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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 7, 1-15

Dimno descubre a Nicómaco la conspiración que se disponía contra Alejandro, por medio de Cebalino, su hermano, lo cual es causa de que Dimno se dé muerte por sus mismas manos.

(1) Había nueve días que el ejército acampaba, cuando el rey, aunque invencible siempre a todas las fuerzas extrañas, empezaba a ser asaltado de domésticas asechanzas. (2) Dimno, mal satisfecho del gobierno y enamorado de un mancebo cuyo nombre era Nicómaco, (3) se fue a él demudado y le hizo saber que tenía un negocio de la mayor gravedad y consecuencia que comunicarle; y sacándole a un templo, (4) le pidió por su recíproco amor y por las prendas que había en ambos corazones, (5) que jurase de guardarle secreto en lo que le fiase. Nicómaco, no previniendo que pudiese ser cosa que le precisase a revelarla contraviniendo al juramento, condescendió con su instancia, (6) jurando por los dioses que estaban presentes de guardársele. Entonces Dimno le declaró que estaba dispuesta una conspiración contra la persona del rey, en la cual entraba él con las personas de mayor valor y representación del ejército, y que se pondría en ejecución dentro de tres días.

(7) No bien le hubo escuchado Nicómaco, cuando le protestó que no le había prometido su fe para concurrir a un parricidio, (8) ni podía creer que hubiese juramento que le obligase a encubrir maldad tan detestable. Sobre lo cual Dimno, perdido de miedo, le abrazó pidiéndole con lágrimas que entrase en la conjuración (9) o que a lo menos cuando lo rehusase no fuese traidor a un amigo que no pudo haberle dado mayor testimonio de su afecto que el de fiar de él su vida. (10) Pero insistiendo en detestar su designio, procuró atemorizarle asegurándole sería él por quien empezarían los conjurados la ejecución. (11) A cuyas amenazas, añadiendo injurias, le llamaba algunas veces cobarde y otras pérfido, y de aquí pasaba a hacerle excesivas promesas, sin reservar de ellas un reino: efectos todos del crecido horror en que tenía su ánimo el de tan gran maldad. (12) Finalmente, sacando la espada y enderezándola a la garganta de aquel mancebo, y volviéndola después a la suya, rogándole y amenazándole a un tiempo, fue tanto lo que hizo, que le obligó a que le prometiese que no sólo le guardaría secreto, sino que entraría también en la conjuración.

(13) Pero manteniendo siempre Nicómaco su ánimo en el primer intento, después de haberle ponderado, a fin de asegurarle mejor, lo que podía con él su amor, para quien no había imposible, (14) le preguntó quiénes eran los que entraban en empresa de tan gran consecuencia, manifestándole importaba mucho quedar noticioso de ellos. (15) Dimno, fuera de sí del gusto, no sabía con  qué estimarle ni cómo alabarle la generosa resolución de unirse a las más ilustres personas de la corte, a un Demetrio, capitán de las guardas del rey; a un Peucolao, a un Nicanor, a quienes añadió a Afobeto, a Iolao, a Dioxeno, a Arquépolis y a Amintas. Con lo cual, habiéndose separado Nicómaco, pasó inmediatamente á participar a su hermano, cuyo nombre era Cebalino, cuanto había entendido.


 
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