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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XVI

 

Así por esta nave combatían

Aquivos y Troyanos, y Patroclo

al pabellón de Aquiles ya viniera,

y lágrimas ardientes derramaba,

cual fuente cenagosa que cayendo

de altísimo peñasco, en la llanura

vierte las negras ondas. Cuando Aquiles

le vio venir lloroso, del amigo

hubo piedad, y asiéndole la mano,

así le dijo en halagüeñas voces:

"¿Por qué lloras, Patroclo? Como suele

llorar la niña que en veloz carrera

a su madre siguiendo ya se cansa,

y la tira del manto, y la detiene,

y la mira llorosa, y la suplica

que en sus brazos la tome; así afligido

tiernas lágrimas viertes. ¿Anunciarnos

quieres infausta nueva, o a mí solo

o a todos los Mirmidones? ¿De Phtía

ha venido tal vez un mensajero

y tú le oíste solo? Si no miente

la fama lisonjera, tu buen padre

Menetio vive aún, y rodeado

vive de los Mirmidones Peleo,

y solamente si los dos murieran

tristes estar debiéramos. ¿O lloras

por los Griegos acaso, que perecen

al pie de los navíos por su culpa?

Habla, nada me ocultes, y el origen

sepa yo de esas lágrimas." Al héroe

así, tristes suspiros exhalando,

¡generoso Patroclo! respondiste:

"¡Ah, hijo de Peleo, y el más fuerte

de los Aquivos todos! ¡No mi llanto

culpes, amigo! Dolorosa cuita

oprime a los Aqueos. Cuantos eran

antes los más valientes, en las naves

yacen heridos, quién de flecha aguda,

quién de un bote de lanza. Diomedes

herido está por arma arrojadiza;

con sus lanzas dos Teucros han herido

a Agamenón y al esforzado Ulises,

y Eurípilo, en el muslo, de saeta

herido está. Los médicos atienden

a curar sus heridas; y tú, Aquiles,

eres inexorable. ¡Oh! ¡nunca, nunca,

la cólera que tú, valiente solo

en daño nuestro, abrigas en el alma

se apodere de mí. ¿Quién por tu brazo

alguna vez en las sangrientas lides

defendido será, si a los Aquivos

no libertas ahora de la muerte?

¡Cruel! No fue tu padre el bondadoso

Peleo, ni tu madre la divina

Tetis: el negro mar de sus abismos

te abortó, o de las rocas escarpadas

duras naciste, pues así te muestras

despiadado. Si temes que se cumpla

el vaticinio que tu augusta madre

de Jove en nombre te anunció algún día,

u otro nuevo tal vez te ha revelado,

a lo menos a mí concede ahora

a campaña salir, y haz que me siga

de los otros Mirmidones la hueste

por ver si aurora de salud mi diestra

es para los Aqueos. Tu armadura

me da también: acaso, por las armas

creyendo los Troyanos ser Aquiles

el que en la lid se muestra, los combates

suspenderán, y los valientes hijos

de la Grecia, que están acobardados,

alientos cobrarán; que en las batallas

un breve instante de reposo es útil.

Y nosotros, que entramos en la liza

sin estar fatigados, fácilmente

a unas tropas que están ya tan cansadas

hasta su capital rechazaremos

lejos de los navíos y las tiendas."

Con este ardor el infeliz rogaba.

¡Ah, necio, necio! en prematura muerte

bajar del orco a la región oscura

pedía sin saberlo; mas Aquiles,

altamente irritado, así le dijo:

"¿Cómo, Patroclo, de tu labio ahora

estas voces salieron? Ni mi madre

de Jove en nombre me anunció este día

nueva calamidad, ni me acobarda

la suerte que los Hados me reservan.                  [50]

Pero grave dolor el alma siente,

y el corazón, al ver que envanecido

un adalid, porque potente sea,

a un igual suyo a despojar se atreve

de la justa porción que le ha cabido

por suerte al repartirse los despojos,

y hasta el premio de honor. Esta mi pena,

este es mi gran dolor, y esta la causa

de los muchos pesares que he sufrido.

La joven que los hijos de la Grecia

como premio de honor me destinaron,

y que yo por mi mano cautivara

después de haber tomado y destruido

bien murada ciudad, de entre los brazos

me arrancó Agamenón como si fuese

yo el villano más ruin. Pero olvidemos

ya lo pasado, ni posible fuera

siempre abrigar la cólera en el alma.

