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Universidad de Murcia
Tragedias - Alcestis

 

 

 

Apolo

Tanatos

Alcestis

Admeto

Eumelo

Heracles

Coro de ancianos forenses

Un servidor

Una servidora

 

Apolo
¡Oh morada de Admeto, en la cual, aun siendo Dios, sufrí la mesa de la servidumbre! Zeus fué el causante, por matar á mi hijo Asclepio lanzando el rayo contra su pecho. Y me irrité, y maté á los cíclopes, obreros del fuego divino. Y mi padre, en castigo, me obligó á servir á un hombre mortal. Cuando vine á este país hube de apacentar los bueyes de mi amo, y hasta el día he protegido esta morada. [10] Piadoso yo al lado de un hombre piadoso, el hijo de Feres, le he redimido de la muerte engañando á las Moiras. Porque las Diosas me prometieron que Admeto escaparía de la muerte que ya le amenazaba, si en su lugar se ofrecía otro muerto al Hades. Tras de poner á prueba á todos sus amigos, á su padre y á la anciana madre que le parió, no ha encontrado nadie, excepto su mujer, que quiera morir por él y no ver ya la luz. Y aquélla, llevada en brazos, va á rendir el alma ahora en las moradas, [20] pues su destino es morir y abandonar la vida en este día. Por lo que á mí respecta, á fin de no mancillarme, abandono estos techos tan queridos. Ya veo que se acerca Tanatos, hierofante de los muertos, que se va á llevar á Alcestis á las moradas de Edes. Llega en el momento preciso, tras de acechar este día, en el que es fatal que Alcestis muera.

Tanatos
¡Ah, ah! ¿Qué buscas en estas moradas? [30] Una vez más arrebatas injustamente sus honores á los Demonios subterráneos. ¿No te conformas con haber desviado el destino de Admeto, engañando con tus astucias a las Moiras? Y ahora velas de nuevo, con el arco en la mano, por ésta, por la hija de Pelias que ha prometido á su marido libertado morir por él.

Apolo
¡Tranquilízate! Ciertamente, están de mi parte la justicia y las verdaderas razones.

Tanatos
¿Y para qué necesitas ese arco, si tienes de tu parte la justicia?

Apolo
[40] Tengo costumbre de llevarlo siempre.

Tanatos
Y de proteger estas moradas contra toda justicia.

Apolo
Me afligen, en efecto, las desgracias de un hombre á quien quiero.

Tanatos
¿Aspiras á quitarme también este otro muerto?

Apolo
No te le he quitado por fuerza.

Tanatos
¿Cómo se encuentra, pues, sobre la tierra, y no debajo de ella?

Apolo
Porque ha entregado en lugar suyo á su mujer, que es la que vienes á buscar.

Tanatos
Y en verdad que me la llevaré debajo de la tierra, al Hades.

Apolo
¡Cógela y vete! Porque no sé si podré persuadirte...

Tanatos
¿De qué? ¿De matar á quien hay que matar? Esa es, en efecto, mi misión.

Apolo
[50] No es esa, sino llevar la muerte á los que tardan en morir.

Tanatos
Comprendo esta razón y tu celo.

Apolo
¿Hay, pues, algún medio de que Alcestis llegue á la vejez?

Tanatos
No hay ninguno. Comprenderás que yo también deseo disfrutar mis honores.

Apolo
Seguramente, no te llevarás más que un alma.

Tanatos
Cuando los jóvenes mueren alcanzo una gloria mayor.

Apolo
Pero si ella muere vieja, se la enterrará con magnificencia.

Tanatos
En favor de los ricos, Febo, estableciste esa ley.

Apolo
¿Qué has dicho? ¿Tan sutil te has vuelto sin que lo sepamos?

Tanatos
Aquellos á quienes les tocaron en suerte riquezas se redimirían para morir viejos.

Apolo
[60] Así, pues, ¿no quieres concederme esta gracia?

Tanatos
¡No, por cierto! Ya conoces mis costumbres.

Apolo
¡Funestas á los mortales y odiosas á los Diosas!

Tanatos
No obtendrás nada de lo que no es conveniente que obtengas.

Apolo
Aunque eres tan cruel, sin duda te aplacarás. He aquí un hombre que avanza hacia la morada de Feres, enviado por Euristeo, desde las llanuras heladas de la Tracia, para robar el carro y los caballos, y el cual, habiendo recibido hospitalidad en las moradas de Admeto, te quitará por fuerza á esa mujer. [70] Y no tendré que agradecerte nada, y harás, no obstante, lo que yo quiera, y no por ello me serás menos odiosa.

