Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica

Fundación Séneca

Universidad de Murcia
Ilíada - Libro II

 

La noche toda las demás deidades,

y los guerreros de la hueste aquea,

descansaron en plácido reposo;

sólo Jove del sueño la dulzura

a gustar no llegó. Porque agitado

en su mente solícito pensaba

cómo vengar a Aquiles, y en las naves

a muchos destruir de los Aquivos;

y el que le pareció mejor consejo,

fue enviar al mayor de los Atridas

un Sueño engañador. A su presencia

le mandó, pues, venir, y así le dijo:

"Ve, Sueño engañador, a los bajeles

de los Aquivos, y en la tienda entrando

del Rey Agamenón, fiel mensajero

en clara voz mi voluntad le anuncia.

Dile que saque ya de los Aquivos

toda la hueste a general batalla,

pues acaso pudiera en este día

tomar la gran ciudad de los Troyanos.

Ya no están en dos bandos divididos

los inmortales que el Olimpo habitan;

porque Juno de todos con sus ruegos

inclinó el corazón, y a los Troyanos

muchas calamidades amenazan."

Así dijo; y el Sueño, apenas hubo

la voz oído, en vuelo vagaroso

a las tiendas bajó de los Aqueos,

y entrando en la del Rey, le halló dormido,

que dulce sueño le cercaba en torno.

Y acercándose al héroe, la figura

tomó y el aire del prudente Néstor,

por ser el capitán a quien honraba

más el Atrida que a los otros Reyes,

y así le dijo en cariñosas voces:

"¡Oh hijo de Atreo, el campeón temido

y de caballos domador famoso!

¿Así duermes ahora? No le es dado

al prudente caudillo a quien la hueste

ha sido confiada, y a quien cercan

tantos cuidados, en profundo sueño

pasar la noche entera. Atento escucha

mi voz ahora, que del alto Jove

un mensajero soy: y aunque alejado

de esta región en el Olimpo mora,

cuida de ti y se duele de tus males.

Él te manda sacar de los Aquivos

toda la hueste a general batalla,

pues acaso pudieras este día

tomar la gran ciudad de los Troyanos.

Ya no están en dos bandos divididos

los inmortales que el Olimpo habitan;

porque Juno de todos con sus ruegos

inclinó el corazón, y a los Troyanos

con grandes infortunios amenaza

el padre Jove. Lo que yo te digo

quede grabado en la memoria tuya,

y no lo olvides cuando ya tus ojos

el dulce sueño abandonado hubiere."

Dijo y despareció: mas el Atrida

pensativo quedó, proyectos vanos

agitando en su mente que cumplidos

nunca debían ser; y ya esperaba

de Príamo tomar en aquel día

la ciudad. ¡Insensato! Los futuros

sucesos no sabía que el gran Jove

entonces preparaba, y que a los Griegos

y a los Troyanos dolorosas cuitas

y profundos gemidos reservaba

todavía en la guerra asoladora.

Sacudió al fin el sueño perezoso

cuando aún resonaba en sus oídos

la voz divina, y se asentó en el lecho;

y delicada túnica se puso

fina y nueva, y encima el ancho manto.

Y ajustando a los pies ricas sandalias,

de los hombros colgó la cortadora

espada, cuyo puño enriquecían

clavos de plata. Y empuñando el cetro

de duración eterna, que heredara

de sus mayores, a las otras naves

con él se encaminó de los Aqueos.

La divinal aurora al vasto Olimpo

subía ya para anunciar a Jove

el día y a los otros inmortales,

cuando dijo el Atrida a los heraldos                         [50]

que en resonante voz a los valientes

guerreros de la Acaya convocasen

a junta. Ellos el bando pregonaron,

y todos acudieron presurosos;

y en tanto que venían las escuadras,

en la nave de Néstor el Consejo

Agamenón juntó de los caudillos

y en secreta consulta les decía:

"¡Caros amigos! escuchad ahora

la visión celestial que en el silencio

de la noche entre sueños he tenido.

Venerable varón que en estatura,

augusta faz y continente grave,

al sabio Néstor semejaba mucho,

al lecho se acercó, y así decía:

'¡Oh, hijo de Atreo, el campeón temido

y de caballos domador famoso!

¿así duermes ahora? No le es dado

al prudente caudillo a quien la hueste

ha sido confiada, y a quien cercan

tantos cuidados, en profundo sueño

pasar la noche entera. Atento escucha

mi voz ahora; que del alto Jove

un mensajero soy: y aunque alejado

de esta región en el Olimpo mora,

cuida de ti y se duele de tus males.

Él te manda sacar de los Aquivos

toda la hueste a general batalla,

pues acaso pudieras este día

tomar la gran ciudad de los Troyanos.

Ya no están en dos bandos divididos

los inmortales que el Olimpo habitan;

   

porque Juno de todos con sus ruegos

inclinó el corazón, y a los Troyanos

con grandes infortunios amenaza

el padre Jove. Lo que yo te digo

quede grabado en la memoria tuya.'

