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Apenas a la voz de sus caudillos
ordenadas las haces estuvieron,
marcharon los Troyanos con ruidosa
algazara y confusa vocería,
cual chilladoras aves. Tal resuena
en la bóveda cóncava del cielo
el clamor de las grullas que del frío
huyen y de las lluvias invernales,
volando por encima las corrientes
del Océano con inmenso ruido,
y llevan a los débiles Pigmeos
muerte y asolación, y desde el aire
les mueven cruda guerra. Los Aquivos,
que valor respiraban, en silencio
iban; pero resueltos a ayudarse
el uno al otro en la común pelea.
Como en las cumbres de la sierra el Noto
la niebla esparce, del pastor odiada
y cómoda al ladrón más que la noche,
y en la dudosa claridad no puede
extenderse la vista a más distancia
que una piedra lanzada con la mano;
así bajo los pies de los guerreros
que marchaban oscuro torbellino
se levantó de polvo, y prontamente
la espaciosa llanura atravesaron.
Cuando Teucros y Aquivos en su marcha
llegaron a encontrarse, y la pelea
iban a comenzar, de los primeros
Paris estaba al frente, en la hermosura
semejante a los Dioses. Las espaldas
ancha piel de leopardo le cubría,
y la espada y el arco retorcido
pendían de los hombros. Y blandiendo
dos astiles que en punta remataban
de agudos hierros, a los más valientes
de todos los Aquivos campeones
a que con él a pelear salieran
desafiaba en singular combate.
Así que el belicoso Menelao
vio que Paris delante de las tropas
en cadenciosos y arrogantes pasos
venía, se alegró. Como el hambriento
león se alegra si en los montes halla
corpulento animal, o ya venado
de altísima enramada cornamenta,
o
ya cabra montés, y se detiene
a devorar la presa, aunque le sigan
ligeros canes y robustos mozos;
así al ver el valiente Menelao
al lindo Paris, se alegró, creyendo
tomar venganza del raptor injusto.
Y sin quitarse las brillantes armas,
desde el carro saltó sobre la arena.
Cuando vio Paris que animoso el Griego
de la primer escuadra ya salía,
sintió agitado el corazón latirle,
y se ocultó en las filas de los suyos
para evitar la muerte. A la manera
que al ver un caminante en la espesura
del bosque umbrío verdinegra sierpe,
atrás salta medroso, se retira,
tiemblan todos sus miembros, tuerce el paso,
y de mortal amarillez se cubren
sus mejillas; así el hermoso Paris,
al Atrida temiendo, por la escuadra
se entró de los Troyanos valerosos.
Y Héctor, al verlo, en injuriosas voces
así al cobarde hermano reprendía:
"¡Funesto Paris, por la gran belleza
célebre solo y a mujeres dado!
¡Pérfido! ¡Seductor! ¡Pluguiera a Jove
que no hubieses nacido, o
al averno
antes bajaras de tener esposa!
Mucho yo lo quisiera, y más valdría
que ser la mofa de los hombres todos.
Mira ya cual se ríen los Aquivos
de ti, cuando hasta ahora te creían
impávido adalid, viendo que tienes
tan gallarda persona. Pero fuerza
no hay en ti, ni valor. Si tan cobarde
naciste, ¿a qué los mares has corrido
en ligeros bajeles, y juntando
gente digna de ti, por las naciones
viajaste extranjeras, y trajiste,
siendo esposa y cuñada de dos Reyes [50]
tan poderosos, de lejana tierra
linda mujer para que a tu buen padre,
a tu propia ciudad, y a todo el pueblo
tales daños causara, y algún día,
cuando los Griegos la hayan recobrado,
a ellos alegre, y de ignominia eterna
a ti deje cubierto? ¿Por qué ahora
no esperaste al valiente Menelao?
Cuán fuerte es el guerrero conocieras
a quien robaste la consorte amada.
No te hubieran valido, moribundo
al rodar en el polvo, ni la lira,
ni los dones de Venus, ni el cabello,
ni la mucha belleza. Los Troyanos
harto cobardes son; pues en castigo
de tu crimen, a todos tan funesto,
ya no te cubre túnica de piedra."
