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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 9, 19-36

(19) ¿No son estos testimonios seguros de un corazón envejecido en venenoso encono y envidia de mi gloria?

Pero con todo, ¡oh soldados! he reprimido cuanto me ha sido posible mis justos sentimientos, pareciéndome que rasgaba yo mismo parte de mis entrañas si disminuía alguna de la grandeza de aquellos a quienes había elevado. (20) Mas no trato ya de castigar las palabras que articula la facilidad de la lengua, sí las obras y disposiciones a que han pasado éstas. Las obras digo; pues si me tenéis por persona digna de crédito, Filotas ha sido quien contra mí ha afilado las armas para penetrarme con ellas el pecho. Si a vista de esto le dejo libre, ¿en qué parte estaré seguro? ¿De quién fiaré mi vida? (21) ¿Acogeréme por ventura a la caballería? Mas ¡ay! ¿cómo, si por ser la parte mejor de mi ejército la he puesto debajo de su gobierno? ¿No le he hecho general de ella y de la juventud más noble, fiando de él la vida, la esperanza y la victoria? (22) ¿No he elevado a su padre al mismo colmo de honor, de grandeza y de autoridad en que me habéis puesto? Y finalmente, ¿no le he preferido a todos para el gobierno de la Media, provincia excesivamente superior a las demás en riquezas? ¿No he puesto debajo de su obediencia nuestros mejores ciudadanos y compañeros, para que de donde más esperaba mi seguridad sea de donde más tema mi peligro? (23) ¡Cuánto mayor hubiera sido mi felicidad si hubiese muerto en una refriega, o quedado en ella antes presa del enemigo que víctima aquí de un ciudadano! Libróme de los peligros que temía, y he caído en los que no debía recelar.

(24) Vosotros, ¡oh soldados! acostumbráis encargarme muy de ordinario que cuide de mi persona, pero ahora en vosotros está el concederme lo que hasta aquí me habéis persuadido que haga. A vosotros, pues, me acojo asegurándome en vuestros brazos y en vuestras armas; contra vuestro gusto no quiero la vida; pero si éste es de que la goce, no podré conseguirla mientras no quedare vengado por vosotros."

(25) Mandó después que llevasen allí a Filotas, el cual iba con las manos ligadas sobre las espaldas y cubierta la cabeza con un vil lienzo. Reconocíase en los semblantes que los que poco antes le habían mirado con irritación, ya entonces, viéndole en aquel estado, se compadecían de su infortunio. (26) Tuviéronle el día antes general de la caballería, no ignorando que se había hallado al real convite y logrando los más especiales favores de su gracia, y repentinamente le advertían delincuente, condenado y en manos del verdugo. (27) Ofrecíaseles también la deplorable fortuna de su padre, aquel gran capitán, aquel personaje ilustre conciudadano suyo, que aun no habiendo enjugado las lágrimas por la pérdida reciente de dos hijos, Héctor y Nicanor, se continuaba su infelicidad hasta hacérsele en ausencia suya al único que le había quedado el proceso destinándole al último castigo. (28) Pero Amintas, uno de los generales del rey, viendo que la junta se inclinaba a piedad, procuró irritarla nuevamente contra Filotas, diciendo que había querido entregarlos a los bárbaros para que quedasen enteramente imposibilitados de volver a su patria y a la vista de sus mujeres y de sus parientes, derramados como cuerpos sin cabeza y sin nombre por aquellas extrañas tierras al escarnio del enemigo.

(29) No fueron estas palabras tan gratas a Alejandro como juzgó Amintas, porque renovando a los soldados la memoria de su patria y de sus mujeres, temía perdiesen el vigor y disposición con que los deseaba para otras empresas.

(30) También Ceno, en medio de hallarse casado con su hermana, prorrumpió aún con mayor violencia que los demás contra él llamándole a grandes voces parricida del rey, (31) del ejército y de su patria, y tomando una piedra que tenía a los pies para tirarle, deseoso como algunos creen de librarle por este medio del tormento, le detuvo el rey, manifestando no consentiría se pasase a más hasta que hubiese dado sus descargos.

(32) Teniendo, pues, Filotas permisión para hacerlo, o afligido del remordimiento de su conciencia o absorto de la grandeza del peligro, se manifestó tan conturbado, que no se atrevía a levantar los ojos ni abrir los labios, (33) derramó copiosas lágrimas, y faltándole las fuerzas cayó en los brazos del que le tenía, el cual enjugándoselas procuró esforzarle. Finalmente, recobrando poco a poco el espíritu y la voz y dando muestras de querer hablar, (34) se anticipó el rey a decirle que allí tenía a los macedones que habían de ser sus jueces, pero que deseaba saber antes si había de hablarles en su lengua nativa. (35) A que le respondió que respecto de hallarse, demás de los macedones, otros muchos que entendían mejor la lengua griega, se valdría de ella, como lo había hecho él al mismo fin. (36) Vuelto entonces el rey a los suyos, "¿No advertís (les dice) cómo aborrece aún su lengua natural, desdeñándose de hacer en ella su defensa? Pero use de la que gustare, como tengáis presente que no le son menos odiosas nuestras costumbres que nuestra lengua."

Y dicho esto se retiró para que Filotas diese principio a sus descargos, como lo hizo de esta suerte.


 
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