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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 5, 17-32

El rey, cercándolos a manera de cazador, los echó de sus fuertes, dando muerte a muchos, y envió después soldados para que cercasen el bosque, con orden de que entrasen dentro a la menor abertura que se les ofreciese. (18) Pero como inexpertos en la tierra, desmandada la mayor parte fue prisionera, y con ellos el caballo Bucéfalo, a quien estimaba Alejandro en más que todos los del mundo. No consentía éste que le montase otro que no fuese Alejandro, ante quien se ponía de rodillas siempre que reconocía se llegaba a él, para que lo hiciese, con tan grande instinto, que no parecía sino que sabía a quién llevaba sobre sí.

(19) El rey, más irritado de lo que era justo, hizo que con la mayor diligencia se buscase el caballo y que se les notificase los pasaría a todos a cuchillo si no se lo volvían. Con cuyas amenazas quedaron tan amedrentados los bárbaros, que le enviaron el caballo y algunos presentes, a pesar suyo. (20) Pero no habiendo bastado a templarle aquella demostración, hizo cortar el bosque y conducir allí gran cantidad de tierra de los montes, para que cubiertas de ella las llanuras impedidas de las ramas, quedase unido e igual todo el camino.

(21) Viendo, pues, los bárbaros adelantada la obra, y desesperando de poder resistir más largo tiempo, se rindieron con todo el pueblo y dieron rehenes, los cuales mandó el rey se entregasen a Fradates; (22) y habiendo gastado cinco días en esta expedición, se volvió a su campo, desde donde después de haber hecho más excesivas mercedes a Artabazo de las que había recibido de Darío, le envió a su casa.

No bien había llegado a la ciudad de Hircania, corte en otro tiempo de Darío, cuando pasó a ponerse a sus pies Nabarzanes con el seguro de su real palabra. (23) Llevóle magníficos presentes, y entre otros rendidos al eunuco Bagoas, cuya singular belleza le hizo tan querido de Darío como lo fue poco después de Alejandro; el cual, más por su intercesión que por otro motivo, perdonó a Nabarzanes.

(24) Habitan, como queda dicho, hacia las fronteras de Hircania, en las riberas del río Termodonte y en las campañas de Temiscira, las Amazonas; (25) mandaba su reina Talestris cuanto se contiene entre el río Fasis y el monte Cáucaso. Esta princesa, pues, movida del ardiente deseo de ver a Alejandro, salió de sus estados por conseguirlo; y habiendo llegado cerca de su campo le envió a decir: "Que una reina iba a visitarle llevada del ansia de conocerle, y que se hallaba a corta distancia de allí." (26) Respondióle el rey que sería bien recibida; dejó el acompañamiento y pasó a su presencia con solas trescientas mujeres; y luego que le vio se arrojó del caballo, llevando dos lanzas en la mano derecha.

(27) No cubren con las vestiduras todo su cuerpo, pues del lado siniestro traen descubierto el seno y oculto lo demás, si bien la falda, (28) recogida en un nudo, no pasa de la rodilla. Cauterizan el pecho del diestro lado por que no las embarace a afirmar el arco y a disparar las flechas, reservando en el otro el alimento de las hijas.

(29) Miraba Talestris al rey sin alguna extrañeza; y observándole cuidadosa no hallaba que correspondiese su disposición a la fama de sus hazañas, porque los bárbaros sólo confieren su veneración a la majestuosa gentileza del cuerpo, juzgando que no puede ser capaz de grandes empresas quien no está dotado de ésta y de una singular belleza.

(30) Habiéndole preguntado el rey qué tenía que pedirle, confesó sin rodeos no había sido otro el fin de su jornada que el de lograr hijos suyos, no juzgándose indigna de dar herederos a su imperio. Que si paría hija la llevaría consigo, y si infante se le dejaría. (31) Preguntóle si gustaría de ir a la guerra con él. Y ella, dando por disculpa para no seguirle la de no haber dejado persona para el gobierno de su reino, se excusó de hacerlo, insistiendo con tan gran pertinacia y ardor en que la cumpliese su liviano antojo, (32) mucho más encendida en él que el rey, que le obligó a que se detuviese allí algunos días, y que de ellos concediese trece a su ilícita comunicación. Cumplidos los cuales se volvió ella a su reino, y Alejandro a la provincia de los partos.


 
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