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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XVIII

 

Mientras estos seguían peleando

con el ardor de abrasadora llama,

Antíloco veloz llegó de Aquiles

a la presencia, de fatal noticia

portador, y le halló junto a sus naves

al pie sentado de las altas popas.

En su ánimo ya el héroe presentía

la muerte de Patroclo; y exhalando

doloroso gemido, en estas voces

con su valiente corazón hablaba:

"¡Ay de mí! ¿qué será que los Aqueos

corren por la llanura, y en derrota

otra vez a las naves se retiran?

Mucho temo no sea que los Dioses

me cumplan hoy el triste vaticinio

que en otro tiempo me anunció mi madre,

diciéndome que a manos de los Teucros,

y viviendo yo aún, la clara lumbre

del sol ya no vería el más ardido

de todos los Mirmidones. Sin duda

murió el hijo valiente de Menetio.

¡Infelice! yo bien le aconsejaba

que en apagando el fuego que a las naves

de los Griegos pusiera el enemigo,

a mi tienda volviese, y que con Héctor

no pelease en desigual batalla."

Mientras él en su mente revolvía

y en su ánimo estas dudas, el amable

hijo de Néstor se acercó. Y ardientes

lágrimas derramando, la funesta

noticia le anunció, diciendo triste:

"¡Ay hijo de Peleo! dolorosa

noticia vas a oír, fatal desgracia

que permitir los Dioses no debieron.

Yace Patroclo, en torno del cadáver

desnudo se pelea, y tu armadura

Héctor la tiene." Al escuchar sus voces,

oscura nube de dolor el alma

cubrió de Aquiles. Y con ambas manos

la ceniza caliente todavía

tomando y por encima la cabeza

derramándola, el rostro peregrino

afeaba con ella; y la negruzca

ceniza su vestido, que exhalaba

del néctar el aroma delicado,

cubría todo. Se arrojó en la arena;

y siendo de estatura agigantada

largo trecho yacía, y con las manos

se arrancaba la rubia cabellera.

Al oír sus gemidos las mujeres

que cautivara él mismo con Patroclo,

triste clamor alzaron; y saliendo

fuera del pabellón y colocadas

en torno al héroe, y sollozando todas,

con las palmas herían sus hermosos

cándidos pechos, y al dolor rendidas

se desmayaron. Funeral lamento

Antíloco también, en triste lloro

bañando sus mejillas, comenzaba;

pero mientras Aquiles en suspiros

exhalaba el furor, ambas sus manos

el joven sujetaba con las suyas;

porque mucho temía que tomase

algún cuchillo y el hermoso cuello

se dividiese. Tan horrendos eran

los gemidos de Aquiles, que su augusta

madre, que estaba en los profundos senos

del mar al lado del anciano padre,

los oyó; y también ella hondo suspiro

dio al escucharlos, y las ninfas todas,

cuantas el mar habitan y engendrara

el anciano Nereo, se juntaron

en derredor de Tetis. Allí vino

Glauce, y Talía, y Cimodoce, y Nesa,

y Espío, y Toe, y la gallarda Halía,

y Cimótoe, y Actaya, y Limnorea,

y Mélita, y Yaira, y Anfitoe,

y Agave, y Doto, y Proto, y Dinamene,

y Anfinome, y Dexámene, y Ferusa,

y Calianira, y Pánope con Doris,

y la tan celebrada Galatea,

y Nemortes, y Apseudes. Y vinieron

también, pero, las últimas de todas,

Calianasa, Clímene, Yanira,

Yanasa, Mera, Oritía, y la de hermosos

cabellos Amatea, y las restantes

Nereidas que habitaban en las grutas

del hondo mar; y la argentada cueva                       [50]

de Tetis toda se llenó, y llorosas

ellas sus albos pechos golpeaban.

Y exhalando suspiros numerosos,

así las dijo Tetis la primera:

"¡Hermanas mías que engendró Nereo!

atentas escuchadme, porque todas

sepáis las muchas dolorosas cuitas

que siente el corazón. ¡Ay infelice!

¡qué desgraciada he sido en mis amores!

Un hijo di yo a luz, fuerte, gallardo,

y de todos los héroes el primero;

y creció al tierno olivo semejante,

y de su infancia y juventud yo misma

solícita cuidé como de nueva

planta se cuida que en feraz terreno

nace y se cría. Y cuando ya llegara

a la edad varonil, con sus navíos

a Ilión le envié porque animoso

con los Teucros lidiase; pero, ¡ay triste!

que ya más a la casa de Peleo

no volverá, ni en cariñoso abrazo

yo le recibiré. Vive él ahora

y ve la luz del sol, pero afligido

está; y aunque yo vaya a consolarle,

útil no puedo serle. Iré con todo

a ver al hijo mío; y de su boca

sabré el nuevo pesar que así le aflige,

aunque está de las lides retirado."