Tanatos
Por mucho que hables, no obtendrás nada más. Esa mujer bajará á las moradas de Edes. Voy á buscarla, á fin de sacrificar con la espada; porque está consagrado á los Dioses subterráneos aquel de cuya cabeza esta espada cortó un solo cabello.

Primer semicoro
¿A qué obedece esta soledad en el atrio? ¿Por qué está silenciosa la morada de Admeto?

Segundo semicoro
[80] ¿No hay aquí ningún amigo que pueda decir si debemos llorar la muerte de la reina, ó si Alcestis, la hija de Pelias, la que se ha mostrado ante mí y ante todos como la mejor de las mujeres para su marido, vive y ve todavía la luz?

Primer semicoro
Estrofa I
¿Oye alguno en las moradas gemidos, palmadas ó lamentos, como si el hecho se hubiese consumado? Ninguno de los esclavos [90] está de pie á las puertas. ¡Plegue á los Dioses que te aparezcas, oh Pean, á fin de aplacar estas olas de desgracias!

Segundo semicoro
De seguro que no se callarían si ella hubiese muerto. Porque no creo que se hayan llevado de las moradas el cadáver.

Primer semicoro
¿Por qué lo crees? No me vanaglorio. ¿Por qué estás seguro?

Segundo semicoro
¿Cómo iba á hacer Admeto funerales secretos á su querida mujer?

Primer semicoro
Antistrofa I
No veo delante de las puertas el vaso de agua de fuente, [100] como es costumbre en las puertas de los muertos; y no resuenan las manos de las jóvenes.

Segundo semicoro
He aquí, sin embargo el día marcado...

Primer semicoro
¿Qué dices?

Segundo semicoro
Para que vaya ella debajo de la tierra.

Primer semicoro
Has conmovido mi alma y mi corazón.

Segundo Semicoro
[110] Cuando los buenos son presa de la desgracia, conviene que se llore á quien siempre se le tuvo por excelente.

El coro
Estrofa II
A cualquier lugar que se envíe una nave, á Licia ó hacia las áridas moradas Ammonidas, nadie puede salvar el alma de esta desgraciada, pues el destino fatal se aproxima. No sé ni qué altar de los Dioses ni á cuál sacrificador recurrir.

Antistrofa II
[120] Solamente el hijo de Febo, si con sus ojos viera aún la luz, haría volver á Alcestis de las sombrías moradas y de las puertas del Hades, pues, efectivamente, resucitaba á los muertos antes que el fulminante dardo de fuego lanzado por Zeus la matase. [130] Pero ahora, ¿qué esperanza me resta de que vuelva ella á la vida? El rey lo ha cumplido todo, y en los altares de todos los Dioses se han acumulado los sacrificios sangrientos, y no hay ningún remedio á estos males.

Epodo
Pero he aquí a una de las servidoras, que sale llorando de las moradas. ¿De qué nuevo revés de la fortuna voy á enterarme? Gemir cuando sucede alguna desgracia á los amos es digno de perdón. ¿Vive la mujer [140] ó ha perecido? Queremos saberlo.

La servidora
Puedes decir que está viva y muerta á la vez.

El coro
¿Cómo es posible estar muerta y viva?

La servidora
Ya inclina la cabeza y entrega el alma.

El coro
¡Oh desdichada! ¡Tú, tan digno de ella, qué mujer pierdes!

La servidora
No lo sabrá el amo hasta que lo sufra.

El coro
¿No hay ninguna esperanza de salvar su vida?

La servidora
Le está destinado este día fatal.

El Coro
¿No se prepararán para ella las solemnidades?

La servidora
Dispuestas están las galas con que ha de amortajarla su marido.

El coro
[150] ¡Sepa ella ahora que muere gloriosamente y como la mejor mujer de todas las que alientan bajo Helios!

