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Ya la aurora saltaba de su lecho
al hermoso Titón abandonando,
para llevar la luz a los mortales
y a los Dioses eternos, cuando Jove
en medio de las naves de la Grecia
arrojó la Discordia, que en la mano
llevaba la señal de los combates.
Subióse la Deidad en la alta popa
de la nave de Ulises; porque estando
en medio de las otras colocada,
llegar su voz podía hasta la tienda
de Ayax de Telamón y la de Aquiles;
pues estos dos, en su valor fiados
y en la pujanza de su brazo fuerte
las últimas sus naves colocaran.
Y allí subida, en ecos espantosos
y
penetrante voz a los Aquivos
a
la guerra animaba y en el pecho
grande valor a todos infundía
para que a los combates y peleas
sin cesar asistiesen animosos;
y a todos ya más dulce la batalla
les parecía, que en las hondas naos
embarcados volver a sus hogares.
El Atrida también alto gritaba
mandando que a la lid se apercibiesen
los escuadrones todos, y entretanto
él se vestía sus brillantes armas.
Puso primero las bruñidas grebas
de las piernas en torno y al tobillo
las ajustó con argentados broches,
y el pecho se ciñó con la coraza
que Cíniras le diera de hospedaje
en perpetua señal. Porque hasta Chipre
la fama penetró de que los Dánaos
contra Ilión marchaban en sus naves,
y hacerse grato Cíniras queriendo
al Rey Agamenón, esta coraza
le ofreció generoso. La cubrían
diez listones de acero pavonado,
doce de oro macizo y otros veinte
de estaño, y de la gola tres dragones
se levantaban, la cabeza erguida;
y en los cambiantes de la luz al iris
semejaban que el hijo de Saturno
en las nubes fijó para que fuese
fausto signo de paz a los mortales.
La espada, en cuyo pomo relucían
clavos de oro finísimo (la vaina
de plata era maciza y los tirantes
de oro también), de los fornidos hombros
colgó después, y el anchuroso escudo
de variada labor, resplandeciente
y sólido, que todo lo cubría,
del cuello suspendió. Con arte mucho
en él puso el artífice enlazados
diez círculos de bronce, y en su centro
veinte bollos de estaño resaltaban,
y de todos en medio de bruñido
acero otro mayor sobresalía.
Allí fuera entallada la Gorgona
con torva faz, y en derredor la Fuga
y el Terror la cercaban; y en la parte
más alta el ancho correón tenía
de plata entretejido, que cerraba
una sierpe de acero, y tres cabezas
de su cuello salían escamoso.
Púsose luego en la cabeza el casco
de altísima cimera, en cuyo centro
el hórrido penacho se afirmaba
de crines de caballo, que esparcidas
al aire, y de los céfiros al soplo
trémulas ondeando, al enemigo
inspiraban terror en la pelea.
Tomó dos gruesas lanzas guarnecidas
de agudo bronce, y a lo lejos mucho
y hasta la alta región del ancho cielo
llegaba el resplandor que despedían.
Y para más honrar al poderoso
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Monarca de Micenas, Juno y Palas
estremecieron la región del éter.
Después a sus aurigas los caudillos
encargaron que en orden de batalla
los bridones y carros a
la orilla
del foso colocasen, y cubiertos
con sus armas a pie salieron todos
en presurosos pasos al combate.
Y antes del alba inmensa gritería [50]
en el campo se alzó de los peones
y acudieron primero y ordenados
la llegada atendían de sus jefes,
que de cerca siguieron. El Saturnio
Jove excitaba funeral ruido,
y con gotas de sangre rociaba
el campo desde el éter, en presagio
de que muchos valientes campeones
arrojaría a la región del Orco.
Al pie de la colina los Troyanos,
en seis grandes escuadras divididos,
se formaron también. Eran sus jefes
Héctor, Polidamente, el bravo Eneas,
y los tres hijos de Antenor, Polibo,
Agenor y Acamante; y con su escudo
Héctor cubierto, por la hueste toda
veloz corría. Cual luciente sale
de las nubes el astro del otoño,
que anuncia males, y tan pronto brilla,
tan pronto entre la nube tenebrosa
se oculta y desparece; así el terrible
Héctor al frente de la hueste suya
ya se dejaba ver, y ya al extremo
del escuadrón las haces ordenaba
de brillante armadura revestido,
y al ardiente relámpago de Jove
el brillo que arrojaba parecía.
Como al segar el trigo o la cebada
de rico labrador en el sembrado
bandas de segadores numerosas
caminan a encontrarse, y las espigas
en tierra caen sin cesar al filo
de las cortantes hoces; así Griegos
y Troyanos vinieron a embestirse,
y se mataban, y ninguno de ellos
en la fuga pensaba ignominiosa.
Y cuerpo a cuerpo y la cabeza erguida
trabaron el combate, y como lobos
valientes peleaban; y al mirarlos
se alegró la Discordia luctuosa,
que sola entre los Dioses la pelea
presenciaba. Los otros inmortales
ociosos en las cumbres del Olimpo
en sus regios alcázares estaban,
y a las huestes de Troya no asistían
ni a las Aqueas; pero todos ellos
acusaban al hijo de Saturno
porque daba el honor a los Troyanos
de la victoria. Y de ello no curaba
Júpiter, que apartado de los otros,
y solo, y de su gloria haciendo alarde,
vuelta la vista a la ciudad tenía
de los Troyanos y a las altas naves
de los Aqueos, y el luciente brillo
de las armas veía, y quiénes eran
en cada choque el matador y el muerto.
Mientras la aurora fue y el claro día
aumentaba su luz, en ambas haces
igual era el estrago y la pelea;
y cuando el leñador el alimento
en el bosque prepara silencioso,
y tiene ya la mano muy cansada
de cortar altos árboles, y el pecho
se rinde del trabajo a la fatiga,
y el aguijón del hambre poderoso
el alma siente; entonces los Aquivos,
con sólo su valor, de los Troyanos
rompieron la falange, y por las filas
resonaban las voces con que alegres
al terrible combate se animaban.
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