Así habló el héroe; respondióle Paris:
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Ya yo esperaba de tu parte, hermano,
tan dura reprensión; porque inflexible
tu corazón es siempre. Como el hacha
que puesta en manos de robusto joven
el duro leño hiende, y el empuje
aumenta del obrero que afanoso
árboles corta para hacer navíos,
tan firme es de tu pecho la entereza;
mas no me eches en cara los amables
dones de Venus. Renunciar no puede
el hombre a las ventajas que benignas
concederle quisieron las deidades,
ni el hacer la elección está en su mano.
Pero si ya deseas que animoso
haga en la lid de mi valor alarde,
haz detener a los demás Troyanos
y a todos los Aquivos, y en el medio
del uno y otro ejército al valiente
Menelao y a mi dejad que solos
en singular combate decidamos
quién de Elena y de todas sus alhajas
dueño ha de ser feliz. El que con vida
quedare y vencedor, la mujer tome
y todas sus riquezas, y a su casa
las lleve; y los demás en fiel tratado
perpetua paz os prometed. Vosotros
habitando quedad la fértil Troya,
y ellos a Argos se vuelvan y a la Acaya."
Así Paris habló: y Héctor, gozoso
al escucharle, entre las dos escuadras
se interpuso: y el asta por el medio
empuñando, de Troya las falanges
contuvo. Al verle, los Aquivos todos
la punta de las flechas dirigían
a su pecho, y vibraban ya los dardos
y las picas, y piedras le tiraban;
mas el primer caudillo de las tropas,
Agamenón, les dijo en altas voces:
"Deteneos, ¡Argivos! y los arcos
no disparéis, ¡Aqueos! El ardido
Héctor parece que decir desea
útil palabra." Obedecieron todos,
dejaron de tirarle, y en profundo
silencio quedó el campo, y Héctor dijo:
"Oíd, Troyanos y valientes Griegos,
lo que me dice Paris, que la causa
ha sido de la guerra. Él os propone
que todos los Aquivos y Troyanos
dejen las armas sobre la alma tierra,
y que en medio del campo que divide
los ejércitos, él y Menelao,
en muy reñida singular batalla,
decidan quién de Elena y sus tesoros
dueño ha de ser al fin; y el que con vida
quedare y vencedor, la mujer tome
y todas sus riquezas y a su casa
las lleve, y los demás en fiel tratado
paz y amistad se juren." Así dijo,
y todos a su voz enmudecieron,
y ni osaban hablar. Adelantóse
a todos el valiente Menelao,
y alegre dijo en resonantes voces:
"Escuchadme también. Despedazaba
grave dolor mi corazón; mas creo
que Griegos y Troyanos este día
amigos quedarán, después que tantos
males habéis sufrido en esta guerra
que mi justa venganza y la perfidia [100]
de Paris encendieron. De nosotros
aquel a quien la Parca ha destinado
a morir, muera; los que vivos queden
hagan luego la paz. Traed, oh Teucros,
un cándido cordero y una parda
cordera que ofrecer en sacrificio
a la Tierra y al Sol, y otro cordero
traeremos nosotros para Jove.
De Príamo también la respetable
persona venga, y el tratado jure:
él mismo, porque infieles y perjuros
son sus hijos. Así, ninguno osado
será a violar la fe del juramento
que a Júpiter hagamos. Inconstante
siempre fue de los jóvenes el alma;
pero si en los tratados interviene
algún anciano, en cuenta lo futuro
y lo pasado tiene al mismo tiempo,
para que ventajosos igualmente
a los dos pueblos sean." Así dijo;
y los Teucros y Aqueos se alegraban,
esperando que en breve acabaría
la guerra asoladora. Y presurosos
en fila los bridones colocaron;
y saltando en la arena, y no distantes
uno estando del otro, y la armadura
quitándose, a su lado la pusieron;
y corto era el espacio que mediaba
entre los dos ejércitos. A Troya
Héctor sus dos heraldos diligente
envió a que las víctimas trajeran
y a Príamo llamasen. A Taltibio
el Rey Agamenón mandó que fuese
a las naves aquivas y un cordero
tomara de los suyos, y el heraldo
se encaminó a las naves presuroso.
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