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Así por esta nave combatían
Aquivos y Troyanos, y Patroclo
al pabellón de Aquiles ya viniera,
y lágrimas ardientes derramaba,
cual fuente cenagosa que cayendo
de altísimo peñasco, en la llanura
vierte las negras ondas. Cuando Aquiles
le vio venir lloroso, del amigo
hubo piedad, y asiéndole la mano,
así le dijo en halagüeñas voces:
"¿Por qué lloras, Patroclo? Como suele
llorar la niña que en veloz carrera
a su madre siguiendo ya se cansa,
y la tira del manto, y la detiene,
y la mira llorosa, y la suplica
que en sus brazos la tome; así afligido
tiernas lágrimas viertes. ¿Anunciarnos
quieres infausta nueva, o a mí solo
o a todos los Mirmidones? ¿De Phtía
ha venido tal vez un mensajero
y tú le oíste solo? Si no miente
la fama lisonjera, tu buen padre
Menetio vive aún, y rodeado
vive de los Mirmidones Peleo,
y solamente si los dos murieran
tristes estar debiéramos. ¿O lloras
por los Griegos acaso, que perecen
al pie de los navíos por su culpa?
Habla, nada me ocultes, y el origen
sepa yo de esas lágrimas." Al héroe
así, tristes suspiros exhalando,
¡generoso Patroclo! respondiste:
"¡Ah, hijo de Peleo, y el más fuerte
de los Aquivos todos! ¡No mi llanto
culpes, amigo! Dolorosa cuita
oprime a los Aqueos. Cuantos eran
antes los más valientes, en las naves
yacen heridos, quién de flecha aguda,
quién de un bote de lanza. Diomedes
herido está por arma arrojadiza;
con sus lanzas dos Teucros han herido
a Agamenón y al esforzado Ulises,
y Eurípilo, en el muslo, de saeta
herido está. Los médicos atienden
a curar sus heridas; y tú, Aquiles,
eres inexorable. ¡Oh! ¡nunca, nunca,
la cólera que tú, valiente solo
en daño nuestro, abrigas en el alma
se apodere de mí. ¿Quién por tu brazo
alguna vez en las sangrientas lides
defendido será, si a los Aquivos
no libertas ahora de la muerte?
¡Cruel! No fue tu padre el bondadoso
Peleo, ni tu madre la divina
Tetis: el negro mar de sus abismos
te abortó, o de las rocas escarpadas
duras naciste, pues así te muestras
despiadado. Si temes que se cumpla
el vaticinio que tu augusta madre
de Jove en nombre te anunció algún día,
u otro nuevo tal vez te ha revelado,
a lo menos a mí concede ahora
a campaña salir, y haz que me siga
de los otros Mirmidones la hueste
por ver si aurora de salud mi diestra
es para los Aqueos. Tu armadura
me da también: acaso, por las armas
creyendo los Troyanos ser Aquiles
el que en la lid se muestra, los combates
suspenderán, y los valientes hijos
de la Grecia, que están acobardados,
alientos cobrarán; que en las batallas
un breve instante de reposo es útil.
Y nosotros, que entramos en la liza
sin estar fatigados, fácilmente
a unas tropas que están ya tan cansadas
hasta su capital rechazaremos
lejos de los navíos y las tiendas."
Con este ardor el infeliz rogaba.
¡Ah, necio, necio! en prematura muerte
bajar del orco a la región oscura
pedía sin saberlo; mas Aquiles,
altamente irritado, así le dijo:
"¿Cómo, Patroclo, de tu labio ahora
estas voces salieron? Ni mi madre
de Jove en nombre me anunció este día
nueva calamidad, ni me acobarda
la suerte que los Hados me reservan. [50]
Pero grave dolor el alma siente,
y el corazón, al ver que envanecido
un adalid, porque potente sea,
a un igual suyo a despojar se atreve
de la justa porción que le ha cabido
por suerte al repartirse los despojos,
y hasta el premio de honor. Esta mi pena,
este es mi gran dolor, y esta la causa
de los muchos pesares que he sufrido.
La joven que los hijos de la Grecia
como premio de honor me destinaron,
y que yo por mi mano cautivara
después de haber tomado y destruido
bien murada ciudad, de entre los brazos
me arrancó Agamenón como si fuese
yo el villano más ruin. Pero olvidemos
ya lo pasado, ni posible fuera
siempre abrigar la cólera en el alma.
