Estoy cruelmente afligido por atreverme á semejantes cosas, mujer, y también por no atreverme; pero ¡tengo que realizarlas! Ved cuán numerosa es esta armada naval, [1260] y cuán­tos son los reyes de los helenos armados de bronce. No les será dable llegar á las torres de Ilios mientras no te sacrifique yo, como ha dicho el adivinador Calcas, ni les estará permitido derribar las ilustres moradas de Troya. Un deseo furioso arrastra á la armada de los helenos á navegar muy rápidamente hacia la tierra de los bárbaros, para impedir el rapto de las mujeres helénicas. Matarán en Argos á mis hijas,  á vos­otros y á mí, si no cumplo el oráculo de la Diosa. No es Menelao quien me obliga, hija, [1270] pues no le obedezco, sino que es la Hélade á quien tengo que sacrificarte, quiera ó no. Somos im­potentes en eso. Es preciso, hija mía, que la Hélade sea libre por ti y por mí, y que no sean despojados de sus mujeres los helenos por los bárbaros.

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¡Oh extranjeras! ¡Qué desdichada me hace tu muerte! ¡Tu padre huye de ti y te entrega al Hades!

 

Ifigenia

¡Ay, madre, madre! El mismo canto fúnebre [1280] conviene á nuestras dos fortunas. Ni la luz ni el esplendor de Helios serán ya para mí. ¡Ay, ay, selvas nevadas de los frigios y montañas del Ida, donde Príamo expuso en otro tiempo al niño Páris, arrebatado á su madre para una muerte funesta y llamado Ideo [1290] en la ciudad de los frigios! ¡Pluguiera á los Dioses que jamás Príamo hubiese hecho criar á Páris, como boyero entre los bueyes, junto álos manantiales límpidos, allí donde se ha­llan las fuentes de las ninfas y la pradera verdeante y florida en que crecen la rosa y el jacinto para ser cortados por las Diosas! [1300] Allá fueron en otro tiempo Palas y la astuta Cipris, Hera y Hermes, mensajero de Zeus; Cipris orgullosa del deseo que excita, Palas de su lanza, y Hera del lecho real del rey Zeus, para el combate de la belleza, juicio odioso que trae la muerte para mí y la gloria para los Danaidas; ¡es mi muerte, oh jóvenes, [1310] lo que exige Artemisa como primicias para que se navegue hacia Ilios! ¡Oh madre, oh madre! el que me ha en­gendrado, desdichada de mí, se ha ido, traicionándome y aban­donándome. ¡Oh! ¡qué desgraciada soy por haber conocido á la cruel y funesta Helena! ¡Me matan, perezco con la muerte impía que me da un padre impío! ¡Pluguiera á los Dioses que nunca hubiese recibido Aulide en este puerto [1320] á las naves de espolones de bronce, á la escuadra con rumbo á Troya! ¡Plu­guiera á los Dioses que Zeus no hubiese soplado vientos con­trarios en el Euripo, ya que tan pronto envía uno como otro á los hombres, á fin de que éstos se regocijasen con sus velas henchidas y se quejasen aquéllos, y los unos saliesen del puerto y desplegasen las velas, y los otros se quedasen allí rezaga­dos! [1330] En verdad que la raza de los mortales está sometida á muchas miserias, y es fatal que siempre asuele á los hombres alguna desgracia. ¡Ay, ay! ¡La hija de Tindareo trae á los Da­naidas grandes desastres, grandes dolores!

 

El coro

Tengo compasión del destino lamentable que te está depa­rado. ¡Pluguiera á los Dioses que no lo sufrieses nunca!

 

Ifigenia

¡Oh madre que me has parido, veo venir una muchedumbre de hombres!

 

Clitemnestra

Es el hijo de la Diosa, ¡oh hija! aquel por quien has venido.

 

Ifigenia

[1340] Abrid las puertas, servidoras, con objeto de que yo me es­conda.

 

Clitemnestra

¿Por qué huyes, hija?

 

Ifigenia

Me avergüenza mirar á Akileo.

 

Clitemnestra

¿Por qué?

 

Ifigenia

El doloroso resultado de mis bodas me da vergüenza.

 

Clitemnestra

No son oportunas las delicadezas en tu desdicha presente. ¡Quédate! Nada tiene que ver el pudor en el trance por que pasamos.

 

Akileo

¡Oh desventurada mujer, hija de Leda!

