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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 2

Invencible Alejandro en la guerra, se deja vencer en la ociosidad de las delicias. Corre voz en el ejército de que había recordado de aquel adormecimiento.

(1) Pero Alejandro, a quien hasta entonces había sido más molesto el descanso que las mayores fatigas de la guerra, no hubo bien empezado a gustar de él, cuando se entregó a los deleites; de suerte que no habiendo podido ser vencido de las armas de los persas, (2) lo quedó de sus vicios. No pasaba ya los días y las noches sino en desordenados banquetes, en licenciosos juegos, en mujeriles festines y en torpes embriagueces. Con cuyos vituperables excesos y el de haber imitado en todo los estilos y costumbres de los persas, teniéndolos por mejores que los de su patria, dejó tan disgustados a los suyos, (3) que ya no le miraban como a dueño, sino como a enemigo, no pudiendo tolerar los que se hallaban acostumbrados a una rigurosa disciplina a un moderado y vulgar alimento que satisficiese las necesidades de la vida, que los corrompiese con aquellas disoluciones (4) y los habituase a las costumbres de los vencidos. De esto se originaron las frecuentes conspiraciones contra su persona, los peligrosos motines en sus tropas y la desenfrenada libertad con que hablaban de él, siguiéndose también las precipitadas violencias, las mal fundadas sospechas, los temores y lo demás que diremos.

(5) Pasando, pues, los días y las noches en los banquetes y no pudiendo ser siempre los manjares su único divertimiento, le alternaba con diversos géneros de juegos y pasatiempos; y no contento con los farsantes y músicos que había hecho llevar de Grecia, hacía cantar a las mujeres cautivas canciones a su usanza, que eran tan extrañas como desapacibles a los oídos de los que no estaban habituados a oirlas.

(6) Había entre las demás una cuya tristeza era más excesiva que la de todas e igual a la gran repugnancia y vergüenza que mostraba de ser vista entre las otras y cuya singular belleza hacían parecer mayor los efectos de su honestidad y recato; a cuya instancia, manteniéndose con los ojos bajos, hacía cuanto le era posible por ocultar su rostro.

Parecióle al rey que no era aquella mujer de esfera vulgar, ni capaz de hallarse en tan licenciosos festines, (7) y habiéndole preguntado quién era, respondióle ella que nieta de Oco, rey de Persia, nacida de una hija suya que casó con Histaspes, pariente de Darío y general de un poderoso ejército. (8) Conservando aún aquel príncipe algunas reliquias de sus primeras virtudes, atendió compasivo a su desgracia y a la real estirpe de quien descendía y la puso en libertad, la restituyó todos sus bienes e hizo se buscase a su marido para volvérsela. (9) Cuyo suceso fue causa de que mandase al día siguiente a Hefestión pusiese a todos los prisioneros en palacio, donde habiendo reconocido la calidad de cada uno se separaron de las comunes a las personas de la primera esfera, de la cual se hallaron diez, y entre ellos a Oxatres, hermano de Darío, no menos ilustre por sus merecimientos que por la grandeza y representación de su hermano, (11) y a cierto gran señor persa, llamado Oxidates, el cual estando condenado a muerte por Darío, permanecía aún en las prisiones; libróle de ellas el rey y dióle el gobierno de la Media, y admitió al hermano de Darío al número de sus confidentes, haciéndole los honores de que era digno por su real nacimiento.

(10) Importó la última presa veintiséis mil talentos, de los cuales se repartieron doce entre los soldados, habiéndose descubierto igual porción de los prisioneros por los mismos que los guardaban.

(12) Pasó desde allí Alejandro a la región de los partos, pueblos desconocidos entonces, pero hoy cabeza de todas las naciones que están de aquella parte del Tigris y del Éufrates (13) y se extienden hasta el mar Rojo.

Ocupan aquellas hermosas y fértiles llanuras los escitas, formidables aún hoy a sus vecinos. Tienen tierras en Asia y en Europa. Los que habitan sobre el Bósforo pertenecen al Asia; pero los demás, llamados europeos, tocando a la parte izquierda de la Tracia, confinan con el Borístenes y corriendo en derechura se dilatan hasta el Tanais. (14) Pasa aquel río entre Europa y Asia, y es cierto que los partos, que reconocen por fundadores a los escitas, no salieron del Bósforo, sino de la Europa.

(15) Ofrecíase en aquel tiempo allí una ciudad muy célebre, fundación de los griegos, y cuyo nombre era Hecatompylos; detúvose en ella Alejandro algunos días y dio orden para que se recogiese en ella de todas partes la más considerable porción de víveres que se hallase. Dando en ellos ocasión la ociosidad, como suele, a algún soldado deseoso de novedades para que esparciese la falsa voz de que el rey, contento con lo que había obrado, tenía resuelto volverse a Macedonia; (16) fue tan grande la conmoción que causó en el ejército, divulgada por todo él, sin que se pudiese averiguar su autor, y tal la impresión que hizo en los soldados, los cuales corrían como insensatos a sus tiendas a recoger cada uno su bagaje, que no parecía sino que se había dado la señal para desalojar. Buscaban unos aceleradamente a sus camaradas y cargaban otros sus carros, cuyo tumulto, dilatándose por todo el campo, llegó a oídos del rey.

(17) Dio ocasión a aquella falsa voz el haber licenciado las tropas griegas y concedido seis mil dineros a cada caballero, con lo cual tuvieron los macedones por concluida enteramente la guerra.

(18) El rey, cuyo designio era dilatar sus conquistas a la India y a los últimos términos del Oriente, habiendo llamado a su tienda a los principales cabos de su ejército, se lastimó con ellos, no sin lágrimas, de que le precisasen a interrumpir a la mitad de él el curso de sus gloriosas conquistas (19) y a volverse a su patria, vencido más que victorioso. Decíales que aquella ignominia no le procedía de la flaqueza de sus soldados, sino de la envidia de los dioses, los cuales habían conspirado para infundir en sus valerosos corazones el deseo de la patria, para quitarle los medios de que volviese prestamente con mayor honra y reputación a ella. (20) A cuyas expresiones, movidos todos, le ofrecieron su sangre y sus vidas, asegurándole de la prontitud con que los hallaría dispuestos a cuanto les ordenase, por difícil y arduo que fuese, e igualmente la de los soldados, a quienes le manifestaron sería bien procurase inducirlos a sus intentos con la blandura de sus palabras proporcionadas a su genio, (21) pues tenía experiencia de cuan poderosas y eficaces eran en sus ánimos, los cuales jamás se vieron tristes ni caídos alentándoles él, sino con la misma alegría y marcial ardor con que se presentaba él al combate. Prometióles que lo haría, si bien les pidió que dispusiesen por su parte los ánimos; y después de haber proveído en lo que juzgó por necesario para aquella acción, juntó su ejército y le habló de esta manera.


 
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