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Universidad de Murcia
Tragedias - Hipólito

 

El coro

¿Has oído, has oído á la reina declarar su mal lamentable é insólito? ¡Muera yo, oh querida, antes de llevar á cabo lo que has meditado en tu espíritu! ¡Ay de mí, ay, ay! ¡Oh des­dichada víctima de estos males, oh miserias que alimentáis á los hombres! Estás perdida, has sacado á la luz cosas horri­bles. ¿A cuántos días como éste estás condenada? [370] Alguna novedad va á ocurrir en este palacio. Ya no hay que dudar sobre quién va á caer la calamidad enviada por Cipris, ¡oh infeliz hija de la Creta!

 

Fedra

Mujeres trecenias que habitáis en el vestíbulo de la tierra de Pelops: bastantes veces ya, durante largas noches, refle­xioné abstraída en lo que corrompe la vida de los hombres. Y me parece que no es por la naturaleza de su espíritu por lo que hacen el mal. Muchos, en efecto, piensan con cordura. Mas hay que considerar esto: [380] sabemos y conocemos el bien; pero no lo practicamos, unos por pereza, otros porque prefieren lo agradable á lo honesto. Numerosos son los placeres de la vida: los coloquios largos, el ocio, ese mal que encanta, y la ver­güenza. Esta es de dos clases: una que no es un mal, y otra que es una calamidad en las moradas. Si se manifestase la razón de la una y de la otra, no se las nombraría con el mis­mo nombre. Como desde hace tiempo sé eso, ningún deleite puede distraerme [390] hasta el punto de hacerme pensar de otramanera. Pero te diré el camino que ha emprendido mi espí­ritu. Después que el amor me hirió, busqué un medio de poder soportarlo lo más honestamente posible. Entonces comencé á callar y á ocultar mi mal, porque no hay que fiarse de la len­gua, que sabe censurar con acritud los pensamientos de los demás hombres, pero á sí misma se atrae males sin cuento. Y tomé la resolución de soportar valientemente este amor insen­sato y vencerlo con la castidad. [400] Por fin, sin poder triunfar así de Cipris, me pareció que lo mejor sería morir. Nadie se opon­drá á esta determinación. ¡Ojalá no se mantengan ocultas mis buenas acciones, y mi vergüenza no tenga muchos testigos! Sabía yo que este amor y mi mal eran infames, y sabía tam­bién que era mujer y que la mujer es odiosa para todos.¡Perezca muy oprobiosamente la primera que mancilló su lecho con otros hombres! [410] Las familias nobles extendieron este mal sobre las mujeres. Porque, cuando las cosas vergonzosas agra­dan á los biennacidos, han de parecer buenas á los malos. También odio á las mujeres que son castas de palabra, y en secreto muestran una audacia deshonesta. ¿Cómo ¡oh señora Cipris nacida ¿el mar! se atreven á mirar cara á cara á sus maridos, y no les dan horror las tinieblas cómplices de su falta, y no temen oír gritar al techo de su morada? Eso es lo que me mata, amigas, [420] para que jamás pueda yo deshonrar á mi marido y á los hijos que he parido, y para que, florecientes y hablando con libertad, habiten en la ciudad de los ilustres atenienses y se glorien de su madre. Porque, por muy audaz que sea, se torna en esclavo el hombre que tiene conciencia de los crímenes desu padre ó de su madre. Dicen que sólo un bien hay de un valor igual al de la vida: un corazón justo y honesto. En el momento fatal el tiempo descubre á les hom­bres perversos, como el espejo refleja el rostro de una joven. [430] ¡Ojalá no me cuente nunca entre ellos!

 

El coro

¡Ah! ¡qué hermosa es en todo la cordura, y qué excelente gloria obtiene entre los mortales!