La servidora
¿Cómo no ha de ser la mejor? ¿Quién lo negará? ¿Qué mujer podría sobreponerse á ella? ¿Cuál podría hacer algo mejor por su marido que morir por él? La ciudad entera lo sabe; pero te llenarás de admiración al conocer lo que ha hecho en la morada. Cuando sintió que el día sagrado se aproximaba, lavó su cuerpo con agua fluvial, [160] y sacando de los cofres de cedro un traje y adornos, se atavió ricamente; y de pie delante del hogar, oró así: «¡Señora! Voy á ir debajo de la tierra, y al venerarte por última vez, te pido que protejas á mis hijos huérfanos. Da al uno una mujer querida, y á la otra un marido do buena raza. ¡Que mis hijos no mueran antes de tiempo, como yo, su madre, sino que con prosperidad lleven hasta el fin una vida feliz en la tierra de la patria!» [170] Y acercándose á todos los altares que hay en las moradas de Admeto, los coronó; y arrancando el follaje de los ramos de mirto, oró sin lamentaciones y sin gemidos; y la próxima desgracia no cambiaba en nada su aspecto dulce y hermoso. Después, entrando en la cámara nupcial, y cayendo sobre el lecho, derramó lágrimas, y dijo: «¡Salve, oh lecho donde el hombre por quien voy á morir desató mi virginidad! Porque no te odio, pues no has perdido mas que á mí; [180] y muero por no traicionaros ni á ti ni á mi marido. Te poseerá otra mujer no más casta, pero quizá más dichosa.» Y arrojándose al lecho, lo besó y lo inundó con lágrimas de sus ojos. Pero, saciada ya de lágrimas y bajando el rostro, se separó del lecho, salió de la cámara nupcial, volvió á entrar varias veces, y abalanzóse al lecho una vez más. Y lloraban los hijos cogidos á los vestidos de su madre; [190] y tomándolos en sus brazos, besaba ella tan pronto al uno como al otro, cual si fuera á morir. Y todos los servidores lloraban en las moradas, condoliéndose de su ama. Y á cada cual le tendía ella la diestra, y ninguno era lo suficiente humilde para que ella no le hablara y le dirigiese la palabra. Estos son los males de la morada de Admeto. Si debiera él perecer, habría muerto; pero, habiendo escapado de la muerte, ahora sufre un dolor tan grande, que no lo olvidará nunca.

El coro
¿Llora Admeto estos males, ya que es preciso [200] que le sea arrebatada una mujer tan excelente?

La servidora
¡Claro que sí! Llora sosteniendo en brazos á su querida mujer y le suplica que no le abandone, pidiendo lo imposible. Porque ya se extingue ella consumida por el mal, y pesa en los tristes brazos de Admeto. No obstante, aunque apenas respira, quiere contemplar aún la luz de Helios, ¡que ya no volverá á ver nunca la esfera y los rayos de Helios! Pero iré y anunciaré tu llegada, [210] pues no son todos tan benévolos para sus amos, que se acerquen con gusto á ellos en la desgracia. Tú, sin embargo, eres un antiguo amigo para mis amos.

Primer semicoro
Estrofa 1
¡Oh Zeus! ¿Cómo salir de estos males? ¿Qué remedio poner á la calamidad que abruma á nuestros amos?

Segundo semicoro
¿Sale alguien? ¿Cortaré mi cabellera y me vestiré con negras vestiduras?

Primer semicoro
¡No hay duda de que la cosa es manifiesta, amigos! ¡Sin embargo, supliquemos á los Dioses! [220] que el poder de los Dioses es muy grande.

Segundo semicoro
¡Oh rey Pean, encuentra algún remedio á los males de Admeto! ¡socórrele, socórrele! Porque ya le has socorrido. ¡Y sé ahora el que le libre de la muerte, reclinan al matador Edes!

Primer semicoro
Antistrofa 1
¡Ah, ah! ¡ay! ¡Oh hijo de Feres, cuánto sufres, privado de tu mujer!

Segundo semicoro
¿No impulsa esto á degollarse y á hacer más aún que suspenderse por el cuello de un lazo alto?
Primer semicoro
[230] ¡En efecto, vas á ver muerta en este día, no sólo á una mujer querida, sino á la más querida de todas!

Segundo semicoro
¡Hela aquí, hela aquí saliendo de las moradas con su marido! ¡Oh tierra ferense, grita, gime por esta excelente mujer consumida por el mal y que se va debajo de la tierra, al Hades subterráneo!

El coro
¡Nunca afirmaré que el matrimonio posea más alegría que dolor, si juzgo por las cosas pasadas, [240] y al ver el destino de este rey que, tras de perder á la mejor de las mujeres, arrastrará de hoy más una vida que no podrá llamarse vida!

