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Universidad de Murcia
Tragedias - Hipólito

 

 

 

HIPÓLITO

 

Afrodita

Hipólito

Servidores

Coro de mujeres trecenias

La nodriza

Fedra

Un mensajero

Teseo

Otro mensajero

Artemisa

 

Afrodita

Soy la Diosa Cipris, tan conocida y no sin gloria entre los hombres y en el Urano. De todos los vivos que habitan el mar de confines atlánticos y ven la luz de Helios, honro á los que respetan mi poder y arruino á los que se alzan en contra mía. Porque también está conforme con la naturaleza de los Dioses regocijarse de que los honren los hombres, Y demostraré inmediatamente la verdad de estas palabras. [10] Hipólito, el hijo de Teseo, nacido de una amazona, criado por el sabio Piteo, es el único, entre los ciudadanos de esta tierra de Trecenia, que dice que soy la peor de los Demonios, y desprecia el lecho nupcial y rehuye las bodas. Pero honra á la hermana de Febo, á Artemisa, hija de Zeus, y la tiene por la más grande de los Demonios. Y siguiendo siempre á la virgen en la verde selva, extermina los animales salvajes con ayuda de perros rápidos, y se dedica á un co­mercio demasiado elevado para un hombre. [20] No la envidio á ella por eso. ¿Para qué? Pero castigaré á Hipólito en este mismo día por haberme ultrajado. Ya he preparado todo para ello, y me costará poco trabajo hacerlo. Cuando salía él un día de la morada de Piteo para ver celebrar los misterios sagrados en la tierra de Pandión, al verle Fedra, la noble mujer de su padre, sintióse poseída de un violento amor en su corazón. Antes de venir á esta tierra de Trecenia, [30] erigió un templo á Cipris en la roca de Palas, desde la cual se divisa este país; y ardiendo de amor por un ausente, quiso, en honor de Hipó­lito, que ese templo llevase su nombre en el porvenir. Pero después de abandonar la tierra cecropiana, desterrándose para expiar la muerte de los Palantidas, Teseo vino aquí por mar con su mujer, á fin de sufrir un año de destierro; y aquí es donde la sinventura perece en silencio, gimiendo y traspa­sada por los aguijones del amor. [40] Y ninguno de sus servidores conoce su mal. Pero no habrá de ser vano este amor. Yo se lo revelaré á Teseo, y quedará de manifiesto. Y al que es enemi­go mío le matará su padre con imprecaciones, porque el Dios marino Poseidón ha prometido á Teseo atenderle y no dejar incumplidas tres peticiones suyas. En cuanto á Fedra, por muy ilustre que sea, perecerá, sin embargo. En efecto, menos me preocupa perderla [50] que satisfacerme castigando á mis ene­migos. Pero veo venir al hijo de Teseo, abandonando las fati­gas de la caza. Voy á salir de aquí. Le sigue un cortejo nume­roso de servidores y celebra con himnos á la Diosa Artemisa. No ve, por cierto, las puertas abiertas del Hades, ni sabe que ha llegado su último día.

 

Hipólito

¡Seguid, seguidme, cantando á la hija uránica de Zeus, [60] á la cual somos gratos!

 

Los servidores

¡Venerable, venerable, augustísima! ¡Salve, progenie de Zeus! ¡Salve, oh hija de Latona y de Zeus, Artemisa, la más hermosa de las vírgenes, que habitas en el vasto Urano [70] la noble morada de tu padre, la morada resplandeciente de oro de Zeus!

 

Hipólito

¡Salve, oh bellísima, la más bella de las vírgenes que habitan el Olimpo, Artemisa! ¡Oh señora, te ofrendo esta corona tejida en una pradera no hollada, á la que nunca tocó el hie­rro, en la que jamás osó el pastor apacentar sus rebaños, á la que sólo viene la abeja primaveral, y que el pudor fecunda con su rocío! Sólo puede coger estas flores, lo cual no está permitido á los malos, aquel que no ha aprendido nada con el estudio [80] y á quien la propia Naturaleza ha enseñado la sabidu­ría en todas las cosas por igual. ¡Oh cara señora, recibe, pues, de mi mano piadosa esta corona para tu cabellera dorada! Unicamente á mí se me ha otorgado este don entre los morta­les: te acompaño, te hablo y oigo tu voz, si bien no veo tu rostro, y acabaré mi vida como la he empezado.