 

La nodriza

Señora, en verdad que tu desdicha me ha producido un te­mor terrible; pero ahora comprendo que era yo una insensata. Entre los hombres, los pensamientos posteriores son más pru­dentes que los primeros. Lo que te pasa nada tiene, en efecto, de extraño ni de irrazonable. Se ha cernido sobre ti la cólera de una Diosa. ¡Amas! ¿Qué hay de sorprendente en eso? Te ocurre lo que á innumerables mortales. [440] ¿Y vas á hacer perecer á tu alma por culpa de ese amor? En verdad que nadie amaría en lo sucesivo, si fuera necesario morir por haber amado. Por­que Cipris es invencible cuando se precipita con violencia. Trata dulcemente á quien se somete; pero cuando encuentra un corazón arrogante y fiero, ¿cómo orees que se apodera de él y le vence? Cipris vuela por el Eter y se sumerge en las olas del mar. Todas las cosas nacen de ella. Ella hace germinar y da el amor, [450] que á todos nos ha engendrado en la tierra. Cuan­tos conocen los escritos de los antiguos y se entregan asidua­mente al estudio de las musas, saben de qué manera Zeus de­seó en otro tiempo á Semele; saben cómo la espléndida Eos se llevó á Céfalo entre los Dioses, á causa del amor que por él sentía. Sin embargo, esos Dioses habitan siempre en el Urano, y no huyen de los demás Dioses, y supongo que sufrirán el destino que los obliga. [460]¿Y no sufrirás tú éste? Si no te sometes á esas leyes, será porque tu padre te engendrara en ciertas condiciones y bajo el poder de otros Dioses. ¿Cuántos hombressanos de espíritu crees tú que hay, que, al ver mancillado su lecho nupcial, fingen no ver nada? ¿Y cuántos padres que ayu­dan á los amores culpables de sus hijos? Entre las precaucio­nes hábiles de los hombres, es prudente la de ocultar las cosas deshonestas. No conviene que los mortales lleven una vida de­masiado severa, como no es oportuno decorar demasiado el techo de la morada. ¿De qué modo piensas salvarte de la cala­midad en que has caído? [470] Pues si, siendo mortal, disfrutas de más bienes que males, puedes estar contenta. ¡Oh querida hija! desecha tus malos pensamientos, cesa de ultrajar; porque pre­tender elevarse por encima de los Demonios, no es nada me­nos que ultrajarlos. Soporta valientemente tu amor. Lo ha querido un Dios, y lleva á buen fin el mal que te consume. Hay hechizos y palabras calmantes. Se encontrará remedio á tu mal. [480] En verdad que los hombres tardarían en inventar algo, si las mujeres no halláramos secretos.

 

El coro

Fedra, lo que te dice es lo más práctico en tu desgracia actual; sin embargo, yo apruebo tu conducta, aunque sin duda mi alabanza sea para ti más odiosa y más cruel de oír que sus palabras.

 

Fedra

Las palabras demasiado hermosas son las que destruyen las ciudades bien constituidas y las familias. No hay que decir lo que es grato á los oídos, sino sólo aquello que conduzca á la gloria.

 

La nodriza

[490] ¿Por qué hablar con tanta magnificencia? No necesitas buenas palabras de ese hombre. Has de explicarme en seguida lo que sientes, á fin de que diga yo directamente lo que te concierne. Si no estuviera tu vida en tan gran peligro, si fue­ras una mujer sana de espíritu, jamás te pondría yo en ese trance por satisfacer tu deseo voluptuoso. Pero hoy lo más importante es salvarte la vida; y eso lo justifica todo.

 

Fedra

¡Qué palabras tan horribles! ¿No cerrarás la boca? ¿No ce­sarás de pronunciar tan vergonzosas palabras?

 

La nodriza

[500] Vergonzosas son, en verdad; pero mejores para ti que si diesen honestas. Y lo que te salve valdrá más que la fama con que te envaneces de morir.

 

Fedra

¡Por los Dioses te suplico que no sigas, pues tus palabras son dulces, pero vergonzosas! En efecto, he sometido honesta­mente mi alma á este amor; pero si quieres embellecer lo ver­gonzoso, caeré en el mal de que huyo, y pereceré en él.

 

La nodriza

Si así lo crees, no debiste escucharme; pero, ya que lo has hecho, concédeme esta segunda gracia. Ahora recuerdo que en la morada tengo filtros que aplacan el deseo. [510] Sin que en ello haya nada vergonzoso para ti, y sin que pierdas la razón, te librarán de ese mal, si no eres cobarde. Pero se necesita algún rastro del que amas, cualquier trozo de sus vestirlos, para ha­cer un solo deseo de dos amores.

