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Con su manto de púrpura cubierta
ya la Aurora dejaba las corrientes
del Océano, a los eternos Dioses
para llevar la luz y a los mortales;
cuando Tetis, trayendo la armadura
que Vulcano la diera, a los bajeles
llegó de los Aqueos. Reclinado
sobre el yerto cadáver del amigo
y lágrimas vertiendo acompañadas
con gritos de dolor, al hijo suyo
halló; y en torno de él la numerosa
turba de los Mirmidones lloraba
al amable Patroclo. En medio de ellos
se presentó la Diosa; y por la diestra
asiendo al héroe, le llamó y le dijo:
“Por más que tristes y afligidos ambos
estemos, hijo mío, por la muerte
de tu escudero, ahora su cadáver
aquí yacer dejemos, pues vencido
fue el infeliz porque los altos Dioses
así lo decretaran. Tú recibe
esta rica armadura, por el mismo
Vulcano fabricada; y tan hermosa
no la llevó jamás sobre los hombros
héroe ninguno de la edad pasada.”
Así dijo la Diosa, y la armadura,
de Aquiles a los pies, soltó en la arena;
y en espantoso ruido resonaron
las armas al caer. A tal estruendo
los Mirmidones todos confundidos
y atónitos quedaron; y ninguno
a mirarlas de frente se atrevía,
y la espalda volvieron. Cuando el héroe
vio las armas, en cólera terrible
más se inflamó, y sus ojos como fuego
debajo de los párpados brillaban
en hórrido fulgor; pero en sus manos
al tomar la armadura, complacido
la contemplaba. Y cuando ya el deseo
hubo saciado de admirarla, triste
dijo a su madre en doloridas voces:
“¡Madre! las nuevas armas que me envía
el Dios son tan hermosas como deben
las obras ser que fabricó la mano
de los eternos Dioses, y ninguno
de los hombres mortales las hiciera.
Con ellas me armaré; pero en el alma
grande tengo temor de que este día,
mientras yo esté lidiando, en el cadáver
del hijo de Menetio las ligeras
moscas penetren por las anchas bocas
que en él abrieron enemigas lanzas,
y gusanos engendren, y su cuerpo
ya del alma privado desfiguren,
y que toda la carne se corrompa.”
Tetis le respondió: “¡No ese cuidado
te atormente, hijo mío! Del cadáver
yo misma alejaré los importunos
enjambres de las moscas, que obstinadas
en la carne se ceban de los hombres
que de heridas fallecen en las lides.
Y aunque un año cumplido aquí estuviese
insepulto, su carne la frescura
conservaría que viviendo tuvo,
y si cabe mayor. Así, a los Griegos
tú a la junta convoca; y renunciando
a la venganza ya que del Atrida
hasta ahora tomaste, sal armado
a campaña y el ánimo te viste
de intrepidez y fortaleza.” Tetis
así decía; e inspirando al hijo
ardimiento y valor, en el cadáver
de celeste ambrosía algunas gotas
por las narices infundió y de néctar,
para que la frescura conservase.
Por la orilla del mar después Aquiles
dando espantosas voces caminaba,
a los héroes aquivos a la junta
él mismo convocando. Y aun aquellos
que solían quedarse en los navíos,
y hasta los timoneros, que encargados
de dirigir las naves por las aguas
en la navegación también ahora
eran los despenseros y cuidaban
de repartir los víveres a todos,
entonces a la junta concurrieron;
porque de nuevo Aquiles se mostraba,
después de haber estado de las lides
mucho tiempo alejado. Los primeros
llegaron a la junta Diomedes
y Ulises en sus lanzas apoyados;
y los dos cojeaban porque mucho
sentían el dolor de las heridas
que en la lid recibieran, y delante [50]
de todos se asentaron. El potente
Agamenón, caudillo de las tropas,
el último llegó, también herido
por el herrado astil que le arrojara
el hijo de Antenor. Cuando estuvieron
ya reunidas las escuadras todas,
en medio de ellas el valiente Aquiles
alzóse, y dijo en sonorosas voces:
“¡Oh hijo de Atreo! ¡Cuánto hubiera sido
más útil a los dos que nuestras almas
así hubiesen estado tan unidas
cuando ciegos de cólera, y en duras
palabras contendiendo, rencorosos
enemistad por siempre nos juramos
sólo por una esclava! Más valiera
que Diana en la nave con sus tiros
la hubiese dado muerte, en aquel día
en que habiendo a Lirneso saqueado
la cautivé. No entonces moribundos
mordido hubieran la anchurosa tierra
tantos Aquivos como ya murieron
del enemigo a manos en los días
que duró mi rencor. A los de Troya,
y a Héctor, útil ha sido de nosotros
la contienda fatal; pero los Griegos
de ella se acordarán. Los dos ahora,
por más que doloroso el sacrificio
pueda ser, olvidemos lo pasado;
y a la necesidad cediendo triste,
dentro del alma el natural fogoso
reprimir procuremos. Desde ahora
yo depongo la cólera, ni es justo
que eternamente la pasada injuria
tenga en memoria. A pelear valientes
tú anima a los Aqueos; y veamos
si combatiendo yo, los enemigos
quieren pasar las noches a la vista
de nuestras naos. El que huir lograre
de mi lanza en la lid, ¡con cuánto gozo
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descansará después!” Así decía;
y todos los Aqueos se alegraban
al ver que del agravio recibido
ya se olvidara el valeroso Aquiles.