A mi justa venganza yo quería

no renunciar, hasta que a ver llegase

el bélico tumulto y la pelea

cerca ya de mis naves. —Tú, Patroclo,

cúbrete ya de mis brillantes armas,

y los bravos Mirmidones ahora

   

a la lid guía; pues oscura nube

de Troyanos circunda los bajeles

con gran fuerza, y los Griegos a la orilla

del mar se han retirado. Reducidos

a corto espacio están y de los Teucros

sobre ellos carga la ciudad entera,

llena de confianza porque ahora

no ven de cerca el resplandor brillante

de mi celada. Pronto, fugitivos,

de muertos los barrancos llenarían

si el poderoso Agamenón me hubiese

honrado cual debiera; mas ahora

cercado el campo tienen, y atrevidos

en derredor combaten. Ni en la mano

de Diomedes el asta se enfurece

y libra de la muerte a los Aqueos,

ni ya la voz resuena en mis oídos

del Atrida, aunque odiosa la persona

tanto me debe ser. Escucho solo

de Héctor, el matador de los guerreros,

el orgulloso grito con que alienta

a sus legiones que la gran llanura

atruenan en confusa vocería,

ufanas por el triunfo que lograron

sobre los Griegos. Pero tú, Patroclo,

para salvar las naves acomete

animoso; no sea que abrasadas

por los Troyanos en ardiente fuego,

no podamos volver a nuestros lares.

Lo que debes hacer escucha ahora;

y el consejo no olvides, si deseas

que de honores y gloria los Aquivos

me colmen todos y la hermosa esclava

me restituyan, y brillantes dones

añadan en reparo de la ofensa.

Cuando ya de las naves alejado

al enemigo hubieres, te retira;

y aunque benigno Jove te conceda

coronarte de gloria, no a los Teucros,

sin mí tú quieras perseguir, no acaso

mi deshonor aumentes; ni atrevido,

el combate siguiendo y la pelea

y matando enemigos, hasta Troya

lleves la hueste. Desde el alto cielo,

alguno de los Dioses inmortales

contra ti bajaría; porque mucho

Febo a los Teucros ama. Así que hubieres

los navíos salvado, con mis tropas

vuelve otra vez, y deja que los Griegos

y los Troyanos en la gran llanura

unos con otros batallando sigan.

Y ojalá, ¡padre Jove, Palas, Febo!

que ninguno, ni Griego ni Troyano,

se libre de la muerte, y que nosotros                 [100]

logremos solos de la excelsa Troya

a polvo reducir el fuerte muro."

Así los dos hablaban, y entre tanto

Ayax no pudo mantener su puesto;

que una nube de dardos le cubría:

y de Jove el poder por una parte,

y por otra los Teucros animosos

que sin cesar sus picas le tiraban,

vencer al fin pudieron al Aquivo.

El duro yelmo, al repetido golpe

de tantas picas, en estruendo ronco

en torno de las sienes resonaba;

porque por ambos lados y de frente

eran sus chapas sin cesar heridas,

y de tener el ponderoso escudo

en alto siempre sostenido, el hombro

izquierdo ya sentía fatigado.

Y ni aun así los Teucros con sus tiros,

por más que le acosaban, de la liza

le hicieron retirar; pero su pecho

siempre anheloso estaba, y abundante

sudor corría de su cuerpo todo,

y ni un instante respirar siquiera

érale dado; que por todas partes

a un afán otro nuevo se añadía.

Decidme ahora, oh musas, de qué modo

por la primera vez cayó en las naves

el fuego abrasador. Estaba cerca

de Ayax Héctor, y recia cuchillada

en la pica le dio. Y aunque de fresno

era duro, la espada del Troyano

la cortó por la parte en que la punta

sujetaba al astil la abrazadera;

y en inútil esfuerzo Ayax blandía

el asta, y lejos de él cayó en el suelo

con gran ruido el afilado bronce.

Bien conoció como varón piadoso

Ayax, y estremecióse, que tenía

contra sí las Deidades, y que Jove,

potente Dios que en las alturas truena

y fácil desbarata los proyectos

de los tristes mortales en las lides,

a los Troyanos la victoria daba;

y fuera del alcance de los tiros

se retiró: y entonces los Troyanos

fuego ardiente pusieron a la nave,

y en un momento abrasadora llama

corrió por todo el buque. Cuando Aquiles

vio arder el fuego en torno de la popa,

hirióse el muslo, y a Patroclo dijo:

"¡Sus, Patroclo valiente! marcha pronto:

el estrago ya veo que en las naves

haciendo está la llama abrasadora

que encendió el enemigo, y mucho temo

que si de los bajeles se apodera

no podremos volver a nuestra patria.

Así, vístete pronto la armadura,

y en tanto yo congregaré la hueste."   


 
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Contenido
Libro XVI

 vv. 1-129
 vv. 130-274
 vv. 275-396
 vv. 431-551
 vv. 552-697
 vv. 698-776
 vv. 777-876