Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica

Fundación Séneca

Universidad de Murcia
Ilíada - Libro VII

 

Dichas estas palabras, presuroso

salió de la ciudad y le seguía

su hermano Paris, e impacientes mucho

dentro su corazón ambos estaban

por volver al combate y la pelea.

Como a los navegantes, si cansados

están ya de romper las crespas olas

con el remo pesado, de repente

un Dios envía favorable viento

cuando más le desean y rendidos

por la fatiga están; así a los suyos,

cuando con más anhelo suspiraban

por su vuelta, los dos se presentaron.

Quitó la vida Paris a Menestio,

en Arna habitador, y del valiente

Príncipe Areitoo, tan afamado

por su destroza en manejar la clava,

nacido y la gentil Filomedusa.

Héctor hirió también cerca del cuello

con su cortante poderosa lanza

al valiente Eyoneo, por debajo

del capacete, y le quitó la vida.

Glauco después en la común pelea

hirió cerca del hombro con su lanza

a Ifinoo, que del valiente Dexio

era nacidoy al brillante carro

iba a subir, que por veloces yeguas

era tirado; y en la arena el triste

cayó privado del vital aliento.

Cuando Minerva vio que furibundos

las escuadras aqueas destruían

los dos hermanos, de las altas cumbres

descendió del Olimpo en raudo vuelo

al campo de Ilión. Mas a encontrarla

Apolo, que a los Teucros la victoria

deseaba, salió; porque subido

en la torre de Pérgamo, la viera

bajar del cielo, y cerca de las hayas

habiéndola alcanzado, así le dijo:

"¿Por qué otra vez en vagaroso vuelo,

hija del alto Jove, aquí bajaste

del Olimpo, y a qué, inflamado en ira

el corazón, a la batalla vuelves?

La dudosa victoria a los Aqueos

vendrás a dar; que inexorable y dura,

aunque en las lides perecer los veas,

no tienes compasión de los Troyanos.

Pero si ya siguieras mi dictamen

(y más útil sería), la batalla

y los combates hoy los dos haremos

que cesen, y otro día los Aquivos

a la lid volverán, hasta que logren

a Ilión arruinar; ya que vosotras,

las inmortales, deseáis airadas

esta gran capital ver destruida."

Minerva respondió: "¡Lo que deseas

hágase, Febo! La efusión de sangre

yo también a evitar, desde las cumbres

del Olimpo bajé, y en las escuadras

penetré de los Griegos y Troyanos.

Mas ¿de qué modo conseguir esperas

que los combates cesen?" a la Diosa

Apolo replicó: "Del valeroso

Héctor al fuerte corazón diremos

que desafíe en singular batalla

a pelear con él a algún Aquivo;

y éstos, airados al oír sus voces,

animarán a alguno de los suyos

para que salga a combatir con Héctor."

Dijo Apolo, y Minerva escuchó dócil

su consejo. Y habiendo conocido

Héleno, hijo de Príamo, cuál era

el querer de los Dioses, a su hermano

   

acercándose, dijo estas palabras:

"¡Héctor, en la prudencia comparable

al mismo Jove! ¿Ejecutar querrías

lo que te diga yo, siendo tu hermano?

Haz que se paren los Aquivos todos

y los demás Troyanos, y arrogante,

de los caudillos griegos al que sea                               [50]

el más valiente, en singular batalla

a combatir contigo desafía;

que el término fatal de tu carrera

aún no llegó: de los eternos Dioses

yo he escuchado la voz que lo asegura."

Así Héleno decía, y al oírle

el héroe se alegró. Y adelantado

entre las dos escuadras, a los suyos,

empuñando la pica por en medio,

mandó parar, e inmóviles quedaron:

y Agamenón también a los Aquivos

detuvo con su voz. Minerva y Febo,

tomando de dos aves la figura,

a ocultarse volaron en la encina

a Jove consagrada, deseosos

de presenciar el duelo; y por hileras

en la arena las tropas se asentaron,

de broqueles cubiertas y de yelmos,

y de espantables picas erizadas.

Como al moverse el céfiro las olas

se encrespan de la mar y la llanura

del agitado ponto renegrea;

así a la vista entonces parecían

las hileras de Aquivos y Troyanos

en la arena sentadas; y Héctor dijo:

"Oíd, Troyanos y valientes Griegos,

lo que el ardido corazón me inspira.

El hijo de Saturno, el que en las nubes

tiene su trono, que la paz jurada

se guardase no quiso, y muchos daños

ha de hacer todavía a ambas naciones,

hasta que por vosotros destruida

la fuerza sea de Ilión, o muertos

quedéis todos al pie de los navíos.

Mas este día, pues están presentes

los más bravos de todos los Aqueos,

el que quisiere en singular batalla

con Héctor pelear, salga de filas

con esta condición, de que testigo

Jove nos sea. Si la vida el Griego

acaso me quitare, de las armas

me despoje y las lleve a los navíos;

pero entregue a mis tropas el cadáver,

para que los Troyanos y Troyanas

le quemen y sepulten mis cenizas.

Si al campeón de Grecia yo venciere,

porque esta gloria me conceda Febo,

quitándole al cadáver la armadura,

a Ilión la llevaré para colgarla

en el templo del Dios; mas el cadáver

enviaré a las naos, porque puedan

el funeral hacerle sus amigos,

y levanten su túmulo en la costa

del rápido Helesponto. Y algún día,

cuando en los siglos venideros cruce

por el oscuro mar un navegante

en ligero batel, dirá a su vista:

'Aquel es el sepulcro de un Aquivo,

muerto en la edad pasada. Por su mano,

y cuerpo a cuerpo, le mató el famoso

Héctor.' Así dirán los navegantes,

y eterna quedará mi nombradía."

Dijo, y enmudecieron los Aqueos,     

que evitar por vergüenza el desafío

no osaban, y temían admitirlo.


 
Volver
Inicio | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter
Copyright © 2006 - 2012 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
Resolución óptima: 1024x768
 
 
Contenido
Libro VII

 vv. 1-93
 vv. 94-180
 vv. 181-306
 vv. 306-420
 vv. 421-482