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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro VI

 

Capítulo 1

Descripción de la batalla entre lacedemonios y macedones. Vencedor Alejandro, concede la paz a los griegos, que se habían sublevado en su ausencia.

(1) (Agis) se entró en medio de la refriega, y haciendo gran estrago en cuantos se le oponían, obligó a retirar a muchos enemigos.

(2) Pusiéronse en fuga los macedones, que poco antes se mostraron victoriosos, dejándose cargar sin resistencia hasta que habiendo sacado a lo llano a los enemigos que con ardor les seguían, y ganado un lugar donde pudieron hacerse firmes, (3) restablecieron el combate. Señalábase entre todos los lacedemonios el rey, así por sus armas como por la gentil disposición de su persona, y aún más por la grandeza de su espíritu, (4) en que es sin duda que ninguno le excedió. Tirábanle de lejos y de cerca, y de todas partes recibía en su escudo muchas cuchilladas y evitaba no pocas con su destreza, hasta que herido de un bote de lanza en un muslo, (5) de que arrojó gran porción de sangre, y faltándole las fuerzas para continuar el combate en que aún insistía, le sacaron de él los suyos sobre los escudos, no sin los crecidísimos dolores que le causaba en las heridas el movimiento.

(6) Mas los lacedemonios bien lejos de desmayar a vista de aquel golpe, apoderados de un puesto ventajoso y cerrados en sus escuadrones, resistieron la carga que dieron en ellos. (7) No hay memoria de combate más sangriento y cruel. Habían llegado a las manos dos de los más belicosos pueblos del mundo con iguales fuerzas, (8) alentados unos de su antigua gloria y esforzados otros de la grandeza que gozaban; peleaban aquéllos por la libertad y éstos por el imperio; faltaba a unos la cabeza y a otros el terreno, (9) y aumentaba en todos la esperanza y el temor la diversidad de sucesos con que parece gustó la fortuna de ver disputar en solo un día la victoria a tan valerosos hombres.

(10) El campo de batalla era tan estrecho que no pudiendo pelear sino una parte de sus tropas, las demás servían de testigos y de esforzar desde el paraje donde se hallaba con las voces y con las acciones a sus compañeros. (11) Finalmente, fatigados los lacedemonios del gran calor y pudiendo apenas sostener las armas, las cuales se les deslizaban con el copioso sudor, empezaron a desmayar (12) y a retirarse por último para tener campo más abierto a la fuga si el enemigo los oprimiese.

Cargábalos furiosamente el ejército vencedor, y habiendo pasado todo el espacio que habían ocupado mientras duró el combate, seguía vivamente a Agis, (13) el cual viendo su ejército deshecho, y sobre él a los enemigos, mandó a los suyos que le pusiesen en tierra; y habiendo hecho prueba consigo de si sus miembros correspondían aún a la generosidad de su ánimo, (14) sintiéndose sumamente desfallecido, se puso por sí mismo de rodillas y cubriéndose prestamente con la celada y el escudo, manejando una pica, desafiaba en aquel estado a los más valientes a que llegasen a despojarle de sus armas. (15) Ninguno, empero, se atrevió a acercársele, aunque desde lejos le disparaban gran cantidad de dardos, que rebatía contra el enemigo, hasta que por último, penetrado el desnudo pecho del bote de una lanza que por sí mismo se la sacó él, y no pudiendo subsistir ya más tiempo, afirmado en su escudo rindió sobre sus mismas armas el espíritu.

(16) Murieron en aquella batalla de la parte de los lacedemonios cinco mil trescientos sesenta, y de la de los macedones no pasaron de trescientos; pero apenas hubo quien saliese de ella sin herida. Cuya victoria, no sólo fue causa de la ruina del poder de Esparta y de sus aliados, sino también de que cuantos, librada su esperanza en el suceso de ella, sólo aguardaban su fin para declararse, la perdiesen. (17) No lo ignoraba Antípatro, ni tampoco que muchos que iban a él procurando acreditar su regocijo le fingían; pero deseando poner fin a la guerra, le pareció preciso dejarse engañar. Y si bien la felicidad de aquel gran suceso le tenía con el gusto que era consecuente a él respecto de la envidia que le ocasionaría y los riesgos de que serían causa las ilustres acciones que para obtenerle había obrado, las cuales excedían de la esfera general, no dejaban de tenerle en bastante inquietud, (18) como quien también sabía que aunque Alejandro gustaba de ver vencidos a sus enemigos, era tanto lo que sentía lo quedasen por medio de Antípatro, cuya gloria le parecía disminuía mucho la suya, que no podía disimularlo.

(19) Atento, pues, aquel diestro político a este riesgo, no se atrevió a disponer por sí de nada de la victoria; convocó a los Estados generales de la Grecia (20) para deliberar con su acuerdo lo que pareciese más conveniente. No pidieron en aquella junta otra cosa los lacedemonios sino que se les permitiese enviar una embajada al rey, el cual no puso dificultad en perdonarlos, con excepción de los autores de la revuelta, a quienes hizo castigar. Determinóse también en ella que los megalopolitanos, cuya ciudad estuvo sitiada, pagasen a los aqueos y a los etolios ciento veinte talentos.

(21) Este fin tuvo aquella guerra, la cual se extinguió con la misma presteza que se encendió y antes que Darío quedase deshecho en la batalla de Arbela.


 
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