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Los otros capitanes de los Dánaos
dentro sus tiendas, al poder rendidos
del sueño delicioso, aquella noche
descansaron, y sólo el infelice
Agamenón del plácido reposo
no disfrutó; que inquieto revolvía
muchos tristes cuidados en su mente.
Cual si el esposo de la bella Juno
enviar quiere la copiosa lluvia,
o
el granizo, o la nieve que los campos
todos blanquea, o en alguna parte
abrir medita la espantable boca
de cruda guerra, en repetidos fuegos
el relámpago brilla; tan frecuentes
Agamenón, inquieto y desvelado,
suspiros arrancaba dolorosos
del corazón, y sus entrañas todas
trémulas en el cuerpo palpitaban.
Si los ojos volvía a la llanura,
se acobardaba las hogueras viendo
que numerosas en el campo ardían
delante de los muros, y de flautas
al escuchar y dulces caramillos
la resonante voz y el ruido sordo
que hacían los Troyanos. Si a las naves
miraba y a la hueste de los Griegos,
los cabellos furioso se arrancaba,
a Júpiter que mora en las alturas
vuelta la vista, y en gemido triste
el corazón valiente suspiraba.
Y algún alivio a su dolor buscando,
ir a la tienda resolvió de Néstor,
para ver si un consejo saludable
éste le daba que salvar pudiese
a todos los Aquivos. En el lecho
se incorporó y la túnica se puso,
y ajustando a los pies ricas sandalias,
se cubrió con la piel, en sangre tinta,
de un tostado león y corpulento
que del cuello al tobillo le llegaba,
y su lanza empuñó. No menos triste
estaba Menelao, y en sus ojos
no se asentaba el sueño, porque mucho
temía que los Griegos pereciesen
después que por vengarle atravesaran
tan dilatado mar, y a los Troyanos
movido habían tan terrible guerra.
De un leopardo con la piel manchada
cubrió los anchos hombros, y poniendo
en la cabeza el morrión de bronce,
tomó la pica en la robusta mano
y a despertar se encaminó al potente
Agamenón, porque de todos era
el primer adalid, y los Aquivos
cual si fuese deidad le veneraban.
Y cerca de la proa de su nave
le encontró, cuando ya su reluciente
armadura tomaba. Su venida
grata al hermano fue, y así el primero
dijo al menor en agitadas voces:
"¿Por qué tú, dulce hermano, y a estas horas
tomas las armas? ¿Persuadir intentas
a alguno de los fuertes campeones
a que de explorador al campo vaya
de los Troyanos? Mucho el alma teme
que nadie ha de admitir el peligroso
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encargo de observar al enemigo,
solo y en el silencio de la noche;
y valeroso el corazón tendría
el que lo hiciese." Agamenón le dijo:
"¡Menelao! los dos buscar debemos
algún prudente arbitrio que a las naves
y a los Griegos liberte de la llama;
pues la mente de Jove se ha mudado,
y más gratos le son los sacrificios
de Héctor. Jamás yo vi, ni de la boca
de otro escuché, que nunca un hombre solo
tales prodigios de valor hiciera
en sola una batalla cuales Héctor
hizo en la de este día, por la mano
de Jove protegido, aunque no sea [50]
nacido ni de un Dios ni de una Diosa.
Grandes fueron sus bélicas hazañas,
y de ellas largo tiempo los Aquivos
se acordarán, y mucho: tal estrago
en ellos hizo. Pero tú a las naves
de Ayax de Telamón e Idomeneo
rápido vuela y a tu voz despierten;
que yo de Néstor a la tienda ahora
voy, y le rogaré que se levante
y que vayamos a la puerta juntos
donde está de escogidos campeones
el escuadrón de guardia, y a la empresa
él los animará. De ningún otro
fueran más obedientes al mandato;
que su hijo Trasimedes y el amigo
del Rey Idomeneo, Meriones,
jefes son de la guardia." Menelao
replicó todavía: "Y cuando hubieren
despertado a mi voz y se levanten,
¿qué deberé yo hacer? ¿Iré con ellos
al escuadrón de guardia, y allí mismo
he de permanecer hasta que vayas,
o volveré a buscarte así que hubiere
tu voluntad a aquellos anunciado?"
Díjole Agamenón: "Allí me espera,
no acaso nos perdamos uno y otro
entre las muchas calles que dividen
el vasto campamento. Cuando llegues,
alza la voz y di que se levanten
a cada uno llamando por el nombre
de su padre y familia, y cariñoso
a todos habla. La grandeza olvida:
hasta nosotros trabajar debemos;
que a nosotros también cuando nacimos
condenó Jove a padecer desgracias."
Con estas voces despidió al hermano;
después de repetirle cuidadoso
lo que antes le encargara, y a la tienda
se encaminó del venerable Néstor.
Y al acercarse vio que, descuidado,
dentro del pabellón junto a su nave
en blando lecho, al parecer, dormía,
teniendo al lado diferentes armas:
el escudo, dos picas, el luciente
yelmo y el cinto de labor preciosa
con que el anciano el cuerpo se ceñía
cuando para los hórridos combates
se armaba acaudillando sus legiones,
pues ni gozar de la exención quería
que ya la triste senectud le daba.
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