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Universidad de Murcia
Sobre la ira (De ira) - Libro II

 

Estos caracteres necesitan blandura y dulzura, que les lleven á la alegría. Y como han de emplearse contra la ira diferentes remedios que contra la tristeza, y estos defectos exigen tratamientos no solamente diversos sino contrarios, combatiremos siempre al más saliente. Mucho importa, repito, que los niños reciban desde muy temprano saludable educación. Tarea difícil es esta, porque debemos atender á no alimentar en ellos la ira y á no embotar su ánimo. Este asunto reclama diligente observación. Tanto lo que conviene cultivar como lo que se necesita extinguir, se nutre de los mismos alimentos, y lo semejante con facilidad engaña hasta al más atento. El espíritu abusa de la licencia; se deprime en la servidumbre; los elogios le exaltan inspirándole noble confianza en sí mismo, pero al mismo tiempo engendran la insolencia y la irascibilidad. Necesario es, pues, mantener al niño igualmente alejado de ambos extremos, á fin de poder emplear unas veces el freno y otras el aguijón, y no se le imponga nada humillante ni servil. Que nunca necesite pedir suplicando, ni le aproveche la súplica; que nada se le dé sino por consideración de él mismo, de su conducta pasada ó buenas promesas para el porvenir. En sus luchas con los compañeros, no se consienta que sea vencido ni que se encolerice; procuremos que sea amigo de aquellos con quienes acostumbra rivalizar, con objeto de que en los certámenes se acostumbre, no á herir, sino á vencer. Cuantas veces triunfe ó haya realizado algo laudable, dejémosle que se gloríe, pero que no se aplauda con exceso, porque la alegría lleva á la embriaguez, la embriaguez al orgullo y á elevada idea de sí mismo. Concederémosle algún descanso, pero no le dejaremos ablandarse en la ociosidad y la pereza, y le mantendremos alejado del contacto de las voluptuosidades. Nada hace tan irritable como educación blanda y complaciente, y por esta razón cuanta más indulgencia se tiene con un hijo único, cuanto más se concede á un pupilo, más se corrompe su ánimo. No soportará una ofensa aquel á quien nunca se negó nada, aquel cuyas lágrimas enjugó siempre tierna madre, que constantemente tuvo razón contra su pedagogo. ¿No ves que las riquezas más grandes van acompañadas siempre de las iras mayores? Este vicio se muestra principalmente en los ricos, en los nobles, en los magistrados cuando la fortuna hincha y levanta todo lo que hay de vano y frivolo en el corazón. La prosperidad alimenta la cólera, cuando la muchedumbre de aduladores asalta los oídos del soberbio y le dice: No te mides por tu altura, voluntariamente te rebajas; y otras lisonjas á las que difícilmente resistiría un espíritu sano y sólidamente fundada desde antiguo. Necesario es, pues, alejar la infancia de toda adulación; que oiga la verdad; que algunas veces conozca el temor y siempre el respeto; que rinda homenaje á la ancianidad; que nada consiga por la ira. Ofrézcasele cuando esté tranquilo, aquello que se le negó cuando lloraba; que tenga en perspectiva y no en uso las riquezas paternas, y que se le repruebe toda mala acción.


 
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