|
Cuando Jove a las naves de los griegos
a Héctor y sus legiones acercado
hubo ya, allí dejó que toleraran
las bélicas fatigas y el contino
estrago de la guerra. Y a otra parte
sus ojos apartando refulgentes,
a la tierra miraba de los Tracios,
diestros cabalgadores; y los Misios,
en batalla campal fuertes guerreros;
y los tan afamados Hipomolgos,
que con leche de yegua solo viven;
y los Abios, en rústica pobreza
los más justos de todos los mortales.
Y allí fijos los ojos sus miradas
a Troya no volvía, confiado
en que deidad ninguna del Olimpo
al campo de batalla bajaría
a socorrer a Griegos ni a Troyanos.
Pero Neptuno de la mar undosa
no en vano ya saliera y en los bosques
de Samotracia umbríos, asentado
sobre altísima cumbre, en atalaya
se había puesto. Desde aquella altura
el Ida todo, la ciudad de Troya,
y las naves de Grecia se veían;
y admirado Neptuno la terrible
pelea y los combates contemplaba:
y al ver que de los Teucros a las manos
los guerreros de Acaya perecían,
hubo de ellos piedad. Y contra Jove,
altamente indignado, en presurosos
pasos bajó del escarpado monte;
y al caminar el Dios, bajo las plantas
inmortales los cerros y las selvas
en derredor temblaban. Dio tres pasos;
y al término final, al puerto de Egas,
con el cuarto llegó donde tenía,
del vasto mar en el profundo seno,
sus eternos alcázares labrados
del oro más brillante. En su morada
entró; y habiendo uncido a la carroza
los hermosos caballos, cuyas crines
oro resplandeciente parecían
y duro bronce el casco sonoroso,
con la túnica en oro recamada
cubrió su cuerpo. Con la mano izquierda
tomó el látigo de oro entretejido
en vistosa labor, subió en el carro,
aguijó los bridones y ligeros
por las ondas corrían. Las ballenas
del ponto abandonaron los abismos
y en derredor saltaban de su carro,
ni a la excelsa deidad desconocieron;
y alegre el mar sus aguas dividía.
Y con tal rapidez sobre las ondas
volaban los bridones, que ni el eje
de bronce se mojaba por debajo;
y al Dios en breve tiempo a la ribera
extendida llevaron donde estaban
de los Griegos las tiendas y las naves.
Del hondo mar en los oscuros senos,
en el canal que la escarpada costa
de Imbros y la de Ténedos divide,
espaciosa caverna se dilata,
y allí paró Neptuno los bridones.
Y de la alta carroza desatados,
el alimento divinal que eternos
hace a los moradores del Olimpo
les presentó abundante, y con las trabas
de oro macizo que romper a fuerza,
o
desatar, posible no les fuese
sus pies aseguró, para que inmobles
allí permaneciesen esperando
de su señor la vuelta; y a las naves
luego se encaminó de los Aquivos.
Semejantes los Teucros a la llama,
o a la ráfaga rápida del viento,
y en bélico furor ardiendo todos,
a
Héctor seguían, con horribles voces
gritando y algazara estrepitosa,
en escuadrón cerrado, y esperaban
los bajeles tomar de los Aqueos
y a todos allí mismo degollarlos.
Mas el Dios que la tierra con sus aguas
ciñe y conmueve, en vagaroso vuelo
salido habiendo de la mar oscura,
infundía valor a los Aquivos,
al adivino Calcas en el rostro
y en la sonora voz asemejado.
Y con los dos Ayaces, que valientes
se mostraban, habló, y así les dijo:
"¡Ayaces! hoy vosotros de los Griegos
la hueste salvaréis, si del antiguo
valor os acordáis, ni ya acogida
al helado temor dentro del alma
diereis cobardes. Porque yo no temo
de los demás Troyanos la pujanza [50]
que escalaron el muro: las falanges
aquivas que con ellos peleando
están allí rechazarán a todos;
mas en terrible agitación recelo
que mucho daño nuestra gente sufra
por esta parte en que su escuadra guía,
como rabioso can, o ardiente llama,
Héctor, que jactancioso vocifera
haber nacido del potente Jove.
Así, yo deseara que a
vosotros
algún Dios el consejo os inspirase
de resistir ahora a los Troyanos
y animar a los Griegos. Si lo hiciereis,
a Héctor, por más furioso que acometa,
lejos apartaréis de nuestras naves,
aun cuando Jove, del Olimpo dueño,
ardimiento le infunda y osadía."
Dijo Neptuno: y con el cetro de oro
tocó a los dos y de pujanza y brío
llenó sus almas, y a sus pies y manos
ágiles hizo y a su cuerpo todo.
Y con la rapidez con que se arroja
del peñascal fragoso y eminente
para volar el gavilán ligero,
y perseguir al tierno pajarillo
que huyendo va de su terrible garra,
súbito se alejó de los Ayaces.
Mas el hijo de Oileo, antes que el otro,
conoció a la Deidad; y prontamente
vuelto al de Telamón, así le dijo:
"¡Ayax! pues a nosotros alto numen
de los que habitan el excelso Olimpo
nos mandó, al adivino asemejado,
combatir en defensa de las naves:
porque no ha sido el agorero Calcas
quien nos habló; que bien le he conocido
al retirarse yo viendo la huella
de sus pies y su andar, ni muy difícil
es conocer a los eternos Dioses:
mi corazón también dentro del pecho
más animoso está ni ya respira
sino guerra y combates, y me bullen
|
|
|
las manos y los pies." Respondió el hijo
de Telamón: "A mí también ahora
en torno de la pica se enardece
la poderosa diestra y en el pecho
crece el valor, y saltan de alegría
las plantas de los pies. Y aunque estuviera
yo solo, con el Teucro peleara;
ya que furioso e impaciente ahora
está por batallar." Así decían,
en el bélico ardor regocijados
que Neptuno en sus almas infundiera.
