Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica


Universidad de Murcia
Tragedias - Hécuba

 

El coro

Estrofa I

Viento, viento marino que llevas por el mar henchido á las naves rápidas que surcan las olas, ¿adónde me empujarás, desdichada de mí? ¿A qué morada iré para ser allí esclava? [450] ¿A qué puerto de la tierra dórida ó de la Ftia, donde dicen que el Apidano, padre de las aguas más hermosas, riega las llanuras?

 

Antistrofa I

¿Iré, desdichada, conducida por el remo que hiende el mar, á llevar una vida lamentable en la isla donde germinaron por primera vez la palmera y el laurel [460] para tender á la bienamada Latona los ramajes sagrados, como ofrenda al parto divino? ¿Cantaré con las vírgenes Delias á la corona de oro y á las nachas de la Diosa Artemisa?

 

Estrofa II

¿Pintaré sobre el peplo color de azafrán, en la ciudad de Palas, los caballos de Atania uncidos al hermoso carro? ¿O bor­daré [470] con tintes varios, en las bien tejidas telas de floridas tra­mas, la raza de los Titanes á quienes el Cronida Zeus ha en­vuelto en un fuego flamígero?

 

Antistrofa II

¡Ay, ay de mí y de mis hijos! ¡Ay de mis abuelos, yacentes en la tierra de la patria caída entre humo negro, presa de la lanza de los argianos! ¡Y heme aquí de esclava [480] en tierra ex­tranjera, tras de dejar el Asia conquistada por Europa, y de cambiar el Hades sólo por el lecho de un amo!

 

Taltibio

Jóvenes troyanas, ¿dónde encontraré á Hécaba, la que en otro tiempo era reina de Ilios?

 

El coro

Hela aquí delante de ti, Taltibio, acostadade espaldas en la tierra y envuelta con su peplo.

 

Taltibio

¡Oh Zeus! ¿qué decir? ¿Diré que miras por los hombres, ó que son juguete de una mentira vana [490] quienes creen en una raza de Demonios, ó que sólo la casualidad lo rige todo entre los mortales? ¿No era esta mujer reina de los frigios, que tanto oro poseían? ¿No era la mujer de Príamo, grande y dichoso? Y he aquí que ha sido derribada por la lanza su ciudad, y ella se ve de esclava ahora que es vieja, la han privado de sus hijos, está acostada en tierra y mancha de polvo su cabeza infeliz. ¡Ay, ay! También yo soy viejo, pero ¡muera antes de caer en el oprobio que humilla! Levántate, ¡oh desdichada! [500] ¡Alza tu cuerpo y yergue tu cabeza toda blanca!

 

Hécaba

¡Ah! ¿quién eres tú, que no dejas tenderse en tierra mi cuerpo? Quienquiera que seas, ¿por qué turbas mi dolor?

 

Taltibio

Soy yo, Taltibio, heraldo de los dánaos. ¡Oh mujer! Aga­menón me envía á ti.

 

Hécaba

¡Oh carísimo! ¿Han dispuesto los acayanos que vinieses para degollarme también sobre la tumba? ¡Qué buena noticia me traerías entonces! ¡Apresurémonos, apresurémonos! Llévame, anciano.

 

Taltibio

Mujer, vengo á ti con objeto de que sepultes á tu hija muerta. Me envían [510] los Atreidas y el pueblo acayano.

 

Hécaba

¡Ay de mí! ¿Qué estás diciendo? ¿No has venido, pues, para traerme la muerte, sino para anunciarme una desgracia? ¡Pe­recíate, oh hija, arrebatada á tu madre, y heme ya aquí sin hijos al perderte! ¿Cómo la habéis matado, respetándola ó ultrajándola? ¿La habéis matado tratándola como á enemiga, anciano? Había, aunque no tengas que decir palabras halagüeñas.

