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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XXIV

 

Disolvióse la junta: y a las naos

todos volviendo, la sabrosa cena

tomaron las escuadras y al reposo

alegres se entregaron. Solo Aquiles,

del amigo acordándose, lloraba;

ni el dulce sueño, que a los hombres rinde,

sus párpados cerró. Sobre su lecho

vueltas daba agitado, a la memoria

recordando el valor y fortaleza

del infeliz Patroclo, y las hazañas

que hiciera unido a él, y los trabajos

que en las guerras pasara y en los mares

borrascas arrostrando peligrosas:

y al acordarse, en abundante lloro

bañaba sus mejillas. En desvelo

así pasaba las enteras noches,

ya echándose de lado, ya de cara

ya de espalda también; y al fin cansado

de dar vueltas saltaba de su lecho,

y a la orilla del mar erraba triste

mucho antes que la aurora con sus rayos

iluminase el mar y sus riberas.

Salido el Sol, al pabellón volvía;

y poniendo a su carro los bridones,

detrás ataba de Héctor el cadáver

para llevarle a rastra. Y cuando había

dado con él tres vueltas a la tumba

de Patroclo, en su tienda reposaba,

el exánime cuerpo allí dejando

extendido de cara sobre el polvo.

Mas de Héctor apiadado hasta en su muerte

Apolo, del cadáver alejaba

cuanto afear pudiera su hermosura;

y con égida de oro le cubría

todo, para que Aquiles por el suelo

al arrastrarle duro no pedazos

sus miembros todos y su carne hiciera.

De Héctor así al cadáver insultaba

ensañado el aquivo; mas los Dioses

de él se compadecieron, y a Mercurio

a que furtivamente le sacase

de las manos de Aquiles animaban.

A todos era grato este consejo,

menos a Palas, a la augusta Juno,

y a la Deidad del mar; que tanto ahora

a Príamo y su pueblo aborrecían

como antes, por la injuria que Alejandro

a ambas Diosas hiciera cuando fueron

a su cabaña y seducido el joven

declaró en la disputa vencedora

a la que en premio liviandad funesta

le ofreció. Cuando ya, después del día

en que Héctor pereció, trajo la aurora

la duodécima luz, así en la junta

Apolo habló de los eternos Dioses:

"Sois duros y crueles. ¿Ya olvidado

habéis que en vida, cual varón piadoso,

de cabras escogidas y de bueyes

víctimas numerosas ofreceros

Héctor solía? ¿Ni tendréis siquiera,

cuando muerto le veis, valor vosotros

para salvar el mísero cadáver

y a la vista volverle de su esposa,

y de su anciana madre, y de su niño,

y de su padre Príamo, y de todos

sus antiguos soldados, porque puedan

en la pira quemarle y las exequias

celebrar en su honor? Al iracundo

feroz Aquiles favorables solo,

oh Dioses, os mostráis, en cuyo pecho

ni la razón ni la equidad habitan,

ni tierno corazón. Como el agreste

león, a su fiereza y valentía

aflojando la rienda, a los rebaños

acomete rabioso de los hombres

para buscar el alimento; Aquiles

así la compasión y la vergüenza

(a los hombres a veces provechosa,

y otras funesta) desconoce impío.

Más caras prendas otros ya perdieron,

el hermano carnal, o el hijo amado;

pero después de haber sobre su tumba

llorado tristes, al dolor y luto

término ponen; porque al hombre dieron

ánimo sufridor de las desgracias

las Parcas al nacer. Y solo Aquiles,                    

no satisfecho con haber quitado                             [50]

a Héctor la vida, su cadáver frío

ata detrás del carro, y de la tumba

en derredor le arrastra de Patroclo:

inútil crueldad, que ni su gloria

ni su poder acrece. Y debería

considerar que, aunque valiente sea,

pudiéramos nosotros castigarle;

pues a un poco de tierra, ya privada

de sentimiento, en su furor insulta."