Así la sombra dijo, y de la tienda

volando se alejó, y el dulce sueño

me abandonó también. Así, veamos

cómo sacar los hijos de la Grecia

a general batalla. Yo primero

con inocente ardid sus corazones

sondearé, mandando que en las naves

huyan de esta región; pero vosotros,

unos por una parte, otros por otra,

habladles y decid que se detengan."

Habiendo Agamenón así arengado,

volvió a sentarse; mas alzóse luego

Néstor, el Rey de la arenosa Pilos,

y así les dijo, cual varón prudente:

"¡Adalides y Príncipes de Acaya!

¡amigos! Si algún otro de los Griegos

la visión nos contase, que fingía

dijéramos y horror nos inspirara;

mas la vio el héroe que la gloria tiene

de ser en el ejército el primero.

Veamos, pues, a general batalla

cómo sacar los hijos de la Grecia."

Así dijo el anciano, y de la nave

el primero salió. Los otros Reyes,

su prudente dictamen aprobando,

fiáronse también y le siguieron

cuando ya los aquivos escuadrones

al lugar de la junta concurrían.

Como de la hendidura de un peñasco

sale de abejas numeroso enjambre,

y otro, y otro lo sigue, y luego todas

bajan arracimadas a las flores

nacidas en la hermosa primavera,

y unas vuelan aquí y otras mas lejos;

así nuevos y nuevos combatientes

salían de las tiendas y las naves,

y por hileras a la vasta orilla

del mar se encaminaron; y la Fama,

de Jove mensajera, a que marchasen

los aguijaba ardiente. Ellos al eco

de su voz acudían y en la junta

el tumulto reinaba, y por debajo

la ancha tierra gemía al gran ruido

que las tropas hicieron al sentarse.

Todo era confusión; mas nueve heraldos,

en alta voz dijeron que callasen,

porque cesara al fin la gritería

y atentos escuchasen a los Reyes:

y obedeciendo los Aquivos todos,

cuando ya los escaños ocuparan

cesaron de gritar. Alzóse entonces                      [100]

el poderoso Agamenón, y el cetro

en la diestra empuñaba que Vulcano

labrado había para el padre Jove,

y Jove del Olimpo al mensajero

en don se le otorgó cuando la vida

a Argos quitara. Se le dio Mercurio

luego al valiente Pélope, y Atreo

le recibió de Pélope, y Tiestes

de Atreo le heredó; pero vencido

por los Atridas, que cederle tuvo

a Agamenón, porque con él rigiera

sus muchas islas y el argivo imperio.

En él, pues, apoyado, estas palabras,

que rápidas volaron, les decía:

"¡Ministros de Mavorte, heroicos Griegos!

¡caros amigos! El Saturnio Jove

de gran calamidad me ha rodeado.

¡Cruel! un tiempo, con señal segura,

me prometiera que, hasta haber rendido

la fuerza de Ilion no tornaría;

y hoy, doloso y falaz, al patrio suelo

manda que vuelva sin honor ni gloria

cuando ya tanta gente ha perecido.

Así lo quiere el iracundo numen

que de muchas ciudades las murallas

por tierra ha derribado, y todavía

otras quizá derribará su diestra,

que es grande su poder. Mas ¿qué deshonra

será la nuestra en los futuros siglos,

cuando se oiga decir que de los Griegos

un ejército tal, tan numeroso,

está aquí inútilmente guerreando

con otro muy menor, sin que hasta ahora,

después de muchos años de combates,

quién ha de ser el vencedor se vea?

Pues, si jurada con solemne rito

la paz, quisiesen Griegos y Troyanos

público alarde hacer de sus legiones,

y en decurias los Griegos repartidos,

para cada decuria se escogiera

un Troyano que el vino delicioso

en las copas sirviese a los Aqueos,

a muchas el copero faltaría.

Tanto en número exceden, lo aseguro,

los guerreros de Acaya a los Troyanos

que dentro el muro de Ilión habitan;

pero los auxiliares que de tantas

ciudades tienen, y blandir briosos

saben la pica, de la guerra mucho

el fin retardan, y asolar me impiden

el fuerte muro de la antigua Troya.

Nueve años del gran Jove son pasados,

están ya carcomidas las maderas

y deshechas las jarcias de las naves,

y en tanto en nuestras casas las esposas

y los tiernos hijuelos nos esperan

en triste agitación; pero nosotros,

por dar cima a la empresa a que vinimos

en inútil porfía trabajamos.

Obedecedme, pues, seguid mi ejemplo,

y a nuestra patria huyamos en las naves:

ya no podemos conquistar a Troya."

 


 
Volver
Inicio | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter
Copyright © 2006 - 2012 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
Resolución óptima: 1024x768
 
 
Contenido
Libro II

 vv. 1-141
 vv. 142-277
 vv. 278-397
 vv. 398-483
 vv. 484-590
 vv. 591-680
 vv. 681-785
 vv. 786-877