A mi justa venganza yo quería
no renunciar, hasta que a ver llegase
el bélico tumulto y la pelea
cerca ya de mis naves. —Tú, Patroclo,
cúbrete ya de mis brillantes armas,
y los bravos Mirmidones ahora
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a la lid guía; pues oscura nube
de Troyanos circunda los bajeles
con gran fuerza, y los Griegos a la orilla
del mar se han retirado. Reducidos
a corto espacio están y de los Teucros
sobre ellos carga la ciudad entera,
llena de confianza porque ahora
no ven de cerca el resplandor brillante
de mi celada. Pronto, fugitivos,
de muertos los barrancos llenarían
si el poderoso Agamenón me hubiese
honrado cual debiera; mas ahora
cercado el campo tienen, y atrevidos
en derredor combaten. Ni en la mano
de Diomedes el asta se enfurece
y libra de la muerte a los Aqueos,
ni ya la voz resuena en mis oídos
del Atrida, aunque odiosa la persona
tanto me debe ser. Escucho solo
de Héctor, el matador de los guerreros,
el orgulloso grito con que alienta
a sus legiones que la gran llanura
atruenan en confusa vocería,
ufanas por el triunfo que lograron
sobre los Griegos. Pero tú, Patroclo,
para salvar las naves acomete
animoso; no sea que abrasadas
por los Troyanos en ardiente fuego,
no podamos volver a nuestros lares.
Lo que debes hacer escucha ahora;
y el consejo no olvides, si deseas
que de honores y gloria los Aquivos
me colmen todos y la hermosa esclava
me restituyan, y brillantes dones
añadan en reparo de la ofensa.
Cuando ya de las naves alejado
al enemigo hubieres, te retira;
y aunque benigno Jove te conceda
coronarte de gloria, no a los Teucros,
sin mí tú quieras perseguir, no acaso
mi deshonor aumentes; ni atrevido,
el combate siguiendo y la pelea
y matando enemigos, hasta Troya
lleves la hueste. Desde el alto cielo,
alguno de los Dioses inmortales
contra ti bajaría; porque mucho
Febo a los Teucros ama. Así que hubieres
los navíos salvado, con mis tropas
vuelve otra vez, y deja que los Griegos
y los Troyanos en la gran llanura
unos con otros batallando sigan.
Y ojalá, ¡padre Jove, Palas, Febo!
que ninguno, ni Griego ni Troyano,
se libre de la muerte, y que nosotros [100]
logremos solos de la excelsa Troya
a polvo reducir el fuerte muro."
Así los dos hablaban, y entre tanto
Ayax no pudo mantener su puesto;
que una nube de dardos le cubría:
y de Jove el poder por una parte,
y por otra los Teucros animosos
que sin cesar sus picas le tiraban,
vencer al fin pudieron al Aquivo.
El duro yelmo, al repetido golpe
de tantas picas, en estruendo ronco
en torno de las sienes resonaba;
porque por ambos lados y de frente
eran sus chapas sin cesar heridas,
y de tener el ponderoso escudo
en alto siempre sostenido, el hombro
izquierdo ya sentía fatigado.
Y ni aun así los Teucros con sus tiros,
por más que le acosaban, de la liza
le hicieron retirar; pero su pecho
siempre anheloso estaba, y abundante
sudor corría de su cuerpo todo,
y ni un instante respirar siquiera
érale dado; que por todas partes
a un afán otro nuevo se añadía.
Decidme ahora, oh musas, de qué modo
por la primera vez cayó en las naves
el fuego abrasador. Estaba cerca
de Ayax Héctor, y recia cuchillada
en la pica le dio. Y aunque de fresno
era duro, la espada del Troyano
la cortó por la parte en que la punta
sujetaba al astil la abrazadera;
y en inútil esfuerzo Ayax blandía
el asta, y lejos de él cayó en el suelo
con gran ruido el afilado bronce.
Bien conoció como varón piadoso
Ayax, y estremecióse, que tenía
contra sí las Deidades, y que Jove,
potente Dios que en las alturas truena
y fácil desbarata los proyectos
de los tristes mortales en las lides,
a los Troyanos la victoria daba;
y fuera del alcance de los tiros
se retiró: y entonces los Troyanos
fuego ardiente pusieron a la nave,
y en un momento abrasadora llama
corrió por todo el buque. Cuando Aquiles
vio arder el fuego en torno de la popa,
hirióse el muslo, y a Patroclo dijo:
"¡Sus, Patroclo valiente! marcha pronto:
el estrago ya veo que en las naves
haciendo está la llama abrasadora
que encendió el enemigo, y mucho temo
que si de los bajeles se apodera
no podremos volver a nuestra patria.
Así, vístete pronto la armadura,
y en tanto yo congregaré la hueste."
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