Airada Juno, respondió: "En buen hora

hágase, Febo, lo que tú deseas,

si ya vosotros en igual estima

a Héctor tenéis y Aquiles. El primero

simple mortal nació, y mamó la leche

de una mujer; mas el segundo es hijo

de una Diosa, de Tetis; y yo misma

a esta di de mamar, y de su infancia

solícita cuidé; y al rey Peleo,

tan caro a las Deidades, por esposa

se la otorgué después. Y convidados

al banquete nupcial, los Dioses todos

participaron de él; y tú el primero

que ahora, ¡desleal! de los perjuros

eres el defensor, en abundante

mesa te regalabas, y tañías

la cítara sonora." El padre Jove

así la dijo en cariñoso acento:

"No con los Dioses, Juno, estés airada;

pues nunca en igual precio Héctor y Aquiles

estimados serán. Pero entre todos

los habitantes de Ilión ha sido

Héctor el más amado de los Dioses,

a lo menos de mí; porque en su vida

no se olvidó jamás dones preciosos

y muchos de ofrecerme, ni mis aras

de escogidos manjares carecieron

y libaciones, ni de olor sabroso

de las carnes asadas; que a los Dioses

este tributo los humanos deben.

Pero no hablemos ya de que el cadáver

de Héctor sea robado, ni posible

robarle será ya sin que lo entienda

el matador Aquiles; porque siempre

su madre está con él de noche y día.

Pero si alguno de los otros Dioses

a Tetis me llamara, yo el consejo

le daría prudente de que incline

el corazón del hijo a que reciba

el rescate que Príamo le ofrezca,

y al Rey entregue de Héctor el cadáver."

Así Jove decía: y del Olimpo,

cual de la nube rápido se aleja

el relámpago ardiente esplendoroso,

Iris bajó en un vuelo, deseando

el mensaje llevar. Llegó a la tierra,

y entre la costa de Imbros escarpada

y la de Samos al oscuro ponto

saltado habiendo, resonó estruendosa

la gran laguna al espantable ruido

   

que hizo al caer. Hasta el profundo seno

Iris bajó del mar como desciende

rápido el plomo del anzuelo asido

que en engañoso cebo a los voraces

peces la muerte lleva; y en su gruta

halló sentada a Tetis. A su lado

las otras Diosas de la mar tenía,

y en medio de ellas lamentaba triste

la desgracia del hijo; porque en Troya,

y muy distante de su dulce patria,

morir debía. Y acercada mucho

Iris a la Deidad, así la dijo:

"Sube al Olimpo, Tetis; porque Jove

te llama, y quiere revelarte ahora

sus eternos arcanos." Al oírla

Tetis respondió triste: "¿Por qué manda

aquel gran Dios que a las moradas suba

yo de los inmortales? Me avergüenzo

de parecer en su presencia: tantas

las penas son que el corazón devora.

Mas, aunque grande mi tristeza sea,

iré, pues él lo quiere; ni ya vana

la palabra será que ha pronunciado."

Dijo: y tomando el velo más oscuro

de cuantos en su cámara tenía,

de la gruta salió. La mensajera

iba delante, y las cerúleas ondas

del mar se abrían para darlas paso.

Salieron a la orilla, y del Olimpo

pronto subieron a las altas cumbres;

y a Júpiter hallaron y a los otros

eternos Dioses en el regio alcázar

en alegre convite reunidos.

Sentóse Tetis de su padre al lado,                              [100]

porque Palas su trono la cediera;

y alargándola Juno cariñosa

la copa de oro, con palabras dulces

la consolaba en su dolor; y Tetis,

habiéndola gustado, se la puso

en la mano otra vez. El padre Jove

dijo después a la marina Diosa:

"¡Tetis! en fin, aunque afligido tengas

el corazón y de dolor eterno

el alma traspasada, te has dignado

de venir al Olimpo. Bien conozco

de tu pena el origen. Sabe ahora

cuál el motivo de llamarte sea.

Hace ya nueve días que en discordia

están los inmortales, y la causa

es el cadáver de Héctor: es Aquiles,

el bravo destructor de las ciudades.

