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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 4

Descripción de Ziobetis, admirable río. Ofrece Alejandro a Nabarzanes el perdón que solicita por medio de su carta de seguridad, y hallándose cercano al mar Caspio admite a su gracia a los capitanes de Darío.

(1) Fue oído este discurso con tan grande aplauso de los soldados, que todos a porfía dijeron en altas voces que los llevase adonde fuese servido. (2) en tres días a la frontera de Hircania. Dejó a Crátero con las tropas que mandaba y con las de Amintas, reforzadas de seiscientos caballos e igual número de arqueros para asegurar a los partos de las correrías de los bárbaros. (3) Dio orden a Erigio para que condujese el bagaje por la llanura con corta escolta, y viéndose adelantado él quinientos cincuenta estadios acampó en un valle que está a la entrada de Hircania. Ofrécese allí un bosque de crecidas y espesísimas arboledas bañado de infinitos arroyos, que descendiendo de las rocas vecinas fertilizan todo aquel valle.

(4) Nace de las faldas de aquellos montes el río Ziobetis, el cual corre por espacio de tres estadios sin disminución alguna, hasta que rompiéndose su raudal en una roca se divide en dos brazos iguales. (5) Desde allí, haciéndose más rápido y siempre más impetuoso por el encuentro de las peñas que halla en el camino, se precipita debajo de tierra, donde corre manteniéndose oculto toda la extensión de trescientos estadios. Vuelve después como a renacer de otro origen y a hacer nueva y más espaciosa canal que la primera, (6) respecto de tener trece estadios de largo, hasta que habiéndose reducido a más estrechas márgenes entra por último en otro río (7) llamado Ridagno. Aseguran los naturales que cuanto se introduce en la caverna donde el Ziobetis se oculta, que es la más cercana a su origen, vuelve a salir por la que desemboca en el río, como lo comprobaron algunas personas, a quienes habiendo hecho Alejandro entrar allí dos toros que envió para la averiguación, aseguraron haberlos visto salir por el desembocadero.

(8) Habiéndose detenido allí cuatro días para que refrescase su ejército, recibió una carta de Nabarzanes, cómplice en el delito de Beso, en la que le decía que nunca miró con odio a Darío, a quien siempre (9) había representado lo que juzgó de su servicio, exponiendo su vida al riesgo de perderla por haberlo hecho con celo y claridad. Pero que habiendo resuelto aquel príncipe contra toda razón fiar de extrañas tropas la guarda de su persona, en desdoro y descrédito de la fidelidad que los de su nación habían conservado inviolablemente a sus reyes por espacio de doscientos treinta años, (10) y reconociendo próxima su ruina, tomó el consejo que le ofreció la necesidad presente, siguiendo en esto al mismo Darío; el cual habiendo muerto a Bagoas se justificó con el pueblo, dando por disculpa la de haberlo ejecutado porque conspiraba contra su vida. (11) Que siendo esta la cosa más apreciada de los mortales, el deseo de conservarla le había reducido a aquellos términos. Porque protestaba haber ejecutado en esto, no lo que quisiera, sino lo que no pudo excusar necesitado. Que en las calamidades públicas a cualquiera le era permitido mirar por sí y procurar asegurarse. (12) Y que en esta atención si le mandaba fuese a ponerse a sus pies lo haría, sin el menor recelo de que faltase tan gran rey a su palabra; y tanto más asegurado cuanto sabía no era capaz de engañar a los dioses quien lo era. (13) Pero que si no le juzgaba digno de concederle esta honra no le faltarían en su destierro lugares donde retirarse, pues para los hombres de valor era patria suya cualquiera que eligiesen.

(14) No hallando Alejandro dificultad para concederle su palabra, a usanza de los persas, le envió a decir que podría ir seguramente. Sin embargo, hizo que marchase su ejército en buen orden a cuatro frentes y de rato en rato se enviasen corredores a reconocer los pasos.

(15) La caballería ligera iba a la vanguardia, seguía la falange, luego el resto de la infantería y detrás el bagaje. Conteníase el rey entre sus guardas por el recelo en que le ponía la condición belicosa de aquellos pueblos y la calidad de la tierra, cuyas entradas son sumamente ásperas. (16) Porque todo es un continuo valle abierto y espacioso hasta el mar Caspio, desde donde se dilatan por ambas partes montes en forma de dos grandes brazos, los cuales cierran aquel espacio y torciéndose hacen un seno a manera de media luna. (17) Los cercetas, mosinos y cálibes quedan a la izquierda, y de la otra parte los leucosiros y los campos de las Amazonas: miran éstos al Septentrión (18) y aquéllos al Occidente.

El mar Caspio, cuyas aguas son más dulces que las de los otros mares, cría serpientes de prodigiosa magnitud y pescados de bien diverso color que los ordinarios. Algunos le llaman mar de Hircania y otros Caspio, y no falta quien crea que la laguna Meotis entra en él, a cuya mezcla de aguas atribuyen el que sean menos saladas aquéllas que las de los demás mares. (19) El viento de Septentrión lo embravece horriblemente, dilatando tanto sus ondas, que anegan una extensísima porción de tierra; pero luego que cesa éste se retraen a sus límites con la misma impetuosidad que salieron, dejando la tierra en su primera faz.

Otros han juzgado que no es el mar Caspio, sino el de la India, que cae en la Hircania, desde cuya más elevada parte va descendiendo poco a poco y dilatándose, como hemos dicho, en un perpetuo valle.

(20) Adelantóse de allí el rey veinte estadios por lugares casi inaccesibles, sobre quienes había una selva, cuyos caminos eran tan quebrados por los muchos arroyos y avenidas que los inundan, que fue preciso detenerse en algunas partes. Pero no ofreciéndose enemigo alguno pasó sin peligro, (21) y por último llegó a mejor comarca; la cual, además de abundar en aquel tiempo en todo género de granos, (22) goza siempre de excelentes viñas y manzanas. Puéblanla muy espesos árboles, entre quienes son los más comunes a la manera de las encinas, cuyas hojas amanecen cargadas de miel, si bien es preciso recogerla antes que salga el sol, porque si no, se derrite inmediatamente aquel delicado rocío al menor calor que participa.

(23) Habiendo pasado el rey treinta estadios más adelante, le salió al camino Fratafernes y se le rindió con los que le habían acompañado en la fuga después de la muerte de Darío. Recibiólos a todos benignamente, y después de haber entrado en la ciudad de Arvas llegaron a ella también Crátero y Erigio, (24) llevándole a Fradates, gobernador de los tapuros; el cual experimentó en el rey tan grandes honras, que su ejemplo movió a muchos a procurar merecérselas iguales con la misma demostración. (25) Dio después el gobierno de Hircania a Manapis, que desterrado en tiempo de Oco pasó a ampararse de Filipo, y conservó en el de los tapuros a Fradates.


 
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