Y Agamenón desde su propia silla,
sin levantarse ni salir al medio,
dijo a la multitud de los Aquivos:
“¡Ministros de Mavorte, heroicos Dánaos,
dulces amigos! Pues arengo ahora
desde la silla, convendrá que atentos
mi discurso escuchéis. Ni decoroso
interrumpirme fuera; que difícil,
aun al varón más sabio y entendido,
sería perorar si a cada paso
otro le interrumpiese. ¿Y cómo nadie,
en medio del tumulto estrepitoso
de tanta gente, aun escuchar pudiera,
mucho menos hablar? Aun el que fuese
elocuente orador, se turbaría.
Yo hablaré con el hijo de Peleo;
pero vosotros, los demás Argivos,
atentos escuchad y lo que diga
grabad en la memoria. Muchas veces
me han dicho los Aqueos que la causa
era yo de sus males, y en las juntas
insultarme solían; y el culpado
no soy yo. Lo son Jove y el Destino,
y la Furia que vaga en las tinieblas;
los cuales en mi pecho introdujeron
la triste Diosa que al error preside,
y a quien Ate
llamar los hombres suelen
en el aciago día en que su esclava
a Aquiles yo quité. Mas ¿qué podía
yo, mísero mortal, hacer entonces?
Dios es quien todo lo dispone y hace.
Ate es hija de Jove poderosa,
y a los mortales todos inclemente
persigue y hace males. Delicados
son sus pies, y en el suelo no los pone;
que siempre por encima las cabezas
anda de los mortales, y a los pueblos
inexorable daña. Y cuando riñen
dos personas, con grillos poderosos
de gran calamidad las manos ata
a la una de las dos si acaso deja
a la otra libre. Y aun al mismo Jove,
a quien la voz del universo aclama
por el más poderoso de los Dioses
y los humanos, dolorosa cuita
Ate causó otro tiempo, cuando Juno,
hembra siendo y menor su poderío,
logró engañarle artificiosa el día
en que debía Alcmena al valeroso
Hércules dar a luz dentro los muros [100]
de Tebas, y orgulloso el padre Jove
así dijo a los otros inmortales:
‘¡Dioses y Diosas! escuchadme todos,
y un secreto sabréis que el alma ahora
dentro del pecho revelar me manda.
Ilitía, que del parto los dolores
aumenta o disminuye, en este día
sacará a luz un niño que de todas
las naciones cercanas poderoso
Rey ha de ser, y de mi sangre misma
engendrado.’ Respondióle Juno
con dolosa intención: ‘¿Y será falso
lo que tu labio ha dicho, o la palabra
que has dado cumplirás? Si es como dices,
júrame ahora tú, que omnipotente
en el Olimpo reinas, con sagrado
y firme juramento, que de todas
las naciones cercanas poderoso
Rey ha de ser aquél que en este día
de una mujer entre los pies cayere,
y de los hombres sea que engendrados
son de tu sangre.’
Juno así decía:
y Jove, que no el dolo sospechaba,
hizo el solemne y firme juramento
que a su amor paternal tantos pesares
ocasionar debía. Porque Juno
desde las altas cumbres del Olimpo
presurosa bajó, y en un instante
a Argos llegó de Acaya y al palacio
en que habitaba la gentil esposa
de Esténelo, nacido de Perseo.
Y como estaba encinta, y aun entrada
en el octavo mes, a luz un hijo
hizo que diese, y por algunas horas
de Alcmena el parto retardó teniendo
sujetas entretanto a las Ilitías:
y al Olimpo volvió, y al padre Jove
dió la noticia y dijo: ‘¡Oh tú, que el rayo
envías a la tierra! Sabe ahora
que un mortal ha nacido valeroso
que en Argos reinará, y es Euristeo,
de Esténelo nacido. Y pues el padre
de Esténelo es Perseo, y engendrado
este fue de tu sangre, no es injusto
que aquél en Argos reine.’
Así decía
Juno, y el alma de Saturnio Jove
dolor agudo hirió. Y de la cabeza
de nítidos cabellos coronada
a Ate cogiendo, y en su mente airado,
pronunció el juramento irrevocable
de que jamás al estrellado cielo
ni al Olimpo la Diosa volvería
que a todos hace tan terribles daños.
Y hecho ya el juramento, y con la diestra
agitándola en torno, para siempre
del cielo la arrojó; y en un instante
cayó en la dura tierra que la mano
fertiliza del hombre, y por su causa
mucho Jove gemía cuando al hijo
en trabajos penosos fatigarse
veía por mandato de Euristeo.
Así yo, cuando al pie de los bajeles
Héctor a los Aquivos destruía,
nunca pude olvidarme de la Diosa
que a cometer tal hierro me obligara.
Mas, pues le cometí, y airado Jove
la razón me quitó, la ofensa quiero
ahora reparar, y dones muchos
a Aquiles ofrecer en desagravio.—
Marcha, pues, al combate, y a los otros
anima con tu voz; que yo a la vuelta
los dones te daré que te ofrecía
ayer Ulises, cuando fue enviado
a tu tienda. O si quieres recibirlos
breve espera un momento, aunque impaciente
por batallar estés; y los heraldos
aquí los traerán, para que veas
si de aplacar la cólera en tu pecho
capaces son los que te ofrezco ahora.”
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