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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 7, 16-35

(16) Tuvieron por conveniente que Nicómaco quedase en la tienda donde se hallaban, para evitar que viéndole en palacio, donde no acostumbraba ir, entrasen los conjurados en alguna sospecha, (17) y que Cebalino fuese, como lo hizo. Pero no pudiendo pasar de cierta pieza por no tener más entrada, esperó a que saliese alguno (18) que le introdujese a aquella en la que se hallaba el rey.

Habíanse acaso ido todos, y quedado, no se supo por qué causa, sólo con él Filotas, hijo de Parmenión; llegándose a él Cebalino con demudado semblante, le refirió lo que había sabido de su hermano y pidió lo pusiese luego en noticia del rey. (19) Filotas, habiendo loado su fidelidad, volvió a ver a Alejandro, con quien aunque estuvo dilatado espacio tratando de materias bien diversas, no le dijo nada de lo que Cebalino le había revelado.

(20) Cogiéndole por la noche Cebalino a la salida, y preguntándole si había hecho lo que le pidió, (21) le respondió con aspereza que no, por no haber podido hablar al rey, y pasó de largo. Al día siguiente él esperó al entrar en palacio, donde le pidió con el mayor encarecimiento se acordase de lo que le había comunicado el día antes; aseguróle lo tenía bien en cuidado, y sin embargo no le habló tampoco entonces de ello al rey. (22) Con lo cual, entrando Cebalino en desconfianza, y reconociendo cuan peligrosa era la detención, partió en busca de cierto caballero llamado Metrón, a cuyo cuidado estaba el de la provisión de las armas del ejército, y le descubrió toda la maldad. (23) Metrón, habiéndole hecho ocultar en la pieza de las armas, fue inmediatamente a dar cuenta al rey, que estaba bañándose. (24) El cual, después de haber enviado arqueros de su guarda para que al punto prendiesen a Dimno y se lo llevasen allí, entró donde se había ocultado Cebalino.

No bien le hubo visto aquel mancebo, cuando con demostraciones de gran regocijo, "Ahora sí, señor (le dice), que te veo fuera de peligro, (25) reconociendo a los dioses el beneficio de haberte librado de tus enemigos." Habiéndole informado muy por menor de lo que había pasado, le preguntó Alejandro cuánto tiempo había que sabía lo que le participaba; (26) y confesándole que tres días, persuadido el rey a que no pudiera haberlo dilatado tanto si no se hallase cómplice en el delito, le mandó poner en prisiones. (27) Pero descargándose Cebalino a gritos diciendo que desde el mismo punto que tuvo la noticia se la participó a Filotas, para que le diese cuenta, como podría saberlo de él; (28) procurando asegurarse más en lo que le refería, volvió a hacerle ratificar en ello, a que protestando siempre Cebalino ser cierto lo que había afirmado, exclamó al cielo quejándose con lágrimas de la ingratitud de una persona a quien había querido tanto.

(29) En el ínterin Dimno, previniendo lo que podía quererle el rey, se atravesó la espada por el cuerpo, y embarazándole las guardas el que acabase de quitarse la vida, le llevaron a palacio. (30) Preguntóle en él el rey qué causa le había dado para que tuviese a Filotas por más digno que a Alejandro del reino de Macedonia; pero estaba ya tal, que habiendo perdido el habla, volviendo la cabeza a otra parte, después de un profundo suspiro rindió el espíritu.

(31) Hizo el rey llamar a Filotas, a quien dijo: "Cebalino se halla merecedor de la muerte si por espacio de dos días ha tenido oculta una conspiración hecha contra mí; pero él se descarga con vos de este delito, e insiste en que no bien lo hubo sabido, cuando os dio parte. (32) Verdaderamente que cuanto mayor es el lugar que ocupáis en mi gracia, tanto más culpable y sospechoso os hace vuestro silencio; pero es más justo que se crea éste antes de Cebalino que de Filotas. El juicio está a vuestro favor si a lo menos podéis negar lo que no debéis cometer." (33) Respondió Filotas con voz pronta y ánimo sosegado, si es que las interioridades de éste pueden colegirse seguramente por las exteriores demostraciones del semblante, que era cierto haberle referido Cebalino algunas palabras dichas a Nicómaco por un mozo distraído; pero que juzgándolas por su autor indignas del menor crédito, las había despreciado por no exponerse a la risa del mundo, si como presumió llegase a parar todo en haberlas originado alguna diferencia poco honesta entre dos sujetos tan viles. (34) Pero que, sin embargo, habiéndose muerto Dimno, no estaba la materia en estado de dejar de apurarla; sobre que echándose a los pies del rey, le suplicó emplease antes su benignidad en perdonarle los desaciertos de la vida pasada, que aquel yerro de que se le argüía; pues sólo le había cometido en callar, hallándose muy lejos de haber pensado en cosa que pudiese ser de su desacierto.

(35) No es fácil afirmar si le dio crédito el rey o si disimuló su indignación; lo cierto es que en muestra de su desenojo le dio la mano, y que le dijo le era más creíble que hubiese despreciado el aviso que no que se le hubiese ocultado.


 
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