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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 3

Discurso de Alejandro a sus soldados exhortándolos a concluir la guerra comenzada en Asia.

(1) "No me admiro ¡oh soldados! que si consideráis las grandes empresas que hemos ejecutado, os halléis satisfechos de gloria y que no busquéis ya sino sólo el descanso. (2) No entrando en número los ilirios, los tribalos, la Beocia, la Tracia, los espartanos, los aqueos, el Peloponeso, todos los cuales he sujetado, a unos por mi persona (3) y a otros por medio de mis generales y debajo de mis auspicios, ni tampoco el Helesponto, donde ha tenido principio la guerra, hemos preservado a los jonios y eolos de una cruel servidumbre.

Hallámonos señores de Caria, de Lidia, de Capadocia, de Frigia, de Paflagonia, de Panfilia, de Pisidia, de Cilicia, de Tiro, de Fenicia, de Armenia, de Persia, (4) de los medos y de los partos, cuyo crecido número de provincias, entre quienes no sé si respecto de él fue olvidado alguna, (5) excediendo, a lo que juzgo, aun al de las ciudades que poseen otros, me obligaría a poner fin a mis conquistas si me hallase asegurado de que lo quedaban entre pueblos vencidos con tanta prontitud, y a restituir, ¡oh soldados!, aunque fuese a pesar vuestro, a la protección de mis domésticos dioses, al amor de mi madre y de mis hermanas y a la compañía de mis ciudadanos, para gozar en el centro de mi patria de la gloria que con vosotros he adquirido; porque allí es donde nos esperan los más dulces frutos de nuestras victorias, el gusto de vuestros hijos, de vuestras mujeres y de las que os dieron al mundo, la paz, el reposo y la posesión segura de cuanto liemos comprado al precio de nuestra sangre.

(6) Pero en un imperio totalmente nuevo, y en quien no podemos decir con certeza que estábamos seguramente establecidos, y antes tanto más lejos de haberlo conseguido cuanto permanecen aún muchas cabezas rebeldes que repugnan el yugo, es preciso, ¡oh soldados! tiempo para reprimirlos y una suave y dulce comunicación que poco a poco temple y ablande la fiereza natural de sus ánimos. Aun las cosas insensibles necesitan de él para que las suavice y disponga a que reciban la ley que la naturaleza les impuso, como ordinariamente lo experimentáis (7) en los frutos de la tierra, los cuales no llegan a su perfecta sazón sino por medio suyo. (8) ¿Juzgáis, por ventura, que tantos pueblos acostumbrados a otro dominio, y con quienes no tienen conformidad alguna nuestra religión, nuestras costumbres ni nuestra lengua, han quedado sujetos al tiempo mismo que vencidos? Pues creéis mal, porque el contenerse en nuestra obediencia lo debemos a nuestras armas, no a su voluntad.

Mientras estáis presentes os temen, pero ausentes serán vuestros enemigos. Siendo lo cierto que nos es preciso hacer con ellos lo que con las fieras, (9) en quienes obrando el tiempo lo que no se pudo esperar de su natural, las deja domésticas y mansas. Hasta aquí he discurrido como si ya fuésemos enteramente dueños de cuanto poseía Darío. Pero aún se halla Nabarzanes apoderado de la Hircania, y el parricida Beso, no contento con ocupar la Bactria, nos amenaza. Los sogdianos, los dahas, los maságetas, los sacas y los indios no reconocen dominio. (10) No bien habremos vuelto las espaldas cuando estos pueblos se declararán contra nosotros, siendo todos de una nación, nosotros extraños, y natural que apetezcan más el señorío en los propios, aunque sea menos suave, que en los ajenos. Por lo cual es preciso que, o perdamos lo adquirido o que adquiramos lo que nos falta que ganar; (11) apartando, a imitación del médico que para conseguir la salud de un cuerpo humano procura evacuarle de todos los malos humores, cuanto puede ser nocivo a nuestro imperio.

Muchas veces una pequeña chispa no advertida ha originado considerable incendio. Nunca es seguro despreciar lo más leve en el enemigo, porque del descuido nace la disminución propia con que crece su diligencia aumentando sus bríos y poder. (12) Aun el mismo Darío no llegó por derecho sucesivo al real trono de Ciro sino porque en él le colocó el crédito de Bagoas, de que podéis inferir el corto trabajo que habrá costado a Beso apoderarse de un reino abandonado. (13) Verdaderamente ¡oh soldados! que sería grande ignominia nuestra que le hubiésemos vencido para dar sus estados a uno de sus vasallos, el cual después de haber cometido el mayor de los delitos en la persona de su rey al tiempo que le ofrecían su socorro los extraños, y que nosotros, aunque le hacíamos guerra, le hubiéramos perdonado sin duda vencedores, le redujo cual cautivo a prisiones, y por último le dio muerte, para defraudarnos la gloria de haberle librado de ella. (14) ¿Y este monstruo queréis que reine? ¿Y consentiréis que esto se sufra?

Por lo que a mí toca, es cierto que no sosegaré hasta ver que pendiente de una horca satisface a todos los reyes y pueblos del mundo (15) las penas de su perfidia. Si inmediatamente a nuestra partida nos llegasen a decir que saqueaba las ciudades de la Grecia y del Helesponto, ¿con qué gusto escucharíais que aquel mal vado se hiciese dueño de los premios de vuestras victorias y conquistas? En cuyo caso no dudo que coléricos tomaríais las armas y que no las depondríais hasta dejar castigada su orgullosa osadía. ¿Pues cuánto mejor es oprimirle ahora que se halla preocupado del horror de su delito y fuera de sí? (16) No necesitamos de más tiempo que el de cuatro días para el camino. Pues qué, ¿detendrá tan corto espacio en lo mejor de sus conquistas a los que han pasado tantas y tan crecidas nieves, a los que han vadeado tan caudalosos ríos, y a los que han penetrado las elevadas cumbres de tan inmensos montes; mayormente no teniéndose ya mares cuyas crecidas olas nos impidan el paso, ni estrechos que nos le cierren, pues se nos ofrece todo tan llano y fácil para la victoria, que parece podemos tenerla por segura?

(17) Sólo cinco o seis parricidas y otros tantos vagabundos son los que nos han quedado por extinguir. ¡Con qué esclarecida acción ilustraréis vuestra gloria y coronaréis todas las demás eternizándolas al mundo si vengáis la muerte de vuestro enemigo y manifestáis que extinguido con su vida vuestro odio no permite semejantes maldades vuestra generosidad! (18) A cuyo intento no prevenís cuan obedientes y obsequiosos encontraréis a los persas, reconociendo éstos la justificación con que emprendéis las guerras, y que vuestras iras no miran a su nación, sí sólo a castigar el delito de Beso."


 
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