 

Taltibio

¿Acaso quieres, mujer, que llore dos veces de piedad por tu hija, ya que se mojarán mis ojos al contar su desdicha, [520] como junto á la tumba se mojaron antes cuando moría ella? Toda la muchedumbre del ejército acayano estaba reunida ante la tumba para presenciar la muerte de tu hija, y cogiendo á Polixena de la mano, el hijo de Akileo la colocó en lo alto del túmulo, Y allí estaba yo, y le seguían unos acayanos jóvenes, escogidos é ilustres, á fin de contener con sus manos las convulsiones de la victima. Y con una copa de oro llena en la mano, el hijo de Akileo hacía libaciones á su padre muerto, y me hizo señas [530] para que impusiera silencio á todo el ejército de los acayanos. Y adelantándome en medio de ellos, les dije: «¡Guardad silen­cio, acayanosl ¡Guarde silencio el pueblo todo! ¡Silencio! ¡ca­llaos!» E hice que la multitud quedase inmóvil, y habló él así: «¡Oh hijo de Peleo, oh padre mío, recibe estas libaciones expiatorias, evocación de los muertos! Ven á beber la sangre negra y pura de la joven virgen que te ofrecemos el ejército y yo. ¡Sé propicio á nosotros! Permite que desatemos los cables de las popas de nuestras naves, [540] y que tras de obtener un feliz regreso de Ilios, podamos volver todos á la patria!» Habló así, y todo el ejército coreó su plegaria. Luego, asiendo la empu­ñadura de la espada circundada de oro, la sacó de la vaina é hizo seña á los jóvenes escogidos del ejército acayano para que se apoderaran de la virgen; pero ella, que lo comprendió, habló así: «¡Oh argianos que habéis derribado mi ciudad, muero por voluntad propia! No me toque ninguno, que yo ofreceré vale­rosamente la garganta. ¡Por los Dioses, soltadme! [550] ¡Matadme libre, y muera yo libre, pues siendo de raza real, me daría vergüenza ser tratada de esclava entre los muertos!» Y aplau­dieron los pueblos, y el rey Agamenón dijo á los jóvenes que soltaran á la virgen. Y en cuanto éstos oyeron las últimas palabras del que goza de mayor poderío, la soltaron al punto, y no bien oyó ella las palabras del jefe, tirando de su peplo, lo desgarró desde el vértice del hombro al vientre, hasta el om­bligo, y mostró su seno y [560] sus pechos hermosísimos como los de una estatua; arrodillándose luego, pronunció estas palabras lamentabilísimas: «Heme aquí, ¡oh joven! ¡Si quieres herir este pecho, hiere! ¡Si prefieres la garganta, aquí está!» Tenía él lástima de la virgen, y vacilaba aún; pero al fin cortó con el hierro las vías del aliento, y brotaron manantiales de sangre. Por lo que á ella respecta, hasta para morir tuvo cuidado de caer honestamente, [570] ocultando lo que debe permanecer oculto á los ojos de los varones. Cuando exhaló el último aliento á causa de aquel degüello mortal, los argianos se ocuparon en distintos menesteres; y unos cubrían con hojas á la muerta, y otros amontonaban troncos de pino para hacer una pira. Y el que no llevaba nada recibía estas palabras injuriosas del que llevaba algo: «¡Oh cobarde, te quedas ahí de pie, y nada traes para la joven, ni peplos, ni atavíos! ¿No vas á ofrecer nada á la criatura [580] de alma excelente y valerosísima?» Esto es lo que tengo que decirte acerca de tu hija muerta, á ti, la más dichosa en hijos y la más desdichada de todas las mujeres.

 

Elcoro

Una calamidad terrible ha caído sobre los Priamidas y so­bre mi ciudad. Es la fatalidad de los Dioses.

 