 

Fedra

¿Se administra ese filtro untándolo ó bebiéndolo?

 

La nodriza

No lo sé. Permite que te ayude, hija mía, sin responderte.

 

Fedra

Temo que seas demasiado hábil conmigo.

 

La nodriza

Lo temes todo. ¿De qué te asustas?

 

Fedra

[520] De que reveles algo al hijo de Teseo.

 

La nodriza

Déjame hacer, ¡oh hija! que yo lo arreglaré todo. Pero ayúdame tú, ¡oh mi señora Cipris nacida del mar! Para los demás designios que medito, me bastará advertir á los amigos que están en la morada.

 

El coro

Estrofa I

¡Eros, Eros, que derramas el deseo con los ojos, haciendo penetrar la suave voluptuosidad en las almas de los que sitias, no seas enemigo mío nunca, y no vengas furioso contra mí![530] Porque ni el fuego ni el dardo de los astros superiores son como el de Afrodita que lanzas con tus manos, Eros, ¡oh hijo de Zeus!

 

Antistrofa I

En vano, en vano en Pisa y en los templos píticos de Febo toda la tierra de la Hélada multiplicada la degollación de bueyes, si no reverenciáramos á Eros, tirano de los hombres, hijo de Afrodita, [540] que tiene las llaves de los carísimos lechos nupciales y que prodiga calamidades á los mortales cuando cae sobre ellos.

 

Estrofa II

Cipris se llevó de las moradas en una nave á la joven ecalia, virgen é ignorante de lo que eran bodas; y como una ba­cante del Hades, se la dió al hijo de Alcmena, [550] en medio del exterminio, del incendio y de la sangre. ¡Oh! ¡qué desdichada fué por culpa de esas bodas!

 

Antistrofa I

¡Oh murallas sagradas de Tebas! ¡oh fuente de Dirca! ¡vos­otras podéis también atestiguar cuán cruel es la llegada de Cipris! ¡Porque con el fuego del rayo consumió [560] á la madre de Baco, engendrado por Zeus, á quien se había unido ella fatal­mente; pues Cipris lo abrasa todo con su aliento furioso, y echa á volar como una abeja!

 

Fedra

¡Callad, oh mujeres! ¡Estoy perdida!

 

El coro

¿Qué ha sucedido de terrible en tus moradas, Fedra?

 

Fedra

Deteneos, para que sepa yo por qué gritan ahí dentro.

 

El coro

Ya me callo; pero esto es de mal agüero.

 

Fedra

[570] ¡Ay de mí, ay, ay! ¡Oh! ¡qué desdichada soy!

 

El coro

¿Qué grito es ése? ¿Qué palabras dices? Explícanos cuál es el rumor súbito que espanta á tu alma, ¡oh mujer!

 

Fedra

¡Estoy perdida! Escuchad, de pie junto á las puertas, el ruido que se eleva en la morada.

 

El coro

Junto á la puerta estás, y hasta ti llega el ruido de la mo­rada. [580] Dime, dime qué desgracia ha ocurrido.

 

Fedra

El hijo de la ecuestre amazona, Hipólito, grita y lanza im­precaciones terribles contra mi nodriza.

 

El coro

Ya lo oigo; pero no lo entiendo claramente. Hasta ti llega la voz á través de las puertas.

 

Fedra

En alta voz la llama forjadora de desgracias, [590] alcahueta traidora al lecho de su amo.

 

El coro

¡Ay! ¡Cuántos males! ¡Estás vendida, querida! ¿Qué consejo te daría yo? ¡Descubierto el secreto, estás perdida!

 

Fedra

¡Ay, ay!

 

El coro

¡Traicionada por tus amigos!

 

Fedra

Me ha perdido, revelando mi mal por amistad y por cu­rarme, pero no honrosamente.

 

El coro

¿Cómo? ¿Qué vas á hacer, si sufres males incurables?