 

Clitemnestra

No dices mentiras.

 

Akileo

Entre los argianos se alzan gritos horribles.

 

Clitemnestra

¿Qué clase de gritos? Dímelo.

 

Akileo

Con respecto á tu hija.

 

Clitemnestra

Mal presagio es esto para lo que tienes que decir.

 

Akileo

Dicen que hay que sacrificarla.

 

Clitemnestra

¿Y no los contradice nadie?

 

Akileo

Yo mismo he estado casi en peligro.

 

Clitemnestra

¿En qué peligro?

 

Akileo

[1350] En el de ser apedreado.

 

Clitemnestra

¿Por querer salvar a mi hija?

 

Akileo

Por eso.

 

Clitemnestra

¿Y quién osaría tocarte?

 

Akileo

Todos los helenos.

 

Clitemnestra

¿No te defendía el ejército de los mirmidones?

 

Akileo

Era el primero que estaba contra mí.

 

Clitemnestra

¡Estamos perdidas, hija mía!

 

Akileo

Decían que me habían seducido estas bodas.

 

Clitemnestra

¿Y qué has respondido?

 

Akileo

Que no mataran a la que iba á ser mi mujer.

 

Clitemnestra

Era justo, en efecto.

 

Akileo

A la que me tenía prometida su padre.

 

Clitemnestra

Y á la que había llamado de Argos.

 

Akileo

Pero han podido más que yo sus clamores.

 

Clitemnestra

La multitud es una calamidad terrible.

 

Akileo

Sin embargo, te socorreré.

 

Clitemnestra

¿Combatirás solo contra todos?

 

Akileo

¿Ves á esos que vienen armados?

 

Clitemnestra

¡Ojalá recojas el fruto de tu valor!

 

Akileo

[1360] Lo recogeré.

 

Clitemnestra

¿No será, entonces, degollada mi hija?

 

Akileo

No; por lo menos, con mi consentimiento.

 

Clitemnestra

Pero ¿quién vendrá á apoderarse de mi hija?

 

Akileo

Vendrán mil. Los conducirá Odiseo.

 

Clitemnestra

¿El de la raza de Sísifo?

 

Akileo

El mismo.

 

Clitemnestra

¿Por voluntad propia ó por orden del ejército?

 

Akileo

Elegido para ello, y voluntariamente.

 

Clitemnestra

¡Mala tarea, en verdad, que ha de mancharle con un ase­sinato!

 

Akileo

Pero yo lo impediré.

 

Clitemnestra

Y cuando se apodere de ella, ¿la arrastrará á la fuerza?

 

Akileo

Cogiéndola por su cabellera rubia.

 

Clitemnestra

¿Qué tengo que hacer entonces?

 

Akileo

No te separes de tu hija.

 

Clitemnestra

Si así lo hago, ¿no será degollada?

 

Akileo

Hasta ahí llegarán.

 

Ifigenia

Escuchad mis palabras. Madre, te veo irritada contra tu marido, pero en vano, [1370] pues no nos es posible obstinarnos en una empresa imposible. Justo es alabar á nuestro huésped por su corazón ardiente; pero has de procurar que no se te acuse ante el ejército, sin mejor resultado, y que no le ocurra algo malo á éste. Escucha, madre, los pensamientos que acuden ámi espíritu. Está resuelto que moriré; ¡pero quiero morir gloriosamente, desechando todo sentimiento cobarde! Considera conmigo, madre, cuánta razón tengo. Ahora me mira toda la Hélade, y de mí es de quien depende la navegación de las na­ves y el asolamiento de los frigios. De mí depende [1380] que en lo sucesivo no intenten los bárbaros llevarse á las mujeres de la dichosa Hélade y que expíen el oprobio de Helena, á quien se ha llevado Páris. Remediaré todo eso con mi muerte, y será grande mi gloria, porque habré libertado á la Hélade. Cierta­mente, no conviene que ame yo tanto la vida. Me has parido para todos los helenos, y no para ti sola. ¡Ya lo ves! tantos hombres portadores de escudos, tantos remeros, osarán luchar gloriosamente contra los enemigos, á causa de la patria ofen­dida, y morir por la Hélade, [1390] ¡y yo sola voy á impedir todo eso! ¿Sería justo? ¿Qué podríamos responder? Volvamos ahora á éste. No conviene que combata solo contra todos los helenos, á causa de una mujer, ni que muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que mil mujeres. Y si Artemisa quiere tomar mi vida, ¿voy á resistirme á una Diosa, yo, que soy mortal? No puede ser. Doy, pues, mi vida á la Hélade. ¡Matadme, y destruid Troya! ¡Allí estarán mis monumentos eter­nos, mis bodas, mis hijos y mi gloria! [1400] ¡Madre! conviene que los helenos manden en los bárbaros, y no los bárbaros en los helenos. Aquéllos han nacido esclavos, y éstos han nacido libres.