Alcestis
Estrofa II
¡Helios! ¡Luz del día! ¡Torbellinos uránicos de las rápidas nubes!

Admeto
¡Nos está viendo á ti y á mi, dos desdichados que en nada faltamos á los Dieses para que asi mueras!

Alcestis
¡Tierra! ¡Techos de las moradas! ¡Cámaras nupciales de mi patria Yolcos!

Admeto
[250] Yérguete, ¡oh desventurada! ¡No me abandones! ¡Suplica á los Dioses poderosos que se apiaden de ti!

Alcestis Estrofa III
¡Ya veo, ya veo la barca de dos remos! Y Carón, el barquero de los muertos, con su pértiga en la mano, me llama ya: «¿Por qué te retrasas? ¡date prisa, que me estás haciendo esperar!» Así me excita y me apremia.

Admeto
¡Ay! ¡Has hablado de una travesía cruel! ¡Oh desdichada, cuanto sufrimos!

Alcestis
Antistrofa III
¡Alguien, alguien me lleva! [260] ¿No lo ves? ¡Edes alado, mirándome bajo sus cejas negras, me lleva á la morada de los muertos! ¿Qué vas á hacer? ¡Vete! ¡Oh infeliz de mí! ¿qué camino emprendo?

Admeto
¡Un camino lamentable para tus amigos, y aún más para mi, y para tus hijos, que participan de este duelo!

Alcestis
Epodo
¡Idos! ¡Dejadme! Acostadme, que ya no me sostienen mis pies. Cercano está el Hades, y la negra noche envuelve mis ojos. [270] ¡Oh hijos, hijos, ya no tenéis madre! ¡Salve, oh hijos, míos, y ved la luz!

Admeto
¡Ay de mí! Oigo una palabra triste, más triste para mí que la muerte, ¡Por los Dioses te suplico que no me abandones! ¡Por tus hijos, á quienes dejarás huérfanos, levántate, tranquilízate! Muerta tú, ya no existiré yo. ¡Estés viva ó no, dependo de ti en todo, porque es sagrado el afecto que siento por ti!

Alcestis
[280] Admeto (ya ves á qué extremo me hallo reducida), antes de morir, deseo decirte lo que quiero. Respetándote y dando mi vida para que veas la luz, muero por ti, cuando podría no morir, tomar el marido que quisiera entre los tesalianos y habitar una venturosa morada real. No he querido vivir sin ti y con hijos privados de su padre; y no me he evadido, aunque tengo todos los dones de la juventud de que puedo gozar. [290] Y tu padre y tu madre te han traicionado, aunque su edad les permite morir legítimamente y salvar á su hijo con una muerte gloriosa. Porque eras su hijo; y muerto tú, no les quedaba la menor esperanza de tener otros hijos. Y entonces viviría yo, y no gemirías durante el resto de tu vida, privado de tu mujer y educando á hijos huérfanos. Pero un Dios ha querido que ocurriesen así las cosas. ¡Sea! Por lo que á ti respecta, acordándote de esto, otórgame una gracia que es justa, como comprenderás tú mismo, aunque no análoga á la que te otorgo. [300] Nunca te pediría yo una análoga, pues no hay nada más precioso que la vida. Ya que quieres á estos hijos tanto como yo, si tienes buenos sentimientos, ¡que sean dueños de mi morada! y no los sometas á una madrastra que sea inferior á mí y que ponga la mano encima á tus hijos, que también son míos. Te pido que no hagas eso. La madrastra que sucede á la esposa es enemiga de los hijos primeros, [310] y en nada desmerece de la víbora. Un hijo tiene en su padre un baluarte seguro; apela á él, y el padre le responde. Pero á ti, ¡oh hija! ¿cómo se te educará honestamente durante los años de tu virginidad? ¿Qué mujer de tu padre encontrarás? Tengo miedo de que, dándote una fama vergonzosa, impida tus bodas en la flor de tu juventud. Porque tu madre no te casará nunca; y no estará á tu lado para tranquilizarte en el parto, cuando nada hay más dulce que una madre. [320] Tengo que morir, y no me acaecerá esta desdicha mañana, ni el tercer día del mes, sino que al instante me contaré entre los muertos, ¡Sed felices! ¡Tú, esposo, puedes gloriarte de haber tenido la mejor de las mujeres, y vosotros, hijos, de haber nacido de la mejor de las madres!


 
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