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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 6, 1-20

Oféndense los macedones del modo de vivir de Alejandro, el cual, por evitar algún motín, se dispone a hacer la guerra contra Beso. Empiézala por una estratagema y sigue primero a Satibarzanes por haber dejado su partido. Echa de las montañas a los bárbaros y toma la ciudad de Artacacna.

(1) Allí fue donde el rey, depuesto el embozo, dejó correr a rienda suelta sus apetitos, convirtiendo en soberbia y lascivia la moderación y continencia que tan admirable habían hecho hasta entonces su persona por la suma dificultad con que se ven unidas ambas virtudes en una gran fortuna. (2) Empezó a despreciar las costumbres de su patria, deponiendo su loable disciplina, su moderación en el vestir y el regular orden de vida de los reyes de Macedonia, cuya observancia juzgaba ya indigna de su grandeza, y siguió el fausto de los reyes de Persia, (3) cuya orgullosa pompa se atrevía a querer competir con la gloria de los mismos dioses.

Gustó de que los vencedores de tantas naciones se postrasen a sus pies, a quienes acostumbró a ejercicios viles y bajos, tratándolos como a esclavos. (4) Ciñó su frente de una diadema de púrpura, mezclada de blanco, como la había traído Darío, y púsose la ropa persa, sin advertir de cuan infausto presagio suele ser para el vencedor tomar el traje del vencido. (5) Y si bien para dar algún honesto color a sus pervertidas acciones solía decir que se adornaba con los despojos de sus enemigos, lo peor era que se habituaba también a sus costumbres, y que la soberbia del traje y la del ánimo corrían uniformes. (6) Los despachos que hacía para la Europa los signaba con su sello, pero con el de Darío los que eran para el Asia; manifestando en esto (7) cuan difícil es que una cabeza sola pueda mantener dos coronas.

Obligó también a sus capitanes, a sus favorecidos y a los grandes de su corte a que entrasen en la moda persa, y aunque la miraban con grande aversión, ninguno se atrevió a oponerse a su gusto. (8) Había hecho un serrallo de su palacio y llenádolo de trescientas sesenta concubinas, número igual al que tuvo Darío, con gran número de eunucos prostituidos a todo género de deshonestidades y disoluciones.

(9) Los antiguos soldados de Filipo, nuevos en la práctica de tan torpes deleites, detestando de ellos, se lamentaban de la corrupción de que había inficionado la costumbre de los suyos el contagio de los bárbaros, diciendo a una voz todo el ejército que con la victoria habían perdido más que ganado; (10) que con mucha mayor razón se podían llamar vencidos, habiendo tomado de aquella suerte los usos y costumbres de sus esclavos; y finalmente, que todo el fruto de su dilatada ausencia se reduciría a volver a sus casas en el traje de los bárbaros, con la ignominia de ver que posponiéndolos Alejandro, hacía mayor aprecio de la compañía de los vencidos que de la de los vencedores, y más vanidad que de ser rey de Macedonia de ostentarse sátrapa de Darío.

(11) No ignoraba aquel príncipe el disgusto de los de su corte y de su ejército, a quienes procuró contentar a precio de mercedes y de dispendios. Pero como por excesivo que sea con el que se compre la servidumbre, nunca puede ser grato a los hombres de generosos espíritus, (12) temeroso de que pasase a mayores demostraciones le pareció conveniente evitarlo empleándolos en alguna facción. (13) Para lo cual le ofreció buena ocasión el atrevimiento de Beso, el cual, adornado de las reales insignias, se había hecho llamar Artajerjes y juntar los escitas y los demás pueblos del Tanais.

Trajo la noticia al rey Satibarzanes, a quien, recibido gratamente, (14) confirmó en el gobierno de la provincia que tenía antes. Pero respecto de hallarse el ejército tan cargado de despojos y de inútiles tropas que apenas se podía mover, hizo poner en medio de la plaza pública primero su bagaje y después el de sus soldados, y habiendo mandado reservar lo más necesario, (15) dio orden para que llevasen uno y otro en carros a un gran campo.

Hallándose pendientes todos de su determinación, mandó por último que se retirasen de allí los caballos, y habiendo puesto fuego a su bagaje, dio orden para que se ejecutase lo mismo en todos los demás. (16) Veíase quemar aquellos ricos despojos en el fuego que los mismos dueños encendían, los cuales le habían apagado tantas veces por robarlos enteros a los enemigos, sin que entre todos hubiese alguno que se atreviese a mostrar el menor sentimiento porque se malograse el precio de su sangre (17) viendo consumidas por las mismas llamas las riquezas del rey. El cual habiendo templado su dolor con un breve razonamiento y dejádolos más desembarazados y prontos para todos sus ejercicios, y más gustoso de hallarse en estado de conservar su disciplina que sentidos de haber perdido sus bienes, (18) tomó su marcha hacia la Bactria; pero la inopinada muerte que sobrevino de Nicanor, hijo de Parmenión, (19) ocasionó tal tristeza en todo el ejército, y especialmente en el rey, que sin duda se hubiera detenido a asistir a sus exequias, a no estorbárselo la falta de los víveres, si bien dejó a Filotas con dos mil seiscientos hombres para que las hiciese a su hermano, y prosiguió su marcha contra Beso.


 
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