Dijo, y dejó la gruta: y las Nereidas

llorando la siguieron, y las olas

se rompían del piélago espumoso

en torno de ellas. Cuando ya vinieron

del Helesponto a la anchurosa playa,

todas subieron a la corva orilla,

hacia el paraje en que las muchas naos

fueran de los Mirmidones sacadas

a tierra en derredor de la de Aquiles

por ambos lados. Y su augusta madre,

   

mientras él en suspiros exhalaba

su dolor, se acercó, y gimiendo triste,

y del hijo abrazando la cabeza,

dijo llorosa en agitadas voces:

"¿Por qué así lloras, hijo? ¿Cuál el duelo

es que tu pecho aflige? Me le explica,

y no ocultarle quieras. Te ha otorgado

Júpiter ya cuanto rogaste, alzadas

ambas manos al cielo. Los Aquivos,

ya retirados a las naves todos,

mucho por ti suspiran, y padecen

no merecidos daños." Y a su madre,

un profundo suspiro despidiendo,

Aquiles respondió: "¡Sí, madre mía!

El dueño del Olimpo me ha otorgado

cuanto yo le pedí; pero, ¿qué fruto

saqué de mi venganza, si el amigo

he perdido más dulce, mi escudero

Patroclo, a quien yo amaba sobre todos

los demás capitanes y quería

cual si fuese otro yo? Sí: le he perdido;

y Héctor, después de haberle asesinado,

le despojó de las hermosas armas,

encanto de la vista, que a Peleo

dieron los Dioses el infausto día

en que a ti, siendo Diosa, colocaron

de un mortal en el lecho. Más valiera

que tú por siempre hubieses con las hijas

habitado del mar, y que Peleo

una mujer tuviera por esposa.

Pero sin duda los eternos Dioses

así lo dispusieron porque fuese

inmenso tu dolor, cuando del hijo

sepas la muerte; que al hogar paterno

no volverá, ni en cariñoso abrazo

tú le recibirás. Ni desde ahora

ya más quiero vivir, ni con los hombres

comunicar, si por mi lanza herido

antes Héctor no cae, y con su vida

no paga la del hijo de Menetio."

Tetis le respondió, bañada en lloro:

"Pues breve ya de tu vivir el plazo,

hijo, será si la amenaza cumples;

porque, muerto el Troyano, tú el primero

serás que baje a la región oscura."

Y Aquiles exclamó: "Venga la muerte,

ya que el Hado no quiso que la vida

salvase a mi escudero, y de su patria

lejos ha perecido. ¡Ay! Moribundo                        [100]

sin duda el triste me llamaba en vano

para que de la Parca le librase.

Y pues no debo ya volver a Grecia,

ni a Patroclo mi brazo ha defendido

y a los muchos valientes que por Héctor

vencidos acabaron, y en las naves,

inútil peso de la tierra, ahora

ocioso estoy, de los Aquivos siendo

el más fuerte en la lid aunque me excedan

otros en arengar; de entre los Dioses

y los humanos la fatal discordia

huya y desaparezca y la acompañe

la cólera, que al hombre más sensato

induce a ser cruel y se insinúa,

más dulcemente que la miel gotea,

dentro del alma y como el humo crece.

Así en la mía Agamenón de Atreo

la cólera encendió... pero al olvido

demos ya lo pasado aunque lo sienta

mi corazón; que el natural fogoso

en el pecho domar es necesario.

Ahora al matador de aquel amigo

que tan caro me fue mientras vivía,

a Héctor, voy a buscar; y yo la muerte

recibiré cuando llegare el tiempo

que Júpiter hubiere señalado

y las otras Deidades. Ni el famoso

Hércules pudo de la negra Parca

el decreto eludir, por más que fuese

tan amado de Jove; que el Destino

y de Juno la cólera terrible

le quitaron la vida. Así yo luego,

si igual mi suerte ha sido, ya cadáver

yaceré en el sepulcro; mas ahora

claro renombre alcanzaré. Y alguna

de las teucras matronas y dardanias

haré que entre suspiros dolorosos

de las tiernas y cándidas mejillas

a dos manos sus lágrimas enjugue.

Conozcan ya que demasiado tiempo

estuve de las lides retirado.

Y tú, por más que como tierna madre

dilatar quieras de mi muerte el día,

no me impidas salir a la pelea;

porque resuelto estoy, y tus palabras

no me persuadirán." Respondió Tetis:

"Sí, hijo mío: es muy justo, y reprobar

nadie podrá, que tu valor la vida

salve a tus camaradas que en derrota

vienen por los Troyanos perseguidos;

pero tus armas, relucientes, bellas,

y del más fino bronce fabricadas,

las tienen los Troyanos; y vestido

con ellas Héctor, orgulloso ahora

por trofeo las lleva. Yo le anuncio

que no por largo tiempo en las batallas

hará de ellas alarde; ya la muerte

está a su lado. Pero tú en la liza

no tomes parte aún hasta que veas,

tú con tus mismos ojos, que a este puesto

otra vez he venido. Yo mañana,

apenas brille el sol, aquí a buscarte

vendré, y una armadura por Vulcano

labrada traeré." La hermosa Tetis,

dichas estas razones, las espaldas

al hijo dio; y volviéndose de frente

a las otras Nereidas, las decía:

"Bajad vosotras al profundo seno

del mar ahora, y al anciano padre

acompañad en el paterno alcázar

y referidle todo: yo al Olimpo

voy a ver a Vulcano, y a rogarle

que para el hijo mío una armadura

me dé completa y refulgente." Dijo

Tetis así, y las ninfas en las olas

del mar se sumergieron resonante,

y ella subió al Olimpo luminoso

para traer al hijo la armadura.


 
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Contenido
Libro XVIII

 vv. 1-147
 vv. 148-242
 vv. 243-359
 vv. 360-468
 vv. 469-617