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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XVII

 

No se ocultó al valiente Menelao

que Patroclo muriera en la pelea

a manos de los Teucros; y las filas

atravesando, del arnés bruñido

todo cubierto, en torno del cadáver

corría defendiéndole. Cual suele

solícita correr del becerrillo

en derredor la vaca primeriza,

que todavía del amor materno

aun no sintiera el aguijón penoso,

y da tiernos mugidos; así triste

en torno de Patroclo Menelao

corriendo, con su escudo y con su lanza

le defendía, y en ardiente anhelo

deseaba matar al que viniese

a despojarle. Y el troyano Euforbo

no se olvidó, cuando le vio caído,

de acudir a quitarle la armadura

que aun le quedaba, y a su lado puesto,

así dijo al valiente Menelao:

"¡Oh hijo de Atreo, y del potente Jove

alumno, y adalid de los Aquivos!

te retira, el cadáver abandona,

y déjame quitarle la armadura

en sangre tinta. De los Teucros todos,

y auxiliares, ninguno con su lanza

antes que yo le hirió. Deja, te digo,

que yo lleve sus armas por trofeo

y a los Teucros las muestre, y me corone

de inmensa gloria. Teme que mi lanza

aquí te arroje, y de la dulce vida

también te prive a ti." Y en ira ardiendo,

así dijo el valiente Menelao:

"¿Y será, oh padre Jove, decoroso

que tanto se gloríe envanecido

este Troyano? La rabiosa furia

de la pantera, del león airado,

del jabalí feroz, en cuyo pecho

arde en furor el corazón valiente,

al orgullo no iguala e insolencia

de los hijos de Panto. ¿Te olvidaste

acaso ya de que a tu mismo hermano,

el fuerte Hiperenor, sirvió de poco

su juventud, cuando arrogante y fiero

me insultaba, y el bote de mi pica

osó esperar, y en orgullosas voces

decía que entre todos los Aquivos

era yo el más cobarde? Pues no creo

que él haya vuelto vivo a su morada,

a alegrar a su esposa y a sus padres.

Y a ti también te quitaré la vida

si hacerme frente osares. Te aconsejo

que te retires y a tu escuadra vuelvas,

y no conmigo en desigual batalla

entres ahora. A tu salud atiende

mientras ileso estás; que recibido

el daño, hasta los necios escarmientan."

Así dijo el Atrida, y sus razones

no a Euforbo persuadieron; que obstinado

replicó todavía: "Ya es llegada

la ocasión, orgulloso, de que ahora

pagues la muerte de mi dulce hermano,

de que te jactas necio. Tú dejaste

en viudez a su esposa, y entregada

al lloro en el palacio que el esposo

de nuevo fabricara, y tú sumiste

a nuestros padres en tristeza y luto;

pero de éstos y aquella los pesares

acabarían hoy, si yo pudiese

tu cabeza y tus armas por trofeo

llevar, y presentárselas a Panto

y a la gallarda Frontis. No más tregua

a la batalla demos; quién valiente

de los dos, o cobarde, haya nacido,

las armas lo dirán en la pelea."

Así dijo, y al Griego una lanzada

dio en el escudo plano; mas el bronce

romper no pudo, y se torció la punta

en el duro broquel. Su larga pica

vibró segundo el fuerte Menelao,

y cuando Euforbo, sin volver el rostro,

retrocedía, le clavó la punta

en el pecho a raíz de la garganta,

y empujó firme con la fuerte diestra;

y atravesando el delicado cuello,

sobre la nuca apareció la pica.

Cayó el Troyano, retembló la tierra                         [50]

en derredor, y temeroso ruido

sobre él hicieron al caer las armas;

y enrojeció la sangre sus cabellos,

que con los de las Gracias competían,

y los rizos que de oro reluciente

y de plata en sortijas recogidos

tenía entonces. Cual frondosa oliva,

que plantó el labrador en solitario

   

terreno por las aguas abundantes

regado de un arroyo, hermosa crece

y de altísimas ramas se corona

que los céfiros blandos con su aliento

mecen suaves, y de blancas flores

se cubre en primavera; pero viene

impetuosa ráfaga de viento

rápidamente, y de raíz la arranca,

y la tiende en el suelo; tal entonces

al valeroso Euforbo, aunque sabía

diestro blandir su lanza, Menelao

derribó en tierra. Y viéndole cadáver,

ya empezaba a quitarle la armadura.

