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Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 10-23-36

(23) Hácesme cargo de que me desdeño de hablar la lengua de la patria y de que tengo horror a las costumbres de los macedones. Siendo esto así, ¿cómo se compadece aspirar al reino con menospreciar la lengua y costumbres suyas? No ignoráis que la frecuente y dilatada comunicación que hemos tenido con naciones tan extrañas nos ha hecho perder de mucho tiempo a esta parte el uso de nuestra lengua natural, y que así vencedores como vencidos nos hemos visto precisados a aprender una enteramente nueva. (24) Con que en esto tengo la misma parte de la culpa que la que se imputa de haber sido amigo de Amintas, hijo de Perdicas, que conspiró contra Alejandro; porque, a la verdad, si lo fue amar al hermano de nuestro rey, no hay duda que me confieso delincuente, y como tal, digno de castigo; (25) pero obligándonos a todos su grandeza y representación a venerarle y respetarle, ¿es culpa no haber sido adivino? ¿Es lo que mezclen a los inocentes con los culpados por haber sido sus amigos? Si lo es, ¿por qué me han permitido tanto tiempo la vida? Y si no lo es, ¿qué razón hay para darme hoy la muerte?

(26) Pero escribí que me compadecía de los que habían de vivir debajo del mando de quien se creía hijo de Júpiter. ¡Oh santo y sincero afecto! ¡Oh peligrosa libertad! Tú me engañaste, tú me impediste que por una pusilánime indigna contemplación disfrazase la verdad. (27) Sí, yo lo escribí, confiésolo; mas escribílo al rey, no del rey; porque mi intento no era suscitarle odio, sino preservarle de él. Tuve por más digno de Alejandro el que se contentase con saber era hijo de Júpiter, que el que se vanagloriase tanto de serlo; (28) pero, pues es tan infalible la respuesta del oráculo, a Júpiter pongo por testigo de mi inocencia. Mantenedme en las prisiones hasta que se le haya consultado en causa tan dudosa y para quien no se halla prueba alguna; porque es preciso que habiendo reconocido a nuestro monarca por hijo suyo, no permita quede sin el justo castigo que merece quien conspiró contra su vida;(29) o si os pareciere más seguro medio el del tormento que el del oráculo, también estoy pronto a padecerle a precio de que se descubra la verdad.

(30) Está en costumbre que los que se hallan convencidos de majestad ofendida traigan a juicio a sus parientes; pero mis desdichas (¡ay de mí!) me excusan de su observancia, porque dos hermanos que tuve los perdí poco ha, y mi padre, estando ausente, mal puedo hacer que comparezca, ni me atrevería a pedírselo, aun cuando pudiese, juzgándole vosotros por tan delincuente como a mí. (31) Pues no basta que quien se vio poco ha con tan florida descendencia, habiendo quedado sólo con un hijo, único apoyo de su vejez, le pierda, sino que también padezca el mismo infeliz fin que él.

(32) Es, pues, preciso, carísimo padre mío, que mueras por mi amor y conmigo; yo soy quien te quítala vida; yo quien anticipa el fin de tus días. ¿Para qué me engendraste en tan maligna constelación? ¿Fue acaso (33) para coger de mí estos amargos frutos que te esperan? No sé cuál es más infeliz, mi juventud o tu vejez; yo muero en el vigor de mi edad, y tú, padre mío, pagarás con tu vida a la naturaleza el débil fruto que te pediría al fin de su regular curso, si aspirase la fortuna con menos adversa influencia. (34) Su memoria me acuerda el ejemplo que en él tuve para proceder tan remiso y temeroso en lo que me comunicó Cebalino.

Sabía que en cierta ocasión, hallándose noticioso Parmenión de que Filipo tenía intento de dar veneno al rey, le advirtió se guardase de él, porque le tenía ganado Darío para este fin. (35) ¿Mereció mi padre crédito alguno por este aviso? ¿Hízose el menor aprecio de aquella carta? Y a mí mismo ¿cuántas veces me ha sucedido haberse burlado de mí, por haber participado lo que entendía, teniéndome por demasiadamente crédulo? Pues si cuando dimos estos avisos fuimos tenidos por ligeros y fáciles, y cuando callamos otros nos juzgan por sospechosos, (36) desearía a la verdad que se nos advirtiese cómo habíamos de proceder."

A cuyo tiempo dijo en alta voz uno de los concurrentes: "No conspirando contra sus bienhechores."

"Eso mejor será que tú, seas quien fueres (replicó Filotas), te lo adviertas a ti; (37) que yo dispuesto estoy a padecer todo género de castigos, si se averiguare que he conspirado; y pues reconozco con semejante desengaño cuan infructuosas han sido mis razones, pongo fin a ellas."

Con lo cual le volvieron a llevar las guardas a la prisión.


 
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