Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica

Fundación Séneca

Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XV

 

Luego que ya del foso y la estacada

los Troyanos pasaron fugitivos,

y a manos de los Griegos muchos héroes

muertos dejaran; de sus carros cerca,

suspendida la fuga, al enemigo

pálidos de temor y acobardados

hacer frente querían; y en la cumbre

del Ida Jove despertó. Y del lecho

alzándose, y del lado de su esposa,

tendió la vista y vio que los Troyanos

en derrota venían perseguidos

por los Aqueos, cuya hueste toda

el potente Neptuno acaudillaba.

Y vio también tendido en la llanura

a Héctor, de sus amigos rodeado,

exánime, sin fuerzas, sin sentido,

anheloso, y vertiendo por la boca

purpúrea sangre, porque no el más débil

de los Griegos le hiriera. Y a su vista,

el padre de los hombres y los Dioses

de él se compadeció; y a Juno vuelto,

con torva faz habiéndola mirado,

así la dijo en iracundas voces:

"¡Engañosa Deidad, pérfida Juno,

artífice de males! tus engaños

a Héctor cesar en la batalla hicieron,

y a la fuga entregaron sus escuadras:

y yo no sé si con el duro azote

castigada por mí, tú la primera

serás tal vez entre los Dioses todos

que coja el fruto del ardid funesto.

¿No te acuerdas acaso de aquel día

que pendiente estuviste del Olimpo

y de tus pies colgué pesados yunques,

y sujeté tus manos con esposas

de oro macizo que romper a fuerza

imposible te fuese? De las nubes

y los aires en medio tú colgada,

los otros Dioses en el vasto Olimpo

se consternaron todos, y soltarte

no podían, por más que rodeados

a ti lo procuraban. Y a uno solo

que logró asir desde el umbral celeste,

cogiéndole del pie, con furia grande

lancé a la tierra, y al caer de vida

apenas un instante le quedaba.

Y ni aun así la cólera terrible

pudo apagarse que en mi pecho ardía,

altamente afligido por el daño

que al valeroso Alcides tú causaras,

cuando unida con Bóreas sedujiste

a las borrascas, y a la mar undosa

las mandaste bajar para que el héroe

por las mares errando pereciera.

Tú de su derrotero le alejaste,

y a la opulenta Cos le condujiste;

pero yo le libré de los peligros

que allí corría, y a la fértil Argos

triunfante le volví después que muchos

afanes tolerara. Si aquel día

ya tú olvidaste, a la memoria ahora

yo te lo acordaré, para que ceses

en tus engaños; y verás el fruto

que sacas con venir desde el Olimpo,

la vista huyendo de los otros Dioses,

a engañarme con pérfidas caricias."

Así dijo; temió la augusta Juno,

y en voz humilde respondió al esposo:

"Testigo ahora la fecunda tierra,

y el anchuroso cielo, y de la Estigia

el agua que hasta el fondo del averno

desde la tierra cae, y el más firme

sagrado juramento las Deidades

hacen por ella: y séanme testigos

tu cabeza divina, y de nosotros

el tálamo nupcial, por cuyo nombre

nunca yo temeraria juraría,

de que no por mi ruego o mis instancias

Neptuno a los Troyanos en derrota

y a Héctor ha puesto, y poderoso ayuda

a las huestes aquivas. Le moviera

su propia voluntad; porque, vencidos

viendo al pie de sus naves a los Griegos,

hubo de ellos piedad. Mas yo a Neptuno,

y a cualquier otro Dios, aconsejara

el camino seguir que tú siguieres."

El padre de los Dioses y los hombres

se sonrió al oírla, y placentero

así la respondió: "Si en adelante,

conmigo acorde siempre, en el Olimpo                       [50]

estuvieras sentada entre los Dioses,

prontamente Neptuno, aunque él quisiera

seguir otro camino, mudaría

de parecer, tu corazón y el mío

unidos viendo. Y si verdad ahora

en todo hablaste, y lo que dijo el labio

piensa tu corazón, vuelve al Olimpo

en medio de los otros inmortales;

y a Iris y a Apolo di que diligentes

vengan aquí para que aquella vaya

al ejército aquivo, y a Neptuno

mande que de la guerra se retire

y a su morada vuelva. En tanto, Febo

a Héctor dentro del alma heroico brío

infunda y calme los dolores todos

que su aliento enflaquecen, y al combate

otra vez le conduzca; y los Aquivos

cobardes haga que en inerme fuga

la espalda vuelvan, y azorados lleguen

a las naves del hijo de Peleo.

Este a Patroclo, su valiente amigo,

enviará a la lid; y con su lanza

Héctor le matará cuando llegado

delante de Ilión aquel hubiere,

después de haber a muchos campeones

privado de la vida. Y uno de ellos

Sarpedón ha de ser, el valeroso

hijo mío. Y Aquiles, irritado

por su caro Patroclo, dará muerte

a Héctor; y desde entonces perseguidos

siempre serán desde las griegas naves

a su ciudad los Teucros, y los Dánaos

de Troya expugnarán los altos muros

con astucioso ardid que a sus caudillos

enseñará Minerva. Hasta que llegue

el día en que a las lides sanguinosas

Aquiles vuelva, mi terrible enojo

no cesará, ni de los otros Dioses

permitiré a ninguno que a los Griegos

baje a favorecer en las batallas.