 

Un servidor

¡Rey! pues sólo á los Dioses debe llamarse señores, ¿quie­res recibir de mí un buen consejo?

 

Hipólito

[90] Ciertamente; si no, no sería cuerdo.

 

El servidor

¿Conoces cierta ley que obliga á los mortales?

 

Hipólito

No la conozco; pero ¿acerca de qué me preguntas?

 

El servidor

Consiste en odiar el orgullo y lo que disgusta á todos.

 

Hipólito

Muy bien. En efecto, ¿qué hombre lleno de orgullo no se hace odioso?

 

El servidor

¿Y no agrada, por el contrario, la afabilidad?

 

Hipólito

Sin duda, y á poca costa se saca provecho de ella.

 

El servidor

¿Crees que ocurrirá esto también entre los Dioses?

 

Hipólito

Sí, ya que de los Dioses reciben los hombres sus leyes.

 

El servidor

¿Por qué, pues, no saludas á una verdadera Diosa?

 

Hipólito

[100] ¿Cuál? ¡Cuida de que tu boca no ofenda!

 

El servidor

Esta, Cipris, que preside á tus puertas.

 

Hipólito

Como estoy puro, la saludo desde lejos.

 

El servidor

Sin embargo, es venerable é ilustre entre los mortales.

 

Hipólito

Cada ano de los Dioses y de los hombres se ocupa de quien le parece.

 

El servidor

¡Dichoso tú, si fueras todo lo cuerdo que hay que ser!

 

Hipólito

No me place ninguno de los Dioses á quienes hay que hon­rar de noche.

 

El servidor

¡Oh hijo! es necesario honrar á los Demonios.

 

Hipólito

Vamos, compañeros. Entrad en la morada y preparad la comida. Después de la caza, agrada [110] una mesa llena. Conviene estrillar á los caballos, con objeto de que, luego de comer, pue­da yo uncirlos al carro y guiarlos con soltura. En cuanto á tu Cipris, le deseo mucha alegría.

 

El servidor

Por lo que á mí respecta, como no conviene imitar á losjóvenes, manifestando los sentimientos que debe expresar un esclavo, adoro tus imágenes, ¡oh señora Cipris! Pero hay que perdonar á la juventud impetuosa el que se deje arrastrar en contra tuya con palabras insensatas. Finge no oírle. [120] A los Dioses cumple ser más prudentes que los hombres.

 

El coro

Estrofa I

Hay una roca famosa por la que corre agua de Oceano y de la que brota una fuente donde se llenan las urnas. Una de mis compañeras lavaba allí vestidos purpúreos, que tendía luego en el lomo de la roca entibiada por Helios. [130] Ella me ha entera­do de que mi señora...

 

Antistrofa I

Se consumía en sus moradas, acostada en su lecho doliente, y cubría con ligeros velos su cabeza rubia. Y he sabido que hoy se cumplen tres días desde que por su boca ambrosiana no entra en su cuerpo el trigo de Damater, queriendo, en su es­condida pena, [140] llegar al término de su vida desdichada.

 

Estrofa II

Sin duda ¡oh joven! deliras, divinamente herida por Pan, por Hécata, por los venerables Coribantes ó por la Madre que recorre las montañas. ¿Acaso has ofendido á Dictina, que dis­fruta con las fieras, y sufres así por no haber ofrecido las tor­tas sagradas? Porque también vuela ella sobre el mar, [150] por encima de la tierra y de los remolinos del mar salado.

