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Tratados filosóficos - Sobre la felicidad (De vita beata)

 

Diráme alguno: ¿qué cosa prohibe que no puedan unirse la virtud y el deleite, y hacer un sumo bien, de modo que una misma cosa sea honesta y deleitable? Porque la parte de lo honesto no puede dejar de ser juntamente deleitable, ni el sumo bien puede gozar de su sinceridad, si viere en sí cosa disímil de lo mejor, y el gozo que se origina de la virtud, aunque es bueno, no es parte de bien absoluto, como no lo son la alegría y la tranquilidad, aunque nazcan de hermosísimas causas: porque estos son bienes que siguen al sumo bien, pero no le perfeccionan. Y así el que injustamente hace unión del deleite y la virtud, con la fragilidad del un bien, debilita el vigor del otro; y pone en servidumbre la libertad, que fuera invencible si no juzgara había otra cosa más preciosa: porque con esto viene á necesitar do la fortuna, que es la mayor esclavitud, y luego se le sigue una vida congojosa, sospechosa, cobarde, temerosa, y pendiente de cada instante de tiempo. Tú que haces esto, no das á la virtud fundamento inmóvil y sólido, antes quieres que esté en lugar mudable: porque, ¿qué cosa hay tan inconstante como la esperanza de lo fortuito, y la variedad de las cosas que aficionan al cuerpo? ¿Cómo podrá éste obedecer á Dios, y recibir con buen ánimo cualquiera suceso, sin quejarse de los hados? ¿Y cómo será benigno intérprete de los acontecimientos, si con cualesquier picaduras de los deleites se altera? ¿Cómo podrá ser buen amparador y defensor de su patria y de sus amigos el que se inclina á los deleites? Póngase, pues, el sumo bien en lugar donde con ninguna fuerza pueda ser derribado, y donde no tengan entrada el dolor, la esperanza, el temor ni otra alguna cosa que deteriore su derecho: porque á tan grande altura sola puede subir la virtud, y con sus pasos se ha de vencer esta cuesta: ella es la que estará fuerte, y sufrirá cualesquier sucesos, no sólo admitiéndolos, sino deseándolos: conociendo que todas las dificultades de los tiempos son ley de la naturaleza, y como buen soldado sufrirá las heridas, contará las cicatrices, y atravesado con las picas, amará muriendo al Emperador por cuya causa muere, teniendo en el ánimo aquel antiguo precepto, Amar á Dios . Pero el que se queja, llora y gime, y hace forzado lo que se le manda, viene competido á la obediencia: pues ¿qué locura es querer más ser arrastrado que seguir con voluntad? Tal, por cierto, como sería ignorancia de tu propio ser, el dolerte y lamentarte de que te sucedió algún caso acerbo; ó admirarte igualmente, ó indignarte de aquellas cosas que suceden así á los buenos como á los malos, cuales son las enfermedades, las muertes y los demás accidentes que acometen de través á la vida humana. Todo lo que por ley universal se debe sufrir, se ha de recibir con gallardía de ánimo; pues el asentarnos á esta milicia, fué para sufrir todo lo mortal, sin que nos turbe aquello que el evitarlo no pende de nuestra voluntad. En reino nacimos, y el obedecer á Dios es libertad.


 
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Sobre la felicidad (De vita beata)

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