Entre tanto a los últimos Aqueos,
que cerca de las naves fatigados
de pelear las fuerzas reparaban,
el Dios del mar a combatir valientes
con su voz animaba. Cuando vieron
ellos que en numerosos escuadrones
al muro ya subían los Troyanos,
en lágrimas bañaban sus mejillas
de mucha pena el corazón opreso,
ni ya creían que la negra muerte
ninguno de ellos evitar pudiera;
pero pronto Neptuno a las falanges
fuerza inspiró y valor. Habló primero
a Teucro, a Leito, al héroe Penelao,
a Toante, a Deipiro, a Meriones,
y a Antíloco, la flor de las escuadras.
"¡Argivos! ¡qué vergüenza! (les decía)
¡Jóvenes esforzados! Yo confío
en que valientes salvaréis vosotros
nuestros bajeles hoy; mas si cobardes
los riesgos evitáis de la batalla,
amaneció ya el día en que seremos
todos por los Troyanos destruidos.
Mis ojos ¡oh dolor! están ya viendo
este prodigio grande, vergonzoso;
y jamás yo creí que llegaría. [100]
¡Venir a nuestras naves los Troyanos,
que hasta ahora a los ciervos semejaban;
a los tímidos ciervos que en el bosque,
en vano errantes sin vigor ni fuerza,
pasto son de los linces y los lobos,
y los leopardos! Nunca de los Griegos
a pie
firme esperar la acometida
ni resistir al poderoso brazo
osaron hasta aquí; y envanecidos,
lejos de su ciudad junto a las naves
a combatir ya vienen, animados
por el error que cometió el Atrida,
y por la flojedad de los Aqueos;
que con el Rey airados, ya no quieren
las naves defender, y en ellas mismas
se dejan degollar. Es ciertamente
culpable Agamenón, porque orgulloso
con ásperas razones ha insultado
al hijo valeroso de Peleo;
mas no por eso es licito a nosotros
suspender el combate. La pasada
falta ya reparemos; que difícil
no es a los buenos olvidar agravios.
Ni a vosotros, que sois los campeones
primeros del ejército, sería
renunciar a la guerra decoroso.
Yo no me ofenderé de que rehúse
combatir el varón que no ha nacido
con fuerzas ni valor, pero a vosotros
de corazón os culparé. ¡Cobardes!
pronto vuestra desidia mayor daño
causará. Vamos, pues; y en vuestras almas
renazca ya el pudor, y de los hombres
el desprecio temed y la censura;
que el fuego de la guerra se ha encendido
y cerca ya de los bajeles Héctor
animoso combate, y la alta puerta
el enorme cerrojo ha quebrantado."
Con estas voces aguijó Neptuno
a los primeros cabos de la hueste:
y en torno a los Ayaces reunidas
a pie firme esperaron a los Teucros
las mejores falanges, que ni Palas,
ni de la guerra el Numen, si venido
a la batalla hubiesen, de cobardes
motejarían. Y formadas todas
de jóvenes briosos, la venida
de Héctor y sus Troyanos atendieron
en apiñadas filas; apoyando
pica con pica, adarga con adarga.
Y así unidos escudo con escudo,
un morrión con otro, hombre con hombre;
las crines de caballo se mezclaban
en los altos airones, que del viento
blandamente movidos por el soplo
en la cimera del brillante casco
trémulos ondeaban: tan espesas
eran las filas. Y al blandir sus lanzas
con las manos robustas, en el aire
se cruzaban los hierros. Ya formados,
marcharon a encontrar al enemigo
de pelear ganosos; y venidas
a tiro de ballesta las escuadras,
antes acometieron los Troyanos
estrechamente unidos, y a su frente
Héctor venía respirando fuego.
Como la piedra que en las altas cumbres
un torrente arrancó de la montaña,
con su raudal copioso derribando
del desigual peñasco los apoyos,
en alto salta y por los aires vuela,
y el bosque se estremece en su caída,
y en repetidos vuelcos presurosa
corriendo nada detenerla puede;
pero llegada a la llanura, en vano
más intenta correr y allí se para:
así Héctor a los suyos prometía
que hasta la mar llegando y los bajeles
y tiendas de los Griegos, la llanura
de muertos sembraría sin que nadie
resistirle pudiese: mas ahora,
cuando llegó a encontrar de los Aquivos
el escuadrón cerrado, se detuvo.
Y por más que a romperlo se esforzaba
animosos los hijos de la Grecia,
con espadas y picas de dos filos
hiriendo su rodela, le alejaron
mucho del escuadrón y a pesar suyo
él hubo de ceder. Y a sus guerreros,
esforzando la voz así gritaba:
"¡Teucros, Licios, Dardanios valerosos! [150]
firmes permaneced; que largo tiempo
no podrán resistir a mi pujanza
los Aqueos, por más que reunidos
en columna cerrada su falange
hayan formado ahora. Con la pica
en fuga los pondré si ciertamente
aquel gran Dios que en las alturas truena,
el esposo de Juno, me ha enviado
a pelear; que de los Dioses todos
es el dominador." Así decía,
y el valor aumentó de sus legiones.
|