Hécaba

¡Oh hija! Entre tantos males, no sé á cuál atender. No bien pienso en un dolor, me asalta otro, y los dolores suceden en mí á los dolores. ¿Cómo podría borrar de mi pensamiento [590] tu desventura y no gemir? Por otra parte, el valor que me anun­cian has tenido impide sea excesiva mi pena. ¿No es extraño que una tierra mala favorecida por los Dioses produzca nu­merosas espigas, y que, por otra parte, una tierra buena, que carezca de ese favor que necesita, no dé más que malos frutos? En los hombres, por el contrario, el malo es malo siempre, y el bueno es siempre bueno, y la desgracia no corrompe su na­turaleza, y no deja él de ser bueno. ¿Es la raza ó la educación quien crea esa diferencia? [600] Sin embargo, lo cierto es que la educación enseña el bien, y quien conoce el bien sabe asimismo lo que es vergonzoso, porque va por el buen camino. ¡Pero acerca de qué cosas tan inútiles divaga mi espíritu! Ve, y di esto á los argianos: «Que ninguno toque á mi hija y que ale­jen de ella á la muchedumbre.» Porque en un ejército numerosísimo la multitud es desordenada, y la licencia de los marinos es más difícil de contener que el fuego, y para ellos, el que no hace mal es el único malo. En cuanto á ti, ¡oh anciana esclava! toma un vaso, y [610] después de sumergirlo en el agua del mar, tráelo aquí para que ¡ave yo á mi hija con supremas abluciones, á mi hija novia sin novio y virgen sin ser virgen, y la exponga como se merece. Pero ¿de qué manera voy á arreglarme para ello? No puedo. Lo haré, sin embargo, en lo que me es posible, pidiendo algunos adornos á las cautivas que, sentadas junto á mi, habitan en esas tiendas, caso de que alguna pueda escamotear á nuestros nuevos amos cualquier cosa de sus moradas. ¡Oh hermosas moradas! [620]¡Oh casas felices en otro tiempo! ¡Oh Príamo dichoso por tus hijos y que poseías innumerablesy brillantes riquezas! ¡y yo, la madre anciana! ¡en qué anulación hemos caído, privados de nuestro antiguo orgullo! ¿Nos gloriaremos ahora, el uno por sus ricas moradas y el otro por su fama entre los ciudadanos? Nada vale todo eso, que queda reducido á sueños vanos y jactancias. Sólo es feliz aquel á quien no ocurre nada funesto cada día.

 

El COBO

Estrofa

Me acechaba la desgracia y [630] era segura mi perdición desde el día en que Alejandro cortó los abetos ideos, con el fin de navegar por el mar henchido, en pos del lecho de Helena, la más bella de las que alumbra Helios chisporroteando oro.

 

Antistrofa

Los trabajos y las necesidades más poderosas que los tra­bajos se encadenan en círculo. [640] La desdicha común, ocasionada por la demencia de uno solo, ha caído sobre la tierra del Simois, y los males han sucedido á los males. La querella, que falló el boyero en el Ida entre tres hijas de los Bienaventurados.

 

Epodo

Ha sido decidida por la lanza, por el exterminio y por la ruina de nuestras moradas. Pero una joven lacedemonia, de­rramando abundantes lágrimas, [650] gime también en sus moradas á orillas del Eurotas de amena corriente, y una madre, cuyos hijos han muerto, se lleva la mano á su cabeza blanca y se desgarra las mejillas con sus uñas ensangrentadas.

 

Una servidora

Mujeres, ¿dónde está Hécaba, la desdichada, la que supera en males á todos los hombres y á todas las mujeres, [660] y á quien no disputará nadie esa corona?

 

El coro

¿Qué ocurre, ¡oh desgraciada de palabras siniestras!? ¿Ja­más dormirán, por lo visto, tus malas noticias?

 

La servidora

Un nuevo dolor traigo á Hécaba; en medio de tantos males, no es fácil á la boca de los mortales pronunciar palabras de buen augurio.

 

El coro

Hela aquí, que sale de las moradas, á tiempo aparece para oírte.

 

La servidora

¡Oh señora desventuradísima, más todavía de lo que digo! Estas perdida, ya no existes, aunque aún veas la luz. Sin hijos, sin esposo, sin ciudad, estás perdida sin remedio.

 

Hécaba

[670] Nada nuevo dices con eso, y se lo dices á quien ya lo sabe. Pero ¿por qué me traes el cadáver de Polixena, cuya sepul­tura debía celebrarse por los acayanos todos?

 

La servidora

¡No sabe nada! Cree que traigo á Polixena, por quien llora; no se figura otras desgracias.

 

Hécaba

¡Ay! ¡desdichada de mí! ¿Acaso me traes la cabeza furiosa de la profética Casandra?

 

La servidora

¡Viva está la que nombras, y no lloras por el que ha muer­to! ¡Mira su cadáver desnudo! [680] Mira si te parece un prodigio y si tus esperanzas son fallidas.

 

Hécaba

¡Ay de mí! ¡En verdad que veo muerto á mi hijo Polidoro, á quien un hombre tracio tenía escondido en sus moradas! ¡Qué desdichada soy! Estoy perdida, ya no existo. ¡Oh hijo, oh hijo! ¡ay, ay! ¡Lanzo un grito furioso porque así me lo arran­can estos males que me vienen de un Demonio funesto!

 

La servidora

¿Te has enterado por fin del destino de tu hijo, ¡oh desgra­ciada!?

