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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 8

Filotas, hijo de Parmenión, a quien se tenía por autor de esta conspiración o por gran parte de ella, es preso a instancia de los favorecidos de Alejandro y llevado a palacio cubierta la cabeza.

(1) Sin embargo, habiendo tenido Alejandro consejo con sus más confidentes, entre quienes fue llamado Filotas a él, mandó que le llevasen allí a Nicómaco, (2) el cual repitió por su orden cuanto había referido a su hermano.

Era Crátero uno de los favorecidos de Alejandro, y por esto mayor émulo de la grandeza de Filotas; (3) y no ignorando que por la repetida jactancia con que se vanagloriaba de sus empresas y servicios había desabrido algo al rey, el cual, aunque no le tuviese entonces por culpado, le juzgó siempre por de genio peligroso, (4) y que no podía ofrecérsele ocasión más oportuna para destruir a su enemigo, haciendo del celoso, a fin de encubrir mejor su odio, habló al rey en estos términos: "Pluguiese a los dioses, señor, que desde el principio de este negocio le hubieras consultado con nosotros, (5) para que cuando quisieras perdonar a Filotas te persuadiésemos a que tolerases, antes que fuese desconocido e ingrato a las obligaciones a que te es deudor, que el que amenazándole con el peligro de la vida, le hubieses dado ocasión para que pensase más en el riesgo de que se había librado que en el beneficio que había recibido de ti concediéndosela. De esta suerte quedará siempre con libertad para maquinar contra ti, y no sé si tú te hallarás siempre en estado de perdonarle; (6) porque no es creíble que la benignidad mude un corazón en quien hubo capacidad para concebir parricidio tan execrable. No ignora que los que para librarse de los rigores de la justicia han necesitado de toda tu clemencia, (7) no tienen ya que esperar; pero doy que movido de su arrepentimiento o vencido de tu piedad quiera aquietarse: ¿te persuades a que Parmenión, general de tan considerable ejército como el que manda, de tan envejecida autoridad entre los soldados, y cuya grandeza no es inferior a la tuya, querrá reducirse a reconocerte la deuda de la vida de su hijo? (8) Hay cierta especie de beneficios que más que gratos nos son odiosos, y uno de ellos es el que impone la costosa obligación de confesar hemos sido merecedores de la muerte, de que siempre nos avergonzamos; a cuya causa procurará que se entienda antes le has hecho agravio que gracia. Por tanto, señor, (9) no puedo dejar de decirte que corre gran peligro tu vida, ni de pedirte que te dispongas a preservarla de él; pues aunque nos hallamos aún con muchos enemigos a quienes sojuzgar, como tú te asegures de los domésticos, no tienes que recelar de los extraños."

(10) Este fue el sentir de Crátero, con quien todos se conformaron, teniendo por sin duda que si Filotas no fuese autor, o a lo menos cómplice, no procedería con el silencio que usó; porque ¿qué hombre hubiera (decían ellos) de algún pundonor, aunque de cortísimo discurso, no ya de la esfera de Filotas, sino del estado popular, que habiendo recibido una noticia de tan gran importancia no hubiese, (11) a ejemplo del mismo Cebalino, partido luego a hacer partícipe de ella al rey? Y el hijo de Parmenión, el general de la caballería, y de quien el rey fiaba sus mayores secretos, ¿se excusaba con que no había dado el rey oídos a su plática, para entretener a Cebalino y embarazarle que se valiese de otro medio? (12) Nicómaco, en medio de su juramento, no vio la hora de descargar su conciencia, y Filotas, habiendo estado todo un día con el rey, no se dignó en tan largo espacio y entre tantas palabras, quizá inútiles las más, de expresar las pocas que pedía un negocio en que no le iba menos que la vida. (13) Pero si eran mozos poco dignos de crédito los que le refirieron esto, ¿para qué fue entretenerlos los dos días, como si los hubiera creído? (14) ¿Por qué, si no daba asenso a ello, no despedía a Cebalino? Que los particulares desprecien el peligro que mira a ellos, mostrando corazón y no dejándose llevar ligeramente del sobresalto, está bien; pero cuando se interesa la vida del príncipe, es preciso temerlo todo y creerlo, sin desestimar aun lo más inverosímil. (15) Finalmente, todos concluyeron con que le pusieran a cuestión de tormento para obligarle a confesar los cómplices.

El rey, encomendándoles el secreto, los despidió, y porque no se pudiese sospechar aquella deliberación hizo publicar la marcha para el día siguiente. (16) Convidó también a Filotas a que comiese con él, siendo la última que lo hizo aquel infeliz favorecido, con el cual tuvo el rey valor para comer y mantenerle familiar conversación, (17) acabándole de condenar.

A la segunda vigilia Hefestión, Crátero, Ceno y Erigio, habiendo hecho encender hachas, entraron con poco acompañamiento secretamente en palacio, adonde iban también Perdicas y Leonato, los cuales dieron orden a los que estaban de guarda delante del alojamiento del rey para que se mantuviesen toda la noche con las armas. (18) Habíase distribuido también la caballería por todos los caminos, a fin de evitar el que ninguno llevase la noticia a Parmenión, que mandaba en la Media con un poderoso ejército.

(19) Llevó en el ínterin Atarrias a palacio trescientos hombres armados y diez alguaciles, a cada uno de los cuales seguían diez arqueros, (20) que fueron distribuidos en diversos cuarteles para prender a los demás conjurados. Atarrias, enviado con los trescientos soldados contra Filotas, escogió de ellos cincuenta de los más briosos para derribar la puerta, después de haber mandado a los demás que cercasen la casa para que no pudiesen escapárseles por parte alguna; (21) pero ya fuese seguridad de conciencia, o ya haberle rendido la fatiga, se hallaba entregado al sueño cuando Atarras le aprisionó; y habiendo despertado de él, al ponerle las esposas en las manos exclamó a gritos: "¡ Ah, señor! ¡El odio rabioso de mis enemigos ha prevalecido a tu benignidad!" Después de lo cual le cubrieron el rostro y le llevaron a palacio sin que le oyesen otra palabra.

(23) El día siguiente, habiendo tenido orden los macedones de acudir armados al alojamiento del rey, llegaron a hallarse seis mil, (23) y entre ellos gran cantidad de mochileros y vivanderos, de quienes se llenó al punto el palacio. (24) Cubrían las guardas a Filotas, temiendo no fuese visto de los soldados antes que los hablase el rey, (25) por ser antigua costumbre de los macedones que en tiempo de guerra conozca el ejército de los delitos capitales y en tiempo de paz el pueblo; en cuyos casos se hallaba sin arbitrio el rey, si no tenía el consentimiento de uno u otro. (26) Expúsose, pues, primero el cadáver de Dimno, estando la mayor parte del pueblo ignorante de la causa de su muerte.


 
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