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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro XII

 

En tanto que de Eurípilo la herida,

dentro la tienda, el hijo de Menetio

así curaba, Griegos y Troyanos,

confundidas las haces, la pelea

seguían, y ni el foso y ancho muro

con que su campamento los Aquivos

rodearan, el ímpetu debía

ya contener de la troyana hueste.

Hiciéranle los Griegos, a los Dioses

sin ofrecer solemne sacrificio,

para que los navíos defendiera

y los muchos despojos que encerraban;

y hecho así de los Dioses inmortales

contra la voluntad, de largo tiempo

no fue su duración. Mientras vivía

Héctor y del agravio recibido

Aquiles se vengaba, y por el fuego

la ciudad del Rey Príamo no fuera

a polvo reducida, la muralla

de los Griegos duró. Cuando murieron

los más valientes ya de los Troyanos,

y de los mismos griegos muchos héroes

perecieron, salvándose otros muchos,

y a los diez años de obstinado sitio,

fue la ciudad de Príamo asolada

y los Griegos volvieron en las naves

a su tierra natal; Neptuno entonces

y Apolo la manera concertaron

de arruinar la muralla, conduciendo

contra ella, reunidas en torrente,

las aguas de los ríos caudalosos

que corren a la mar desde las sierras

de los montes Ideos: el Gránico,

y el Reso, y el Heptáporo y el Rodio,

y el cenagoso Esepo, y el Careso,

y el plácido Escamandro y el profundo

Simois, que entre sus aguas cristalinas

arrastró con la arena las adargas,

y yelmos, y cadáveres de muchos

Semidioses. De todas las corrientes

apartó del camino acostumbrado

Apolo, y nueve días contra el muro

en hinchado torrente las llevaba,

y en tanto Jove sin cesar llovía,

porque más pronto el muro se arruinase.

Y empuñando Neptuno su tridente,

caminaba delante de los ríos,

y con las muchas aguas los cimientos

de troncos y de piedras, que los Dánaos

con gran trabajo echaron, arrancaba,

y el terreno allanó que se extendía

a la margen del rápido Helesponto.

Y de nuevo la playa espaciosa,

el muro destruido, con arena

mucha cubriendo, encaminó los ríos

al conocido cauce en que solían

antes correr sus trasparentes aguas,

Esto Apolo y Neptuno en la futura

edad hacer debían; pero entonces

se encendió la pelea y resonaba

el bélico clamor en torno al muro,

y los fuertes maderos de las torres

al golpe de los dardos recrujían.

Y los Griegos, por Jove castigados

con duro azote, al cerco de las naves

tímidos se acogieron, y no osaban

fuera salir ni pelear ardidos

con Héctor, que animoso acometía,

a negro torbellino semejante.

Cual jabalí o león que de sabuesos

rodeado y robustos cazadores

a todas partes los terribles ojos

vuelve, y ellos unidos y formados

en espeso escuadrón firmes le esperan,

y densa nube de aceradas picas

siempre sobre él derraman, y el valiente

corazón de la fiera no se turba

ni acobarda, y su propia valentía

es causa de su muerte,y de contino

en torno revolviéndose, a la espesa

fila de cazadores acomete,

y por aquella parte precavidos

ellos cediendo, su fiereza burlan;

así Héctor impaciente a todos lados

se revolvía, y a pasar el foso                           [50]

animaba a su gente. Los bridones

por encima a saltar no se atrevían;

y a la margen del hoyo detenidos

ufanos relinchaban, mas la anchura

los aterraba del profundo foso;

que no de un salto atravesarle fácil

era, y menos pasarle descendiendo

a la profundidad. Por ambos lados

   

escarpados había precipicios,

y de agudas estacas defendidas

las márgenes estaban que los Griegos

clavado habían, apiñadas, grandes,

porque del enemigo defendiesen

el campamento, e imposible fuera

que bajasen bridones conduciendo

al mismo tiempo los volubles carros.

Y mientras por pasar el ancho foso

impacientes estaban los peones,

a Héctor Polidamante así decía:

"¡Héctor, y los demás esclarecidos

jefes de los Troyanos y auxiliares!

Neciamente queremos con los carros

por el foso pasar, que coronadas

con agudas estacas sus orillas

están, y atravesarle es muy difícil.

Y más allá de la estacada el muro

está de los Aquivos. Y en los carros

ni podemos bajar al ancho foso,

ni luego pelear. Angosta senda

hay después entre el foso y la muralla,

y todos allí muertos quedarían.

Si en su cólera Júpiter tonante

ha resuelto acabar con los Aquivos

y ser el auxiliar de los Troyanos,

yo el primero quisiera que cumpliese

pronto su voluntad, y que los Griegos

aquí, sin gloria, ausentes de su patria,

murieran. Mas si vuelven al combate

y lejos nos rechazan de sus tiendas,

y revueltos los carros y peones,

en el profundo foso atropellados

todos caemos, desde allí ninguno

de nosotros a Troya volvería,

ni aun a llevar la nueva, porque a manos

de los Aquivos, que a la lid entonces

tornarían valientes, en el foso

pereciéramos todos. Mi dictamen

seguid, pues, si os agrada. Con los carros

permanezcan aquí los escuderos,

del foso no distantes, y con armas

en buena formación sigamos todos

a Héctor, a pie y en escuadrón cerrado,

y resistir los Griegos al embate

no podrán, si es verdad que de la muerte

el momento fatal les amenaza."

Dijo Polidamante, y su consejo

a Héctor de todos pareció el más útil,

y sin quitarse la armadura, en tierra

desde el carro saltó. Cuando le vieron

los Troyanos a pie, sobre los suyos

no ya permanecieron, y en la arena

saltado habiendo con ligera planta,

a sus fieles aurigas encargaron

que a la margen del foso los bridones

en línea colocaran. Dividida

luego la hueste por hileras toda

en cinco batallones, al combate

marcharon a la voz de sus caudillos.

El primer escuadrón más numeroso

era que los demás, y le formaban

los más ardidos, que romper el muro

fogosos deseaban y en las naves

combatir de los Griegos. Héctor era

su primer adalid, segundo el fuerte

Polidamante, y Cebrión tercero;

porque Héctor a cuidar de sus bridones

otro auriga dejó menos valiente

que Cebrión. Mandaban el segundo

Paris, Alcátoo y el animoso

Agenor. El tercero era regido,

por Héleno, Deífobo, que a los Dioses

en belleza igualaba, y el heroico

Asio de Hirtacio. El cuarto obedecía

a Eneas, hijo del anciano Anquises;

pero junto con él le acaudillaban

de Antenor los dos hijos, Acamante                     [100]

y Arquíloco, aguerridos campeones

en toda suerte de armas y peleas.

La última escuadra Sarpedón regía,

compuesta de escogidos auxiliares;

mas él tomó por compañero a Glauco

y al fuerte campeón Asteropeo,

porque después de sí los más valientes

le parecieron de la escuadra suya;

que él en valor a todos excedía.

Formada ya la hueste, caminaron

animosos los Teucros defendidos

de sus fuertes escudos, y esperaban

que a sostener el choque los Aqueos

no serían osados, y en las naves

a guarecerse todos correrían.


 
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Contenido
Libro XII

 vv. 1-107
 vv. 108-250
 vv. 251-363
 vv. 364-471