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Y entonces fue cuando infundió Minerva
a Diomedes, el hijo de Tideo,
osadía y valor porque brillara
entre los Griegos todos y este día
gloria mucha alcanzase: y de su yelmo
hizo y escudo que luciente llama
saliera sin cesar. Como de otoño
el astro centellea radiante,
después que se ha bañado en las corrientes
del Océano; tal de su cabeza
y sus hombros el héroe despedía
inmenso resplandor, cuando la Diosa
le inspiró que valiente penetrase
por lo más recio de la gran batalla.
Hubo en Troya un varón esclarecido,
Dares llamado, rico y sacerdote
de Vulcano, y por hijos a Fegeo
y a Ideo tuvo, diestros campeones
en toda suerte de armas y poleas;
y entonces de su escuadra adelantados
y en un carro subidos, a Diomedes
salieron a encontrar, y él desde tierra
a pie los esperó. Cuando estuvieron
cerca del héroe, la robusta lanza
Fegeo le tiró, que por encima
del hombro izquierdo sin haberle herido
rápida se alejó. Lanzó la suya
el hijo de Tideo, y por su diestra
no fue en vano arrojada; que en el pecho
hirió al valiente joven, y del carro
le derribó. Despavorido Ideo,
saltó en la arena, abandonó el hermoso
carro y huyó veloz; ni osó el cadáver
defender del hermano, y si esperara,
él muriera también. Pero Vulcano,
de niebla oscura habiéndole cubierto,
le sacó de la lid y compasivo
la vida le salvó, porque no fuese
la pena del anciano tan amarga.
Cogió entonces del freno los bridones
regocijado el hijo de Tideo
y los dio a sus donceles, y a las naves
mandó que los llevaran. Los Troyanos,
cuando vieron que así de los dos hijos
de Dares, uno huía y otro muerto
quedaba entre los carros, en tristeza
cayeron y temor; y luego Palas
al furibundo Marte de la mano
asió, y le dijo en voces halagüeñas:
"¡Marte, Marte, enemigo de los hombres,
teñido en sangre, arruinador de muros!
¿No será, di, mejor que a los Aquivos
y Troyanos dejemos, y que solos
combatan entre sí, porque se vea
a quien el padre Jove la victoria
concede, y que nosotros, del combate
retirados ahora, del Saturnio
la vengativa cólera evitemos?"
Dijo la Diosa, y al terrible Marte
de la liza sacó; y a la ribera
del Escamandro, sobre verde césped
le llevó a reposar. Así los Griegos
en desorden y fuga al enemigo
pusieron, y cada uno de los Jefes
a un campeón mató de los Troyanos.
El Rey Agamenón mató el primero
a Hodio, alto de talla y valeroso
adalid de los fuertes Alizones.
Mientras Hodio para huir la espalda
volvía acobardado, entre los hombros
la aguda lanza le escondió el Atrida
hasta que al otro lado por el pecho
salió la punta. Moribundo el héroe
desde la silla del brillante carro
cayó en el polvo, retembló la tierra
en derredor, y temeroso ruido
sobre él hicieron al caer las armas.
Quitó después la vida ldomeneo
a Festo, hijo de Boro, que de Tarne,
opulenta ciudad de la Meonia,
fuera venido, y presuroso al carro
subía entonces ya; pero en el hombro
derecho le clavó su larga pica
el ínclito lancero Idomeneo.
Cayó del carro, y la funesta sombra
le cercó de la muerte, y la armadura
le quitaron del Rey los escuderos.
Al diestro en cacerías Escamandrio
hijo de Estrofio, con aguda lanza
dio la muerte el Atrida Menelao. [50]
Era el Troyano cazador famoso
y la misma Diana le enseñara
a herir certero cuantas fieras cría
de los bosques umbríos la espesura;
pero entonces inútiles le fueran
la deidad en saetas poderosa
y la pericia en arrojar de lejos
las flechas, en que a todos excedía.
Porque el fuerte adalid de los Aquivos,
de quien él iba huyendo, entre los hombros
le atravesó la espalda con la pica,
y por el pecho le salió la punta.
Cayó en la arena, y temeroso ruido
sobre él hicieron al caer las armas.
Meriones también mató a Fereclo,
nacido de un artífice famoso
Harmonides llamado. Aprendió el hijo
el arte de su padre y fabricaba
él por su mano, con destreza suma,
cuantas el arte máquinas admira,
porque fue de Minerva muy amado.
Y él fuera el que de Paris los bajeles
construyó, que la causa lastimosa
y origen fueron de los males todos
que más tarde sufrieron los Troyanos,
y él mismo; porque entonces no sabía
la suerte que los Dioses reservaban
a su mísera patria. A este Troyano
Meriones en la fuga perseguía;
y habiéndole alcanzado, con su lanza
le atravesó por el ijar derecho;
y cayendo en la arena de rodillas,
triste se lamentaba, y con su manto
en torno le cubrió la negra muerte.
Quitó la vida Meges a Pedeo,
un hijo de Antenor. Era bastardo,
y con igual cariño que a los suyos
oficiosa Teano lo criara
por amor a su esposo; pero entonces
el esforzado Meges de Fileo,
acercándose a él, la aguda pica
le metió por la nuca, y la cabeza
atravesando, por la misma boca
salió, y la lengua le cortó el acero
cerca de la raíz. Cayó en el polvo
el campeón Troyano, y con los dientes
mordía en su dolor el hierro frío.
Eurípilo también quitó la vida
al valiente Ipsenor, el hijo claro
de Dolopión, antiguo sacerdote
de la deidad del Simois y acatado
al igual de los Dioses por el pueblo.
