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A Héctor así, afligidos, los Troyanos
en la ciudad lloraban; los Aqueos,
a la orilla del mar y a los bajeles
llegados, por las tiendas y las naves
se dispersaron todos. Solo Aquiles
no dejó a los Mirmidones que entraran
cada cual en su tienda: y rodeado
de su espesa falange, les decía:
"¡Mirmidones valientes! ¡compañeros!
¡amigos! no tan pronto los bridones
desatemos del yugo; con los carros
cercando y los trotones el cadáver
del infeliz Patroclo, le lloremos;
último honor al que murió debido.
Y cuando estemos de llorar saciados,
y hayamos desuncido los bridones,
aquí la cena tomaremos todos."
Así el héroe decía, y el primero
el lamento empezó, y la numerosa
hueste de los Mirmidones lloraba
de Aquiles al amigo. Hasta tres veces,
lágrimas todos derramando tristes,
en derredor del féretro llevaron
los fogosos bridones; y con ellos
unida Tetis, excitaba en todos
dulce deseo de llorar. Regada
la arena fue, y de todos los guerreros
los arneses regados, por las muchas
lágrimas que vertían: tan amable
y bueno fuera el capitán valiente
cuya funesta pérdida lloraban.
Y poniendo las manos homicidas
Aquiles sobre el pecho del amigo,
así el primero habló con su cadáver:
"Alégrate, Patroclo, aunque ya habites
en la oscura región. Ya te he cumplido
lo que te prometí; ya aquí arrastrando
de Héctor truje el cadáver, y a los perros
le entregaré después para que en trozos
menudos le dividan, y delante
de tu fúnebre hoguera por mi mano
doce jóvenes Teucros, todos hijos
de familias en Troya esclarecidas,
degollaré para vengar tu muerte."
Así decía, y de Héctor al cadáver
para más insultar, cerca del lecho
le extendió de Patroclo boca abajo,
sobre la dura tierra. La armadura
de fino bronce se quitaron luego
los Mirmidones todos, y del yugo
desataron también los alazanes,
y en ranchos numerosos divididos
para tomar la cena se asentaron
junto a la nave del doliente Aquiles,
que funeral espléndido banquete
a todos dio. Con el agudo hierro
muchos hermosos bueyes degollados
por el suelo caían, muchas cabras,
y ovejas muchas; y sabrosos cerdos
muchos sobre las brasas extendidos
eran para tostarse, e inundado
de sangre estaba en torno del cadáver
el suelo todo. Al afligido Aquiles
los Reyes de la Grecia condujeron
(y no poco trabajo les costara)
al pabellón del poderoso Atrida
Agamenón. Cuando en la tienda entraron,
mandó éste a sus donceles que pusieran
un gran trípode al fuego, por si todos
del hijo valeroso de Peleo
podían recavar que se lavase
la sangre y el sudor; pero obstinado
él se negó, y solemne juramento
hizo además. "Por Júpiter (decía)
que es el más poderoso de los Dioses
y el primero de todos, yo lo juro.
No es justo, no, que a mi cabeza llegue
el delicioso baño hasta que ponga
a Patroclo en la pira, y el cabello
me corte, y con la tierra amontonada
alce su tumba; que dolor tan grave
nunca mi corazón sentir ya puede
mientras yo viva. Y aun así forzoso
es tomar la comida que aborrezco.
Y cuando ya la aurora a los mortales
hubiere amanecido, diligente
manda tú a los soldados que la leña [50]
traigan y junten, y la pira formen
cual lo demanda el que finado habiendo
ha de bajar a la región sombría.
Y cuando ya el cadáver de Patroclo
quemado hubiere el indomable fuego,
y no más nuestros ojos verle puedan,
tornen a las batallas los Aquivos."
Cuando acabó de hablar, ya los donceles
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la cena dispusieron, y ocupadas
las sillas y servidos los sabrosos
manjares, los caudillos de la Grecia
los gustaron alegres. Apagada
el hambre ya y la sed, se retiraron
los demás a sus tiendas al reposo
para entregarse; y rodeado Aquiles
de Mirmidones muchos, en la orilla
del estruendoso mar y hondos gemidos
dando, sobre la arena de la playa,
que las ondas lamían, el descanso
buscó también. Y apenas en sus ojos
ya derramado el apacible sueño
que las cuitas del ánimo suspende
le hubo rendido al fin (porque sus piernas
mucho se fatigaron mientras iba
a Héctor siguiendo en derredor del muro
de la alta Troya), a su presencia vino
el alma de Patroclo, al desdichado
en todo parecida: en la estatura,
en los brillantes ojos, y en el eco
de la sonora voz, y semejantes
eran también la túnica y el manto
a los del héroe. Y acercada mucho
a la cabeza del dormido Aquiles,
así le hablaba en doloroso acento:
"¿Duermes, Aquiles, y de mí olvidado
así reposas? Cuando yo vivía,
mucho de mí cuidabas cariñoso;
y viéndome ya muerto, me abandonas.
Tú me sepulta, porque pronto pase
del averno las puertas; pues las almas,
que imagen son de los que ya murieron,
lejos de allí me apartan, ni permiten
que pasando del río a la otra parte
yo me junte con ellas; y afligida,
y en derredor errante del alcázar
de Plutón que defienden altas puertas,
vaga mi sombra. Alárgame tu mano,
y la última vez sea; que a tu vista
ya no volveré más, desde que el fuego
a cenizas reduzca mi cadáver.
Ni ya más, de la hueste retirados,
en suaves coloquios pasaremos
vivos tú y yo las horas; que la triste
Parca que a todos, al nacer, los días
reparte del vivir, ya de la muerte
en brazos me entregó. Y aunque tú seas
a los eternos Dioses parecido,
hado te espera igual: bajo los muros
de Troya has de morir. Pero te ruego,
Aquiles, y te encargo que no mandes
tus huesos de los míos separados
depositar. Si juntos en tu casa
nos criamos los dos desde aquel día
en que Menetio me llevó de Opunte
a vuestro regio alcázar cuando siendo
yo rapaz todavía di la muerte,
de cólera pueril arrebatado
y sin querer, de Ifidamante al hijo
en el juego de dados; y tu padre
me recibió benigno, y con regalo
me crió en su morada, y escudero
me nombró tuyo; de la misma suerte
los huesos de los dos contenga unidos
la urna preciosa de oro que tu augusta
madre te dio al partir." Respondió Aquiles:
"¿Por qué, dulce Patroclo, aquí has venido
y esto exiges de mí? Lo que me encargas
fiel ejecutaré; pero te acerca
porque tu cuello ciña con mis brazos,
y aunque breves instantes el consuelo
tengamos triste de llorar unidos."
Así Aquiles decía y alargaba
las manos para asirle, mas no pudo
estrecharle en sus brazos; que la sombra [100]
despareció cual humo, y en la tierra
se hundió dando chillidos. Saltó el héroe
atónito del suelo, y una mano
con otra hiriendo, en lamentable tono
dijo a sus capitanes: "Por mi vida,
que en las mansiones de Plutón oscuras
hay alma y simulacro, pero cuerpo
no tiene el que allí está. Toda la noche
cerca de mí, llorosa y afligida,
del mísero Patroclo estuvo el alma;
y me explicó lo que en memoria suya
hacer yo debo, y semejante mucho
á él era cuando vivo." Así decía
Aquiles, y de todos en el pecho
renovado el dolor, el tierno llanto
comenzaron de nuevo. Ya la aurora
a lucir empezaba, y todavía
en derredor del infeliz cadáver
encontró a los Mirmidones llorando.
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