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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 6, 20-36

(20) Tuvo en el camino noticias de Bactria de que iba para él con ejército, resuelto a presentarle la batalla, y de cómo Satibarzanes, a quien había confirmado en el gobierno de los arios, se había sublevado inmediatamente. (21) Sobre lo cual, aunque quisiera llegar primero a las manos con aquél, pareciéndole más conveniente deshacer antes a éste, marchó a gran diligencia, y habiendo caminado toda aquella noche, llevando consigo infantería ligera y caballería, le cogió desprevenido. (22) Lo más que pudo hacer Satibarzanes fue juntar dos mil caballos y huir hacia la Bactria, a vista de lo cual se retiró el resto de sus tropas a los montes vecinos.

(23) Había allí una peña rota y precipitosa por la parte del Occidente, aunque por la del Oriente era menos áspera y cubierta toda de arboledas y de fuentes, cuyas aguas corrían en gran abundancia. (24) Contenía su circuito treinta y dos estadios y su cumbre una llanura llena de praderías, en donde alojaron los bárbaros la gente inhábil para el combate, atrincherando la demás, que se componía de trece mil hombres, con los troncos de los árboles y los peñascos en los pasos más impenetrables.

(25) Dejó el rey a Crátero para que los bloquease y partió en seguimiento de Satibarzanes, hasta que entendiendo que se hallaba bien distante se volvió al sitio de la montaña, donde mandó limpiar y derribar cuanto le estorbaba la entrada. (26) Pero no encontrando sino precipicios y rotos peñascos, parecía delirio querer oponerse a la naturaleza. (27) Sin embargo, el rey, cuyo invencible ánimo se encendía más en el deseo de allanar las mayores dificultades, reconociendo cuan imposible era pasar adelante y cuan peligroso volver atrás, revolvía su imaginación todo género de arbitrios, despreciando, como de ordinario sucede, a quien se halla irresoluble, unas veces unos y otras otros, hasta que favoreciéndole la fortuna en su mayor perplejidad, dispuso lo que no pudo prevenir el discurso.

(28) Levantóse por la parte de Occidente recio viento, a tiempo que los soldados, con el fin de abrir algún camino por entre las rocas, habían cortado gran cantidad de leña, (29) la cual había secado el sol. Aprovechándose el rey de ella mandó hacer grandes haces y que puestos unos sobre otros llegasen a igualar con la altura de la montaña. (30) Ejecutado así, hizo introducir en ellos gran cantidad de fuego, el cual, prendiendo al punto, (31) y comunicándose a los bosques inmediatos, arrojaba sus llamas el viento hasta los mismos rostros de los bárbaros, con tan denso humo que les quitaba a un tiempo la vista y la respiración; probaban éstos a huir para evitar el último peligro por donde estuviese menos encendido el fuego; (32) pero librándose de las llamas daban en los enemigos, y perecían todos con diferentes géneros de tormentos. Precipitábanse unos por las rocas, caían otros en aquellos espantosos incendios, y fallecían otros de las armas enemigas, siendo pocos los que llegaban vivos a sus manos, y aun éstos medio quemados.

(33) Volvió desde allí el rey adonde había dejado a Crátero, el cual tenía sitiada a Artacana, y sólo esperaba su venida para que tuviese, como era justo, la gloria de su rendición. (34) Hizo, pues, Alejandro adelantar sus baterías, de quienes atemorizados los bárbaros, puestas las manos sobre los muros, le pidieron que emplease sus iras contra Satibarzanes, autor de aquella revuelta, y no en ellos, que imploraban su clemencia y se rendían a su discreción. No sólo los perdonó el rey, sino los dejó también en posesión de sus bienes.

(35) Encontró al salir de allí sus reclutas. Llevábale Zoilo quinientos caballos griegos y enviábale Antípatro tres mil de Iliria. Fueron con Filipo ciento treinta hombres de armas de Tesalia y de la Lidia, dos mil seiscientos soldados extranjeros (36) y trescientos caballos de la misma nación que mandaba Andrómaco. Con este refuerzo entró en las tierras de los drangas, pueblo guerrero y de quien era sátrapa Barzaentes, el cual, temeroso del castigo que merecía por cómplice de la maldad de Beso, se había pasado fugitivo a la India.


 
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