 

El coro

¡Piensas noblemente, oh joven; pero la Fortuna y la Diosa son malhechoras!

 

Akileo

Hija de Agamenón, los Dioses me hubieran hecho dichoso si yo hubiese podido disfrutar de tus bodas; pero la Hélade es dichosa por ti, y tu por la Hélade, porque has hablado bien en honor de la patria. Negándote á resistir á los Dioses, que son más poderosos que tú, no has considerado más que lo que era útil y necesario. Al conocer mejor tu alma, [1410] siento mayor deseo de tus bodas, porque eres bien nacida. ¡Escúchame! Deseo servirte y conducirte á mis moradas. A Tetis pongo por testigo de que gemiré si no te salvo combatiendo contra los Danaidas. Reflexiona, que la muerte es un mal grande.

 

Ifigenia

He hablado sin pensar en nadie. Basta con que la hija de Tindareo, por culpa de su belleza, haya causado combates y muertes de hombres. Por lo que á ti respecta, ¡oh huésped nuestro! no mueras por causa mía y no mates a nadie, [1420] sino permite que salve yo á la Hélade, si puedo.

 

Akileo

¡Oh alma magna! no puedo hablar más, si así te parece. Sientes noblemente. ¿Por qué no se ha de decir la verdad? Pero puede que te arrepientas de tu resolución. A fin, pues, de que sepas las cosas que te he dicho, apostaré junto al altar á estos hombres armados, no para dejarte morir, sino para impedir que mueras. Quizá, aproveches mi consejo pronto, cuando veas la espada sobre tu garganta. [1430] No te dejaré morir temerariamente por tu audacia, sino que voy al templo de la Diosa con estos hombres armados, y allí esperaré tu presencia.

 

Ifigenia

Madre, ¿por qué mojas de lágrimas tus ojos en silencio?

 

Clitemnestra

Alguna razón tengo ¡desdichada de mí! para gemir en mi corazón.

 

Ifigenia

Deja de hacerlo y no me abatas; pero concédeme una cosa.

 

Clitemnestra

Habla, hija mía, porque no seré injusta contigo.

 

Ifigenia

No cortes los rizos de tu cabellera, no envuelvas tu cuerpo en peplos negros.

 

Clitemnestra

¿Qué dices, hija? ¡Cuando te haya perdido!

 

Ifigenia

[1440] No me has perdido; estoy salvada, y por mí serás ilustre.

 

Clitemnestra

¿Cómo dices? ¿No conviene que llore yo por tu vida?

 

Ifigenia

No, porque no me erigirán tumba.

 

Clitemnestra

¿Qué? ¿No se mira la muerte como una tumba?

 

Ifigenia

Mi tumba será el altar de la Diosa, hija de Zeus.

 

Clitemnestra

¡Oh hija! te obedeceré, porque has hablado bien.

 

Ifigenia

¡Sí, soy feliz y bienhechora de la Hélade!

 

Clitemnestra

Pero ¿qué anunciaré á tus hermanas?

 

Ifigenia

No las revistas tampoco de peplos negros.

 

Clitemnestra

¿Diré en tu nombre alguna palabra afectuosa á esas vír­genes?

 

Ifigenia

[1450] ¡Que sean dichosas! Educa como un hombre á Orestes, que está aquí.

 

Clitemnestra

¡Abrázale, ya que le ves por última vez!

 

Ifigenia

¡Oh queridísimo! has ayudado á tus amigos en lo que has podido.

 

Clitemnestra

¿Y podré hacer algo por ti en Argos?

 

Ifigenia

No odies á mi padre, marido tuyo.

 

Clitemnestra

Por causa tuya incurrirá en terribles peligros.

 

Ifigenia

Contra su voluntad me mata por la Hélade.

 

Clitemnestra

¡Pero con astucia, cobardemente, de una manera indignade Atreo!

 

Ifigenia

¿Quién me conducirá al altar antes de que me arrastren de los cabellos hasta él?

