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En tanto que de Eurípilo la herida,
dentro la tienda, el hijo de Menetio
así curaba, Griegos y Troyanos,
confundidas las haces, la pelea
seguían, y ni el foso y ancho muro
con que su campamento los Aquivos
rodearan, el ímpetu debía
ya contener de la troyana hueste.
Hiciéranle los Griegos, a los Dioses
sin ofrecer solemne sacrificio,
para que los navíos defendiera
y los muchos despojos que encerraban;
y hecho así de los Dioses inmortales
contra la voluntad, de largo tiempo
no
fue su duración. Mientras vivía
Héctor y del agravio recibido
Aquiles se vengaba, y por el fuego
la ciudad del Rey Príamo no fuera
a polvo reducida, la muralla
de los Griegos duró. Cuando murieron
los más valientes ya de los Troyanos,
y de los mismos griegos muchos héroes
perecieron, salvándose otros muchos,
y a los diez años de obstinado sitio,
fue la ciudad de Príamo asolada
y los Griegos volvieron en las naves
a su tierra natal; Neptuno entonces
y Apolo la manera concertaron
de arruinar la muralla, conduciendo
contra ella, reunidas en torrente,
las aguas de los ríos caudalosos
que corren a la mar desde las sierras
de los montes Ideos: el Gránico,
y el Reso, y el Heptáporo y el Rodio,
y el cenagoso Esepo, y el Careso,
y el plácido Escamandro y el profundo
Simois, que entre sus aguas cristalinas
arrastró con la arena las adargas,
y yelmos, y cadáveres de muchos
Semidioses. De todas las corrientes
apartó del camino acostumbrado
Apolo, y nueve días contra el muro
en hinchado torrente las llevaba,
y en tanto Jove sin cesar llovía,
porque más pronto el muro se arruinase.
Y empuñando Neptuno su tridente,
caminaba delante de los ríos,
y con las muchas aguas los cimientos
de troncos y de piedras, que los Dánaos
con gran trabajo echaron, arrancaba,
y el terreno allanó que se extendía
a la margen del rápido Helesponto.
Y de nuevo la playa espaciosa,
el muro destruido, con arena
mucha cubriendo, encaminó los ríos
al conocido cauce en que solían
antes correr sus trasparentes aguas,
Esto Apolo y Neptuno en la futura
edad hacer debían; pero entonces
se encendió la pelea y resonaba
el bélico clamor en torno al muro,
y los fuertes maderos de las torres
al golpe de los dardos recrujían.
Y los Griegos, por Jove castigados
con duro azote, al cerco de las naves
tímidos se acogieron, y no osaban
fuera salir ni pelear ardidos
con Héctor, que animoso acometía,
a negro torbellino semejante.
Cual jabalí o león que de sabuesos
rodeado y robustos cazadores
a todas partes los terribles ojos
vuelve, y ellos unidos y formados
en espeso escuadrón firmes le esperan,
y densa nube de aceradas picas
siempre sobre él derraman, y el valiente
corazón de la fiera no se turba
ni acobarda, y su propia valentía
es causa de su muerte,y de contino
en torno revolviéndose, a la espesa
fila de cazadores acomete,
y por aquella parte precavidos
ellos cediendo, su fiereza burlan;
así Héctor impaciente a todos lados
se revolvía, y a pasar el foso [50]
animaba a su gente. Los bridones
por encima a saltar no se atrevían;
y a la margen del hoyo detenidos
ufanos relinchaban, mas la anchura
los aterraba del profundo foso;
que no de un salto atravesarle fácil
era, y menos pasarle descendiendo
a
la profundidad. Por ambos lados
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escarpados había precipicios,
y de agudas estacas defendidas
las márgenes estaban que los Griegos
clavado habían, apiñadas, grandes,
porque del enemigo defendiesen
el campamento, e imposible fuera
que bajasen bridones conduciendo
al mismo tiempo los volubles carros.
Y mientras por pasar el ancho foso
impacientes estaban los peones,
a Héctor Polidamante así decía:
"¡Héctor, y los demás esclarecidos
jefes de los Troyanos y auxiliares!
Neciamente queremos con los carros
por el foso pasar, que coronadas
con agudas estacas sus orillas
están, y atravesarle es muy difícil.
Y más allá de la estacada el muro
está de los Aquivos. Y en los carros
ni podemos bajar al ancho foso,
ni luego pelear. Angosta senda
hay después entre el foso y la muralla,
y todos allí muertos quedarían.
Si en su cólera Júpiter tonante
ha resuelto acabar con los Aquivos
y ser el auxiliar de los Troyanos,
yo el primero quisiera que cumpliese
pronto su voluntad, y que los Griegos
aquí, sin gloria, ausentes de su patria,
murieran. Mas si vuelven al combate
y lejos nos rechazan de sus tiendas,
y revueltos los carros y peones,
en el profundo foso atropellados
todos caemos, desde allí ninguno
de nosotros a Troya volvería,
ni aun a llevar la nueva, porque a manos
de los Aquivos, que a la lid entonces
tornarían valientes, en el foso
pereciéramos todos. Mi dictamen
seguid, pues, si os agrada. Con los carros
permanezcan aquí los escuderos,
del foso no distantes, y con armas
en buena formación sigamos todos
a Héctor, a pie y en escuadrón cerrado,
y resistir los Griegos al embate
no podrán, si es verdad que de la muerte
el momento fatal les amenaza."
Dijo Polidamante, y
su consejo
a Héctor de todos pareció el más útil,
y sin quitarse la armadura, en tierra
desde el carro saltó. Cuando le vieron
los Troyanos a pie, sobre los suyos
no ya permanecieron, y en la arena
saltado habiendo con ligera planta,
a sus fieles aurigas encargaron
que a la margen del foso los bridones
en línea colocaran. Dividida
luego la hueste por hileras toda
en cinco batallones, al combate
marcharon a la voz de sus caudillos.
El primer escuadrón más numeroso
era que los demás, y le formaban
los más ardidos, que romper el muro
fogosos deseaban y en las naves
combatir de los Griegos. Héctor era
su primer adalid, segundo el fuerte
Polidamante, y Cebrión tercero;
porque Héctor a cuidar de sus bridones
otro auriga dejó menos valiente
que Cebrión. Mandaban el segundo
Paris, Alcátoo y el animoso
Agenor. El tercero era regido,
por Héleno, Deífobo, que a los Dioses
en belleza igualaba, y el heroico
Asio de Hirtacio. El cuarto obedecía
a
Eneas, hijo del anciano Anquises;
pero junto con él le acaudillaban
de Antenor los dos hijos, Acamante [100]
y Arquíloco, aguerridos campeones
en toda suerte de armas y peleas.
La última escuadra Sarpedón regía,
compuesta de escogidos auxiliares;
mas él tomó por compañero a Glauco
y al fuerte campeón Asteropeo,
porque después de sí los más valientes
le parecieron de la escuadra suya;
que él en valor a todos excedía.
Formada ya la hueste, caminaron
animosos los Teucros defendidos
de sus fuertes escudos, y esperaban
que a sostener el choque los Aqueos
no serían osados, y en las naves
a guarecerse todos correrían.
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