Como el fiero león sale del monte

en que nació y se arroja a la vacada

que en el valle sombrío está paciendo,

y acomete rabioso, y la ternera

arrebata mejor, y entre los dientes

llevándola terribles, furibundo

rompe su cuello, y las entrañas todas

devora impío, y de su sangre bebe,

y el cuerpo despedaza; y los mastines

y los pastores en contorno mucho

gritan, pero de lejos, ni se atreven

a salir a la fiera, porque todos

de espanto y de temor sobrecogidos

están; así también de los Troyanos

ninguno osaba, aunque valor tuviese,

acometer al poderoso Atrida.

Y fácilmente de las ricas armas

el cadáver de Euforbo despojado

hubiera entonces, si envidioso Febo

no le hubiese privado de esta gloria.

Mas la Deidad, en todo asemejada

a Mentes, de los Cicones caudillo,

a Héctor a combatir con el Aqueo

así animó con imperiosas voces:

"¡Héctor! tú vas siguiendo a los caballos

del hijo valeroso de Peleo

sin poder alcanzarlos, y difícil

a los mortales fuera bajo el yugo

de la carroza uncirlos; solo Aquiles,

hijo de Tetis, domeñarlos puede.

Y en tanto, el belicoso hijo de Atreo,

Menelao, el cadáver de Patroclo

defendiendo animoso, ha dado muerte

a uno de los mejores adalides

de los Troyanos, al valiente Euforbo,

y ha puesto fin a sus hazañas." Dijo,

y a la escuadra volvió de los Troyanos.

Grave dolor oscureció la mente

de Héctor al escucharle, y por las filas

en derredor mirando, no muy lejos

vio el cadáver de Euforbo, que en la arena

derribado yacía, mucha sangre

de la herida vertiendo, y al Aquivo

que la rica armadura de los hombros

ya le quitaba. Y la primer hilera

atravesando el héroe, con su escudo

cubierto, daba horrendos alaridos,

semejante a llama inextinguible

que de Vulcano en las cavernas arde.

Oyó de Héctor las voces Menelao,

y exhalando un suspiro, estas razones

a su valiente corazón decía:

"¡Triste de mí! Si las brillantes armas

del hijo de Peleo y el cadáver

de Patroclo abandono, que la vida

por vengarme perdió, temo que alguno

de los Aquivos, viéndolo, me acuse

de ingratitud. Pero, si estando solo,

con Héctor yo peleo y los Troyanos,

porque no me motejen de cobarde,

temo también que en derredor me cerquen,

siendo tan numerosos; que a este sitio

Héctor conduce sus escuadras todas.

Mas, ¿a qué fin en importunas voces

triste mi corazón habla consigo?

Cuando a pesar de las Deidades quiere

el hombre combatir con un guerrero

a quien Jove defiende, rueda pronto

grave daño sobre él. Así, ninguno                                [100]

de los Griegos cobarde con justicia

podrá llamarme cuando aquí me vea

a Héctor ceder; que por los altos Dioses

ayudado pelea. Si pudiese

yo la voz escuchar del valeroso

Ayax de Telamón, los dos unidos

aquí otra vez tornáramos; y entonces,

a pesar de los Dioses que lo estorban,

de nuevo la batalla empezaría,

para ver si a lo menos el cadáver

de Patroclo podemos a la tienda

llevar del triste Aquiles: de consuelo

esto le fuera en su dolor amargo." 


 
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Contenido
Libro XVII

 vv. 1-105
 vv. 106-245
 vv. 246-401
 vv. 401-542
 vv. 543-656
 vv. 657-761