 

Clitemnestra

Iré yo contigo.

 

Ifigenia

¡No, tú no! no hablas bien.

 

Clitemnestra

[1460] Me cojo á tu peplo.

 

Ifigenia

Madre, hazme caso, quédate. Más vale esto para ti y para mí. ¡Que uno de los servidores de mi padre me acompañe á la pradera de Artemisa, donde seré degollada!

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¿te vas?

 

Ifigenia

¡Para no volver ya nunca!

 

Clitemnestra

¿Abandonando á tu madre?

 

Ifigenia

Como ves, y sin haberlo merecido.

 

Clitemnestra

¡Detente! no me abandones.

 

Ifigenia

No quiero que llores. Y vosotras, ¡oh jóvenes! cantad por mi destino, con palabras propicias, un Pean á la hija de Zeus, á Artemisa, ¡y que sea un presagio feliz para los Danaidas! [1470] ¡Prepare alguien los cestos, queme el fuego la cebada purificadora y toque mi padre el altar con su mano derecha, porquevoy á salvar y á hacer triunfar á los helenos! ¡Conducidme, que soy la destructora de Ilios y de los frigios! ¡traed y dadme las coronas, pues hay que coronar mi cabellera! ¡Traed las aguas lustrales; danzad en torno al templo y al altar; [1480] celebrad á Artemisa, a la reina Artemisa, la bienaventurada, porque voy á cumplir el oráculo con mi sangre y con mi muerte, ya que así es preciso! ¡Oh madre, oh madre venerable, ahora te doy mis lágrimas, [1490] pues no está permitido hacerlo durante el sacrificio! ¡Oh jóvenes! celebrad conmigo á Artemisa, que re­side al otro lado de Calcis, allí donde están las naves guerreras, en el estrecho puerto de Aulide, á causa de mi nombre. ¡Oh Pelasgia, tierra materna! ¡oh mis moradas micenses!

 

El coro

[1500] ¡Invocas á la ciudad fundada por Perseo, obra de manos ciclópeas!

 

Ifigenia

Me has educado para ser luz de la Hélade, y no me apena morir.

 

El coro

Nunca, en efecto, te abandonará la gloria.

 

Ifigenia

¡Io, Io! ¡Oh día porta-antorcha, luz de Zeus, voy á otra vida, á otro destino! ¡Salve, querida luz!

 

El coro

[1510] ¡Io, Io! ¡Ved á la destructora de Ilios y de los frigios, que va, ceñida de coronas su cabeza lavada, á bañar con gotas de tu sangre el altar de la cruel Diosa, cuando hayan cercenado su hermoso cuello! Allí te esperan las aguas límpidas vertidas por tu padre, y las libaciones, y el ejército de los acayanos lleno del deseo [1520] de partir para la ciudad de Ilios. Pero invoquemos á la hija de Zeus, á Artemisa, la reina de los Dioses, á fin de que otorgue á esto un feliz cumplimiento. ¡Oh venerable que te regocijas con víctimas humanas, conduce hacia la tierra de los frigios y las moradas pérfidas de Troya al ejército de los helenos, y haz que conquiste Agamenón una ilustre corona con las armas de la Hélade, [1530] y ciña su cabeza con honores eternos!

 

Un mensajero

¡Oh Clitemnestra, hija de Tindareo! sal de las moradas para escuchar mis palabras.

 

Clitemnestra

Al oír tu voz, salgo temblorosa, desdichada, penetrada de terror, temiendo que vengas á anunciarme cualquier calami­dad, aparte de ésta.

 

El mensajero

Quiero decirte, por el contrario, cosas admirables y prodi­giosas acerca de tu hija.

 

Clitemnestra

¡Pues no tardes! dilas inmediatamente.

