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Universidad de Murcia
Ilíada - Libro III

 

Apenas a la voz de sus caudillos

ordenadas las haces estuvieron,

marcharon los Troyanos con ruidosa

algazara y confusa vocería,

cual chilladoras aves. Tal resuena

en la bóveda cóncava del cielo

el clamor de las grullas que del frío

huyen y de las lluvias invernales,

volando por encima las corrientes

del Océano con inmenso ruido,

y llevan a los débiles Pigmeos

muerte y asolación, y desde el aire

les mueven cruda guerra. Los Aquivos,

que valor respiraban, en silencio

iban; pero resueltos a ayudarse

el uno al otro en la común pelea.

Como en las cumbres de la sierra el Noto

la niebla esparce, del pastor odiada

y cómoda al ladrón más que la noche,

y en la dudosa claridad no puede

extenderse la vista a más distancia

que una piedra lanzada con la mano;

así bajo los pies de los guerreros

que marchaban oscuro torbellino

se levantó de polvo, y prontamente

la espaciosa llanura atravesaron.

Cuando Teucros y Aquivos en su marcha

llegaron a encontrarse, y la pelea

iban a comenzar, de los primeros

Paris estaba al frente, en la hermosura

semejante a los Dioses. Las espaldas

ancha piel de leopardo le cubría,

y la espada y el arco retorcido

pendían de los hombros. Y blandiendo

dos astiles que en punta remataban

de agudos hierros, a los más valientes

de todos los Aquivos campeones

a que con él a pelear salieran

desafiaba en singular combate.

Así que el belicoso Menelao

vio que Paris delante de las tropas

en cadenciosos y arrogantes pasos

venía, se alegró. Como el hambriento

león se alegra si en los montes halla

corpulento animal, o ya venado

de altísima enramada cornamenta,

o ya cabra montés, y se detiene

a devorar la presa, aunque le sigan

ligeros canes y robustos mozos;

así al ver el valiente Menelao

al lindo Paris, se alegró, creyendo

tomar venganza del raptor injusto.

Y sin quitarse las brillantes armas,

desde el carro saltó sobre la arena.

Cuando vio Paris que animoso el Griego

de la primer escuadra ya salía,

sintió agitado el corazón latirle,

y se ocultó en las filas de los suyos

para evitar la muerte. A la manera

que al ver un caminante en la espesura

del bosque umbrío verdinegra sierpe,

atrás salta medroso, se retira,

tiemblan todos sus miembros, tuerce el paso,

y de mortal amarillez se cubren

sus mejillas; así el hermoso Paris,

al Atrida temiendo, por la escuadra

se entró de los Troyanos valerosos.

Y Héctor, al verlo, en injuriosas voces

así al cobarde hermano reprendía:

"¡Funesto Paris, por la gran belleza

célebre solo y a mujeres dado!

¡Pérfido! ¡Seductor! ¡Pluguiera a Jove

que no hubieses nacido, o al averno

antes bajaras de tener esposa!

Mucho yo lo quisiera, y más valdría

que ser la mofa de los hombres todos.

Mira ya cual se ríen los Aquivos

de ti, cuando hasta ahora te creían

impávido adalid, viendo que tienes

tan gallarda persona. Pero fuerza

no hay en ti, ni valor. Si tan cobarde

naciste, ¿a qué los mares has corrido

en ligeros bajeles, y juntando

gente digna de ti, por las naciones

viajaste extranjeras, y trajiste,

siendo esposa y cuñada de dos Reyes                       [50]

tan poderosos, de lejana tierra

linda mujer para que a tu buen padre,

a tu propia ciudad, y a todo el pueblo

tales daños causara, y algún día,

cuando los Griegos la hayan recobrado,

a ellos alegre, y de ignominia eterna

a ti deje cubierto? ¿Por qué ahora

no esperaste al valiente Menelao?

Cuán fuerte es el guerrero conocieras

a quien robaste la consorte amada.

No te hubieran valido, moribundo

al rodar en el polvo, ni la lira,

ni los dones de Venus, ni el cabello,

ni la mucha belleza. Los Troyanos

harto cobardes son; pues en castigo

de tu crimen, a todos tan funesto,

ya no te cubre túnica de piedra."

