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Dichas estas palabras, presuroso
salió de la ciudad y le seguía
su hermano Paris, e impacientes mucho
dentro su corazón ambos estaban
por volver al combate y la pelea.
Como a los navegantes, si cansados
están ya de romper las crespas olas
con el remo pesado, de repente
un Dios envía favorable viento
cuando más le desean y rendidos
por la fatiga están; así a los suyos,
cuando con más anhelo suspiraban
por su vuelta, los dos se presentaron.
Quitó la vida Paris a Menestio,
en Arna habitador, y del valiente
Príncipe Areitoo, tan afamado
por su destroza en manejar la clava,
nacido y la gentil Filomedusa.
Héctor hirió también cerca del cuello
con su cortante poderosa lanza
al valiente Eyoneo, por debajo
del capacete, y le quitó la vida.
Glauco después en la común pelea
hirió cerca del hombro con su lanza
a Ifinoo, que del valiente Dexio
era nacidoy al brillante carro
iba a subir, que por veloces yeguas
era tirado; y en la arena el triste
cayó privado del vital aliento.
Cuando Minerva vio que furibundos
las escuadras aqueas destruían
los dos hermanos, de las altas cumbres
descendió del Olimpo en raudo vuelo
al campo de Ilión. Mas a encontrarla
Apolo, que a los Teucros la victoria
deseaba, salió; porque subido
en la torre de Pérgamo, la viera
bajar del cielo, y cerca de las hayas
habiéndola alcanzado, así le dijo:
"¿Por qué otra vez en vagaroso vuelo,
hija del alto Jove, aquí bajaste
del Olimpo, y a qué, inflamado en ira
el corazón, a la batalla vuelves?
La dudosa victoria a los Aqueos
vendrás a dar; que inexorable y dura,
aunque en las lides perecer los veas,
no tienes compasión de los Troyanos.
Pero si ya siguieras mi dictamen
(y más útil sería), la batalla
y los combates hoy los dos haremos
que cesen, y otro día los Aquivos
a la lid volverán, hasta que logren
a Ilión arruinar; ya que vosotras,
las inmortales, deseáis airadas
esta gran capital ver destruida."
Minerva respondió: "¡Lo que deseas
hágase, Febo! La efusión de sangre
yo también a evitar, desde las cumbres
del Olimpo bajé, y en las escuadras
penetré de los Griegos y Troyanos.
Mas ¿de qué modo conseguir esperas
que los combates cesen?" a la Diosa
Apolo replicó: "Del valeroso
Héctor al fuerte corazón diremos
que desafíe en singular batalla
a pelear con él a algún Aquivo;
y éstos, airados al oír sus voces,
animarán a alguno de los suyos
para que salga a combatir con Héctor."
Dijo Apolo, y Minerva escuchó dócil
su consejo. Y habiendo conocido
Héleno, hijo de Príamo, cuál era
el querer de los Dioses, a su hermano
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acercándose, dijo estas palabras:
"¡Héctor, en la prudencia comparable
al mismo Jove! ¿Ejecutar querrías
lo que te diga yo, siendo tu hermano?
Haz que se paren los Aquivos todos
y los demás Troyanos, y arrogante,
de los caudillos griegos al que sea [50]
el más valiente, en singular batalla
a combatir contigo desafía;
que el término fatal de tu carrera
aún no llegó: de los eternos Dioses
yo he escuchado la voz que lo asegura."
Así Héleno decía, y al oírle
el héroe se alegró. Y adelantado
entre las dos escuadras, a los suyos,
empuñando la pica por en medio,
mandó parar, e inmóviles quedaron:
y Agamenón también a los Aquivos
detuvo con su voz. Minerva y Febo,
tomando de dos aves la figura,
a ocultarse volaron en la encina
a Jove consagrada, deseosos
de presenciar el duelo; y por hileras
en la arena las tropas se asentaron,
de broqueles cubiertas y de yelmos,
y de espantables picas erizadas.
Como al moverse el céfiro las olas
se encrespan de la mar y la llanura
del agitado ponto renegrea;
así a la vista entonces parecían
las hileras de Aquivos y Troyanos
en la arena sentadas; y Héctor dijo:
"Oíd, Troyanos y valientes Griegos,
lo que el ardido corazón me inspira.
El hijo de Saturno, el que en las nubes
tiene su trono, que la paz jurada
se guardase no quiso, y muchos daños
ha de hacer todavía a ambas naciones,
hasta que por vosotros destruida
la fuerza sea de Ilión, o muertos
quedéis todos al pie de los navíos.
Mas este día, pues están presentes
los más bravos de todos los Aqueos,
el que quisiere en singular batalla
con Héctor pelear, salga de filas
con esta condición, de que testigo
Jove nos sea. Si la vida el Griego
acaso me quitare, de las armas
me despoje y las lleve a los navíos;
pero entregue a mis tropas el cadáver,
para que los Troyanos y Troyanas
le quemen y sepulten mis cenizas.
Si al campeón de Grecia yo venciere,
porque esta gloria me conceda Febo,
quitándole al cadáver la armadura,
a Ilión la llevaré para colgarla
en el templo del Dios; mas el cadáver
enviaré a las naos, porque puedan
el funeral hacerle sus amigos,
y levanten su túmulo en la costa
del rápido Helesponto. Y
algún día,
cuando en los siglos venideros cruce
por el oscuro mar un navegante
en ligero batel, dirá a su vista:
'Aquel es el sepulcro de un Aquivo,
muerto en la edad pasada. Por su mano,
y cuerpo a cuerpo, le mató el famoso
Héctor.' Así dirán los navegantes,
y eterna quedará mi nombradía."
Dijo, y enmudecieron los Aqueos,
que evitar por vergüenza el desafío
no osaban, y temían admitirlo.
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