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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XX

 

En tanto que en sus naves los Aquivos,

vestida la armadura, se formaban

al lado tuyo, Aquiles, e impaciente

estabas por entrar en la pelea,

del campo en las alturas los Troyanos

también se armaban, y el Saturnio Jove

mandaba a Temis que a los Dioses todos,

de las cumbres bajando del Olimpo,

a junta convocase. Y presurosa

corriendo por las tierras y los mares,

les intimó que a la mansión de Jove

pronto subiesen. De los claros ríos

solo faltó Océano, y de las Ninfas,

cuantas habitan los amenos bosques,

las fuentes de los ríos, y los prados

de verdura cubiertos, ni una sola

dejó de concurrir. Y ya venidas

al palacio de Jove, los asientos

de bien labrada reluciente piedra

que a Júpiter Vulcano fabricara

por orden las Deidades ocuparon.

Y tampoco Neptuno inobediente

a los mandatos se mostró de Temis,

que desde el hondo mar subió al Olimpo;

y en medio de los Dioses asentado,

así exploró la voluntad de Jove:

"¿Por qué de nuevo a junta las Deidades

has convocado, oh tú que esplendorosos

rayos envías a la tierra? ¿Acaso

para deliberar sobre la suerte

de Troyanos y Griegos, porque cerca

está ya de encenderse la batalla?"

Jove le respondió: "Tú adivinaste,

oh Neptuno, el consejo que en la mente

ahora yo agitaba, y el motivo

de haberos convocado. De unos y otros

cuido yo todavía, aunque no lejos

están de perecer en los combates.

Mas este día en la elevada cumbre

yo quedaré sentado del Olimpo,

y al mirar desde allí la gran pelea,

la vista así recrearé. Vosotros

a la tierra bajad; y cuando hubiereis

llegado a la llanura en que los Griegos

pelean y Troyanos, a los unos

socorred, o a los otros, según sean

de vosotros amados. Porque ahora,

si el fuerte Aquiles combatiera, él sólo,

con todas las escuadras enemigas,

ni un instante podrían los Troyanos

del hijo valeroso de Peleo

el choque sostener. Siempre en las lides

temblaban a su vista; y como ahora

tan colérico está, muerto Patroclo,

mucho yo temo que de Troya el muro

no destruya tal vez, aunque los Hados

no así lo dispusieron." Esto dijo

el Saturnio, y la guerra y los combates

excitó con su voz; y a la batalla

marcharon las Deidades, divididas

en dos bandos opuestos. A las naos

iban Juno y Minerva, y las seguía

Neptuno acompañado de Mercurio;

Mercurio, el sabio Dios que a los mortales

útiles artes enseñó el primero.

Iba también Vulcano, y, aunque cojo

era, y en lento paso caminaban

sus mal formados pies, hórrido fuego

arrojaban sus ojos. A la hueste

de los Troyanos el furioso Marte

marchó seguido del intonso Apolo,

de Diana, en saetas poderosa,

de Latona, del Janto, y de Ciprina.

En tanto que los Dioses alejados

estaban de los hombres, los Aquivos

se ufanaban gozosos porque Aquiles

en la lid se mostraba cuando había

tan largo tiempo de la triste guerra

vivido ausente. A los Troyanos todos

las rodillas temblaban, y en el pecho

   

sobresaltado el corazón latía,

cuando ya vieron al valiente Aquiles,

al homicida Marte parecido,

venir cubierto de lucientes armas.

Mas apenas en medio de los hombres

bajaron las olímpicas Deidades,

la terrible Discordía, que los pueblos

con su clamor concita, furibunda

recorrió las dos haces; y Minerva,

puesta de pie sobre el profundo foso

fuera de la muralla, en altas voces

gritaba; y otras veces en los altos                            [50]

promontorios del mar, que resonantes

el eco repetían, en terribles

gritos a los Aqueos animaba.

Y a negro torbellino semejante,

desde Troya Mavorte, en lo más alto

del alcázar subido, a la pelea

en espantosas voces a los Teucros

ardiente convocaba; y por la margen

otras veces corría del undoso

Simois, sobre la cima prominente

del enhiesto collado que llamaban

los Teucros todos la Colina hermosa.

Así los Dioses que a la lid bajaron

con su voz animaban al combate

a Griegos y Troyanos, y rompieron

en medio de ellos la fatal contienda.

El padre de los hombres y los Dioses

de lo alto del Olimpo tronó horrendo:

de la anchurosa tierra los profundos

cimientos y las cumbres de los montes

agitaba Neptuno; y retemblaron

del Ida todo los humildes valles,

las fuentes de los ríos, las alturas,

de Troya la ciudad, y los navíos

de los Aqueos. En su negro alcázar

se estremeció Plutón y de su trono

saltó azorado, y en horrendas voces

espantado gritó; porque temía

que Neptuno rasgase las entrañas

de la tierra, y que claras se mostrasen

a los hombres y Dioses las horribles

moradas infernales y sombrías

que hasta los mismos Dioses aborrecen.

Tal el estruendo y ruido estrepitoso

era que resonó, cuando en batalla

entraron las Deidades. A Neptuno

hacía frente Apolo con el arco

y voladoras flechas; contra Marte

Palas marchó, la de brillantes ojos,

y contra Juno la potente Diosa

que entre los gritos de la caza hiere

con flecha de oro a las errantes fieras

de los bosques, Diana, que de Apolo

es hermana carnal. Contra Latona

marchó Mercurio; y el profundo río

a quien Janto los Dioses apellidan,

y Escamandro los hombres, a Vulcano

opuso la corriente caudalosa.

Así al combate los eternos Dioses

marcharon; pero Aquiles, furibundo

rompiendo las falanges, deseaba

encontrarse con Héctor e impaciente

estaba por matarle, y a Mavorte

con su sangre saciar. Mas entretanto

Apolo, que a los Teucros aguijaba

a combatir, al valeroso Eneas

a lidiar con el hijo de Peleo

con su voz animó, y heroico brío

y ardimiento infundióle y valentía,

a Licaón en todo semejante

de Príamo nacido, o imitando

su voz, así decía: "¿Dónde ahora

están las amenazas, oh valiente

adalid, que solías otro tiempo

hacer en los banquetes y festines

en medio de los Próceres troyanos,

diciendo que en la lid no temerías

medir las armas con el fuerte Aquiles?"        


 
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Contenido
Libro XX

 vv. 1-85
 vv. 86-198
 vv. 199-287
 vv. 288-378
 vv. 379-503