 

Antistrofa II

¿Acaso dentro de tus moradas se acuesta clandestinamen­te en tu lecho alguna mujer, encantando á tu marido el Eupatrida, príncipe de los Erectidas? ¿O ha navegado desde Creta hasta este puerto tan hospitalario algún marino, trayen­do noticias á la reina, y la tristeza que le han causado [160] la retiene en su lecho?

 

Epodo

El fastidio penoso y melancólico excita, efectivamente, el humor irritado de las mujeres en los dolores del parto ó en el deseo carnal. A veces sentí correr por mi vientre ese vapor, y entonces he invocado á Artemisa que hiere con sus flechas, á la Diosa uránica que ayuda á parir; y me ha sido propicia siempre, con asentimiento de los Dioses. [170] Pero he aquí, delante de las puertas, á la vieja nodriza, que saca á Fedra de la mora­da. Sobre sus cejas pesa una nube triste. Mi corazón desea sa­ber por qué y quién hiere así el cuerpo marchito de la reina.

 

La nodriza

¡Oh miserias de los mortales, oh males lamentables! ¿Qué haré por ti? ¿Qué no haré? He aquí la clara luz que pedías, he aquí el Eter. Tu lecho doliente está ahora [180] fuera de la morada. Siempre, en efecto, hablabas de venir aquí. Pero en seguida volverás á la morada, porque cambias de opinión con frecuen­cia, y nada te satisface. No te gusta nada de lo que tienes, y prefieres lo que no tienes. Más fácil es enfermar que asistir á los que sufren. Porque lo primero es sencillo, y lo otro añade á la inquietud del espirita el cansancio de las manos. Toda la vida de los hombres está llena de dolor, [190] y no hay tregua para sus males, pues si hay algo más dulce que la vida, lo envuel­ven y nos lo ocultan las tinieblas. Amamos locamente esta luz que resplandece en la tierra, á causa de nuestra inexperiencia de otra vida; y sin saber nada de lo que pasa debajo de la tie­rra, nos asustamos de vanas ficciones.

 

Fedra

¡Alzad mi cuerpo, erguid mi cabeza! Amigas, mis miembros van á disolverse. [200] ¡Servidoras, sostened mis hermosas manos! Me pesa en la cabeza esta banda, ¡Quitádmela! Dejad que caiga mi cabellera por los hombros.

 

La nodriza

Ten ánimo, hija, y no agites penosamente tu cuerpo. Más fácilmente soportarás tu mal con reposo y con noble valor. Fatal es que los hombres estén agobiados de males.

 

Fedra

¡Ay, ay! ¡Ojalá sacase de vivo manantial un agua pura, y la bebiese, [210] y acostada bajo chopos negros, reposase en una verde pradera!

 

La nodriza

¡Oh hija! ¿qué dices? No digas eso ante la muchedumbre; no profieras esas palabras llenas de demencia.

 

Fedra

¡Llevadme á la montaña! Iré á la selva y á los pinares, donde los perros exterminadores de animales salvajes corren y se abalanzan sobre los ciervos tachonados. ¡Por los Dioses! ¡con mis clamores quisiera excitar á los perros, [220] y blandir jun­to á mi cabellera rubia la pica tesaliana, oprimiendo en mi manó el dardo agudo!

 

La nodriza

¡Oh hija! ¿á qué viene abrigar semejantes pensamientos? ¿Por qué te preocupas así de la caza? ¿Por qué deseas claras fuentes? Junto á la morada pasa un manantial de agua corrien­te en donde puedes beber.

 

Fedra

¡Artemisa, señora de la marítima Limna y de los gimnasios hípicos! [230] ¡si estuviera yo en tus llanuras, desbravando á los ca­ballos vénetos!

 

La nodriza

¿Por qué lanzas de nuevo esa frase insensata? ¡Hace poco, tras de ascender á la montaña, te transportaba el deseo de ca­zar, y ahora quieres guiar á tus caballos por la arena á lo lar­go del mar! A los adivinadores compete decir qué Dios te ator­menta y quién turba tu espirita, ¡oh hija!