 

Hécaba

¡Es increíble lo que veo, increíble y nuevo, siempre nuevo! [690] ¡Unos males siguen sin cesar á otros males! ¡Jamás conoceré un solo día sin lágrimas y sin gemidos!

 

El coro

¡Oh desgraciada, sufrimos males terribles, terribles!

 

Hécaba

¡Oh hijo, hijo de una madre desventurada! ¿De qué muerte has perecido, por qué destino yaces ahí y qué hombre te ha matado?

 

La servidora

No sé. Le he encontrado á orillas del mar.

 

Hécaba

¿Le arrojaron las olas del mar á la apretada arena, después que cayó bajo una lanza ensangrentada? [700] ¡Ay de mí! ¡Ya com­prendo mi sueño y la visión que alzóse ante mis ojos, el espec­tro de alas negras que no me ha abandonado! ¡Oh hijo, eras tú, que no veías ya la luz de Zeus!

 

El coro

¿Quién le ha matado, pues? ¿Sabrías decirlo, ¡oh adivina­dora en sueños!?

 

Hécaba

Mi huésped, mi huésped el jinete tracio, [710] á quien el viejo Príamo se lo había confiado en secreto.

 

El coro

¡Ay! ¿Crees que le ha matado para apoderarse de su oro?

 

Hécaba

¡Cosas sin nombre qué no pueden decirse, que superan á los prodigios impíos á intolerables! ¿Dónde estará en lo suce­sivo la justicia hospitalaria? ¡Oh el peor de los hombres, cómo has desgarrado sin piedad la piel y cortado con el hierro de la espada [720] los miembros de este niño!

 

El coro

¡Oh desdichada! ¡Cuán abrumadoramente pesa un Demonio sobre ti y te carga de aflicciones entre todos los mortales! Pero veo á Agamenón, nuestro amo actual. Amigas, callémo­nos al punto.

 

Agamenón

Hécaba, ¿por qué tardas en depositar á tu hija en la tumba, después de haberme pedido Taltibio que no la tocara ninguna de los argianos? Por cierto que la hemos dejado y no la hemos tocado; [730] pero me extraña que tardes tanto. Tengo á buscarte, pues todo está dispuesto allá, y todo está bien, si es que puede haber en esto algo que esté bien. ¡Ah! pero ¿qué troyano muer­to veo en las tiendas? Los vestidos que envuelven el cuerpo me demuestra que no es un argiano.

 

Hécaba

¡Desgraciado! —y también lo digo de mi misma— ¡desgraciada Hécaba! ¿qué haré? ¿Me abrazaré á las rodillas de Aga­menón, ó soportaré mis males en silencio?

 

Agamenón

¿Por qué me vuelves la espalda, y te lamentas, [740] y no me dices qué ha pasado? ¿Quién es éste?

 

Hécaba

Si me rechaza de sus rodillas, mirándome como á esclava y á enemiga, sólo habré conseguido aumentar mis males.

 

Agamenón

En verdad que no soy adivinador, y, mientras no te oiga, mal podré enterarme de tus designios.

 

Hécaba

Quizá vea yo en él un enemigo, sin que lo sea.

 

Agamenón

Si no quieres que sepa yo nada de lo que ocurre, conforme; pues, por lo que á mí respecta, nada quiero saber.

 

Hécaba

Sin su concurso, no podré vengar á mishijos. [750]¿Por qué vacilar? Hay que atreverse, salga ó no con bien. ¡Agamenón! ¡Te suplico por estas rodillas, por tu barba, por tu diestra feliz!

 

Agamenón

¿Qué deseas? ¿La libertad? Puedes obtenerla.

 

Hécaba

No, por cierto. ¡Con tal de vengarme de un malvado, con­siento en ser tu esclava toda mi vida!

 

Agamenón

¿Qué pides de mí, en fin?

 

Hécaba

Ninguna de las cosas en que piensas, ¡oh rey! [760] ¿Ves este muerto por el que derramo lágrimas?

 

Agamenón

Le veo; pero no comprendo qué quieres decir.

 

Hécaba

¡En otro tiempo le he parido, le he llevado bajo mi cintura!

 

Agamenón

¿Acaso es uno de tus hijos, ¡oh desventurada!?

 

Hécaba

No es ninguno de los Priamidas que murieron en Ilios.

 

Agamenón

¿Es que has tenido otros hijos, mujer?

 

Hécaba

Sí, por cierto, é inútilmente, á juzgar por éste.

