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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 5, 1-17

Habiendo recibido Alejandro a Artabazo con grandes muestras de afecto, perdona a los griegos que habían socorrido a Darío, y después de haber vencido a los mardos condesciende con el ruego de la reina de las Amazonas.

(1) Después de haber atravesado toda la Hircania llegó a su presencia Artabazo (de cuya gran fidelidad a Darío hemos tratado), con algunos parientes de aquel infeliz príncipe, con sus hijos y buena tropa de soldados griegos. (2) Al acercarse a él le tomó el rey la mano y le hizo muchas caricias, en memoria de la amistad que tuvo con el rey Filipo, su padre, debajo de cuya protección se mantuvo mientras duró la persecución de Oco, pero aún más por la fidelidad que guardó a su príncipe en medio de los considerables favores que recibió de Filipo. (3) Reconocido aquel venerable anciano a las honrosas demostraciones de Alejandro, le dijo que rogaba al cielo por la larga duración y felicidad de su imperio y porque colmase de las mayores dichas a su persona, a quien no podía dejar de manifestar que cuanto era grande el gusto con que celebraba la dicha de ponerse a sus pies, tanto el sinsabor que recibía (4) de hallarse por su crecida edad imposibilitado de gozar por mucho tiempo de su benignidad.

Era ésta de noventa y cinco años; llevaba consigo nueve jóvenes, hijos suyos, de gentil disposición y habidos todos en una misma madre. Ofreciólos al rey, pidiendo a los dioses (5) les concediese vida en cuanto fuese de provecho a su servicio. Aunque caminaba Alejandro de ordinario a pie por aquellos campos, atendiendo a que su ejemplo no obligase a aquel anciano a hacerlo con tan grande incomodidad, mandó prevenir caballos para él y Artabazo. (6) Y después de haber acampado hizo llamar a los griegos que había llevado éste consigo, los cuales le respondieron: "Que si no se les concedía también salvoconducto a los lacedemonios, pensarían en lo que habían de ejecutar."

(7) Eran éstos los embajadores de Lacedemonia enviados a Darío, que después de su derrota se habían juntado con los griegos que tenía a sueldo suyo. (8) No quiso concedérsele el rey ni darles prenda alguna. Mandóles, sí, que compareciesen ante él, y que entonces resolvería lo que tuviese por bien. Con cuya respuesta confusos, e inclinados unas veces a un dictamen y otras a otro, determinaron por último obedecerle; (9) si bien Demócrates, ateniense, opuesto siempre a la grandeza de los macedones, desesperando de su vida, se dio por sí mismo muerte.

Los demás se rindieron a discreción, como lo habían resuelto. (10) Eran mil quinientos soldados y noventa embajadores. Reclutó con aquéllos el rey sus compañías e hizo volver a sus tierras a los demás, excepto los lacedemonios, a quienes mandó poner debajo de buenas guardas.

(11) Los mardos, pueblo vecino a Hircania, gente brutal y acostumbrada a la rapiña, fueron los únicos que, mostrando disgusto de obedecerle, ni le enviaron embajadores ni presentes. De cuyo desacato, indignado el rey, y no pudiendo tolerar que hubiese nación que le pusiese en duda el renombre de invencible, dejó el bagaje con gente que le guardase (12) y volvió contra ellos acompañado de sus mejores tropas.

Marchó toda la noche, y al romper el día se dejó ver de sus enemigos.

Redújose esta facción más a tumulto que a combate; porque arrojados los bárbaros de las colinas que habían ocupado, y puestos en fuga, se tomaron las aldeas vecinas, abandonadas de sus habitadores.

(13) Con todo, no pudo entrarse en lo interior del país sin gran fatiga del ejército, respecto de componerse todo de montañas y florestas inaccesibles, y de tener no menos impenetrables las llanuras el extraño modo con que las fortificaban; (14) porque plantaban árboles muy cerca unos de otros, cuyas ramas, doblándolas con la mano cuando estaban tiernas, y torciéndolas después por la punta, las volvían a plantar y fijar en tierra, (15) de donde brotando como de otra raíz nuevos y más vigorosos troncos, no dejaban crecer a aquellos a quienes la naturaleza producía con mayor facilidad, si no los entretejían unos en otros de suerte que cuando se hallaban cargados de ramas y de hojas cubrían toda la campaña y quedaban en forma de redes ocultas que embarazaban el paso. (16) No había otra forma de abrirle que la de cortar los árboles; pero era obra de gran trabajo, porque sus troncos llenos de nudos resistían al hierro, y sus ramos desnudos y encorvados en forma de arco, obedeciendo al golpe le dejaban inútil; (17) fuera de que los naturales, acostumbrados a correr por aquellas breñas, no de otra suerte que las mismas fieras, resguardados entre los mismos bosques, herían desde ellos a su salvo en los enemigos.


 
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