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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro X

 

Los otros capitanes de los Dánaos

dentro sus tiendas, al poder rendidos

del sueño delicioso, aquella noche

descansaron, y sólo el infelice

Agamenón del plácido reposo

no disfrutó; que inquieto revolvía

muchos tristes cuidados en su mente.

Cual si el esposo de la bella Juno

enviar quiere la copiosa lluvia,

o el granizo, o la nieve que los campos

todos blanquea, o en alguna parte

abrir medita la espantable boca

de cruda guerra, en repetidos fuegos

el relámpago brilla; tan frecuentes

Agamenón, inquieto y desvelado,

suspiros arrancaba dolorosos

del corazón, y sus entrañas todas

trémulas en el cuerpo palpitaban.

Si los ojos volvía a la llanura,

se acobardaba las hogueras viendo

que numerosas en el campo ardían

delante de los muros, y de flautas

al escuchar y dulces caramillos

la resonante voz y el ruido sordo

que hacían los Troyanos. Si a las naves

miraba y a la hueste de los Griegos,

los cabellos furioso se arrancaba,

a Júpiter que mora en las alturas

vuelta la vista, y en gemido triste

el corazón valiente suspiraba.

Y algún alivio a su dolor buscando,

ir a la tienda resolvió de Néstor,

para ver si un consejo saludable

éste le daba que salvar pudiese

a todos los Aquivos. En el lecho

se incorporó y la túnica se puso,

y ajustando a los pies ricas sandalias,

se cubrió con la piel, en sangre tinta,

de un tostado león y corpulento

que del cuello al tobillo le llegaba,

y su lanza empuñó. No menos triste

estaba Menelao, y en sus ojos

no se asentaba el sueño, porque mucho

temía que los Griegos pereciesen

después que por vengarle atravesaran

tan dilatado mar, y a los Troyanos

movido habían tan terrible guerra.

De un leopardo con la piel manchada

cubrió los anchos hombros, y poniendo

en la cabeza el morrión de bronce,

tomó la pica en la robusta mano

y a despertar se encaminó al potente

Agamenón, porque de todos era

el primer adalid, y los Aquivos

cual si fuese deidad le veneraban.

Y cerca de la proa de su nave

le encontró, cuando ya su reluciente

armadura tomaba. Su venida

grata al hermano fue, y así el primero

dijo al menor en agitadas voces:

"¿Por qué tú, dulce hermano, y a estas horas

tomas las armas? ¿Persuadir intentas

a alguno de los fuertes campeones

a que de explorador al campo vaya

de los Troyanos? Mucho el alma teme

que nadie ha de admitir el peligroso

   

encargo de observar al enemigo,

solo y en el silencio de la noche;

y valeroso el corazón tendría

el que lo hiciese." Agamenón le dijo:

"¡Menelao! los dos buscar debemos

algún prudente arbitrio que a las naves

y a los Griegos liberte de la llama;

pues la mente de Jove se ha mudado,

y más gratos le son los sacrificios

de Héctor. Jamás yo vi, ni de la boca

de otro escuché, que nunca un hombre solo

tales prodigios de valor hiciera

en sola una batalla cuales Héctor

hizo en la de este día, por la mano

de Jove protegido, aunque no sea                                 [50]

nacido ni de un Dios ni de una Diosa.

Grandes fueron sus bélicas hazañas,

y de ellas largo tiempo los Aquivos

se acordarán, y mucho: tal estrago

en ellos hizo. Pero tú a las naves

de Ayax de Telamón e Idomeneo

rápido vuela y a tu voz despierten;

que yo de Néstor a la tienda ahora

voy, y le rogaré que se levante

y que vayamos a la puerta juntos

donde está de escogidos campeones

el escuadrón de guardia, y a la empresa

él los animará. De ningún otro

fueran más obedientes al mandato;

que su hijo Trasimedes y el amigo

del Rey Idomeneo, Meriones,

jefes son de la guardia." Menelao

replicó todavía: "Y cuando hubieren

despertado a mi voz y se levanten,

¿qué deberé yo hacer? ¿Iré con ellos

al escuadrón de guardia, y allí mismo

he de permanecer hasta que vayas,

o volveré a buscarte así que hubiere

tu voluntad a aquellos anunciado?"

Díjole Agamenón: "Allí me espera,

no acaso nos perdamos uno y otro

entre las muchas calles que dividen

el vasto campamento. Cuando llegues,

alza la voz y di que se levanten

a cada uno llamando por el nombre

de su padre y familia, y cariñoso

a todos habla. La grandeza olvida:

hasta nosotros trabajar debemos;

que a nosotros también cuando nacimos

condenó Jove a padecer desgracias."

Con estas voces despidió al hermano;

después de repetirle cuidadoso

lo que antes le encargara, y a la tienda

se encaminó del venerable Néstor.

Y al acercarse vio que, descuidado,

dentro del pabellón junto a su nave

en blando lecho, al parecer, dormía,

teniendo al lado diferentes armas:

el escudo, dos picas, el luciente

yelmo y el cinto de labor preciosa

con que el anciano el cuerpo se ceñía

cuando para los hórridos combates

se armaba acaudillando sus legiones,

pues ni gozar de la exención quería

que ya la triste senectud le daba.


 
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Contenido
Libro X

 vv. 1-79
 vv. 80-203
 vv. 204-294
 vv. 295-381
 vv. 382-468
 vv. 469-579