 

Fedra

¡Desdichada! ¿Qué he hecho? [240]¿Por dónde he caminado, pri­vada de razón? ¡Deliro, he caido en la emboscada de un Demo­nio! ¡Ay, ay, infeliz de mí! Nodriza, cubre otra vez mi cabeza. Me da vergüenza de las palabras que he dicho. ¡Cúbreme! Las lágrimas brotan de mis ojos, que se recatan con vergüenza, Al recobrar la razón, me siento abrumada de dolor. La demencia es un mal; pero más vale morir sin sentir nuestro mal.

 

La nodriza

[250] Ya cubro tu cabeza. ¿Cuándo cubrirá también la muerte mi cuerpo? Una larga vida me ha enseñado muchas cosas. Conviene, en efecto, á los mortales no contraer entre si mas queamistades moderadas que no lleguen hasta la médula del alma, afectos fáciles de romper y que se puedan tomar ó dejar. Pero el dolor de un alma que sufre por dos es una carga pesa­da; [260] y así sufro yo por ésta. Con razón se dice que las pasiones de la vida dañan más que deleitan, y turban mucho la salud. Así, pues, apruebo menos lo que es excesivo que esta frase: «¡De nada demasiado!», y los sabios pensarán como yo.

 

El coro

Anciana, fiel nodriza de la reina Fedra, ya veo sus lamen­tables males; pero no sabemos qué escondida dolencia la con­sume, [270] y quisiéramos interrogarte y saberlo por ti.

 

La nodriza

No lo sé, aunque lo he preguntado. No quiere decírmelo.

 

El coro

¿No sabes, pues, el origen de sus males?

 

La nodriza

Lo mismo que tú. Ella calla todo lo referente á eso.

 

El coro

¡Qué enferma está, y cómo languidece su cuerpo!

 

La nodriza

¿Cómo no? Ya hace tres días que está sin comer.

 

El coro

¿A causa de su mal, ó es que quiere morir?

 

La nodriza

Quiere morir; no toma alimento para acabar con la vida.

 

El coro

¡Es extraño que eso agrade á su marido!

 

La nodriza

Ella oculta su mal; niega que esté enferma.

 

El coro

[280] Pero ¿no lo advierte él al mirarla al rostro?

 

La nodriza

El no está aquí; está lejos de esta tierra.

 

El coro

¿Y por qué no recurres á procedimientos violentos para saber su mal y la causa de su demencia?

 

La nodriza

Lo he intentado todo, y nada me ha servido. Sin embargo, no desistiré de mis cuidados, y puedes quedarte y ser testigo de lo que soy para mi desventurada señora... Vamos, ¡oh que­rida hija! olvidemos ambas lo que ya hemos dicho. Cálmate, disipa la tristeza de tu frente y de tu pensamiento; [290] y yo, abandonando los caminos por donde te he seguido equivocada, te diré palabras mejores. Si padeces algún mal oculto, aquí hay mujeres que también tratarán de calmar tu dolor. Si tu mal puede ser revelado á hombres, habla, á fin de darlo á co­nocer á los módicos. Y bien, ¿por qué te callas? No debes ca­llarte, hija, sino recriminarme si hablo mal, ú obedecer mis palabras si son buenas. [300] Di algo, mira aquí. ¡Oh! ¡desgraciada de mí! Mujeres, nos tomamos un trabajo inútil, y estamos del fin perseguido tan lejos como antes. Ya no la conmueven mis palabras; no obedece á ellas ahora. Has de saber, no obstante, que, aunque seas más tenaz que el mar, si mueres, serán en­gañados tus hijos y no participarán de la riqueza paterna. No, que la real amazona ecuestre ha parido un bastardo para que mande en tus hijos, y tiene pensamientos libres. ¡Y le cono­ces bien, porque es Hipólito!

 

Fedra

[310] ¡Ay de mí!

 

La nodriza

¿Te conmueve esto?

 

Fedra

¡Que me pierdes, nodriza! Por los Dioses te suplico que en lo sucesivo no me hables de ese hombre.

