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Universidad de Murcia
Sobre los beneficios (De beneficiis) - Libro I

 

Á AEBUCIO LIBERAL. LIBRO PRIMERO.

Entre los muchos y varios errores de los que viven inadvertidamente y acaso, ninguno es más perjudicial ¡oh varón bueno Liberal! como el no saber en qué forma hemos de dar y recibir los beneficios; de que resulta que por haber sido mal colocados vengan á ser mal debidos, quejándonos tarde de no hallar equivalente recompensa de ellos; porque estos beneficios, desde el mismo punto que se dieron, fueron perdidos. Por tanto, no nos debemos maravillar de que entre los vicios de los hombres ninguno sea más frecuente que el de la ingratitud. Esto, como se ve, resulta de muchas causas. La primera es porque para hacer beneficios no elegimos personas dignas de ellos, y con tener tanta vigilancia para inquirir y averiguar el patrimonio y hacienda de los que por alguna deuda se nos han de obligar, y cuidando tanto de no esparcir las semillas en tierras estériles ó cansadas, no sólo damos los beneficios sin elección, sino que los desperdiciamos. No me resuelvo á determinar con facilidad si hay mayor culpa en negar los beneficios recibidos ó en pedir el retorno de los dados; porque la naturaleza de esta obra es de tal calidad, que solamente se ha de esperar de ella lo que voluntariamente se retornare; siendo feísima acción el dar quejas, porque para salir de deuda el que recibió el beneficio, no es necesario que intervenga hacienda, basta que tenga ánimo agradecido; que el que con voluntad se confiesa deudor, paga suficientemente la deuda. Pero al modo que hay culpa en los que no quieren ser agradecidos, confesando por lo menos que son deudores, la hay también en nosotros, porque aunque es verdad que hay muchos ingratos, son muchos más los que hacemos que lo sean. Unas veces somos fastidiosos zaheridores y rigurosos cobradores; otras somos inconstantes, arrepintiéndonos con brevedad de la buena obra que hicimos; otras nos mostramos quejosos sin tiempo, culpando los mínimos instantes de la detención; con lo cual destruimos no sólo la buena obra ya hecha, sino también las que estamos haciendo; porque ¿cuál de nosotros se satisfizo, si los ruegos que se le interpusieron fueron poco afectuosos, ó si se hicieron sola una vez? ¿Cuál el que teniendo sospechas de que le querían pedir alguna cosa, no arrugó la frente ó torció el rostro, y fingiendo ocupaciones, no metió largas pláticas, á que no se les hallase remate, á solo fin de impedir á los que venían á pedirle alguna cosa, rechazando con varias trazas las urgentes y apresuradas necesidades de los otros? ¿Cuál el que, cogido en aprieto, ya que no pudo negar la dádiva, no la dilató, que es lo mismo que negarla tímidamente, y si la prometió no lo hizo con dificultad? ¿Cuál el que, si no puso ceño, dejó de decir palabras ásperas, ó, por lo menos, mal concertadas? Ninguno, pues, es deudor de lo que no le fué dado con voluntad, antes lo sacó por fuerza; porque ¿quién ha de ser agradecido al que, ó con soberbia le arrojó la dádiva, ó se la tiró con ira, ó si ya que la hizo fué por exonerarse de la importunidad de que se hallaba congojado? Yerra el que tiene esperanza de que le ha de ser agradecido aquel á quien cansó con dilaciones y atormentó con esperanzas; porque la buena obra se debe con el mismo afecto con que se hizo, y por esta razón no ha de haber tibieza en el dar, porque cada uno se deberá á sí, y no al otro, lo que consiguió de quien no tuvo voluntad de dar. Conviene asimismo no haya dilaciones en los beneficios, porque como en cualquiera buena obra se hace aprecio de la voluntad de quien la hace, parece que quien tardó en hacerla estuvo mucho tiempo sin quererla hacer. Tampoco se ha de hacer el beneficio avergonzando al que le recibe; porque siendo cosa asentada en la naturaleza que las injurias echan más hondas las raíces que los beneficios, y que éstos se olvidan luego y de aquéllos queda una tenaz memoria, ¿qué retorno puede esperar el que ofende cuando obliga? Bastantemente se muestra agradecido si perdona semejante beneficio; mas no porque haya muchos ingratos se ha de acobardar la inclinación de hacer bien. Lo primero porque, como queda dicho, nosotros somos los que aumentamos el número de los ingratos. Lo segundo porque el haber en el mundo tantos sacrilegos y tantos despreciadores de la Divinidad, no retarda la corriente de la inmensa benignidad de los Dioses; los cuales ayudan siempre á todas las cosas, y entre ellas á los mismos que usan mal de sus dones. Tomémoslos, pues, por nuestros capitanes, imitándolos en cuanto alcanzare la humana imbecilidad. Hagamos beneficios sin darlos á logro; porque el que cuando hizo el beneficio puso el pensamiento en la recompensa, merece ser engañado. Si dijeres que te salió mal la buena obra, también las mujeres y los hijos engañan las esperanzas, y no por eso dejamos de juntarnos en matrimonio y de criar los hijos. Y de tal modo somos pertinaces contra las experiencias, que después de haber sido vencidos ó pasado algún naufragio, volvemos á las batallas y á las navegaciones. ¿Cuánto, pues, será más decente el perseverar en hacer beneficios? Porque el que cesa en ellos porque no se los pagan da á entender que los que hizo fueron con mira de volverlos á recobrar, y con eso justifica la causa de los que le han salido ingratos, siendo (cuando falta esta disculpa y hay posibilidad) una muy grave torpeza el no pagar. ¿Cuántos hombres hay indignos de la luz, y con todo eso sale para ellos el sol? ¿Cuántos se quejan de que nacieron, y con todo eso la naturaleza produce cada día nuevas generaciones, consintiendo que vivan aquellos mismos que afirman tienen deseos de no vivir? El proseguir en hacer beneficios sin ir en seguimiento del retorno, buscando personas dignas en quien emplearlos, es acción de ánimo heroico y bueno, y esto se debe hacer aun después de haber hallado muchos hombres malos; porque ¿qué tuviera de magnífico el hacer bien á muchos, si ninguno engañara? Entonces es acto de virtud el hacer beneficios, cuando no se hacen para recobrarlos; porque el varón bueno, al tiempo mismo que los hace, coge el fruto de ellos. De tal manera no nos ha de apartar ni detener en tan ilustre acción la ingratitud de muchos, que si á mí se me quitase de todo punto la esperanza de haber de hallar algún agradecido, escogería antes el no recibir el retorno de los beneficios que el dejar de hacerlos; porque el que deja de dar hace que su culpa sea anterior á la del ingrato, y si he de decir mi parecer, aunque peca más el que no paga el beneficio, peca primero el que no le hace.


 
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