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Apenas empezaba de la aurora
el rosicler a iluminar la tierra,
cuando ya el padre Jove en la más alta
montaña del Olimpo reunía
la junta de los Dioses. Y pendientes
viéndolos de su voz, así les dijo:
"¡Dioses y Diosas! escuchadme todos,
porque todos sepáis lo que este día
mi voluntad ordena. Así, ninguno
de vosotros, o Dios o Diosa sea,
a interrumpir se atreva mi discurso:
todos obedeced, y se ejecute
lo que yo mando. El Dios que inobediente
bajare a socorrer a los Aqueos
o a los Troyanos, volverá al Olimpo
con afrentosa herida, o en mi saña
asiéndole con brazo poderoso,
le arrojaré del Tártaro sombrío
al último confín, a la más honda
de las oscuras simas subterráneas
del báratro espantable. Son de hierro
las altas puertas y el umbral de bronce,
y en su profundidad dista del orco
tanto como del sol dista la tierra.
Así conocerá cuánto aventaja
mi poder al de todas las Deidades.
Si vosotros dudáis, mostrad ahora
vuestro valor. Del estrellado cielo
en lo más alto atad una cadena
de oro macizo, y agarrados todos
a la punta inferior, Dioses y Diosas,
hacia abajo tirad, y a vuestro padre
no arrastraréis a tierra desde el éter,
por más que trabajéis. Mas si yo quiero
a todos levantaros, al Olimpo
os subiré, las tierras y los mares
levantando también. Y si la punta
de la fuerte cadena en la alta cumbre
atare del Olimpo, el universo
pendiente quedará: tal poderío
tengo sobre los Dioses y los hombres."
Así dijo, y quedaron en silencio
los inmortales, admirados todos
de su discurso, porque hablado había
en poderosa voz. Al fin Minerva
rompió el silencio y reverente dijo:
"¡Oh padre de los Dioses, oh Saturnio,
oh el mayor de los Reyes! Bien sabemos
que a tu poder el de ninguno iguala;
pero la suerte mísera lloramos
de los valientes Griegos, que cumplido
su destino fatal, están ya cerca
todos de perecer. Si tú lo mandas,
parte no tomaremos en la liza,
y a los Dánaos consejos saludables
daremos solamente, porque todos
víctimas de tu cólera no sean."
Sonriéndose Jove, en más templadas
voces la respondió: "¡Tr¡forme Diosa,
hija querida! Tus temores cesen.
No de los Griegos la total ruina
m¡ corazón desea, que contigo
quiero indulgente ser." Así a Minerva
Júpiter dijo; y a su carro unciendo
los ligeros bridones, cuyas crines
oro resplandeciente parecían
y duro bronce el casco sonoroso,
y la túnica en oro recamada
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ceñida al pecho, en la siniestra mano
tomó el látigo de oro entretejido
en vistosa labor, subió ligero
al carro, y con el látigo sonoro
aguijó los bridones, y obedientes
volaban, el espacio atravesando
que hay de la tierra al estrellado cielo.
Al Gárgaro venido, excelsa cumbre
del Ida en manantiales abundoso
y patria de las fieras, do tenía
un bosque y un altar en que humeaban
olorosos perfumes, los bridones
pararon a su voz, bajó del carro, [50]
los desató del yugo y mucha niebla
en torno derramó. Sentóse luego,
de su gloria y poder haciendo alarde,
en la peña más alta, desde donde
el campo de los Griegos descubría
y la vasta ciudad de los Troyanos.
Ya entonces en sus tiendas los Aquivos
arrebatadamente el desayuno
tomaban; y acabando, a la pelea
todos se apercibían. Los Troyanos
dentro de la ciudad también se armaban;
y aunque menos en número, el combate
empezar deseaban, obligados
de la necesidad, porque en defensa
de sus hijos y esposas peleaban.
Mientras la aurora fue, y el claro día
aumentaba su luz, en ambas haces
igual era el estrago y la pelea.
Pero cuando ya el sol hubo subido
a la mitad del cielo, el padre Jove
desplegó al aire la balanza de oro,
y en ella de los Griegos y Troyanos
las suertes puso, y la que más pesada
fuese, debía en prolongado sueño
de muerte sepultar a quien tocase.
Y en alto levantándola y las pesas
habiendo equilibrado, por el medio
firme la tuvo, y descendió la suerte
de los Aquivos hasta la alma tierra,
mientras la de los Teucros por el aire
se alzaba hasta tocar el ancho cielo.
Tronó horrísono Jove desde el Ida,
y el relámpago ardiente esplendoroso
a la hueste envió de los Aqueos,
y todos a su vista se aterraron
de pálido temor sobrecogidos.
No se atrevió a esperar Idomeneo,
ni Agamenón; y ni los dos Ayaces,
ministros de Mavorte, a los Troyanos
esperaron; y solo quedó Néstor,
a pesar suyo, porque mal herido
un caballo tenía. Hirióle Paris
con una flecha en lo alto de la frente,
hacia el paraje en que a crecer empieza
la crin a los caballos y mortales
son las heridas. El dolor sintiendo
(que hasta el cerebelo penetró la flecha)
saltaba el animal cabeceando
por sacudir el hierro, y a los otros
caballos espantó. Mientras que Néstor
puso mano a la daga y los tirantes
procuraba cortar, entre el tumulto
del combate venían a su encuentro
de Héctor los velocísimos caballos,
y sobre el carro el campeón temido.
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