Muchos aconsejaban a Mercurio

que el cadáver robara; y yo no quise

menoscabar el triunfo glorioso

de Aquiles, porque siempre en la memoria

tengo y tendré grabado el juramento

que hice de honrarle, y tu amistad por siempre

deseo conservar. Al campo baja

pronto de los Aqueos, y un mensaje

a tu hijo lleva, y en mi nombre dile

que muy airados los eternos Dioses

con él están, y yo más que ninguno;

porque inhumano de Héctor el cadáver

aun tiene en su poder, y no permite

que le rescaten. Dile que si teme

la ira de Jove, el cuerpo del Troyano

a los suyos entregue; que yo a Iris

a Príamo enviaré para que vaya

al campo de los Griegos y el cadáver

de Héctor redima, preciosos dones

a Aquiles ofreciendo que su saña

templen y su furor." Así decía

Júpiter: y a su voz inobediente

no fue la Diosa, y desde el alto Olimpo

en raudo vuelo descendió a la tierra.

Y al pabellón del hijo ya llegada,

que en profundos suspiros todavía

el dolor exhalaba de su pecho,

le halló sentado; y a distancia corta

los fieles escuderos preparaban

la cena, diligentes aprestando

lanuda y grande oveja que ellos mismos

habían degollado. Cerca mucho

del triste Aquiles se asentó la Diosa;

y en maternal ternura con la mano

le acarició, y le dijo estas palabras:

"¡Hijo mío! ¿hasta cuándo así lloroso

y afligido estarás y devorando

tu propio corazón, sin acordarte

de la grata comida y las dulzuras

del amor? El consuelo de sus penas

es para el hombre la mujer a veces.

Ya no me vivirás por largo tiempo:

cerca la muerte está, cerca la Parca

inexorable. Mas escucha ahora,

y es Jove quien me envía, lo que vengo

a aconsejarte. Los eternos Dioses,

y más que todos de Saturno el hijo,

contigo están airados porque ciego

de cólera y furor en los bajeles

insepulto conservas el cadáver

de Héctor, ni redimirle has permitido.

Restitúyele, pues, y la riqueza

recibe que por él te fuere dada."

Respondió Aquiles a su augusta madre:

"Si así lo manda el dueño del Olimpo,

y esta es su voluntad, que se presente

con el rescate alguno, y el cadáver

de Héctor a Troya lleve." De este modo

en medio los navíos de la Grecia

Tetis y Aquiles en aladas voces

entre sí departían, y el Saturnio

a Iris mandó que en vagaroso vuelo

al alcázar de Príamo bajase.

"¡Iris veloz! (decía) del Olimpo

las sillas abandona; y en mi nombre,

entrando dentro de Ilión, anuncia

al afligido Príamo que vaya

a las naves aqueas y redima

del hijo amado el infeliz cadáver.

Dile que lleve preciosos dones

que de Aquiles el ánimo irritado

aplacar puedan, y que vaya solo

y no lleve ninguno de los Teucros.

Un heraldo le siga venerable

que las dos mulas y el voluble carro                                [150]

dirigir sepa, y el cadáver lleve

a la ciudad después. También le anuncia                   

que ni la imagen triste de la muerte

a su ánimo se ofrezca, ni otro daño

su corazón recele; que a Mercurio

para que le acompañe le daremos,

y salvo y sin lesión en la presencia

del Griego le pondrá. Cuando le hubiere

el Dios guiado hasta dejarle dentro

del pabellón de Aquiles, a su vida

este no atentará, ni de los otros

dejará que ninguno le maltrate.

No es imprudente Aquiles, temerario,

o descortés; y con afable rostro

recibirá al anciano, cuando vea

que a demandar piedad humilde viene."

Júpiter dijo, y de la silla de oro

Iris se alzó; y cual raudo torbellino

de tempestad, desde las altas cumbres

del Olimpo bajó con el mensaje:       


 
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Contenido
Libro XXIV

 vv. 1-159
 vv. 160-328
 vv. 328-442
 vv. 443-570
 vv. 571-697
 vv. 697-804