Así habló el héroe; respondióle Paris:

   

Ya yo esperaba de tu parte, hermano,

tan dura reprensión; porque inflexible

tu corazón es siempre. Como el hacha

que puesta en manos de robusto joven

el duro leño hiende, y el empuje

aumenta del obrero que afanoso

árboles corta para hacer navíos,

tan firme es de tu pecho la entereza;

mas no me eches en cara los amables

dones de Venus. Renunciar no puede

el hombre a las ventajas que benignas

concederle quisieron las deidades,

ni el hacer la elección está en su mano.

Pero si ya deseas que animoso

haga en la lid de mi valor alarde,

haz detener a los demás Troyanos

y a todos los Aquivos, y en el medio

del uno y otro ejército al valiente

Menelao y a mi dejad que solos

en singular combate decidamos

quién de Elena y de todas sus alhajas

dueño ha de ser feliz. El que con vida

quedare y vencedor, la mujer tome

y todas sus riquezas, y a su casa

las lleve; y los demás en fiel tratado

perpetua paz os prometed. Vosotros

habitando quedad la fértil Troya,

y ellos a Argos se vuelvan y a la Acaya."

Así Paris habló: y Héctor, gozoso

al escucharle, entre las dos escuadras

se interpuso: y el asta por el medio

empuñando, de Troya las falanges

contuvo. Al verle, los Aquivos todos

la punta de las flechas dirigían

a su pecho, y vibraban ya los dardos

y las picas, y piedras le tiraban;

mas el primer caudillo de las tropas,

Agamenón, les dijo en altas voces:

"Deteneos, ¡Argivos! y los arcos

no disparéis, ¡Aqueos! El ardido

Héctor parece que decir desea

útil palabra." Obedecieron todos,

dejaron de tirarle, y en profundo

silencio quedó el campo, y Héctor dijo:

"Oíd, Troyanos y valientes Griegos,

lo que me dice Paris, que la causa

ha sido de la guerra. Él os propone

que todos los Aquivos y Troyanos

dejen las armas sobre la alma tierra,

y que en medio del campo que divide

los ejércitos, él y Menelao,

en muy reñida singular batalla,

decidan quién de Elena y sus tesoros

dueño ha de ser al fin; y el que con vida

quedare y vencedor, la mujer tome

y todas sus riquezas y a su casa

las lleve, y los demás en fiel tratado

paz y amistad se juren." Así dijo,

y todos a su voz enmudecieron,

y ni osaban hablar. Adelantóse

a todos el valiente Menelao,

y alegre dijo en resonantes voces:

"Escuchadme también. Despedazaba

grave dolor mi corazón; mas creo

que Griegos y Troyanos este día

amigos quedarán, después que tantos

males habéis sufrido en esta guerra

que mi justa venganza y la perfidia                          [100]

de Paris encendieron. De nosotros

aquel a quien la Parca ha destinado

a morir, muera; los que vivos queden

hagan luego la paz. Traed, oh Teucros,

un cándido cordero y una parda

cordera que ofrecer en sacrificio

a la Tierra y al Sol, y otro cordero

traeremos nosotros para Jove.

De Príamo también la respetable

persona venga, y el tratado jure:

él mismo, porque infieles y perjuros

son sus hijos. Así, ninguno osado

será a violar la fe del juramento

que a Júpiter hagamos. Inconstante

siempre fue de los jóvenes el alma;

pero si en los tratados interviene

algún anciano, en cuenta lo futuro

y lo pasado tiene al mismo tiempo,

para que ventajosos igualmente

a los dos pueblos sean." Así dijo;

y los Teucros y Aqueos se alegraban,

esperando que en breve acabaría

la guerra asoladora. Y presurosos

en fila los bridones colocaron;

y saltando en la arena, y no distantes

uno estando del otro, y la armadura

quitándose, a su lado la pusieron;

y corto era el espacio que mediaba

entre los dos ejércitos. A Troya

Héctor sus dos heraldos diligente

envió a que las víctimas trajeran

y a Príamo llamasen. A Taltibio

el Rey Agamenón mandó que fuese

a las naves aquivas y un cordero

tomara de los suyos, y el heraldo

se encaminó a las naves presuroso.


 
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Contenido
Libro III

 vv. 1-120
 vv. 121-244
 vv. 245-384
 vv. 385-461