 

Agamenón

¿Dónde estaba, pues, cuando perecía la ciudad?

 

Hécaba

Le alejó de ella su padre, temiendo que muriera.

 

Agamenón

¿Adónde le envió, separándole de todos sus demás hijos?

 

Hécaba

[770] á esta misma tierra, donde se le ha encontrado muerto.

 

Agamenón

¿Se le confiaron al hombre que manda en esta tierra, á Polimestor?

 

Hécaba

A él le enviaron, con el recurso de un oro funesto.

 

Agamenón

¿Quién le ha matado? ¿Qué destino ha sido el suyo?

 

Hécaba

¿Quién? Seguramente le ha matado el huésped tracio.

 

Agamenón

¡Oh desdichada! ¿Deseaba apoderarse del oro?

 

Hécaba

Así fué, en cuanto se enteró de la ruina de los frigios.

 

Agamenón

¿Dónde has encontrado ó quién ha traído ese cadáver?

 

Hécaba

Le ha encontrado ésta á la orilla del mar.

 

Agamenón

¿Buscándole ó haciendo otra cosa?

 

Hécaba

[780] Iba á buscar agua para las abluciones de Polixena.

 

Agamenón

Por lo visto, el huésped, cuando le mató, lo arrojó fuera de la morada.

 

Hécaba

Ciertamente, le ha tirado al mar después de destrozarle así.

 

Agamenón

¡Oh desventurada, has sufrido males sin cuento!

 

Hécaba

Estoy perdida, Agamenón; ningún dolor me falta.

 

Agamenón

¡Ay, ay! ¿qué mujer fué jamás tan desdichada?

 

Hécaba

Ninguna, á no ser que nombres á la misma miseria. Pero sabe por qué caigo á tus rodillas. Si te parece que he sufrido justamente, me resignaré; [790] si no, véngame de un hombre, el más impío de los huéspedes, que, sin temer á los Subterráneos ni á los Uránicos, ha cometido la acción más odiosa, después de haberse sentado tantas veces á mi mesa y de darle yo hos­pitalidad más á menudo que á mis otros amigos. ¡Porque, tras de recibir todo de mí y aceptar la custodia de mi hijo, le ha matado! ¡Y además de matarle, no le ha juzgado ni siquiera digno de una tumba, y le ha tirado al mar! Pero si nosotras somos esclavas y débiles, los Dioses son fuertes y fuerte es la ley que los domina á ellos mismos, [800] y por ella existen los Dio­ses, y ella discierne en la vida lo justo y lo injusto. Si se viola esa ley que descansa en ti, si no se castiga á los matadores de sus huéspedes, que desprecian las cosas sagradas de los Dioses, es porque ya no hay justicia entre los hombres. Avergüénzate de eso, respétame, ten piedad de mí, y como el pintor que se aleja un poco para ver, contempla mis males. ¡En otro tiempo era yo reina, y ahora soy tu esclava; en otro tiempo tenía yo numerosos hijos, [810] y ahora estoy vieja, sin hijos, sin ciudad, siendo la más desdichada entre los vivos! ¡Ay, desdichada de mí! ¿Por qué te alejas de mí? ¡Ya veo que no obtendré nada! ¡Cuán desgraciada soy! ¿Por qué nos esforzamos los mortales en adquirir todas las ciencias y las deseamos, en lugar de per­feccionarnos en la de la persuasión, que es la única reina de los hombres, á fin de poder persuadir y obtener á la vez? [820] ¿Y cómo aspirar todavía á ser feliz? ¡Por un lado, he perdido to­dos mis numerosos hijos, y por otro lado, paso por el oprobio de ser esclava, y veo el humo que se eleva por encima de mi ciudad! Entretanto—acaso sea inútil invocar á Cipris de ante­mano ahora; pero hablaré—, á tu lado se acuesta mi hija, la inspirada por Febo, laque los frigios llaman Casandra. ¿Cómo demostrarás ¡oh rey! que son dulces para ti estas noches? ¿Qué clase de agradecimiento tendrás para mi hija por los besos dulcísimos que te da en su lecho, [830] y qué clase de agradecimien­to tendrás para mí á causa de ella? Porque en los vivos el ma­yor reconocimiento nace del amor que disfrutan en la oscu­ridad de las noches. Escucha ahora. Mira este muerto; prote­giéndole, protegerás á quien está aliado á ti. Ya sólo me queda por decir una palabra. ¡Pluguiera á los Dioses que tu­viese yo una voz que saliera de mis brazos, de mis manos, de mis pies, de mis cabellos, por arte de Dédalo ó de cualquier Dios, á fin de que todo eso pudiera adherirse á la vez á tus ro­dillas llorando [840] y hablándote á la vez! ¡Oh señor, oh la mayor luz de los helenos! déjate persuadir, tiende una mano venga­dora á la anciana, aunque ella nada signifique ya; pero, aun así, hazlo, porque cumple á un hombre generoso afirmar la justicia y castigar á los malos siempre y por doquiera.