Iba huyendo Ipsenor, y le seguía
el valeroso Eurípilo a carrera;
y habiéndole alcanzado, sobre el hombro
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le dio tan recio golpe con su espada,
que, cortado a cercén, cayó en la arena
teñido en sangre el poderoso brazo,
y pronto la tiniebla de la muerte
al infeliz oscureció los ojos;
que así lo quiso inexorable el hado.
Tan valientes los Griegos combatían;
pero entre todos de Tideo el hijo
discernir no pudieras si al troyano
escuadrón defendía, o al aqueo.
Con tal ardor el campo de batalla
furioso recorría, semejante
al hinchado torrente impetuoso
que los puentes derriba sin que puedan
los diques detenerle y valladares,
cuando acrecido por celeste lluvia
anega de repente las campiñas,
arrastra undoso las doradas mieses,
y de los labradores el trabajo
en un punto deshace. Tal ahora
el hijo de Tideo derribaba
escuadrones enteros de Troyanos,
y esperarle no osaban, aunque fuesen
muchos contra uno solo reunidos.
De Licaón el hijo valeroso
vio que Diomedes por la gran llanura
corría furibundo, y las falanges
troyanas de él huían pavorosas;
y el retorcido ballestón armando,
le disparó una flecha y logró herirle
cuando más animoso combatía.
Junto al hombro derecho entró la punta
por el hueco que hacía la coraza
y enfrente se clavó, y enrojecido [100]
el arnés fue por la purpúrea sangre
que salió de la herida. Y el valiente
Pándaro a los Troyanos campeones
alegre dijo, cuando vio del Griego
en sangre tintas las brillantes armas:
"¡Acometed, Troyanos valerosos!
volved ya los bridones; que está herido
el más fuerte de todos los Aqueos,
ni largo tiempo ya de la saeta
resistirá al poder. Sí, yo lo digo;
y creerme podéis, si es que de Apolo
seguí la inspiración cuando de Licia
salí para esta guerra." Así, engañado,
Pándaro les decía; que la flecha
del aliento vital no despojara
al hijo belicoso de Tideo.
Pero viéndose herido, del combate
se retiró; y llegado donde estaban
su carro y sus bridones, se detuvo
y a Esténelo decía: "Baja presto
del carro, amigo, y la aguzada flecha
saca del hombro en que clavada viene."
Así dijo, y Esténelo del carro
saltó veloz; y la acerada punta,
que muy dentro del hombro penetrara,
le sacó, y de la herida en larga vena
corrió la sangre y el arnés lucido
inundó todo. Al verla Diomedes,
esta plegaria dirigió a Minerva:
"¡Hija fuerte de Jove! oye mi ruego.
Si a mi padre y a mí nos amparaste
alguna vez en las sangrientas lides,
mírame cariñosa en este día.
Dame que en la batalla ese Troyano
que en arrojo feliz así me ha herido,
y jactancioso se gloria y dice
que ya no veré más la luz hermosa
del sol, se acerque donde yo le alcance
con la pica y le mate por mi mano."
Oyó Minerva sus dolientes voces;
y a sus manos, y pies, y cuerpo todo
restituyó la agilidad primera,
y acercándose a él, así le dijo:
"Combate sin temor a los Troyanos;
que yo infundo en tu pecho la pujanza
y el valor que tenía en la pelea
Tideo, el animoso y aguerrido
adalid; y separo de tus ojos
la niebla que hasta ahora los cubría,
y distinguir podrás en la batalla
hombres y Dioses. Si probar quisiere
algún Dios tu valor, no temerario
combatas con los otros inmortales;
pero si Venus a la lid viniese,
no herirla temas con agudo hierro."
Dijo la Diosa, y se alejó del campo.
Marchó otra vez el hijo de Tideo,
y entre los más famosos adalides
de los Troyanos penetró valiente;
y si antes con ardor acometía,
tres veces más brioso entraba ahora
en la terrible lid. Como, si hiere
levemente al león y no le mata
el pastor al entrar en el establo
de lanudas ovejas, irritarle
consigue solamente, y no pudiendo
lanzarle del redil, acobardado
en la choza se oculta, y las ovejas
despavoridas huyen y hacinadas
unas sobre otras moribundas caen,
y ya, cansada de matar, la fiera
el establo abandona; así Diomedes
acometió furioso a los Troyanos.
A Astínoo e Ipenor, alto caudillo
de numerosa escuadra, los primeros
quitó la vida enfurecido el héroe,
hiriendo al uno con herrada pica
del pecho en lo más alto, y al segundo
cerca del hombro con el grande estoque,
y del cuello y la espalda separado
el hombro fue. Dejólos en el polvo
sin despojarlos, y después a Abante
mató y a Poliído, que ambos eran
hijos de Euridamente, el venerado
intérprete de sueños. No acertara,
cuando a la lid salían, el anciano [150]
a explicarles los sueños, y vencidos
ambos por el valiente Diomedes
fueron y de sus armas despojados.
A Janto y a Toon alcanzó luego,
de Fénope nacidos, que en su triste
huérfana senectud ya no tenía
más hijos que sus bienes heredasen.
Y les quitó la vida, y al anciano
llanto quedó y dolor; pues de la guerra
el consuelo no tuvo de que vivos
a
sus brazos tornaran, y los bienes
los deudos más cercanos se partieron.
Marchó después contra Equemón y Cromio,
hijos ambos de Príamo, que un mismo
carro entonces regían. Como suele
el hambriento león a la vacada
acometer furioso, y la ternera
o la vaca matar que mal seguras
paciendo estaban en el verde soto;
así furioso el hijo deTideo
a ambos guerreros desde el alto carro
precipitó cadáveres y pronto
las armas les quitó, y a sus donceles
dio el carro y los bridones, y a las naves
mandó que por trofeo le llevaran.
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