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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VIII

 

Capítulo 1, 1-26

Habiendo sujetado Alejandro a los dahas y a los sogdianos, le ofrecen los escitas en matrimonio la hija de su rey. Mata por sí sólo a un león en cierta caza, y poco después da muerte a Clito en un festín por la gran libertad con que habló de él.

(1) Apoderado Alejandro de aquella peña con mayor crédito que gloria, y pareciéndole conveniente aprovecharse de la ocasión de hallarse esparcidos los enemigos, dividió en tres partes su ejército, de las cuales dio una a Hefestión, otra a Ceno, y reservó para sí la restante; (2) pero no todos los bárbaros siguieron un mismo partido, porque algunos fueron sojuzgados por medio de las armas y la mayor parte se rindió voluntariamente, logrando que se distribuyesen en ellos las ciudades y tierras de los que se mostraron pertinaces.

(3) En tanto los bactrianos que se habían hecho al campo, forrajeaban en los villajes vecinos con ochocientos caballos masagetas; noticioso de ello Atinas, gobernador de la provincia, quiso reprimir su atrevimiento. Despreciando más de lo que debiera el número de los que se habían levantado, marchó contra ellos con trescientos caballos; (4) pero los enemigos, ocultándose en un bosque que estaba inmediato a una dilatada campiña, dejaron descubierto algún número de gente que separaron de las tropas para que la codicia de la presa los llevase a la emboscada.

(5) Marchando, pues, aquel inconsiderado capitán desordenadamente y sin más cuidado que el de cumplir su deseo, no hubo bien entrado en el bosque, cuando improvisamente fue cargado y derrotado con toda la gente que llevaba.

(6) Pasó inmediatamente aquella noticia a la de Crátero, el cual acudió allí con toda su caballería; pero habiéndose retirado ya los macedones, descargó su cólera en los dahos con muerte de mil hombres, lo cual acabó de poner fin a todos los movimientos de la provincia.

(7) El rey por su parte, habiendo sojuzgado nuevamente a los sogdianos, volvió a Maracanda, donde Derdas, a quien había despachado a los escitas que habitan sobre las riberas del Bósforo, le vino a encontrar con todos sus embajadores (8) Fratafernes, sátrapa de los corasmios, viendo sojuzgados a los masagetas, y después a los dahas, sus vecinos, le envió también a dar la obediencia.

(9) Pedíanle los escitas que se casase con la hija de su rey y que si no le juzgaba digno de aquel honor, permitiese a lo menos que los principales de su corte hiciesen alianza con los primeros señores de su nación, ofreciéndole que su mismo rey vendría en persona a verle.

(10) Recibió Alejandro una y otra embajada con demostraciones de gran benignidad, y después de haberse detenido allí algunos días para esperar a Hefestión y a Artabazo, pasó luego que llegaron a Bazaira. (11) En cuya región, su mayor magnificencia consistía en bosques poblados de fieras, (12) para cuyo efecto elegían grandes selvas bañadas de gran cantidad de agua, las cuales cerraban con murallas guarnecidas de torres, en las que pudieran retirarse los cazadores. (13) Mostraron, entre otros, uno donde hacía más de trescientos años que no se cazaba. Entró en él el rey con todo su ejército, y habiendo hecho que conmoviesen las fieras por todas partes, (14) separándose de las demás un león de rara y desmesurada grandeza, se fue a él; a cuyo tiempo, anticipándose Lisímaco, que reinó después y entonces se hallaba al lado del rey, a dispararle un dardo, le ordenó éste que se retirase, diciéndole que también podía él matar a un león como lo había hecho Lisímaco, (15) porque cazando cierto día este príncipe en Siria, mató Lisímaco un león de prodigiosa grandeza, aunque con la costa de haber sacado una herida en la espalda izquierda, que le penetraba hasta el hueso, la cual le redujo al último peligro. (16) Así Alejandro zahiriéndole con ella, lo ejecutó aun mejor que lo dijo, pues no sólo hizo cara a la fiera, sino le dio muerte a la violencia de un golpe. (17) Cuyo suceso, si no me engaño, tengo por cierto que dio ocasión para que se dijese, bien contra toda verdad, que Alejandro expuso a Lisímaco al león.

(18) Aunque este suceso fue tan feliz al rey, con todo, ordenaron los macedones según su estilo, que no fuese en adelante a caza a pie y sin llevar consigo algunos de sus grandes y de sus oficiales. (19) Concluida aquélla, después de haber muerto hasta cuatro mil fieras, dio una comida a todo su ejército en el mismo bosque, desde donde se volvió a Maracanda. Allí, atendiendo a las instancias con que Artabazo solicitaba por su crecida edad que proveyese su gobierno en otro, nombró para él a Clito.

(20) Era éste el que cubrió al rey con su escudo cuando combatió en el Gránico sin ningún reparo en la cabeza; el que cortó la mano a Rosace cuando la había levantado para matarle uno de los soldados autiguos de Filipo, y de los que más se habían señalado en muchas ocasiones; y últimamente, hermano de Helanice, que había criado a Alejandro, (21) a la cual amaba no menos este príncipe que a su propia madre. Por cuyas razones todas, fiaba en él una de las más importantes provincias de su imperio.

(22) Habiéndole, pues, ordenado que partiese al día siguiente, le convidó aquella noche a un festín, en el cual después de haber bebido muy bien el rey, se introdujo a celebrar sus ilustres acciones sin limitarse en sus propias alabanzas, las cuales disgustaron aun a los mismos que no ignoraban eran ciertas. (23) Contuviéronse, sin embargo, los más ancianos hasta que empezó a deslucir los hechos de Filipo y a vanagloriarse de que aquella famosa victoria de Queronea era debida a él, y que le habían usurpado la gloria de tan esclarecida acción la malignidad y celos de su padre; (24) que en la sedición que sobrevino entre macedones y griegos, levantados a sueldo suyo, debilitado Filipo de la herida que recibió en aquel tumulto, se había postrado por tierra, no habiendo discurrido otro recurso más seguro para salvarse que el de fingirse moribundo, y que entonces le cubrió con su escudo, dando muerte a los que intentaban cargarle, (25) pero que su padre nunca quiso confesarle este beneficio, como disgustándose de deber la vida a su hijo; que en la jornada que hizo contra los ilirios obtuvo solo la victoria sin que Filipo se hallase en ella, ni tuviese más noticia de la derrota de sus enemigos que la que le dio en sus cartas; (26) que aquellas acciones eran dignas de alabanza, y no las que habían tenido principio en los que acudían a Samotracia, cuando convenía entrar a fuego y sangre por el Asia; y finalmente, que la grandeza de las suyas excedía de la credulidad de los hombres.


 
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