 

El coro

Extraño es el modo de acaecer las cosas á los mortales, y cómo la ley de la necesidad torna en amigos á los que eran, enemigos y en enemigos á los que se querían más y mejor.

 

Agamenón

[850] Por lo que á mi respecta, Hécaba, tengo compasión de tu hijo y de tus miserias y de tus súplicas. En nombre de los Dioses y de la justicia, quiero que sea castigado tu huésped impío, siempre que el ejército no me acuse de servirte medi­tando la muerte del rey tracio por amor á Casandra. Porque me conturba este pensamiento: el ejército estima que ese hom­bre es un amigo y que ese muerto es un enemigo. Si tú le quieres, [860] al ejército no le ocurre igual. Por tanto, piensa que en mi tienes á un amigo que se compadece de tus penas y está pronto á ayudarte, pero no si los acayanos me censuran.

 

Hécaba

¡Ay! Nadie es libre entre los mortales: uno es esclavo de las riquezas, otro de la fortuna; la multitud ó la letra de la ley constriñen á ese otro á obrar en contra de su pensamien­to. Pero ya que tienes miedo y das á la multitud más impor­tancia de la que se merece, yo te libraré de ese temor. [870] Porque has de saber que medito un designio terrible contra el hombre que ha matado á este niño; pero no tomes parte en mi acto. Si se produce algún tumulto entre los acayanos y quieren éstos socorrer al hombre tracio cuando le sea impuesto el castigo que va á sufrir en seguida, reprímelos, sin aparentar que me favoreces. En cuanto á lo demás, ten confianza; yo haré que todo salga bien.

 

Agamenón

¡Cómo! ¿Qué vas á hacer? ¿Matarás al bárbaro empuñando una espada con tu vieja mano, ó utilizando el veneno? ¿Quién te ayudará? ¿De qué mano vas á servirte? ¿Dónde encontrarás amigos?

 

Hécaba

[880] En estas tiendas hay numerosas troyanas.

 

Agamenón

¿Hablas de las cautivas, botín de los helenos?

 

Hécaba

Con ellas castigaré al matador.

 

Agamenón

¿Y cómo unas mujeres van á triunfar de los varones?

 

Hécaba

El número es terrible, y con ayuda de la astucia es in­vencible.

 

Agamenón

Terrible es, sin duda; pero desconfío de la raza femenina.

 

Hécaba

¿Por qué? ¿No fueron mujeres las que mataron al hijo de Egipto? ¿No fueron mujeres las que por completo despoblaron de varones á Lemnos? No pienses en eso, y sea. Da segurida­des á esta mujer para pasar por entre el ejército, [890] y acercán­dote al huésped tracio, dile: «Hécaba, que en otro tiempo fué reina de Ilios, no menos en interés tuyo que en el propio, os llama á ti y á tus hijos, porque es preciso que también tus hijos sepan lo que quiere decirte.» Entretanto, Agamenón, suspende la sepultura de Polixena, recientemente degollada, á fin de que el hermano y la hermana, doble desvelo de su madre, reposen bajo la tierra uno junto á otro, consumidos por el mismo fuego.

 

Agamenón

Así se hará. En verdad que, si el ejército pudiera hacerse á la mar, no podría yo concederte ese favor; [900] pero ya que un Dios no nos envía vientos propicios, tenemos que quedarnos esperando á poder navegar. Tenga, pues, éxito la cosa, por­que es bien para todos, para cada cual y para la ciudad, que se castigue al malo y sea dichoso el bueno.


 
Volver
Inicios | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter

Fundación Séneca Universidad de Murcia Campus Mare Nostrum

Copyright © 2006 - 2022 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
 
 
Contenido
Hécuba

   1-443
  444-904
 905-1295