 

El mensajero

[1540] ¡Oh querida dueña! lo sabrás todo claramente. Empezaré por el principio, si no se me va el juicio y turba mis palabras. En cuanto llegamos al bosque sagrado y á la pradera florida de Artemisa, la hija de Zeus, donde estaba reunido el ejército de los acayanos, con tu hija, á quien conducíamos, acudió al punto la multitud de los argianos. Y en cuanto el rey Aga­menón vió á la joven avanzar por el bosque sagrado hacia el sacrificio, gimió, y volviendo la cabeza, [1550] vertió lágrimas, ta­pándose los ojos con el peplo. Pero ella habló así, aproxi­mándose á su padre: «¡Oh padre! heme aquí, deseosa de dar mi vida por mi patria y por toda la Hélade. Conducidme para sacrificarme en el altar de la Diosa, ya que así lo exige el oráculo. ¡Por lo que de mí depende, sed dichosos, y llevaos el premio de la victoria y volved á la patria! No me toque, sin embargo, ninguno de los argianos, [1560] que yo ofreceré la garganta en silencio y valerosamente.» Habló así, y al oirla, todos ad­miraron la grandeza de alma y el valor de la virgen. Y erguido en medio, Taltibio reclamó al ejército silencio y presagios fa­vorables, porque le concernía esta misión. Y el adivinador Calcas depositó en el cesto de oro la espada afilada que había sacado envuelta en su vaina, y coronó la cabeza de la joven. Pero, cogiendo á la vez el cesto y el agua de las libaciones, el hijo de Peleo corrió al altar de la Diosa, [1570] y dijo: «¡Oh hija de Zeus, Artemisa, que te regocijas con la muerte de las fieras y esparces por la noche tu clara luz, recibe esta víctima que te ofrecen el ejército de los acayanos y el rey Agamenón! Es la sangre pura de la hermosa garganta de una virgen, ¡Haznosnavegar felizmente y derribar con la lanza las ciudadelas de Troya!» Y los Atreidas y todo el ejército miraban á tierra, Y cogiendo la espada y orando, el sacrificador buscó el sitio de la garganta que iba á herir. [1580] Y oprimía mi corazón una angustia abrumadora, y continué mirando á tierra. Entonces se manifestó un prodigio bruscamente, pues cada cual oyó con claridad el ruido del golpe, pero nadie pudo ver lo que había sido de la virgen. Y el sacrificador prorrumpió en exclamaciones, y todo el ejército lanzó clamores ante aquel inesperado prodigio de un Dios, en el que no se podía creer, ni aun viéndolo. Una cierva grande y admirablemente hermosa yacía palpitante en tierra, y el altar de la Diosa aparecía inundado con su sangre en abundancia. [1590] No quieras pensar con cuánto júbilo exclamó Calcas entonces: «¡Oh jefes del ejército de los acayanos! ¿veis esta víctima, esta cierva de las montañas, que la Diosa ha arrojado sobre el altar? ¡La ha preferido á la jo­ven, para no manchar el altar con una sangre noble! Acepta este sacrificio, nos concede una feliz navegación y la toma de Ilios. ¡Por eso debéis tener ánimos, soldados todos de la escua­dra, y correr á las naves, [1600] porque nos es preciso en este día atravesar el mar Egeo, dejando las sinuosas ensenadas de Aulide!» Y después que la llama de Hefesto hubo quemado por entero á la víctima, Calcas oró para que el ejército tuviese un retorno feliz. Pero Agamenón me envía con el fin de que te diga á qué destino está llamado por los Dioses y qué gloria inmortal le está prometida en la Hélade. ¡Por lo que respecta á mí, que estaba presente y lo he visto todo, te digo que tu hija ha volado indudablemente hacia los Dioses! Aplaca, pues, tu dolor y cesa de estar iracunda contra tu marido. [1610] Las volun­tades de los Dioses son imprevistas para los mortales, y ellos salvan á los que aman. Porque el día de hoy ha visto á tu hija muerta y viva de nuevo.

 

El coro

¡Cuánto me alegro de lo que anuncia! ¡Dice que tu hija está viva entre los Dioses!

 

Clitemnestra

¡Oh hija! ¿qué Dios te ha arrebatado? ¿Cómo te llamaré? ¿Qué decir? ¿Será esto una farsa consoladora para poner fin á mi triste duelo?

 

El mensajero

He aquí al rey Agamenón que viene. [1620] El mismo te repetirá lo que te he dicho.

 

Agamenón

¡Mujer! debemos alegrarnos de lo que le ocurre á tu hija. Porque vive entre los Dioses. Es preciso que vuelvas á tus moradas, llevándote á este tierno niño, pues el ejército se dis­pone á navegar. ¡Salve! Pasará mucho tiempo antes de que te dirija otras palabras á mi regreso de Troya. ¡Sé dichosa!

 

El coro

¡Atreida, ojalá llegues felizmente á tierra frigia, y vuelvas lo mismo, trayendo los despojos más hermosos de Troya!

 


 
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Ifigenia en Aulide

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