 

La nodriza

¡Ya lo ves! piensas cuerdamente, y sin embargo, no quie­res prestar ayuda á tus hijos y conservar tu vida.

 

Fedra

¡Quiero á mis hijos! pero me atormenta otro destino.

 

La nodriza

¡Oh hija! tienes las manos puras de sangre.

 

Fedra

Mis manos están puras, pero está manchado mi espíritu.

 

La nodriza

¿Procede de algún enemigo esa mancha?

 

Fedra

Es un amigo quien causa mi perdición, á pesar suyo y á pesar mío.

 

La nodriza

[320] ¿Te ha faltado en algo Teseo?

 

Fedra

¡Así nunca le ofendiera yo!

 

La nodriza

¿En qué consiste, pues, eso tan terrible que te impele á morir?

 

Fedra

¡Déjame ser culpable, que no lo soy contigo!

 

La nodriza

No querrás, seguramente; pero no viviré más que por ti.

 

Fedra

¿Qué haces? ¿Quieres violentarme cogiéndome la mano?

 

La nodriza

Y también las rodillas, que no he de soltar.

 

Fedra

¡Desdichada de ti, oh infeliz, si supieras esos males!

 

La nodriza

¿Hay para mí mayor desdicha que la de perderte?

 

Fedra

Perecerás. Sin embargo, esto puede acabar dándome gloria.

 

La nodriza

[330] ¿Y me ocultas esas cosas gloriosas, á pesar de mis súplicas?

 

Fedra

Es que busco un final honroso para cosas vergonzosas.

 

La nodriza

Por eso, diciéndolas, serás más honrada.

 

Fedra

¡Vete, por los Dioses! Suéltame la mano.

 

La nodriza

No, por cierto, mientras no me concedas lo que te pido.

 

Fedra

Te lo concederé, porque respeto la santidad de tus manos suplicantes.

 

La nodriza

Me callaré, pues. Tú eres quien ha de hablar.

 

Fedra

¡Oh madre desventurada, con qué amor amaste!

 

La nodriza

¡Amó á un toro, hija mía! ¿Por qué hablas de eso?

 

Fedra

¡Y tú, desventurada hermana, esposa de Dionisos!

 

La nodriza

[340] ¡Oh hija! ¿qué te ocurre? ¡Insultas á tus parientes!

 

Fedra

¡Y yo soy la tercera en morir, y cuán desdichada!

 

La nodriza

¡En verdad que estoy asustada! ¿Adónde van á parar tus palabras?

 

Fedra

Por eso soy desdichada, y no desde hace poco.

 

La nodriza

No me entero de nada de lo que deseo saber.

 

Fedra

¡Ay! ¿Por qué no podrás decir tú misma lo que tengo que decir?

 

La nodriza

No soy un adivinador para averiguar con claridad las cosasobscuras.

 

Fedra

¿Qué es lo que los hombres llaman amar?

 

La nodriza

Lo más dulce, ¡oh hija! y lo más amargo á la vez.

 

Fedra

Por lo que á mí respecta, sólo he experimentado lo último.

 

La nodriza

[350] ¿Qué dices? ¡Oh hija mía! ¿amas á algún hombre?

 

Fedra

Tal como es, al hijo de la amazona...

 

La nodriza

¿Hablas de Hipólito?

 

Fedra

¡Tú sola le has nombrado!

 

La nodriza

¡Ay de mí! ¿Qué has dicho, hija? ¡Ah, estoy perdida! ¿Mujeres, esto es intolerable; ya no puedo soportar la vida; el día me es odioso y odio la luz! ¡Desfallezco y abandono mi cuerpo; cesaré de vivir, moriré! ¡Salve! No vivo ya. ¿A pesar suyo aman, pues, el mal las más virtuosas? ¿Entonces Cipris no es una Diosa? [360] ¡Es más que una Diosa, si hay algo más grande, la que ha perdido á Fedra, á su familia y á mí misma!


 
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