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Luego que ya del foso y la estacada
los Troyanos pasaron fugitivos,
y a manos de los Griegos muchos héroes
muertos dejaran; de sus carros cerca,
suspendida la fuga, al enemigo
pálidos de temor y acobardados
hacer frente querían; y en la cumbre
del Ida Jove despertó. Y del lecho
alzándose, y del lado de su esposa,
tendió la vista y vio que los Troyanos
en derrota venían perseguidos
por los Aqueos, cuya hueste toda
el potente Neptuno acaudillaba.
Y vio también tendido en la llanura
a Héctor, de sus amigos rodeado,
exánime, sin fuerzas, sin sentido,
anheloso, y vertiendo por la boca
purpúrea sangre, porque no el más débil
de los Griegos le hiriera. Y a su vista,
el padre de los hombres y los Dioses
de él se compadeció; y a Juno vuelto,
con torva faz habiéndola mirado,
así la dijo en iracundas voces:
"¡Engañosa Deidad, pérfida Juno,
artífice de males! tus engaños
a Héctor cesar en la batalla hicieron,
y a la fuga entregaron sus escuadras:
y yo no sé si con el duro azote
castigada por mí, tú la primera
serás tal vez entre los Dioses todos
que coja el fruto del ardid funesto.
¿No te acuerdas acaso de aquel día
que pendiente estuviste del Olimpo
y de tus pies colgué pesados yunques,
y sujeté tus manos con esposas
de oro macizo que romper a fuerza
imposible te fuese? De las nubes
y los aires en medio tú colgada,
los otros Dioses en el vasto Olimpo
se consternaron todos, y soltarte
no podían, por más que rodeados
a ti lo procuraban. Y a uno solo
que logró asir desde el umbral celeste,
cogiéndole del pie, con furia grande
lancé a la tierra, y al caer de vida
apenas un instante le quedaba.
Y ni aun así la cólera terrible
pudo apagarse que en mi pecho ardía,
altamente afligido por el daño
que al valeroso Alcides tú causaras,
cuando unida con Bóreas sedujiste
a las borrascas, y a la mar undosa
las mandaste bajar para que el héroe
por las mares errando pereciera.
Tú de su derrotero le alejaste,
y a la opulenta Cos le condujiste;
pero yo le libré de los peligros
que allí corría, y a la fértil Argos
triunfante le volví después que muchos
afanes tolerara. Si aquel día
ya tú olvidaste, a la memoria ahora
yo te lo acordaré, para que ceses
en tus engaños; y verás el fruto
que sacas con venir desde el Olimpo,
la vista huyendo de los otros Dioses,
a engañarme con pérfidas caricias."
Así dijo; temió la augusta Juno,
y en voz humilde respondió al esposo:
"Testigo ahora la fecunda tierra,
y el anchuroso cielo, y de la Estigia
el agua que hasta el fondo del averno
desde la tierra cae, y el más firme
sagrado juramento las Deidades
hacen por ella: y séanme testigos
tu cabeza divina, y de nosotros
el tálamo nupcial, por cuyo nombre
nunca yo temeraria juraría,
de que no por mi ruego o mis instancias
Neptuno a los Troyanos en derrota
y a Héctor ha puesto, y poderoso ayuda
a las huestes aquivas. Le moviera
su propia voluntad; porque, vencidos
viendo al pie de sus naves a los Griegos,
hubo de ellos piedad. Mas yo a Neptuno,
y a cualquier otro Dios, aconsejara
el camino seguir que tú siguieres."
El padre de los Dioses y los hombres
se sonrió al oírla, y placentero
así la respondió: "Si en adelante,
conmigo acorde siempre, en el Olimpo [50]
estuvieras sentada entre los Dioses,
prontamente Neptuno, aunque él quisiera
seguir otro camino, mudaría
de parecer, tu corazón y el mío
unidos viendo. Y si verdad ahora
en todo hablaste, y lo que dijo el labio
piensa tu corazón, vuelve al Olimpo
en medio de los otros inmortales;
y a Iris y a Apolo di que diligentes
vengan aquí para que aquella vaya
al ejército aquivo, y a Neptuno
mande que de la guerra se retire
y a su morada vuelva. En tanto, Febo
a Héctor dentro del alma heroico brío
infunda y calme los dolores todos
que su aliento enflaquecen, y al combate
otra vez le conduzca; y los Aquivos
cobardes haga que en inerme fuga
la espalda vuelvan, y azorados lleguen
a las naves del hijo de Peleo.
Este a Patroclo, su valiente amigo,
enviará a la lid; y con su lanza
Héctor le matará cuando llegado
delante de Ilión aquel hubiere,
después de haber a muchos campeones
privado de la vida. Y uno de ellos
Sarpedón ha de ser, el valeroso
hijo mío. Y Aquiles, irritado
por su caro Patroclo, dará muerte
a Héctor; y desde entonces perseguidos
siempre serán desde las griegas naves
a su ciudad los Teucros, y los Dánaos
de Troya expugnarán los altos muros
con astucioso ardid que a sus caudillos
enseñará Minerva. Hasta que llegue
el día en que a las lides sanguinosas
Aquiles vuelva, mi terrible enojo
no cesará, ni de los otros Dioses
permitiré a ninguno que a los Griegos
baje a favorecer en las batallas.