 

Fedra

¡Sólo sé una cosa, que tengo que morir! [600] Es el único reme­dio á mis males.

 

Hipólito

¡Oh madre Tierra! ¡Oh luces de Helios! ¿Qué abominables palabras he oído?

 

La nodriza

Cállate, ¡oh hijo! antes de que te oiga alguien.

 

Hipólito

No, no puedo callar las cosas horribles que he oído.

 

La nodriza

¡Te lo suplico por tu hermosa mano derecha!

 

Hipólito

¡No toques mi mano, no toques mi peplo!

 

La nodriza

¡Oh! ¡por tus rodillas, no me pierdas!

 

Hipólito

¿Cómo voy á perderte, si, según aseguras, no has dicho nada malo?

 

La nodriza

Lo que he dicho, ¡oh hijo! no debía revelarse.

 

Hipólito

[610] Sin embargo, las cosas honestas son honrosas de decir.

 

La nodriza

¡Oh hijo, no violes tu juramento!

 

Hipólito

Ha jurado la boca, pero no mi corazón.

 

La nodriza

¡Oh hijo! ¿qué vas á hacer? Vas á perder á tus amigos.

 

Hipólito

¡Reniego de ellos! Ningún culpable es amigo mío.

 

La nodriza

¡Perdóname! En la naturaleza humana está el equivocarse, ¡oh hijo!

 

Hipólito

¡Oh Zeus! ¿por qué hiciste nacer á la luz á las mujeres? Si querías crear la raza humana, no había para qué hacerla nacer de las mujeres. [620] Colgando en tus templos oro, hierro y bronce, los hombres hubieran comprado hijos al precio que estimase cada cual, y hubieran habitado en sus moradas sin hijos y sin mujeres. Ahora, en cuanto queremos traer esa calamidad á nuestras moradas, agotamos todos nuestros bienes. De lo cual se deduce que una mujer es una gran calamidad, hasta el punto de que el padre que la ha engendrado y educado la echa fuera, con una dote, para librarse de ella. [630] Quien, por el contrario, recibe en su morada semejante ruina, se regocija, cubre de adornos á la funestísima ídola, la engalana con peplos el des­dichado y gasta toda la hacienda de su familia. Si se ha aliado con personas ilustres, es inevitable para él simular que se alegra de un matrimonio amargo, ó si ha encontrado una buena unión y padres indigentes, hay que ocultar su miseria con una apariencia de bienestar. Lo mejor es tener en la mo­rada una mujer inútil por su simplicidad. [640] Odio á la mujer sabia. ¡Que, al menos, no tenga en mi morada una que sepa más de lo debido! Cipris fecunda á las sabias en depravación; pero una mujer simple, en vista de su poca inteligencia, está exenta de impudicia. Convendría que no hubiese ninguna ser­vidora junto á las mujeres, y que fuesen servidas por animales mudos, con el fin de que á nadie pudiesen hablar ni nadie les contestara. Pero ahora, en las moradas, las mujeres malas me­ditan proyectos malos [650] que las servidoras sacan afuera. Así es como has venido á mí, ¡oh cabeza malvada! para urdir el opro­bio del lecho sagrado de mi padre, de cuyo oprobio me purifi­caré en aguas corrientes, vertiéndomelas por los oídos. ¿Cómo iba á ser impuro yo, que creo haber cesado de ser puro por haber oído tus palabras? Entérate bien, mujer: lo que te salva es mi piedad. Porque, si no me hubieses sorprendido y ligado con un juramento hecho á los Dioses, nunca hubiera podido contenerme para no decírselo todo á mi padre. Pero ahora me alejaré mientras Teseo esté ausente de sus moradas y de esta tierra, [660] y mi boca guardará silencio. Cuando vuelva mi padre,veré cómo le recibís tu señora y tú, y observaré tu audacia, de la que ya tengo prueba. ¡Ojalá perezcáis! Jamás me hartaré de odiar á las mujeres, aun cuando me censuraran por decir siem­pre lo mismo. Porque siempre son crueles y malas. ¡Enséñeles alguien la castidad, ó séame dado revelarme siempre contra ellas!


 
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