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En tanto que en sus naves los Aquivos,
vestida la armadura, se formaban
al lado tuyo, Aquiles, e impaciente
estabas por entrar en la pelea,
del campo en las alturas los Troyanos
también se armaban, y el Saturnio Jove
mandaba a Temis que a los Dioses todos,
de las cumbres bajando del Olimpo,
a junta convocase. Y presurosa
corriendo por las tierras y los mares,
les intimó que a la mansión de Jove
pronto subiesen. De los claros ríos
solo faltó Océano, y de las Ninfas,
cuantas habitan los amenos bosques,
las fuentes de los ríos, y los prados
de verdura cubiertos, ni una sola
dejó de concurrir. Y ya venidas
al palacio de Jove, los asientos
de bien labrada reluciente piedra
que a Júpiter Vulcano fabricara
por orden las Deidades ocuparon.
Y tampoco Neptuno inobediente
a los mandatos se mostró de Temis,
que desde el hondo mar subió al Olimpo;
y en medio de los Dioses asentado,
así exploró la voluntad de Jove:
"¿Por qué de nuevo a junta las Deidades
has convocado, oh tú que esplendorosos
rayos envías a la tierra? ¿Acaso
para deliberar sobre la suerte
de Troyanos y Griegos, porque cerca
está ya de encenderse la batalla?"
Jove le respondió: "Tú adivinaste,
oh Neptuno, el consejo que en la mente
ahora yo agitaba, y el motivo
de haberos convocado. De unos y otros
cuido yo todavía, aunque no lejos
están de perecer en los combates.
Mas este día en la elevada cumbre
yo quedaré sentado del Olimpo,
y al mirar desde allí la gran pelea,
la vista así recrearé. Vosotros
a la tierra bajad; y cuando hubiereis
llegado a la llanura en que los Griegos
pelean y Troyanos, a los unos
socorred, o a los otros, según sean
de vosotros amados. Porque ahora,
si el fuerte Aquiles combatiera, él sólo,
con todas las escuadras enemigas,
ni un instante podrían los Troyanos
del hijo valeroso de Peleo
el choque sostener. Siempre en las lides
temblaban a su vista; y como ahora
tan colérico está, muerto Patroclo,
mucho yo temo que de Troya el muro
no destruya tal vez, aunque los Hados
no así lo dispusieron." Esto dijo
el Saturnio, y la guerra y los combates
excitó con su voz; y a la batalla
marcharon las Deidades, divididas
en dos bandos opuestos. A las naos
iban Juno y Minerva, y las seguía
Neptuno acompañado de Mercurio;
Mercurio, el sabio Dios que a los mortales
útiles artes enseñó el primero.
Iba también Vulcano, y, aunque cojo
era, y en lento paso caminaban
sus mal formados pies, hórrido fuego
arrojaban sus ojos. A la hueste
de los Troyanos el furioso Marte
marchó seguido del intonso Apolo,
de Diana, en saetas poderosa,
de Latona, del Janto, y de Ciprina.
En tanto que los Dioses alejados
estaban de los hombres, los Aquivos
se ufanaban gozosos porque Aquiles
en la lid se mostraba cuando había
tan largo tiempo de la triste guerra
vivido ausente. A los Troyanos todos
las rodillas temblaban, y en el pecho
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sobresaltado el corazón latía,
cuando ya vieron al valiente Aquiles,
al homicida Marte parecido,
venir cubierto de lucientes armas.
Mas apenas en medio de los hombres
bajaron las olímpicas Deidades,
la terrible Discordía, que los pueblos
con su clamor concita, furibunda
recorrió las dos haces; y Minerva,
puesta de pie sobre el profundo foso
fuera de la muralla, en altas voces
gritaba; y otras veces en los altos [50]
promontorios del mar, que resonantes
el eco repetían, en terribles
gritos a los Aqueos animaba.
Y a negro torbellino semejante,
desde Troya Mavorte, en lo más alto
del alcázar subido, a la pelea
en espantosas voces a los Teucros
ardiente convocaba; y por la margen
otras veces corría del undoso
Simois, sobre la cima prominente
del enhiesto collado que llamaban
los Teucros todos la Colina hermosa.
Así los Dioses que a la lid bajaron
con su voz animaban al combate
a Griegos y Troyanos, y rompieron
en medio de ellos la fatal contienda.
El padre de los hombres y los Dioses
de lo alto del Olimpo tronó horrendo:
de la anchurosa tierra los profundos
cimientos y las cumbres de los montes
agitaba Neptuno; y retemblaron
del Ida todo los humildes valles,
las fuentes de los ríos, las alturas,
de Troya la ciudad, y los navíos
de los Aqueos. En su negro alcázar
se estremeció Plutón y de su trono
saltó azorado, y en horrendas voces
espantado gritó; porque temía
que Neptuno rasgase las entrañas
de la tierra, y que claras se mostrasen
a los hombres y Dioses las horribles
moradas infernales y sombrías
que hasta los mismos Dioses aborrecen.
Tal el estruendo y ruido estrepitoso
era que resonó, cuando en batalla
entraron las Deidades. A Neptuno
hacía frente Apolo con el arco
y voladoras flechas; contra Marte
Palas marchó, la de brillantes ojos,
y contra Juno la potente Diosa
que entre los gritos de la caza hiere
con flecha de oro a las errantes fieras
de los bosques, Diana, que de Apolo
es hermana carnal. Contra Latona
marchó Mercurio; y el profundo río
a quien Janto los Dioses apellidan,
y Escamandro los hombres, a Vulcano
opuso la corriente caudalosa.
Así al combate los eternos Dioses
marcharon; pero Aquiles, furibundo
rompiendo las falanges, deseaba
encontrarse con Héctor e impaciente
estaba por matarle, y a Mavorte
con su sangre saciar. Mas entretanto
Apolo, que a los Teucros aguijaba
a combatir, al valeroso Eneas
a lidiar con el hijo de Peleo
con su voz animó, y heroico brío
y ardimiento infundióle y valentía,
a Licaón en todo semejante
de Príamo nacido, o imitando
su voz, así decía: "¿Dónde ahora
están las amenazas, oh valiente
adalid, que solías otro tiempo
hacer en los banquetes y festines
en medio de los Próceres troyanos,
diciendo que en la lid no temerías
medir las armas con el fuerte Aquiles?"
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