Y así de Aquiles los ardientes votos
serán cumplidos. La inmortal cabeza
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moviendo yo, con juramento firme
ya se lo prometí, cuando su madre
abrazó mis rodillas, y doliente
me suplicó que del gallardo joven
el agravio vengara." Así decía
Júpiter; y a su voz obedeciendo
la augusta Juno, desde la alta cumbre
subió del Ida al anchuroso Olimpo.
Como suele tal vez el caminante
que viajó por numerosas tierras
repasar las ciudades en su mente,
y dice: ‘yo aquel pueblo he visitado,
y aquel otro también,’y en un instante
los vuelve a recorrer en su memoria;
así la augusta Juno en raudo vuelo
y en un instante al elevado Olimpo
llegó, y a las Deidades congregadas
halló de Jove en la mansión. Al verla
todos se levantaron de las sillas,
y las copas de néctar la ofrecieron;
pero ella, de los otros rehusando
la oferta, solo de la Diosa Témis
aceptó el agasajo. A recibirla
esta salió de todos la primera,
y así dijo en palabras voladoras:
"¿Cómo tan pronto de la tierra al cielo
vuelves, hermosa Juno? En el semblante
asustada pareces. ¿Te ha inspirado
ese terror tu esposo?" En voz sumisa
Juno la respondió: "No me preguntes,
oh Témis, el motivo: ya tú sabes
cuán arrogante y despiadado sea
el animo de Jove. Tú preside
de las Deidades el banquete ahora
en el celeste alcázar; yo en presencia
de los eternos Dioses diré luego
la amenaza terrible que les hace
airado Jove. Y pienso que ninguno
ni de los Dioses mismos ni los hombres
se regocijará, por más que ahora
a espléndido festín alegre asista."
Así la dijo, y ocupó su trono [100]
la augusta Juno. Y afligidas fueron
de Jove en el palacio las Deidades,
al observar que si la dulce risa
dejó ver en sus labios, no la frente
sobre las rubias cejas se mostraba
despejada y alegre. Al fin las dijo,
en dolorida voz, triste y llorosa:
"¡Oh! ¡cuán necios que somos e ignorantes,
si ofendidos de Jove deseamos
llegar a su presencia; y con razones,
o por fuerza, obligarle a que ya olvide
la cólera! De todos apartado,
ni de nuestras bravatas él se cura
ni de ellas tiene miedo, y se gloria
de que a todos los Dioses aventaja
en fuerzas y poder. Así, vosotros
en paciencia llevad los infortunios
que él os envíe. Y a Mavorte ahora
ya gran calamidad ha rodeado;
porque Ascálafo ha muerto en la pelea,
a quien él sobre todos los mortales
tierno amaba, y por hijo reconoce."
El furibundo Marte al escucharla
bajó la diestra y el fornido muslo
se hirió indignado, y en dolientes voces
dijo: "No os irritéis conmigo ahora,
Dioses que las moradas eternales
habitáis del Olimpo, si la muerte
para vengar de Ascálafo a las naos
ya de los griegos voy. Aunque estuviera
predicho por el Hado que de Jove
herido con el rayo allí debía
quedar entre los muertos y la sangre
derribado en el polvo; no dudara
a la tierra bajar." Así les dijo:
y al Miedo y al Terror que los caballos
uncieran ordenó y él diligente
tomó sus armas todas, que a lo lejos
en hórrido fulgor resplandecían.
Y de Jove mayor hubiera sido
el enojo, y terrible la venganza
que entonces de los otros inmortales
él hubiera tomado, si Minerva,
por la suerte solicita de todos,
del aureo trono en que sentada estaba
alzado no se hubiese; y presurosa
al pórtico saliendo, no a Mavorte
quitara el morrión de la cabeza,
y el broquel de los hombros, y la pica
de la robusta mano; y arrancada,
no la hubiese apartado de sus ojos
clavándola en el suelo. Al iracundo
Marte después en poderoso acento
así la Diosa reprendió, y le dijo.
"¡Furioso, dementado! ¿No conoces
que a tu ruina imprudente caminabas?
¿Tienes tal vez en vano los oídos
para oír? ¿La razón y la vergüenza
perdiste acaso? ¿De escuchar no acabas
lo que Juno decía, cuando ahora
vino de hablar con el potente Jove?
¿O, después de sufrir pesares muchos,
quieres, mal de tu grado y afligido,
al Olimpo volver y daño grave
acarrear a todos? Sí: que Jove,
a los Teucros dejando y los Aqueos,
en busca nuestra volverá al Olimpo
alborotando el cielo, y al que coja,
inocente o culpado, de su enojo
hará sentir el peso. Por tu vida
te ruego que la cólera depongas
que la muerte del hijo te ha excitado.
Considera que alguno habrá ya muerto
que en fuerzas y valor le aventajaba,
o morirá; porque imposible fuera
de la muerte librar al que ha tenido
padre mortal, o de mujer naciere."
Dijo Minerva, y al furioso Marte
hizo sentar sobre el excelso trono:
y Juno fuera del celeste alcázar
a Iris, la mensajera de los Dioses,
llamó y a Febo. Y con los dos hablando,
así dijo en palabras voladoras:
"Júpiter quiere que bajéis al Ida;
y luego que llegado a su presencia
los dos hubiereis, lo que aquel os mande
obedientes haced." Estas razones
dichas, volvió al palacio y en su trono [150]
otra vez se asentó la augusta Juno.
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