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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro X

 

Capítulo 1, 1-21

Quedan perdonados los delitos de Cleandro y de algunos capitanes, y castigados los de otros, aunque más ligeros. Intenta Alejandro pasar a la parte occidental de la Europa. Su liberalidad con los hijos de Abisares, y su crueldad con los de Orsines sátrapa ilustre.

(1) Llegaron casi al mismo tiempo Cleandro, Sitalces, Agatón y Heracón, los cuales habían muerto a Parmenión por orden del rey, y llevaban consigo cinco mil infantes y mil caballos. (2) Seguíanlos los diputados de las provincias que habían gobernado, para acusarlos de tan graves delitos, que no parecía creíble que en medio de haber sido tan grato servicio al rey el de la muerte que ejecutaron, bastase a librarles del castigo que por ellos merecían. (3) Pues no contentos con haber desolado las familias con sus imposiciones, habían robado hasta los templos y sepulcros, sin perdonar la honestidad de las señoras más ilustres, las cuales lloraban con lágrimas de sangre el desacato de habérsela violado. (4) Con cuya desenfrenada avaricia y libertad habían hecho aquellos brutos odioso y detestable el nombre de los macedones.

(5) Sin embargo, entre todos ninguno igualaba a Cleandro; el cual después de haber forzado a una doncella de calidad, la dio por concubina a sus esclavos. (6) Por lo cual temían muchos de los amigos de Alejandro que pudiese con él, más que la enormidad de los delitos, que era notoria, la clemencia a favor de los reos. Si bien no dejaban de discurrir por otra parte alegres en que sería posible que, pasada la ocasión del servicio, y prevaleciendo el horror de sus recientes atrocidades, convirtiese su indignación contra los que habían sido ministros de su ira, y que se viese cuan poca duración tenía el poder adquirido por malos medios.

(7) El rey, habiendo conocido de la causa, pronunció: "qué habían cometido los acusadores el más grave delito, cual era el de haber desesperado de su vida; pues no podía ser creíble que se hubiesen atrevido a ejecutar semejantes maldades si juzgasen que había de volver de las Indias." (8) En su consecuencia hizo cargar de cadenas y dar muerte a trescientos soldados que habían sido instrumentos de su ira, y (9) que en el mismo día se ejecutase la de los autores de la rebelión de los persas, que Crátero había llevado.

(10) Vueltos Nearco y Onesícrito, que por orden del rey habían surcado por el Océano lo más adentro que les fue posible, (11) refirieron diversas cosas, unas que oyeron y otras que vieron: "Que en la isla que está a la boca del río, había gran cantidad de oro, y tanta carestía de caballos, que los que se atrevían a pasarlos allí vendían a un talento cada uno. (12) Que estaba aquel mar lleno de ballenas, las cuales surcando por él, según el aumento de la marea, se descubrían sobre el agua tan grandes como las mayores naos. Que cuando seguían la armada las espantaban a fuerza de grandes gritos y de crecido rumor; y que se zambullían en el mar con tan horrible ruido como pudiera causarle éste si se hubiese sorbido otros tantos bajeles. (13) Que en cuanto a lo que habían oído de los moradores de aquellas costas, era, entre otras cosas, que el mar Rojo no se llamaba así porque fuesen de este color sus aguas, como creen muchos, sino en memoria del rey Eritro, cuyo nombre en griego es lo mismo que rojo. (14) Que poco después de la tierra firme había allí una isla llena de palmeras, y que en medio del bosque se ofrecía una columna muy alta, que era el sepulcro del rey Eritro, grabado con caracteres de aquel país; (15) y añadían que de cuantos navíos mercantes habían pasado aquella isla, movidos de la fama del oro, no había vuelto ninguno."

(16) Deseoso el rey de saber más, les mandó que fuesen costeando la tierra hasta la boca del Éufrates, y que embarcados allí pasasen a Babilonia. (17) Y acumulando intentos a intentos aquel infatigable espíritu, tenía resuelto el haber sujetado toda la región marítima del Oriente, pasar de Siria a África para abatir el orgullo de Cartago, a quien miraba como a enemiga, y desde ella, atravesando los desiertos de Numidia, tomar la derrota a Cádiz, donde era fama que estaban las columnas de Hércules; (18) pasar luego a España, a quien los griegos llaman Iberia, del nombre del río Ibero; encaminarse después a los Alpes y a las costas de Italia, desde donde hay corto espacio a Epiro. (19) Con cuyo fin ordenó a los gobernadores de Mesopotamia que hiciesen cortar cantidad de madera en el monte Líbano y que la mandasen pasar a Tapsaco, ciudad de Siria, para la fábrica de las galeras, que habían de ser de siete órdenes de remos, y conducirlas a Babilonia.

Tuvieron orden los reyes de Chipre para que las proveyesen de espolones, de velas y de cuerdas. (20) Hallándose en estas disposiciones llegaron cartas de Poro y de Taxiles, en que le avisaban que Abisares había muerto de enfermedad, así como también Filipo, su gobernador, violentamente, y quedaban castigados los homicidas. (21) Con cuyas noticias puso en el lugar de Filipo a Eudemón, capitán de Tracia, y nombró por sucesor de Abisares en el reino a su hijo.


 
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