Y así de Aquiles los ardientes votos

serán cumplidos. La inmortal cabeza

   

moviendo yo, con juramento firme

ya se lo prometí, cuando su madre

abrazó mis rodillas, y doliente

me suplicó que del gallardo joven

el agravio vengara." Así decía

Júpiter; y a su voz obedeciendo

la augusta Juno, desde la alta cumbre

subió del Ida al anchuroso Olimpo.

Como suele tal vez el caminante

que viajó por numerosas tierras

repasar las ciudades en su mente,

y dice: ‘yo aquel pueblo he visitado,

y aquel otro también,’y en un instante

los vuelve a recorrer en su memoria;

así la augusta Juno en raudo vuelo

y en un instante al elevado Olimpo

llegó, y a las Deidades congregadas

halló de Jove en la mansión. Al verla

todos se levantaron de las sillas,

y las copas de néctar la ofrecieron;

pero ella, de los otros rehusando

la oferta, solo de la Diosa Témis

aceptó el agasajo. A recibirla

esta salió de todos la primera,

y así dijo en palabras voladoras:

"¿Cómo tan pronto de la tierra al cielo

vuelves, hermosa Juno? En el semblante

asustada pareces. ¿Te ha inspirado

ese terror tu esposo?" En voz sumisa

Juno la respondió: "No me preguntes,

oh Témis, el motivo: ya tú sabes

cuán arrogante y despiadado sea

el animo de Jove. Tú preside

de las Deidades el banquete ahora

en el celeste alcázar; yo en presencia

de los eternos Dioses diré luego

la amenaza terrible que les hace

airado Jove. Y pienso que ninguno

ni de los Dioses mismos ni los hombres

se regocijará, por más que ahora

a espléndido festín alegre asista."

Así la dijo, y ocupó su trono                                   [100]

la augusta Juno. Y afligidas fueron

de Jove en el palacio las Deidades,

al observar que si la dulce risa

dejó ver en sus labios, no la frente

sobre las rubias cejas se mostraba

despejada y alegre. Al fin las dijo,

en dolorida voz, triste y llorosa:

"¡Oh! ¡cuán necios que somos e ignorantes,

si ofendidos de Jove deseamos

llegar a su presencia; y con razones,

o por fuerza, obligarle a que ya olvide

la cólera! De todos apartado,

ni de nuestras bravatas él se cura

ni de ellas tiene miedo, y se gloria

de que a todos los Dioses aventaja

en fuerzas y poder. Así, vosotros

en paciencia llevad los infortunios

que él os envíe. Y a Mavorte ahora

ya gran calamidad ha rodeado;

porque Ascálafo ha muerto en la pelea,

a quien él sobre todos los mortales

tierno amaba, y por hijo reconoce."

El furibundo Marte al escucharla

bajó la diestra y el fornido muslo

se hirió indignado, y en dolientes voces

dijo: "No os irritéis conmigo ahora,

Dioses que las moradas eternales

habitáis del Olimpo, si la muerte

para vengar de Ascálafo a las naos

ya de los griegos voy. Aunque estuviera

predicho por el Hado que de Jove

herido con el rayo allí debía

quedar entre los muertos y la sangre

derribado en el polvo; no dudara

a la tierra bajar." Así les dijo:

y al Miedo y al Terror que los caballos

uncieran ordenó y él diligente

tomó sus armas todas, que a lo lejos

en hórrido fulgor resplandecían.    

Y de Jove mayor hubiera sido

el enojo, y terrible la venganza

que entonces de los otros inmortales

él hubiera tomado, si Minerva,

por la suerte solicita de todos,

del aureo trono en que sentada estaba

alzado no se hubiese; y presurosa

al pórtico saliendo, no a Mavorte

quitara el morrión de la cabeza,

y el broquel de los hombros, y la pica

de la robusta mano; y arrancada,

no la hubiese apartado de sus ojos

clavándola en el suelo. Al iracundo

Marte después en poderoso acento

así la Diosa reprendió, y le dijo.

"¡Furioso, dementado! ¿No conoces

que a tu ruina imprudente caminabas?

¿Tienes tal vez en vano los oídos

para oír? ¿La razón y la vergüenza

perdiste acaso? ¿De escuchar no acabas

lo que Juno decía, cuando ahora

vino de hablar con el potente Jove?

¿O, después de sufrir pesares muchos,

quieres, mal de tu grado y afligido,

al Olimpo volver y daño grave

acarrear a todos? Sí: que Jove,

a los Teucros dejando y los Aqueos,

en busca nuestra volverá al Olimpo

alborotando el cielo, y al que coja,

inocente o culpado, de su enojo

hará sentir el peso. Por tu vida

te ruego que la cólera depongas

que la muerte del hijo te ha excitado.

Considera que alguno habrá ya muerto

que en fuerzas y valor le aventajaba,

o morirá; porque imposible fuera

de la muerte librar al que ha tenido

padre mortal, o de mujer naciere."

Dijo Minerva, y al furioso Marte

hizo sentar sobre el excelso trono:

y Juno fuera del celeste alcázar

a Iris, la mensajera de los Dioses,

llamó y a Febo. Y con los dos hablando,

así dijo en palabras voladoras:

"Júpiter quiere que bajéis al Ida;

y luego que llegado a su presencia

los dos hubiereis, lo que aquel os mande

obedientes haced." Estas razones

dichas, volvió al palacio y en su trono                             [150]

otra vez se asentó la augusta Juno.


 
Volver
Inicio | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter
Copyright © 2006 - 2012 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
Resolución óptima: 1024x768
 
 
Contenido
Libro XV

 vv. 1-150
 vv. 150-262
 vv. 263-404
 vv. 405-513
 vv. 514-652
 vv. 653-746